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Voces de la migración: La espiral descendente de un imperio

 Fernando Sepúlveda Amor | 01.03.2018
Voces de la migración: La espiral descendente de un imperio

La comunidad internacional y los grandes sectores de la población estadounidense vieron con asombro y terror la bochornosa y atemorizante llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos (EU), sin considerar que Trump, a final de cuentas, no es más que el efecto, y no la causa, de un deterioro paulatino en el último cuarto del siglo pasado de la posición de este país en el contexto mundial y, a nivel interno, de las tensiones sociales surgidas de una creciente diversidad étnica y cultural, de una disparidad cada vez mayor en el ingreso entre una élite adinerada y el grueso de la población, de una desconfianza de la ciudadanía en las instituciones públicas y el gobierno, de una influencia perniciosa del dinero proveniente de los grupos de interés en las campañas electorales y de un oscuro movimiento de sectores políticos conservadores para la supresión del voto de oponentes partidistas con el pretexto de combatir el fraude electoral. Éstas, entre otras razones, están causando una fractura alarmante en el tejido político y social de EU, así como minando la democracia, lo que ha tenido como resultado una parálisis y una disfuncionalidad del gobierno, al igual que una profunda división en la ciudadanía.

La estabilidad resultante del triunfo en la Segunda Guerra Mundial y las adecuadas políticas adoptadas por EU en la posguerra permitieron una importante consolidación industrial y la elevación del nivel de vida de grandes sectores de la población. La lucha por los derechos civiles, que culminó en 1964 y que prohibió la segregación racial y la discriminación con base en la raza, color, religión, sexo u origen nacional, fue un parteaguas que liberó a un considerable número de trabajadores agrícolas afroamericanos en el medio rural, que migraron y se emplearon en el sector industrial y de servicios, lo que tuvo como consecuencia una creciente demanda de mano de obra de baja calificación en las tareas antes desempeñadas por los afroamericanos, y que fue cubierta progresivamente por la inmigración de trabajadores de otros países, muchos de ellos indocumentados, lo que en el transcurso del tiempo se tradujo en una disminución proporcional de la población de raza blanca y cristiana y en un incremento de la población foránea.

En el ámbito económico, la consolidación de la clase media, producto del auge industrial y de servicios de la posguerra, permitió el ascenso de importantes sectores al “sueño americano”, representado por la propiedad de una casa, automóviles, un empleo estable con prestaciones y acceso a la educación superior. Esta situación comenzó a cambiar en la administración del presidente Reagan, en la que la aplicación de las teorías de la economía de la oferta —comúnmente conocidas como “economía de cascada”— y las políticas liberales implantadas por Margaret Thatcher en Inglaterra, tendientes a disminuir las seguridades en el trabajo y los derechos sindicales, lo mismo que la emigración manufacturera y de servicios al exterior en aras de la reducción del costo de la mano de obra, los beneficios en el trabajo y las regulaciones ambientales, impactaron severamente el nivel y la calidad del empleo en EU, retrocediendo los avances económicos alcanzados por la clase trabajadora.

Lo anterior, unido a los adelantos tecnológicos industriales por la robotización y los cambios de algunos sectores en la economía, como el caso de las industrias automotriz, del carbón y del acero, dejaron regiones enteras, antes muy prósperas, en la miseria, en las que las opciones de trabajo son empleos mal pagados, temporales y sin beneficios, lo que ha derivado en altos índices de alcoholismo, drogadicción y suicidio, lo mismo que un estado de depresión social muy agudo.

Por otra parte, las políticas económicas implantadas en los últimos 40 años han favorecido el enriquecimiento de las clases más acomodadas y la paralización del ascenso de las clases media y baja, donde el 1% de la población más rica acumula el 20% del ingreso y el 50% perteneciente al sector de menores ingresos recibe únicamente el 12%, así como que el 10% en la cumbre posee el 76% de la riqueza representada por bienes e inversiones y el 50% en la base tiene solamente el 1%, situación que plantea una seria amenaza a la democracia y a la estabilidad social y política de EU, lesionando los principios básicos de justicia social e igualdad de oportunidades.

La disparidad en el ingreso y el estancamiento del ascenso económico de más de la mitad de la población, unido a la percepción de que los inmigrantes ocupan los puestos de trabajo de los estadounidenses y abaten los salarios, han creado un gran descontento en el electorado, lo que fue astutamente aprovechado por Trump cuando se presentó como el protector de los desposeídos a través de un mensaje populista que tiende a señalar a la inmigración como culpable del deterioro económico de este sector y, al mismo tiempo, de la pérdida de la identidad étnica y cultural de EU, al exacerbar adicionalmente los temores de la población acusando a los inmigrantes de delincuencia y terrorismo.

Lamentablemente, la suma de factores que han causado el deterioro interno y las realidades cambiantes del mundo exterior ha colocado a EU, por primera vez en la historia moderna, a la defensiva, con un ascenso acelerado de China en el contexto mundial; un notable crecimiento de las economías intermedias y un estado de guerra permanente en el Medio Oriente y Afganistán con un enorme costo económico y político, lo que ha tenido como resultado la percepción por parte de la ciudadanía estadounidense de la declinación del poderío de EU. La posición de Trump ante estos retos ha sido promover una política nacionalista a ultranza, aislacionista, ofreciendo regresar el reloj de la historia a la época de la hegemonía mundial del país a mediados del siglo pasado, la predominancia de la población de raza blanca y cristiana y una economía creciente que le dé trabajo a toda la población subempleada actualmente. Para ello, no ha dudado en distorsionar los hechos para presentar una versión catastrófica de la situación en el país y mostrarse como el campeón de la causa de “Hacer a EU otra vez grande” y establecer una política de “EU primero”, mediante el planteamiento de soluciones simplistas que apelan a las emociones de un público frustrado y temeroso dispuesto a creer en soluciones mágicas a sus problemas.

Sin embargo, la llegada al poder del gobierno de Trump se ha caracterizado por la adopción de políticas que favorecen más al capital y a las grandes corporaciones que al ciudadano común, eliminando una serie de regulaciones en materia fiscal, financiera, ambiental, energética y educacional, tendientes a revertir normas que supuestamente impiden el desarrollo empresarial y el potencial económico de EU para hacerlo competitivo a nivel internacional, para lo cual se ha retirado del Acuerdo de París y del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés) y ha amenazado con la renegociación de los tratados de libre comercio de Norteamérica y Corea del Sur, adoptando una actitud agresiva en relación con las alianzas estratégicas con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), los tratados internacionales de contención nuclear en Irán, el conflicto palestino-israelí, la nuclearización de Corea del Norte y la relación con la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

A nivel interior, desafortunadamente, el Congreso, con una mayoría republicana, ha sido incapaz de ejercer un balance de poderes a los excesos de Trump, ha pasado por alto graves abusos de poder y ha sido cómplice en el intento de adelantar una agenda que atenta en contra del bienestar de la población especialmente de la de menores ingresos, la salud fiscal del país, la democracia y la paz mundial. El intento de desmantelar la reforma de salud de Obama, que permitió el aseguramiento de 15 millones de personas, y los ataques al funcionamiento del programa de Medicaid, que da servicio a 74 millones de personas de bajos recursos, y a otros programas sociales de apoyo a la población de menores ingresos relacionados con capacitación, educación, vivienda y alimentación con el pretexto de reducir el déficit fiscal y tener un presupuesto equilibrado, se contrapone con la aprobación de una reducción de impuestos por 1.5 trillones de dólares que favorece a las clases más acomodadas y, a la larga, aumentará los impuestos a 28% de la población para 2027, lo mismo que la aprobación de un presupuesto para 2018 que incrementa notablemente el déficit fiscal y contradice las posiciones tradicionales del Partido Republicano en materia de responsabilidad fiscal.

Si a todo lo anterior agregamos la influencia del dinero en las elecciones a partir de la decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos en el caso Citizens United versus Federal Election Commission, en la que la Corte consideró que las corporaciones son personas, eliminando así las barreras a la aportación de recursos de las empresas a las campañas electorales, por una parte; y, por otra, la perniciosa redistribución de los distritos electorales en los Estados a cargo de gobiernos republicanos para asegurar mayorías electorales, así como las restricciones al ejercicio del voto de las clases de menores ingresos que favorecen al Partido Demócrata, bajo el pretexto de combatir el fraude electoral, hay indicadores preocupantes de tendencias antidemocráticas con miras al establecimiento de una plutocracia.

La contracción hacia el interior, el aislacionismo, el abandono de la diplomacia, la reafirmación con base en el poderío bélico, la exacerbación del nacionalismo, el rechazo a la inmigración y al multiculturalismo, el cultivo del odio y del temor, el autoritarismo, el sabotaje de la democracia, la intolerancia, las divisiones internas, la disfuncionalidad del gobierno no son más que el inicio de la espiral descendente.

Esperamos que esto no sea más que una enfermedad temporal y que los principios en los que fue fundado EU pronto vuelvan a brillar en el firmamento mundial.  EP

 

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Fernando Sepúlveda Amor es director del Observatorio Ciudadano de la Migración México-Estados Unidos.