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#Norteando: ¿Representa AMLO el fin de la democracia?

Patrick Corcoran | 16.03.2018
#Norteando: ¿Representa AMLO el fin de la democracia?

Mucha de la oposición a Andrés Manuel López Obrador es producto de la creencia de que no es un demócrata y, como presidente, llevaría al país hacia el autoritarismo. De ahí vienen las comparaciones con Chávez y Maduro.

Si bien no podemos saber el futuro, ¿qué tan probable es esta posibilidad? ¿Cómo cuadra el comportamiento del puntero presidencial con lo que los expertos identifican como indicadores de una disposición autoritaria?

Un nuevo libro nos puede ser útil en la consideración de esta pregunta. Como es de esperar de un libro que lleva el título de How Democracies Die (en español, Cómo mueren las democracias), este nuevo texto de los académicos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt analiza el proceso en el que las democracias se quiebran. Utilizando un sinfín de ejemplos contemporáneos e históricos, el libro sirve de una guía para diagnosticar los riesgos de cualquier candidato que aspira al liderazgo de su país. 

 

 

Uno de los insights más obvios de Levitsky y Ziblatt es que una democracia no se convierte en una dictadura de un día a otro. Es un proceso de varias etapas, en las que los campeones del autoritarismo van probando las resistencias del sistema democrático y, poco a poco, van minando las barreras de su abolición. Y los que tienen la predisposición para llevar a un país hacia una dictadura casi siempre dan señales desde el principio de su carrera política.

Los autores identifican cuatro características comunes entre los futuros autoritarios: 1) que no respetan las reglas de la democracia; 2) que niegan la legitimidad de sus adversarios políticos; 3) que toleran o alientan la violencia; y 4) que se empeñan en limitar los derechos civiles de sus opositores, incluso de los medios.

López Obrador claramente demuestra los primeros dos criterios; “la mafia de poder” es un intento clásico de deslegitimar, mientras la falta de respeto hacia las reglas se ha visto frecuentemente en sus acusaciones sin fundamento de fraude y sus tomas del congreso. Al mismo tiempo, López Obrador no tiene un historial de alentar la violencia como parte de su programa político, ni amenazar con atacar los derechos civiles de sus adversarios. Eso lo separa claramente de Putin, Chávez, Duterte y Trump.

Vale la pena mencionar que el hombre que López Obrador pretende reemplazar también demuestra dos de las cuatro características: Enrique Peña Nieto claramente ha tolerado la violencia que proviene de su gobierno y, en algunos casos aislados, también ha actuado en contra de las libertades civiles de varios de sus opositores. Es decir, López Obrador no está fuera de lo típico dentro del sistema que intenta liderar.

En todo caso, podemos concluir que algunos impulsos de López Obrador son verdaderamente perniciosos, pero la evidencia objetiva no lo retrata como un Chávez mexicano. Es posible que al llegar al poder, López Obrador empiece a demostrar otros hábitos del dictador aspirante, como llevar cada conflicto político a su extremo o buscar controlar las instituciones supuestamente independientes para que le sirvan a él.

Pero como candidato, si se usa el marco que establecen Levitsky y Ziblatt —dos hombres que han dedicado sus carreras al estudio de los puntos débiles de la democracia— López Obrador no ha demostrado el perfil de alguien que quiere acabar con la democracia. Desde luego, esta conclusión no lo absuelve de todos sus antecedentes; su llamado a mandar al diablo a las instituciones no corresponde a un hombre que valora la democracia, y hay amplias evidencias de que pone sus intereses personales por encima de cualquier otra cosa. Si bien éstos representan argumentos válidos para no darle el voto, no son suficientes para especular sobre el fin inminente de la democracia mexicana.

 

*Foto: Alberto Roa, Cuartoscuro

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