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David Antón, el príncipe del arte escenográfico

Iván Restrepo | 01.03.2018
David Antón, el príncipe del arte escenográfico

David Antón (1924-2017) lo conocí en 1963 luego de una de las representaciones teatrales de Un hombre contra el tiempo, de Robert Bolt, basada en la vida de Tomás Moro y dirigida por Seki Sano. El actor José Gálvez me invitó a cenar con ellos. Esa noche, Sano, quien tenía fama de poseer un mal carácter, fue un personaje encantador.

Más tarde me reencontraría con David en múltiples obras de teatro y como escenógrafo de revistas musicales de varios amigos en común. La amistad se hizo todavía más estrecha a través del autor de La Virgen de los sicarios, el colombiano Fernando Vallejo, quien, desde su llegada a nuestro país en febrero de 1971, fue su pareja sentimental, además de que fuimos vecinos en la hoy destrozada colonia Condesa.

Un sobrio y bello libro reúne algunas de las creaciones de Antón: En los andamios del teatro: las escenografías de David Antón (Escenología, 2013), editado por Edgar Ceballos, ofrece un sucinto recuento de su vida profesional. La edición está hecha con muy buen gusto. Un brevísimo texto sirve de presentación, pues lo importante es ofrecerle al lector una parte de lo que hizo. Ceballos tuvo la buena idea de presentarlo en el Museo del Estanquillo, donde se guarda el magno legado que Carlos Monsiváis hizo al pueblo de México. En nuestro país la palabra “estanquillo” se refiere a una tienda donde prácticamente es posible encontrar todo tipo de mercancías de buena calidad. Este tipo de establecimiento reinó en el siglo xix y todavía sobrevive en el presente en barrios y colonias agobiados por la modernidad impuesta por los súper y megacomercios.

La producción de David Antón semeja un estanquillo por la variedad de temas que abordó en las más de seiscientas obras de teatro en las que fue responsable de la escenografía —para algunas de ellas también diseñó el vestuario—. Su trabajo inició en 1954 y tuvo que dejarlo hace apenas dos años por cuestiones de salud. Las obras en las que participó son de autores de países como México, Francia, Italia, España, Inglaterra, Estados Unidos y Alemania, entre otros.

El trabajo escenográfico de David va de lo clásico a lo moderno, de Nicolás Maquiavelo, Pedro Calderón de la Barca y William Shakespeare a León Tolstói, Oscar Wilde, Jean-Paul Sartre, Jorge Amado, Arthur Miller, Peter Shaffer y Alejandro Jodorowsky. Entre los trabajos de autores mexicanos destacan sus puestas en escena de obras de Wilberto Cantón, Federico S. Inclán, José Pablo Moncayo, Carlos Olmos, Emilio Carballido, Juan José Gurrola y Hugo Argüelles. Y sin dejar de lado el teatro musical y de revista, trabajó en obras protagonizadas por las cantantes y actrices María Victoria, Lucha Villa, Ninón Sevilla y Daniela Romo, así como por don Enrique Alonso “Cachirulo”. Mención especial merecen igualmente sus escenografías para óperas como La traviata, La favorita, Rigoletto y La bohème, y para musicales como Hello, Dolly!, Sugar y Mame.

Si algo definió el trabajo de David Antón fue su deseo de perfección y buen gusto, cualidades que se dieron también en su vida diaria, en la amistad, algo que le viene de lejos. En varias de las cartas que el maestro Salvador Novo publicaba cada quince días en la ya desaparecida revista Hoy, elogia precisamente esas características, a las que agrega el don de gentes que tenía Antón. Refiere el autor, crítico y cronista la grata presencia de David en las comidas que ofrecía los domingos doña Dolores del Río en su casa de Coyoacán, en las que concurrían relevantes figuras de la cultura.

 

La hora española de Maurice Ravel, dirigida por José Antonio Alcaraz, Palacio de Bellas Artes, 1979 (escenografía)

 

Una muestra de esas cualidades está en la carta que Novo publicó en febrero de 1964, y que me permito recordar, donde habla de una cena a la que fueron convocados en honor al distinguido director, actor y dramaturgo mexicoestadounidense Romney Brent, quien dirigió algunas obras de Dolores. Novo escribe:

Llegamos al departamento de David Antón en Polanco. Tomamos whisky (Dolores no, por supuesto; y yo poco, pues lo que el whisky me da no es euforia sino somnolencia), fumamos, conversamos, solícitamente atendidos por el anfitrión hasta que no se reunieron todos sus invitados y su robusto mesero sirvió el bufet.

Confieso que, visualizándolo bohemio, subestimaba yo a David Antón como anfitrión. Temí que fuera a darnos antojitos mexicanos. Todo lo contrario: había un arroz perfecto —no demasiado blando—, unas pechugas con champiñones, un soufflé y un pastel exquisito de crema chantilly. Todas estas delicias fueron del agrado de los presentes.

 

Hasta aquí lo escrito por el puntilloso Novo.

Otras delicias son las que durante tantas décadas, en cada puesta en escena, ofreció al público amante del teatro y la ópera el admirado, querido y caballeroso David Antón, quien en casi cuarenta y siete años de relación amorosa con Fernando Vallejo supo ser la miel que endulzaba y contenía los ácidos ataques verbales del autor colombiano-mexicano contra la Iglesia, los presidentes de todo el mundo, los políticos y los escritores que deben su fama más a la publicidad que al contenido literario de sus obras.

Digamos, finalmente, que algunos mediocres han sido galardonados con el Premio Nacional de Artes. Quizá por no tener la costumbre de recurrir a padrinos que lo promovieran, ni de dedicar su tiempo a mover influencias, y por estar más que satisfecho con lo que hacía, Antón no recibió tal distinción. Y vaya que reunió méritos más que suficientes para obtenerla. Las altas autoridades culturales consideraron que sin cabildeo para acarrear apoyos a favor no habría manera de que se le diera la condecoración.

Aunque tarde, y compartida, en 2012 le otorgaron la Medalla Bellas Artes. Por fortuna, el público y el mundo del teatro y la ópera le dieron en cada una de sus escenografías y diseños de vestuario el máximo reconocimiento al que siempre aspira un artista como David.

Murió como vivió: con una gran sencillez. Al “príncipe del arte escenográfico”, como lo bautizó acertadamente el autor y crítico Rafael Solana, lo extrañaremos siempre.  EP

 

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Iván Restrepo es director del Centro de Ecología y Desarrollo (Cecodes), editorialista de La Jornada, director de La Jornada Ecológica y musicólogo.