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Nómadas con pluma

Emiliano Monge | 01.05.2018
Nómadas con pluma

Cuando un libro, además de inquietarte, expandir las pupilas y neuronas y llevar los sentidos y el saber más allá del sitio en donde estás leyendo, te empuja a explorar zonas oscuras de tu propio ser y de otros seres humanos, podemos aseverar que la lectura ha sido una experiencia total. Esto, que debería suceder con cada texto publicado, con cada libro en el que uno se adentra, sin embargo, no es una norma. Por el contrario, hoy en día —que los libros se producen como clavos; que la experiencia cultural compite con las diversas experiencias del espectáculo— la norma es enfrentarse a textos que nos dejan quietos, que no nos mueven del sillón ni mueven, dentro de nosotros, mayor curiosidad emocional o cognitiva. Por supuesto, si esto sucede con los libros en general, peor es la realidad de los ensayos —género que, quizás aún más que sus primos y hermanos, se ha visto contaminado, entre otros virus, por las toxinas del pensamiento único y por los diversos venenos que conjugan las múltiples autoayudas disfrazadas de filosofías ultraposmodernas—. De ahí que se haya vuelto tan difícil encontrar ensayos que sean capaces de sacarnos de nosotros mismos, permitiéndonos no sólo descansar de nuestra propia existencia sino, sobre todo, convertirnos en otros y habitar otro tiempo y otro espacio. La realidad es que hoy en día, son contados los ensayos que nos permiten trasladarnos tanto física como intelectual- mente, para volver, después, a habitarnos transformados. Los escritores vagabundos, de Philippe Ollé-Laprune, escritor francés avecindado en México desde hace ya casi dos décadas, es uno de estos ensayos: su lectura no sólo me trasladó sino que me hizo extraviarme, ahondar, sentir, gozar y aprender en las complejidades de otras existencias y otros momentos históricos. Y es que Ollé-Laprune, en todo momento, tiene claro el centro de su libro, un libro que, como bien refleja su título, aborda la vida, el trabajo y la fuga de diversos escritores: la escritura y el viaje son, en el diccionario de las esencias, sinónimos. De esta manera, en Los escritores vagabundos —libro que, en palabras de su autor, “fue escrito en dos etapas diferentes”; etapas que, sin embargo y a pesar de ser en esta edición presentadas como cuerpos encontrados, se funden a la perfección, dando lugar a un volumen tan orgánico como categórico— los dos temas centrales, es decir, la escritura y el viaje, son las caras de una misma moneda, o de las múltiples monedas que el autor franco-mexicano toma prestadas de los bolsillos de sus escritores-personajes: la de la búsqueda, la de la huida, la de la evasión, la de la necesidad, la del presentimiento, la del disfraz, la de la negación, la de la emancipación, la de la aventura, la de la renuncia. Y es que, como debía ser para que éste fuera un ensayo total, mucho más que sobre viajes geográficos, o, mejor dicho: además de sobre viajes geográficos, Los escritores vagabundos , cuyo certero subtítulo es Ensayos sobre la literatura nómada , es, en realidad, un texto sobre la agitación interior y la traslación, en todas las acepciones que se puedan encontrar de estas dos palabras: las que implican movimiento, las que implican transformación o muta- ción, las que implican resignificación de conceptos, sentimientos o categorías, las que implican transposiciones temporales y emocionales, las que implican traducción de una lengua a otra diferente o de una forma de experimentar a otra distinta y, por supuesto, las que implican copias o reproducciones de un escrito, una realidad o una imaginería determinada. Seré aún más claro: en este libro de Ollé-Laprune, en esta galería de ensayos sobre los nómadas con pluma, además de asistir al desplazamiento, al paseo, al exilio, al éxodo, al extravío o a la fuga voluntaria de Zweig, de Lowry, de Vallejo, de Gombrowicz, de Serge o de Ribeyro, el lector asiste a la odisea, a la expedición y a la travesía de las dudas de los universos creativos, de las obsesiones más íntimas, de los arsenales estilísticos, de las preocu- paciones formales y de las declaraciones de principios artísticos y políticos de los escritores mencionados, pero también a las de esos otros autores cuyos caminos son desmenuzados en Los escritores vagabun- dos : Moro, Artaud, Burroughs, Hemingway, Lawrence, Bernanos, Desnos, Onetti, Sarduy o Michaux. Ah: Michaux: quizá la vida, el viaje y la obra más importante para el Virgilio terrenal del traslado, es decir, para Ollé- Laprune, quien, como el viejo mayor del Dante, comprende, en este libro, que la realidad de una existencia, como la de una eternidad, sólo puede seccionarse en círculos. Aunque, claro, en este caso los círculos, en lugar de superponerse, se presentan concéntricos: infancia, juventud, relaciones personales, entorno, arte, edad adulta, política, consciencia de sí y del ser social, vejez y muerte. Y aunque claro, además, en lugar de la tríada Infierno, Purgatorio y Paraíso, ante nosotros se despliegue, en Los escritores vagabundos, esta otra tría da: Errancia, Búsqueda y Exilio. Errancia, Búsqueda y Exilio: una tríada que, en lugar de dar sentido al fin, da sentido al comienzo. Como da también pretexto a los excelentes ensayos de Ollé- Laprune, cada uno de los cuales crece, entonces, en torno a una sensación, una necesidad apenas perceptible, un anhelo embrionario o una impresión encarnada, es decir, en torno a esos cuerpos —propios o extraños—, que un organismo —aquél que los aloja— va envolviendo lentamente: una uña o una astilla. Una uña o una astilla que detona, determina o deforma al traslado: el físico, el estético o el existencial. A pesar de las coincidencias, es esta astilla o esta uña la que vuelve único cada trayecto vital o literario, la que le otorga facciones al rostro de un exilio, una búsqueda o una errancia. Y es gracias a Ollé- Laprune y a sus ensayos sobre literatura nómada que podemos aventurarnos a decir cuál fue la astilla o la uña encarnada en cada uno de los escritores que desfilan por estas páginas, como desfilaron por la literatura del siglo xx y como desfilaron, también, por el mundo de ayer: las de Lowry fueron la culpa y la imposibilidad de comenzar de nueva cuenta; las de Ribeyro, la soledad, la enfermedad y el coeficiente de imprevisibilidad; las de Artaud, la locura, el fracaso del racionalismo y la persecución incansable de la magia. Por su parte, las de los Césares (Vallejo y Moro) fueron la otredad lingüística, los funerales del provincianismo y las distancias necesarias con el corazón de la poesía: uno necesitaba acercarse más y más, el otro deseaba alejarse cuanto fuera posible; las de Sarduy, el mestizaje, la necesidad de asimilación y la negación de toda condición predeterminada; las de Gombrowicz, el azar como una forma, las impurezas literarias y la inmadurez de la lengua y de la vida; las de Cendrars, la utopía, los miembros de más y las fisiones: la del pasado y el fu- turo y la de la lejanía y la cercanía; las de Lawrence, el puritanismo, las ruinas, las quimeras y la reconciliación de la sabiduría con el salvajismo; las de Michaux, la diferencia, la decepción, el exotismo, el yo y las mascaradas. Pero hay más: las uñas y las astillas de Burroughs fueron la imprudencia, la ten- sión entre autocontrol y violencia y la posibilidad de que fuera, la palabra, un virus; y las de Zweig, todo aquello que rodea al vacío, los espacios de sombra, el temor a ser poseído por sí mismo, la posibilidad de perder el control y, sobre todo, la verborrea. Evidentemente, podría seguir como a lo largo de los últimos dos párrafos: descubriéndoles lo que yo mismo descubrí leyendo a Ollé-Laprune. Pero esta crítica no se trata de eso. O no sólo de eso. Por ello, quisiera terminar —además de insistiendo que Los escritores vagabundos es un ensayo fundamental— enumerando las astillas y las uñas de un último autor: el propio Philippe: este otro viajero físico, emocional y literario que, para suerte de todos nosotros, los lectores, también cruzó el Atlántico y también ha vivido alrededor de la errancia física y emocional, la búsqueda de sentido existencial y literario y el exilio de cualquier sentimiento o idea que no se pueda liberar, escribir, compartir o discutir. Sin lugar a dudas, Los escritores vaga- bundos , además de inquietar, expandir las pupilas y neuronas y llevar los sentidos y el saber más allá del sitio en donde estamos leyendo, nos empuja a explorar zonas oscuras de nuestro propio ser y de otros seres humanos. Su lectura es una experiencia total. EP

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Emiliano Monge es escritor y politólogo por la UNAM. Ha publicado las novelas Morirse de memoria (2010), El cielo árido (2012, XXVIII Premio Jaén de Novela y V Premio Otras Voces, Otros Ámbitos) y Las tierras arrasadas (2015, IX Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska), así como los libros de cuento Arrastrar esa sombra (2008) y La superficie más honda (2017). Su obra ha sido traducida a diversos idiomas.

*Obra de Flor Pandal