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#CuotaDeGénero: Las resistencias

#CuotaDeGénero es el blog de Abril Castillo para Este País 

Abril Castillo  | 14.05.2018
#CuotaDeGénero: Las resistencias

Phillip Lopate, en la introducción de Retrato de mi cuerpo (Tumbona, 2010), habla de cuatro patrones que ha notado en la escritura de sus textos: el caparazón del yo, la imparcialidad, la cautela hacia trascendencia y la resistencia. Sobre la resistencia dice que allí donde no se atreve a ir, es el lugar que, una vez reconocido, esconde un hilo del que no quiere tirar aún. Y esas resistencias pueden llevarlo a descubrimientos inesperados.

Fui a Tijuana por primera vez hace un par de meses. Nunca había ido al norte tan al norte del país. Había ido en cambio al sur muy al sur de Estados Unidos. Ahí donde los mexicanos no suelen ser bien recibidos en la frontera, donde una vez un empleado del aeropuerto de Houston le gritó a mi abuela sorda que si era sorda o tonta. Y yo le dije que era sorda, pero el tipo no me escuchó. Y todo porque no entendía cómo llenar un formulario o porque en First Name puso su nombre de casada y en Last Name el de soltera que volvió a ser su nombre al enviudar. Y mi abuela no era tonta. Pero cómo explicarle eso a alguien que te está gritando y que da por hecho que hablas su idioma.

Esa vez habíamos viajado con mi abuela para visitar a su hermana en Nueva Orleans. Pocos meses después llegaría el huracán Katrina y la dejaría sin casa. Una casa llena de tazas y de recuerditos de lugares que no visitó, porque cómo se es visitante de un lugar donde vives. O tal vez siempre pensó que volvería a México y por eso quería recordar de algún modo Nueva Orleans en objetos que al final de esos huracanes de todos modos no se pudo traer.

Fui a Tijuana con Santiago. Mi novio exnovio novio. En un viaje ambiguo. Cada vez tengo menos problemas con la ambigüedad. La definición unívoca de algo a veces es una fuerza que llega y rompe varas. Como esa vez que jugando futbol una chica me metió el pie en una jugada y cuando me caí no lo quitó. Y mi dedo meñique del pie izquierdo se rompió en dos. Vara recubierta de piel y músculos que también se desgarraron.

Fuimos a Tijuana para ver la frontera de ambos lados. Pero terminamos por sólo asomarnos desde este lado al otro donde no todos pueden entrar. Como nosotros. En el aeropuerto me di cuenta de que había tomado dólares con el plan de visitar también San Diego, pero dejé mi pasaporte y mi visa en mi casa. No te preocupes, me dijo Santiago tranquilo.

Fuimos a Tijuana y nos subimos a muchos taxis donde la gente nos contaba sus historias. Algunas tristes. Y las contaban sin llorar. Porque lo que te pertenece lo llevas en la piel y no lo sueltas.

Fuimos a Tijuana y visitamos todos los lugares donde nos dijeron que comiéramos. Fuimos luego a Ensenada y comimos en La Guerrerense parados en la banqueta las tostadas más ricas de la historia. Vinimos al norte a comer, entendimos. Pero también nos dimos cuenta de que debimos haber rentado un coche. Para ir a los viñedos más fácilmente. Para haber quizá llegado a tiempo a esa reservación que semanas antes hicimos en el restaurante Laja, donde no quisieron respetar la tolerancia de quince minutos. Respetar la tolerancia era una cortesía y decidieron no ejercerla, nos dijeron. Pero es el final de las vacaciones. Había mucho tráfico. Nos quedan cinco minutos de la cortesía. Estamos en el estacionamiento. Si fuera por mí los dejaba entrar, se asinceró el mesero. Pero los chefs ya quieren limpiar la cocina y no van recibirlos. ¿Se reservan la cortesía? Están en su derecho. Ya vámonos, no nos van a recibir, me hizo ver Santiago. Nos fuimos.

Aunque estuvimos ahí y nos humillaron abiertamente, me cobraron setecientos sesenta pesos, cargo por no show. Pero quién tiene tiempo de pelear oximorones como ése. Que no respeten la tolerancia y yo sigo con mi vida. No sé quién tenga razón.

El señor Fabián, conductor del Uber, nos esperó por suerte y nos dijo que nos llevaría al Cielo. De no habernos esperado quién sabe cómo habríamos vuelto a Ensenada, ahí como estábamos, en medio de la nada. Perdón, le volví a pedir a Santiago. Segura de que estaba saboteando nuestro viaje sin querer. Y si no me detenía pronto, terminaría por arruinarlo.

En el Uber, se me pasaron las ganas de llorar cuando vi en el camino el viñedo de Las Nubes. Me emocionó haberlo visto en esa película donde Keanu Reeves finge ser esposo de una chica embarazada a quien deja su novio y, cuando vuelve a su casa en México, tiene que tener marido. Ésa no la vi, dijo el señor Fabián, pero me sonrió. Porque supo que se me había pasado el berrinche que los adultos hacemos con nuestro silencio. Y nunca entendí bien por qué él fue tan amable con nosotros y tan cuidadoso. Y por qué los de Laja fueron tan mezquinos. Si ninguno nos conocía. Un paseo por las nubes, justo así se llamaba la película, me acordé. Y les conté toda la historia como la recordaba, mientras llegamos al lugar que el señor Fabián nos quería mostrar. En realidad le había salido un viaje ahí y dijo que aprovechaba y, si nos gustaba, allí nos dejaba.

Llegamos al Cielo, un viñedo que nos alejó más de Ensenada, pero que nos recibió sin problemas justo cuando las montañas y los campos llenos de uvas se pintaban de rojo en el atardecer. ¿Y si no nos hubieran dejado entrar?, le preguntamos. Pues nos regresábamos todos, al fin somos amigos.

Tomamos vino y comimos algo que ya olvidé, aún sin soltar el recuerdo creado de antemano de la comida que íbamos a tener. Un duelo por algo que nunca ocurrió puede alejarte de lo que está ocurriendo y te lo pierdes. Como si todo lo vieras a medias. Con un ojo puesto en lo que no fue y otro en el presente, para no caerte.

Nos quedamos viendo el paisaje hasta que se hizo de noche. Gente caminando en medio de jardines y arbustos borracha, feliz. Una botella de vino blanco entre los dos que se terminó para darnos cuenta de que no había manera fácil de regresar a Ensenada. Ningún Uber estaba cerca. Ninguno aparecía en el radar. Nos encontrábamos a una hora en auto del hotel. Entonces quién sabe si por el vino o por la aceptación y renuncia de mi autosabotaje, por primera vez yo me sentí tranquila mientras Santiago se preocupaba. No te preocupes, le dije ahora a él. Y googleé un taxi de sitio y conseguí que un carro quisiera venir por nosotros en el último domingo de vacaciones a las nueve y media de la noche, a una dirección que eran números de kilómetros y destino desconocido: Va Luciano para allá, llega en cuarenta minutos. Santiago no lo creía y a mí no me quedaba más que confiar. Lo calmaba igual que una azafata que no sabe por qué hay turbulencia intenta tranquilizar a los pasajeros.

Mientras paseábamos por la tienda de vinos bailando en círculos lejanos sin tocarnos, hice las paces con lo que el viaje ya no sería. ¿Por qué no habría querido cruzar con él al otro lado de la frontera? ¿Por qué no había querido retener en la memoria la comida de ese día? ¿Quería que nos quedáramos ahí para siempre, en ese atardecer sostenido que si no termina pronto casi se vuelve doloroso?

Una hora después llegó por nosotros El Loco Luciano a sacarnos del Cielo. Manejó por la carretera a por lo menos ciento cincuenta kilómetros por hora en las miles de curvas que aseguró conocer de memoria y poder manejar casi con los ojos cerrados. Que no los cierre, rezamos. No supe a cuánto iba en realidad ni quise ver. Puse mi mente en piloto automático. Luciano mientras nos contó la cantidad de gente que se había quejado de él. Habló de cómo había estado unos años en la cárcel. De cómo había tenido problemas de drogas y de alcohol, pero ya estaba limpio. De cómo la gente lo retaba mientras manejaba horrible y cómo él se burlaba porque no les quedaba otra opción. Pues bájese aquí en medio de la carretera, señora. Se reía y remataba: Claro que no se bajó y ya se quedó callada el resto del camino. ¿Acabábamos de dar nuestra alma por volver a casa? Loco Luciano. Luciano. Lucifer. Santiago y yo no dijimos nada.

Nos tomamos de la mano como si estuviéramos cayendo de un paracaídas y de pronto estábamos llegando al fin a la plaza central. No vayan a comer nada en el Mercado Negro. Es asqueroso. Es turístico y parece fresco, pero todo mundo se enferma. No se me vayan a morir. Gracias, Luciano, nos despedimos, ya de vuelta en la Tierra. EP.

 

*"Caosmos" de Joan X. Vázquez.

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Abril Castillo (Morelia, 1984) ilustra, edita, escribe y gestiona proyectos culturales. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Co-coordina el diplomado Casa Ilustración en la UNAM. Es socia del estudio Cuarto para las Tres. Fue becaria del programa jóvenes creadores del Fonca (2016-2017) en la disciplina de novela. 

 

 

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