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#LosJuevesAlSol: Fruitvale Station

Manuel Cruz | 15.03.2018
#LosJuevesAlSol: Fruitvale Station

El análisis de una película usualmente ocurre alrededor de lo que la película es en términos narrativos, estéticos, etcétera, pero Fruitvale Station ofrece la posibilidad de ser analizada como lo que podría ser. La historia de Oscar Grant (Michael B. Jordan) es la de un joven padre y pareja de su novia (Melonie Díaz), con la que tiene una serie de sube y bajas sentimentales. Es la historia de un hombre de la clase socioeconómica de Estados Unidos donde la combinación de un trabajo legal y uno ilegal (traficar marihuana) es indispensable para alimentar a su hija, aunque él desee alejarse de esa ilícita profesión. Es la historia de un hijo que intenta cubrir las imperfecciones de su realidad actual con la ilusión de un presente estable ante su madre (Octavia Spencer). Y como se demuestra en la segunda mitad de la película, es la historia de un hombre que celebra el Año Nuevo en California igual que cualquier otra persona, entre risas y diversión.

Esa es la historia de Oscar, y podría ser la historia de millones de personas en la misma circunstancia, en cualquier parte del mundo. Quizás algunas tendrían un progreso optimista, otras no habrían cambiado nada, pero lo incuestionable es que seguirían, como cualquier vida sigue.

Pero Oscar está muerto. Mencionar esto no es estrictamente un spoiler, porque se anuncia apenas inicia la película, al mismo tiempo que ésta deja de identificarse como una absoluta ficción: Oscar fue asesinado en la Estación Fruitvale en Oakland, California, en la madrugada del 1 de enero de 2009, de una forma tan normal como lo era su vida antes de ese momento, aún cuando la indiferencia entre ambas condiciones podría, o, más bien, debería ser alarmante. Pero no lo es.

El racismo es una lámpara de dos luces, la de la condena y la de la justificación. Pero lo más astuto, quizás genial de Fruitvale Station es que, a pesar de ser la historia de un hombre normal que sólo fue asesinado por el color de su piel, no se acerca a ninguna de estas luces: ciertamente, no justifica el asesinato de Oscar, pero tampoco lo añade, de forma explícita, a la lista de miles de víctimas de maltrato y crimen racial, la misma que lanzó el movimiento Black Lives Matter como forma de respuesta. En la realidad, hay una horrible y genuina sencillez en este tipo de crímenes, la misma que existe en casos de violación, secuestro u otro tipo de atrocidades. Son evidencia para detener el problema, o detalles a argumentos que arrojan una culpa post mortem a la víctima. Son números tan inmóviles como un cadáver. Pero rara vez se considera, quizás por esa inercia irremediable que ofrece la muerte, que también son vidas. Y que podrían ser vidas, si una serie de factores fuera de su control no existieran. Si no fueran mujeres, en el caso de los feminicidios. O si el color de su piel no fuera el que es, como en el caso de Oscar.

Es difícil no pensar en lo que podría ser la vida de Oscar al mismo tiempo que su vida es vista, sobre todo cuando empieza después de anunciar su final. Pero también es lo correcto, dada la oportunidad de verla a través de la película. Y con suerte, una vez que ésta termina, de la misma forma simple e innecesaria en la que termina la vida de Oscar, pero después de un momento sobre la reflexión de una vida sin la presencia irracional del racismo, que esa misma reflexión se aplique a una realidad que, con el horror indiferente que la cubre en algunas partes del mundo, sigue viva.

 

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