youtube pinterest twitter facebook

Una apasionada defensa de la tradición

Fernando Fernández | 01.02.2018
Una apasionada defensa de la tradición

La colaboración mensual sobre asuntos literarios que David Huerta mantuvo durante los últimos diez años en la Revista de la Universidad de México fue una ventana abierta a un horizonte repleto de hallazgos y observaciones originales. Aguas aéreas, como se llamó desde su primera aparición (en noviembre de 2007) en homenaje al poeta argentino Néstor Perlongher, y todos aquellos trabajos que excepcionalmente fueron publicados en la misma revista aunque sin formar parte de la columna, fueron una rareza en el ámbito de las publicaciones mexicanas en las que no es precisamente común asistir a la reflexión, hecha por un poeta prestigioso y en activo, de asuntos relacionados con la historia y el oficio literarios. Habrá que esperar a ver reunida la totalidad de esos espléndidos trabajos, pero desde ahora podemos tener acceso a nueve de ellos, que son los que conforman El vaso de tiempo, el nuevo libro de David Huerta, que acaba de aparecer bajo el sello de Vaso Roto.

Como apenas son un puñado (muy pocos si los imaginamos en el orbe completo de los más de cien ensayos publicados en la revista universitaria) me permito enlistar los temas de los que forman parte del libro: (1) Borges y su quevedesca célebre cuarteta sobre la destrucción de Cartago; (2) los cuatro primeros versos de la dedicatoria de las Soledades de Góngora; (3) los lazos, sutiles pero sorprendentes, entre tres poetas de lengua española y tres de lengua inglesa, relacionados en el espíritu universalista de María Rosa Lida de Malkiel; (4) la caracterización tradicional de la tórtola como imagen de la fidelidad amorosa más allá de la muerte, del célebre “Romance de fonte frida y con amor”; (5) la enigmática frase “la sangrienta flor del cristianismo”, engastada en un verso de Manuel José Othón; (6) la supernova que vio brillar por vez primera Tycho Brahe en el cielo del norte de Europa la noche del 11 de noviembre de 1572; (7) la relación entre Góngora y su discípulo, el conde de Villamediana, muerto prematuramente en manos de un esbirro del rey; (8) el significado, por cierto contrario al que damos actualmente, de la palabra “prisiones” en Andrés Fernández de Andrada, Calderón de la Barca y José Gorostiza; (9) por último, las relaciones de objetos y palabras en algunos poetas, entre ellos el propio Gorostiza y, nuevamente, Borges.

David Huerta es un lector sumamente atento a los materiales y los mecanismos que conforman el arte poético, lo que, por extraño que parezca, es bastante insólito entre los poetas del país. Por eso expone, siempre con claridad meridiana, las diversas laderas del significado de la palabra “verso”, o explica las virtudes del serventesio, la silva o la lira; por eso se demora en la comprensión del terceto, de Dante a Derek Walcott —vertido al español por José Luis Rivas—; por eso nos pone al tanto de sus lecturas de Antonio Carreira o Amelia de Paz, por cierto dos de los máximos conocedores contemporáneos de Góngora (en la consideración de David, “el más grande poeta de nuestra lengua”).

Quienes conocemos su trabajo poético estamos bien al tanto de la laboriosidad, el amor al detalle y el conocimiento de la historia de la poesía que lo distinguen. Esa laboriosidad, ese amor, ese conocimiento brillan también en su faceta de ensayista; véase la pericia con la que crea los contornos de cualquiera de los trabajos reunidos en El vaso de tiempo: la manera, por ejemplo, en que entreteje algunos pasajes de la correspondencia de Góngora para contarnos el sangriento final de su discípulo, el conde de Villamediana, y todo para llegar a la manera en la que el maestro cordobés hizo un homenaje a su seguidor utilizando recursos literarios sacados de la obra de éste.

Es precisamente en ese texto donde Huerta comenta, con pasmo justificado, el análisis que hizo Dámaso Alonso de la décima que Góngora dedicó a su malogrado amigo, en la que los octosílabos están armados en forma de espejo: el primero se corresponde con el séptimo, el segundo con el octavo, el tercero con el noveno y el cuarto con el décimo. En el centro del poema, el quinto verso está ligado con el sexto en la función de separar y al mismo tiempo unir los dos grupos de cuatro versos que están antes y después. Sensible a esos primores formales logrados en espacios inverosímiles, es llamativo descubrir cómo el autor de esa descomunal mina de tesoros que es Incurable se maravilla al contemplar el fulgor de una piedra única, de irresistible perfección.

Fue precisamente la contemplación infantil, de la mano de su tío Juan Huerta Romo, de la iglesia de Santa Rosa de Viterbo en la ciudad de Querétaro, con sus singulares botareles barrocos (que es como se llama a ciertos contrafuertes o refuerzos de los muros exteriores del edificio), lo que hizo que David Huerta descubriera la arquitectura. A mi parecer, es arquitectónico el resultado del armado estructural de El vaso de tiempo, que en última instancia es una consecuencia del espíritu con que fue construido cada uno de los trabajos que aparecen en él. (Creo que podría decirse, siguiendo con la analogía arquitectónica, que el edificio que resulta de la organización de los ensayos hace una perfecta lectura del paisaje en el que se levanta y de los materiales con los que trabaja.)

Como decíamos, el libro abre y cierra con textos que se refieren a Borges, si bien en el primero de ellos, dedicado enteramente al escritor argentino, no aparezca su nombre. En las páginas finales de El vaso de tiempo arribamos a los “botareles” del poema de José Gorostiza, porque “el vaso de tiempo”, como escribió el poeta tabasqueño, nos iza “en sus azules botareles de aire”. También volvemos a Borges, en particular a su cuento “El Aleph”. David Huerta aclara a “los sabelotodos y los dómines” que está bien consciente de que “El Aleph” es un cuento y no un poema, y que aun así su lectura de ese relato cabe sin problema en sus reflexiones sobre poemas y poesía porque la enumeración caótica que aparece en él, dice literalmente, “es uno de los grandes momentos en la poesía de lengua española”. También podemos decir que ese relato cabe en sus reflexiones sobre poesía, más allá de los géneros, porque es en la enumeración, que es clave en el desarrollo y el remate del famoso relato, donde el Borges personaje del cuento consigue derrotar a Carlos Argentino Daneri, quien lo derrotó a él en todo lo demás (especialmente en las atenciones amorosas de Beatriz Elena Viterbo), y mientras la enumeración de lo que Argentino Daneri ve en el aleph y reproduce en su absurdo poema “La Tierra” es en verso, la sublime descripción de lo que a su vez Borges ve en el mismo objeto, en la que por cierto aparece la palabra “Querétaro”, está en prosa.

Nueve son, decíamos, los textos reunidos en El vaso de tiempo. El número impar trabaja en favor de la estructura del libro y crea en nosotros un efecto a favor de la argumentación que vibra en sus páginas: y es que, en una suerte de remedo gongorino, en el centro del volumen, ocupando el quinto lugar, es decir con cuatro ensayos de un lado y cuatro del otro, David Huerta hace una apasionada defensa de la tradición. Ocurre en el trabajo dedicado al verso de Manuel José Othón “y en la sangrienta flor del cristianismo”. En ninguno de los textos anteriores o posteriores deja el ensayista de comentar palabras, versos, poemas que forman parte de la tradición más viva de la literatura de la lengua. Pero en el centro mismo del libro, como arropándola con vibraciones sensibilísimas y observaciones amorosas y sabias, Huerta coloca una página encendida en la que ofrece las razones por las que la tradición es uno de nuestros principales alimentos.

Si por un lado recupera las palabras de Ezra Pound, que define la tradición como “algo bello, digno de conservarse”, cosa que fundamentalmente hacemos por amor, por el otro cuenta que alguna vez uno de esos Carlos Argentino Daneri que crecen como hongos estériles en todas las sociedades literarias, que mucho leyeron y nunca entendieron nada, lo acusó de “emisario de Carlos V” por mostrarse entusiasta de “ciertas formas del tiempo”, particularmente del “endecasílabo español de raíz italiana”. Ésta, dice David Huerta, “una forma de la tontería paladinamente disfrazada de suficiencia intelectual”, recuerda la desafortunada frase “no hay más ruta que la nuestra” de Siqueiros, aquel “horrible pintor dechado de antipatía y espejo de dogmatismo homicida”.

El argumento del Daneri mexicano es que las vanguardias son contrarias a la tradición, cuando en realidad los grandes transformadores del lenguaje y las formas literarias del siglo xx no fueron sino unos singulares tradicionalistas. Así describe sus casos David Huerta: “el provenzalismo acérrimo de Ezra Pound, el talante homérico de Joyce, los juegos intertextuales grecolatinos e italianos de Eliot y hasta algunos temas de Haroldo de Campos como el de la ninfa marina Galatea”, que están en Góngora, Homero y hasta en Rubén Darío.

Porque la tradición, nos advierte Huerta, no es el uso automático y acrítico de las formas del pasado, que en sí mismas no son sino cáscaras sin nada adentro. Quizás para ilustrar lo que la tradición sí es, funciona el caso del astrónomo danés Tycho Brahe, cuya irrupción quizás resulte extraña, ésta sí, en un libro sobre poesía y poetas. Sin embargo, la imagen de la explosión estelar en el lugar en donde antes no había nada, sorpresiva incluso para quienes otean el cielo por costumbre; la aparición de una luz que nace en el cielo lejos y reverbera por los espacios siderales y siempre llega, acaso sean una metáfora convincente del nacimiento y del efecto duradero de la tradición. Puede desaparecer de nuestra vista, es cierto, pero queda reverberando para siempre, esté en nuestro abierto o cerrado celaje, seamos o no conscientes de ella.

En efecto, Huerta mismo, entre otras apariciones estelares en la poesía de los últimos siglos, siente brillar la estrella de Tycho Brahe en una lira de Francisco Luis Bernárdez… y no tanto por el uso de ese género de estrofa, la lira, sino porque en los versos del poeta católico argentino está algo que no deja de crecer y de decir:

 

Pero ¿qué significa

esa estrella que aumenta de tamaño,

ésa que multiplica

su resplandor extraño,

ésa que se parece a la de antaño?

 

Con un ejemplo más cercano a nosotros, David Huerta nos hace advertir cómo nace la estrella de Tycho Brahe en unas celebérrimas líneas de Lope de Vega, aquellos octosílabos eternos que dicen:

 

A mis soledades voy,

de mis soledades vengo

porque para andar conmigo

me bastan mis pensamientos

 

y luego brillar, dos siglos más tarde, en la luz que proyectó en el finisecular cielo potosino de Manuel José Othón:

 

De mis obscuras soledades vengo

y tornaré a mis tristes soledades

a brega altiva, tras camino luengo.

 

En el trabajo que descubre las relaciones entre poetas castellanos y anglosajones, Huerta documenta que Edgar Allan Poe sabía de memoria unos versos de Fray Luis de León, y recupera una estrofa tal y como la recordaba el poeta norteamericano. No sólo porque así imagino su dicción sino también porque así está escrita, es que puede leerse así:

 

Un no rompido sueno –

Un día puro – allegre – libre

Quiera –

Libre de amor – De zelo –

De odio – De esperanza – De rezelo

 

Lo curioso del caso es que esta estrofa es una construcción de Poe: al no recordar correctamente la oda, el poeta la rearmó a partir de materiales que originalmente pertenecen a dos estrofas distintas. Ya oigo la voz de Juan José Arreola advirtiéndonos que alguna verdad, nada despreciable, hay en esa elección discriminatoria de palabras y pasajes, porque “la memoria corrige los textos”, como le dijo el propio Borges cuando el narrador mexicano citó delante de su colega argentino, incorrecto pero en cierto modo mejorado, el inicio del relato borgiano “Los teólogos”.1 Edgar Allan Poe tomó lo mejor de dos estrofas distintas y armó una sola para llevarse consigo más fácilmente en la memoria unos versos que le gustaban, e incorporarlos de esa singular manera a su propia tradición. Todo esto y muchísimo más podemos pensar gracias a lo que nos hace ver el autor de El vaso de tiempo.

David Huerta, que generosamente me permitió leer su libro antes de entregarlo a la editorial, incluyó de último momento mi nombre en el postrero de los ensayos para contar que una vez le dije, sobre el candil al que López Velarde dedicó un poema especialmente complejo, que ese misterioso objeto que pende de la bóveda del crucero de una iglesia precisamente de San Luis Potosí conserva su misterio incluso después de que uno lo ha visto en persona. Es curioso que haya leído yo esas palabras estos días, en su libro ya hermosamente editado, porque acabo de pasar unos días en la capital potosina. Una vez que me encontré nuevamente debajo del candil, por cierto ya por tercera vez (y conste que una de esas veces incluso le hice un pequeño estudio fotográfico que publiqué en mi blog), Daniela, mi compañera, me hizo notar un detalle en el que nunca había reparado: al cuerpo de la carabela de cristales suspendida en el grandioso ámbito del templo de San Francisco le cuelga una conmovedora anclita, tan discreta que fue totalmente nueva para mí.2 Eso quiere decir que el objeto mismo, como nos dice David Huerta, tiene algo de inacabable, ya no digamos de misterioso, exactamente como ocurre con la tradición.

La sabiduría ama la duda, se entiende con ella y gusta de permanecer suspendida, como el candil de López Velarde, en el infinito ámbito de lo que no abarcamos. ¿No es ése el género de inteligencia de Borges —quien decía que siempre es mejor que nuestro interlocutor tenga razón—, exactamente la misma que obliga a Huerta a terminar su libro con una pregunta? Éstas son sus palabras: “¿No es el poema un vaso de tiempo donde se entrecruzan todos esos ecos, resonancias, ideas, imágenes exploradas aquí en un puñado de textos?” Libro sabio y delicado, El vaso de tiempo es un recipiente en el que las aguas más antiguas y profundas, hechas siempre de tiempo (es decir: de mudanza, de tránsito, de fugacidad) se remansan un momento y adoptan, como hubiera querido Gorostiza, una forma que nos permite siquiera por un momento contemplarlas con toda nitidez.  EP

 

 1. Aquí el inicio de “Los teólogos”. En otro lugar he contado en qué consiste la “corrección” que le hizo Arreola y que Borges aprobó: “Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro”.

2.  Fragmento de “El candil”, de López Velarde,   en donde se alude al ancla:

Embarcación que iluminas

a las piscinas divinas:

en tu irisada presencia

mi humildad se esponja y se anaranja,

porque en la muda eminencia

están anclados contigo

el vuelo de mis gaviotas

y el humo sollozante de mis flotas.

 

____________________

Fernando Fernández fundó y dirigió la revista Viceversa, fue director del Programa Cultural Tierra Adentro y director general de Publicaciones del Conaculta. Su libro más reciente es Chirimoya (Ediciones Acapulco, 2016).

Más de este autor