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NO SOY DE AQUÍ, NI SOY DE ALLÁ:  Céline: bagatela para una polémica

Philippe Ollé-Laprune | 01.03.2018
NO SOY DE AQUÍ, NI SOY DE ALLÁ:  Céline: bagatela para una polémica
Con este texto inauguramos la nueva columna mensual de Philippe Ollé-Laprune, quien, en su condición de extranjero radicado en México desde hace veinte años, abordará temas culturales de interés internacional. Le damos la más cordial bienvenida.  EP

Traducción de Adriana Romero-Nieto

 

El 11 de enero de 2018 la prestigiosa editorial Gallimard tomó una medida extraña, incluso soprendente: “postergaba” la publicación de tres panfletos de Louis-Ferdinand Céline debido a reacciones hostiles. Estos libros estuvieron prohibidos por mucho tiempo y la viuda del escritor no tenía ganas de verlos circular en consonancia con los deseos del autor, quien murió en 1961. A sus ciento cinco años de edad, por razones que sólo ella conoce, finalmente decidió autorizar la edición. El comunicado de Antoine Gallimard, director y dueño de la gran casa editorial, explica: “En nombre de mi libertad de editor y de mi sensibilidad con mi época, suspendo este proyecto al juzgar que no se reúnen las condiciones metodológicas ni de memoria histórica para llevarlo a cabo con serenidad”. Este retraso nos invita a reflexionar.

Céline es un escritor singular para las Letras francesas del siglo xx: la publicación de su primera novela en 1932, Viaje al fin de la noche, constituye un evento literario de primer orden. Relata las aventuras de Bardamu —héroe y antihéroe que, claro, tiene puntos en común con el autor— sumergido en un universo de restos pesadillescos. Los sentimientos van del desaliento a la ternura gracias a un lenguaje personal extraordinario, su “musiquita”, como él mismo designa a su estilo. Céline es médico y trabaja para una clientela modesta, a la que a veces no le cobra. Personaje singular, no se mezcla con el medio literario: su desfachatez y su humor, sus furias y sus odios, con los que sólo le queda resignarse, no lo hacen particularmente simpático. Define el amor como “el infinito puesto al alcance de un caniche”. Céline es profundamente iracundo: vocifera contra todos y contra todo. Y en esa verborrea rencorosa rápidamente tiene una predilección por “el judío”. La época lo empuja, alimenta su fobia, es muy natural que apoye las tesis nazis y que nunca se retracte, hasta su desaparición. Cuando en 1944 lo evacúan y llevan, casi a la fuerza, a Alemania para protegerlo, ¡trata a las ss como si fueran “judíos”! Infinidad de textos se centran en este repulsivo aspecto de su personalidad que nadie podría disculpar. Grita con los lobos pronazis y también escribe, entre otras cosas, estos tres panfletos violentos al igual que racistas: “Bagatelas para una masacre”, “La escuela de los cadáveres” y “Las bellas sábanas”. Tal como lo pide este género literario, están cargados de violencia y la pluma del narrador se echa a volar gracias a la expresión de un odio saturado de palabras provenientes del lenguaje popular o incluso de neologismos. Pocas veces la rabia es buena consejera de la escritura pero, en el caso de este autor, hay que reconocer que las ocurrencias y las verborreas provocadas por esta mecánica tienen tendencia a alimentar la pluma en vez de desviarla; las tripas de Céline equivalen a su centro vital. Para nada pretendo aprobar sus ideas ni disculparlas, mucho menos decir que su histeria permitió la eclosión de un genio cuyas opiniones debemos aceptar sin chistar. No. Pero su fuerza y su orginalidad están relacionadas con este lodo que sale a la superficie y que el autor sabe utilizar para avanzar en la creación de su obra.

Céline tiene muchos lectores, admiradores de sus textos, de su lengua, y completamente alejados de sus opiniones. Los pocos y raros antisemitas que reconocen sin vergüenza sus inclinaciones por estas tesis repugnantes y que admiran esta obra son sólo una minoría despreciable, que en nada cambia la genialidad del escritor. Hoy estos tres panfletos tienen un valor documental y forman parte de un corpus de textos cuya totalidad da sentido al trabajo y al espíritu de un autor discutible y discutido. Creíamos que la historia de la literatura servía como protección y garantizaba un estatus de obra de referencia a estos tres textos, pero no es así. La proliferación de los ataques llevó al editor a renunciar a su publicación, con una docilidad que sorprende mucho. Tal vez la idea de defender a Céline no lo sedujo y no deseaba recibir ataques cuya violencia conocemos. Algunos incluso quisieran que discutamos la actitud ambigua de esta casa editorial durante la ocupación. Defender la publicación de las obras más violentas de Céline podría reavivar dolores ya abandonados en el pasado.

 

Louis-Ferdinand Céline (1894-1961)

 

El ataque más común vino de los defensores de las familias de las víctimas de los campos de la muerte, en particular de parte de Serge Klarsfeld, abogado e historiador, presidente de la asociación de hijos e hijas de los deportados de la Shoá. Su argumento es simple: los textos están regidos por la ley y su publicación sería un insulto a la memoria de estos muertos. Por otro lado, si no hubiera pedido la prohibición pura y simple de esta publicación, habría recibido el rechazo a su presencia en las librerías, pero le parece legítimo que investigadores puedan tener acceso a ella … Textos reservados a las bibliotecas, entonces, pero que el simple lector no puede adquirir. Siempre con esa idea al servicio de la censura, cualquiera que ésta sea: hay que proteger al lector, hay textos que pueden dañar su pensamiento. Esta práctica de la prohibición curiosamente siempre se aplica por el bien del lector, frágil e impresionable. Y no entendemos cómo la lectura de estos libros sería una ofensa a la memoria de quien sea. Los deportados que murieron en los campos de concentración están revestidos de una dignidad que no se deja impresionar por insultos; ganaron una nobleza que nada podría quebrantar.

Sabemos que ciertos autores importantes de la prestigiosa editorial parisina hicieron saber, en privado, su oposición a esta publicación; más bien discretos, no quisieron que sus nombres circularan en la prensa. Ver que sus obras estarían atrapadas en el mismo catálogo que esas publicaciones incendiarias debió de afligir sus mentes afligidas. En fin, curiosamente, especialistas del periodo, como Bénédicte Vergez-Chaignon, temen la circulación de estos textos sin un aparato crítico completo, elaborado por un historiador especialista en dicha etapa, que acompañe a las páginas de Céline. Sin embargo, Gallimard ya había previsto esto con la participación de Pierre Assouline, escritor reconocido y particularmente competente para comentar libros, y de Régis Tettamanzi, profesor universitario. Pero parece ser que estas participaciones no fueron suficientes a los ojos de los historiadores, quienes las encontraron tal vez demasiado focalizadas en el aspecto literario de los textos. Con el objetivo de aniquilar esta publicación incluso se dijo que estos textos no valían la pena, que no eran dignos de aparecer junto a Viaje al fin de la noche o Muerte a crédito, las dos obras maestras del autor. Todos estos argumentos acabaron por opacar este proyecto: no se abandona por completo, sino que se posterga… Pero el anuncio de un plazo tan vago parece más bien una renuncia.

Incluso la política se mezcló con declaraciones soprendentes. El primer ministro, lector agudo, nos dicen, expresó su deseo de verlos publicados con un aparato crítico importante. Alexis Corbière, diputado de izquierda radical, criticó fuertemente la apuesta comercial que estos libros representarían, al dar a esta posible edición una motivación anclada en el mero beneficio económico, pues todos sabemos que la actividad editorial es una fuente de ingreso increíble. Incluso Sarkozy, el presidente anterior, aquella vez nos hizo saber que era un lector apasionado de Céline y que la literatura era el centro de su existencia, característica de su personalidad que se nos había escapado.

No es el mejor momento para el ámbito del antisemitismo. Pseudoteóricos como Soral, un humorista como Dieudonné o los revisionistas de toda calaña siguen propagando discursos e ideas muy parecidos a los de Hitler y los suyos. Una amenaza real que no tiene nada que ver con este proyecto de publicación; la confusión reina cuando nos acercamos a sujetos tan sensibles.

Una primera observación, curiosamente utilizada por los detractores de la publicación, consiste en advertir que estos textos están disponibles y que entonces nada justifica alguna otra publicación: se hizo una edición en Quebec y sin problema se encuentran en internet. Los neonazis de todo tipo la tienen desde hace mucho tiempo. Los que podrían comprar estos libros más bien son los lectores de Céline, curiosos de ver hasta qué punto pudo llevar su lenguaje y darle forma a su cólera. Es sorprendente constatar que nadie se toma la molestia de reconocer que la anulación de esta publicación no frena la circulación de los textos; se trata de no verlos aparecer en un catálogo prestigioso y así darles un estatus, incluso un reconocimiento. Esta reacción está entonces más ligada a un rechazo por legitimar libros que a prohibir la lectura.

El argumento que consiste en otorgar a los panfletos un poder que les permita desestabilizar el pensamiento del lector es un absurdo. La falta de confianza en la capacidad de juicio de quienes los leerán es desconcertante, un razonamiento utilizado por todos los censores de todo tiempo y de todo lugar. Dado que aquellos que ya están inmersos en esa ideología los tienen desde hace mucho tiempo, ¿de qué tenemos miedo? ¿De que jóvenes de pensamiento frágil vean en las palabras de Céline una revelación que les cambie la vida? Decidir lo que es bueno para el público deja una impresión lamentable, como una marca de autoritarismo, y muestra la nueva cara de una forma de censura que avanza. La idea de acompañar la edición de un aparato crítico en efecto es deseable pero, por un lado, esto no parece ser suficiente para los escrutadores y, por otro, las notas no cambian en nada la violencia del texto; éstas tendrían un papel semejante al de una anestesia, como si la precisión y la explicación sirvieran para apaciguar los aspectos más indignantes de estos textos.

Hace poco se abordó la cuestión en Alemania con la reedición del libro-programa de Adolf Hitler, Mein Kampf; a pesar del aspecto polémico de una publicación como ésta, cuidadosamente anotada, el texto se entendió como un documento histórico y no provocó indignación siendo que conocemos sus espantosas consecuencias. El caso de Céline es diferente ya que se trata de un panfleto, texto de resonancia literaria; no obstante, no se perdona a los artistas. Y a pesar de sus ideas nefastas Céline es uno, formidable, incluso tal vez genial. Por supuesto que la publicación de los panfletos no cambiaría en nada el lugar de este autor en la historia literaria de su país; tan sólo son textos menores, pero la amplitud de su obra debería permitir disponer de su integralidad. Este tipo de libros no está hecho para durar porque su propósito está inmerso en las polémicas de su tiempo pero pertenece a la historia literaria, y se volvió documento que hay que saber observar con distancia y que, gracias a la contextualización que hubiera sido posible por la edición crítica, deberíamos poder observar sin duda ni temor. Al rechazar su circulación, estos censores confieren a los textos un reconocimiento y un valor que ningún premio ni ninguna distinción podría haberles otorgado.

Vivimos en el tiempo del pavor y la culpabilidad. Todo parece estar hecho para que nos sintamos amenazados, culpables o responsables. Las redes sociales devoran los pensamientos y acusan, condenan y ejecutan sin piedad. El temor reina y un nuevo tipo de puritanismo se impone. Ya no podemos comprar una botella de plástico sin pensar que asesinamos a un oso polar. La anécdota de este repliegue de la publicación de tres panfletos de Céline es precisamente una traducción de este estado de ánimo temeroso que observamos. Constituye una respuesta muy timorata a esas amenazas que se empecinan en querer imponer un orden de las cosas gris y sin relieve. Es dudoso que esto ocurra por última vez.  EP

 

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Philippe Ollé-Laprune es ensayista, editor y promotor del intercambio cultural entre Francia y México. Fue director de la Casa Refugio Citlaltépetl A. C. Algunos de sus libros son Desorden aparente (FCE, 2007), México: visitar el sueño (FCE, 2011) y Los escritores vagabundos (Tusquets, 2017).

Adriana Romero-Nieto es editora y traductora. Ha sido coordinadora de proyectos en la Casa Refugio Citlaltépetl y jefa de Literatura del FCE. Actualmente es editora de Este País. Es miembro fundador de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.