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#Ayuujk: ¿Todo es culpa de los usos y costumbres?*

Yásnaya Aguilar | 23.02.2018
#Ayuujk: ¿Todo es culpa de los usos y costumbres?*

* Agradezco a la politóloga mixe Tajëëw Díaz Robles por sus comentarios, precisiones y las ideas surgidas en muchas inquietantes discusiones con ella sobre el tema.

 

Leo noticias en línea: un homicidio en una comunidad indígena de Oaxaca. Luego voy a la sección de comentarios. Sé muy bien que no debería hacerlo. Casi puedo predecir la conclusión a la que salta, sin reflexión de por medio, la gran mayoría de ellos: los delitos cometidos en comunidades indígenas son causados por sus “usos y costumbres” que las mantienen en la época medieval y que propician la violación de los derechos humanos. Deben abandonarlas inmediatamente y ceñirse a los principios de la Constitución Mexicana para frenar la violencia salvaje en la que viven esas comunidades.

Parece una exageración, pero es bastante común y es agotador leer este tipo de comentarios una y otra vez.

Más adelante, leo también un reportaje titulado “Eufrosina Cruz: la rebeldía indígena sin pasamontañas” en la revista Newsweek en español sobre la trayectoria de la esta diputada panista, en la que Ignacio Lozano, académico del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) afirma que “los usos y costumbres, como sistema de gobierno, fueron una curiosa innovación en beneficio de los intereses del Partido Revolucionario Institucional (PRI)”. Para reforzar sus palabras, Lozano cita en el mismo reportaje a Allyson Benton (también investigadora del CIDE): los usos y costumbres “fueron identificados durante las décadas de 1970 y 1980 para escoger candidatos en los municipios del país en los que las autoridades locales, afines al PRI y generalmente indígenas, querían perpetuarse en el poder”.

Mientras que la violencia en las comunidades indígenas se lee como un elemento intrínseco y esencial a sus “usos y costumbres”, la violencia dentro del estado mexicano se ve como un fallo del Estado de derecho, como bien apunta la politóloga mixe Tajëëw Díaz Robles, y no como un elemento constitutivo del Estado mismo. También, desde ciertas posturas académicas, se explica como un mecanismo generado por un partido político para perpetuar a sus allegados en el poder local.

Tradicionalmente se ha llamado “usos y costumbres” a las organizaciones de muchas comunidades indígenas que son distintas a las del Estado mexicano. Se les llama “usos y costumbres” a estos sistemas de organización política y social así como se les ha llamado “dialectos” a las lenguas indígenas, que implica en ambos casos una carga diferenciadora, despectiva e injustificada. Desde la amplia bibliografía al respecto, se ha explicado que no debe confundirse “usos y costumbres” con la organización sociopolítica de muchas comunidades indígenas. Los “usos y costumbres” las tienen todas las sociedades y culturas del mundo, no es algo exclusivo de las comunidades indígenas.

México es un Estado que está organizado como una república democrática. Para elegir a los que gobiernan esta república, se ha creado con el tiempo un sistema de partidos políticos que en teoría representan los intereses de los diferentes sectores de la población. Sin embargo, existen muchas comunidades indígenas que se organizan de manera distinta. ¿De qué manera? Eso cambia según el caso, la organización de la vida política en la Sierra Tarahumara será distinta a la de una comunidad mixe en la Sierra Norte de Oaxaca. Es importante señalar también que no todas las sociedades indígenas se organizan de manera distinta a la del Estado mexicano, muchas utilizan los mismo mecanismos propios de la República Mexicana en la que se insertan, son muchos municipios indígenas que funcionan como funcionan los municipios no indígenas y también eligen a sus gobernantes locales por medio de un sistema de partidos políticos.

En el caso de Oaxaca, una cantidad considerable de comunidades indígenas se han organizado en municipios que funcionan de manera sensiblemente distinta a como funciona el resto de los municipios del país. Esto quiere decir que, como ya se reconoce en Oaxaca, cuentan con un sistema normativo interno propio, con una organización distinta a la de la república democrática que, en muchos casos, se llama “comunalidad” , concepto acuñado y descrito a detalle por el antropólogo mixe Floriberto Díaz y el antropólogo zapoteco Jaime Martínez Luna en el libro Escrito. Comunalidad, energía viva del pensamiento mixe del primero y en el libro Eso que llaman comunalidad del segundo. No se trata entonces de “usos y costumbres”, sino de un sistema de organización política distinta. Estos pueblos de Oaxaca en específico se rigen por los principios de la comunalidad así como el país se rige por los principios de una república democrática.

Por eso me parece siempre absurdo que los actos violentos o las injusticias que tienen lugar en comunidades indígenas se expliquen en función de los mal llamados “usos y costumbres” entendiéndolos como el sistema que los norma sociopolíticamente; hacer eso equivale a decir que las violaciones de los derechos humanos en este país (lamentablemente tan abundantes) se generan porque está organizado como una república democrática. Sería absurdo decir que, para que cesen estos atropellos y delitos, el país debe dejar de ser república y convertirse en, digamos, una monarquía. Nunca he leído que el indignante números de feminicidios en el Estado de México sea culpa de la democracia y que ésta deba ser abolida inmediatamente para evitar así la violencia contra las mujeres. Si la violación de los derechos humanos no es esencial ni intrínseca a una república democrática, una violación en una comunidad indígena no es esencial ni intrínseca a la forma de su organización sociopolítica. Si nadie pide que, ante la violación de derechos humanos, se derogue la república, ¿por qué se pide que las comunidades abandonen sus “usos y costumbres” cuando se comete un delito o se realizan actos violentos dentro de ella?

Los “usos y costumbres” no son la forma de organización política de las comunidades indígenas aunque así se les ha llamado para no reconocerlos como sistemas organizativos y de gobierno propios, cuando es el caso. Esto ya se ha dicho muchas veces, los “usos y costumbres” son rutinas que se van volviendo imperativas socialmente, pero que no forman parte de la forma de gobierno o de la organización política de una sociedad. En ciertos lugares, se tiene el uso y la costumbre de entregar un anillo con un diamante a las mujeres cuando se les propone matrimonio, no he leído jamás que alguien sostenga que la entrega de este anillo sea un “uso y costumbre” mediante el cual se asegura la “compra” de las mujeres con fines de matrimonio en la cultura occidental; comentarios que, en cambio, son muy comunes cuando se habla de la entrega de la dote que sucede en varias comunidades indígenas. Son múltiples los “usos y costumbres” en contextos no indígenas que he presenciado: la presentación de un libro, las curiosas costumbres de las bodas de la Ciudad de México en donde el contrayente le quita publicamente un liguero a su nueva esposa, el muy extraño comportamiento de entregar una tela tricolor de un presidente de la República a otro al terminar el gobierno de cada sexenio, entre muchos otros. A nadie se le ocurriría decir que todos estos “usos y costumbres” son esenciales a la República Mexicana o que la definen.

Por otra parte, la participación política de las mujeres ha sido un tema al que frecuentemente se recurre para multiplicar los comentarios que denostan la forma de organización social de muchas comunidades indígenas. Sin embargo, hemos olvidado que han sido las repúblicas democráticas las que le han negado el derecho al voto a las mujeres hasta hace ciertas décadas; nunca escuché que para remediar esa situación se tuviera que abolir la república y cambiar de forma de organización sociopolítica, que sería mejor deshechar las repúblicas y adoptar la monarquía argumentando que en ésta sí se han admitido reinas. ¿Por qué sí se lo piden a las comunidades indígenas? ¿Por qué se sigue ignorando que dentro de las comunidades existen personas que luchan por mejorar el funcionamiento de nuestro propio sistema de gobierno y de organización social? Tanto la República Mexicana como los pueblos indígenas que se rigen por la comunalidad (por poner un ejemplo de organización) son perfectibles en los hechos. A ninguno le es escencial por definición la violación de derechos humanos.

La violencia y las injusticias que se presentan en nuestras comunidades nos causan indignación y dolor. Las leemos como hechos indeseables, no forman parte fundamental de nuestros ideales, ni son parte intrínseca de nuestra organización social. Así como un hecho violento dentro del Estado mexicano es leído como algo indeseable y no como un uso y costumbre propio de la cultura occidental, así leemos la violencia cuando sucede dentro de una comunidad indígena. Así como en las sociedades no indígenas, muchas personas dentro de los pueblos indígenas se esfuerzan por combatir la violencia y la injusticia sin pretender por eso cambiar nuestro sistema de organización política, ese sistema que se han empeñado en llamar “usos y costumbres”. Al contrario, queremos que funcione como idealmente dictan los principios de lo que entendemos como vida armónica.

Por supuesto, todo sistema de organización puede pervertirse; una dictadura es la negación (o el fracaso o la antítesis) de una democracia lo mismo que un cacicazgo (entendido en su sentido actual) es la negación de la comunalidad o de la organización comunitaria. Nadie diría que una república democrática existe para generar y sostener dictaduras. ¿Por qué se sostiene que la organización comunitaria de muchos pueblos indígenas existe para crear cacicazgos o perpetuar a líderes en los gobiernos locales? Ahí donde un cacique prospera, el poder de la organización comunitaria se debilita. Donde la organización comunitaria es fuerte las posibilidades de un cacicazgo son menores.

Entiendo que es necesario cuestionar el origen, el significado y la validez de los “usos y costumbres” de todas las sociedades del mundo, pero esto se tiene que hacer en todos los casos en todas las culturas y países, no sólo en los pueblos indígenas. De hecho, muchas personas dentro de las comunidades indígenas hacemos esta reflexión dentro de nuestras propias experiencias. Por ejemplo, muchas mujeres indígenas discutimos, denunciamos, problematizamos, hablamos y reflexionamos sobre la participación política dentro de nuestras comunidades y asambleas sin que estos ejercicios impliquen la abolición de nuestra organización sociopolítica. Al contrario, creemos que debemos defenderla del racismo con el que se habla de ella.

Las comunidades indígenas que han elegido organizarse en una estructura sociopolítica distinta a la elegida por el Estado mexicano se enfrentan a los mismos retos que el resto de la sociedad que los rodea, retos que en este país no son pocos. Pero además, se enfrentan a retos propios como el neoextractivismo que las despoja de territorio y bienes naturales. Encima de todo, tienen que enfrentar estos retos en un caldo de racismo que puede verse claramente en la reacción que provocan las noticias que narran hechos violentos sucedidos en las comunidades indígenas (oh, sorpresa, también ahí suceden, resulta que no somos los buenos salvajes que siempre han creído).

Al final, un homicidio o una injusticia son leídos de manera muy distinta dependiendo del contexto, si sucede en una comunidad indígena se atribuye a sus “usos y costumbres” de manera esencial y definitoria, si sucede en contextos urbanos no indígenas se pueden realizar amplios debates, pero nunca nadie dirá que la culpa de todo eso lo tiene el hecho de que este país está organizado en forma de república o que la sociedad mexicana tiene por uso y por costumbre asesinar y violentar. La violencia y la injusticia, cuando tienen lugar en comunidades indígenas, se leen con lentes de racismo y no como fallos de un sistema.

A modo de parodia, la siguiente vez que lea la noticia de un homicidio en la Ciudad de México comentaré que la culpa la tiene el hecho de que este país sea una república, que si cambiamos esta salvaje, primitiva y anticuada forma de organización sociopolítica (bastante anticuada, pregúntenle a los griegos), estos delitos dejarán de existir. O tal vez no, tal vez deje un comentario enfatizando que la violencia y la injusticia son usos y costumbres de la sociedad “mestiza” mexicana. Pero no lo haré, porque la vida humana y su pérdida merecen respeto.

 

FOTO: Sierra Mixe <http://www.ororadio.com.mx/noticias/2016/01/yacochi-entre-el-gelido-aliento-del-zempoaltepetl/>

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