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Torres Bodet: poeta y funcionario

Sergio Téllez-Pon | 01.05.2018
Torres Bodet: poeta y funcionario

Los escritores de la generación conocida como Contemporáneos son muy citados y mencionados en los anales de la literatura mexicana del siglo xx, y es por eso que se tiene la impresión de que han sido lo suficientemente leídos y estudiados. Lo cierto es, sin embargo, que a pesar de la abundante bibliografía que existe, de los numerosos estudios y de las ediciones de sus obras, los integrantes de esa generación sólo han sido publicados y estudiados parcialmente. Como sucede con casi todos los escritores que alcanzan la categoría de “clásicos”, son más homenajeados y admirados que leídos.

En ese sentido, una figura tan relevante como la de Antonieta Rivas Mercado goza hoy en día de mucha popularidad gracias a dos biografías suyas: la novela A la sombra del ángel, de Kathryn S. Blair, y Antonieta, de Fabienne Bradu, así como a la ópera Antonieta, un ángel caído, de Federico Ibarra, y la obra de teatro Cita en Notre Dame, de Roxana Andrade y Vicente Ferrer. Desde hace un tiempo, Antonieta vive un fenómeno parecido al de Frida Kahlo y sor Juana Inés de la Cruz: sus atormentadas vidas despiertan mucho interés, son objeto de montajes y biografías que las trivializan puesto que se sustentan en interpretaciones parciales y hasta fallidas, principalmente porque muy pocos se han dedicado a leer con atención sus trabajos literarios (o, en el caso de Frida, sus Escrituras, publicadas por Lumen en 2007). Así que la atribulada vida de Rivas Mercado causa mayor atracción que su obra literaria, pues, por si fuera poco, ésta no ha sido publicada en muchísimo tiempo: la última edición que se imprimió fue una preparada por Luis Mario Schneider en 1987, edición que, además, hay que decirlo, es muy deficiente dado que el escritor mutiló y alteró algunos de los originales.

Otro caso semejante es el de Xavier Villaurrutia: el volumen de sus Obras apareció en 1966, hace poco más de cincuenta años, tiempo en el que han aparecido otros textos del poeta que muestran su veta como crítico de cine, algunos poemas y epigramas inéditos, y otros ensayos sueltos que en su momento no fueron recogidos en ese libro. Y lo mismo puede decirse de los tomos de las obras que conocemos de Gilberto Owen, en los que faltan la mayoría de las fabulosas cartas de amor que le escribió a Clementina Otero y otros textos que han localizado algunos investigadores como Vicente Quirarte y Francisco Javier Beltrán; de Elías Nandino, cuya obra poética aún está por leerse completa, y de Salvador Novo, cuyo ejemplar que lleva por título Poesía es sólo una tercera parte de lo que en realidad es su trabajo.

En el caso de Jaime Torres Bodet (Ciudad de México, 1902-1974), él no está exento de estas circunstancias, pero porque él mismo contribuyó a una lectura parcial de su obra literaria cuando compiló sus Obras escogidas (Fondo de Cultura Económica, 1961), que son apenas un mínimo porcentaje de lo que realmente escribió. Éstas siguen reimprimiéndose hoy en día y por lo tanto es lo que continuamos leyendo como la totalidad de su trabajo. Aunque a simple vista es un tomo voluminoso, de sus primeros libros de poesía sólo eligió un puñado de poemas, de sus seis ejemplares de memorias sólo compiló el primero, Tiempo de arena, algunos de sus ensayos y ninguna de sus cinco noveletas. En cambio, sí reunió algunos de los discursos que pronunció como funcionario público.

Su primer libro, Fervor (1918), fue prologado por el poeta Enrique González Martínez (padre de su amigo Enrique González Rojo), y es probable que no lo haya incluido en sus Obras escogidas porque esos primeros poemas mostraban una evidente deuda con el poeta modernista; sin embargo, tampoco incluyó completas sus obras poéticas que más apreciaba: La casa, Los días y Nuevas canciones (los tres de 1923), Poemas (1924) y Biombo (1925). Esta última fue una especie de respuesta a un álgido debate sobre la “poesía pura” que se dio al interior del grupo de los Contemporáneos: la “poesía pura” era una estética poética promovida, entre otros, por Juan Ramón Jiménez, según la cual ningún sentimiento o anécdota debía permear al poema, es decir, éste debía ser poesía y no más. Del lado de esa estética estaban Villaurrutia, Jorge Cuesta y Owen, y del lado contrario Gorostiza, Ortiz de Montellano y el propio Torres Bodet, quienes creían que la poesía podía estar “contaminada” (como decía Paul Valéry) por vivencias personales. No obstante, este debate se coló hasta una de sus noveletas, La educación sentimental, pues en una página escribió: “Vivíamos entonces en un mundo cerrado, como el poema perfecto en que no puede caber sino la poesía…” Luego publicó los que, a decir de Octavio Paz, son sus dos libros más logrados: Cripta (1937) y Sonetos (1949); en el primero está su poema más conocido, “Dédalo”. Por supuesto, incluyó Trébol de cuatro hojas (1958), una obra tardía pero que con toda seguridad apreciaba mucho, ya que era el retrato de sus cuatro amigos más cercanos: Ortiz de Montellano, Pellicer, Gorostiza y Villaurrutia. Ahora, en el tomo de su Poesía completa, que publicó el Fondo de Cultura Económica el año pasado, se reúnen desde sus poemas juveniles hasta composiciones no coleccionadas, pasando por sus quince libros de poesía —publicados— en los que pueden leerse sus temas, intereses; en suma, su evolución como poeta de primer orden.

Sus cinco noveletas, Margarita de niebla (1927), La educación sentimental (1929), Proserpina rescatada (1931), Estrella de día (1933) y Primero de enero (1935), fueron reunidas en dos pequeños tomos por la Editorial Offset en los años ochenta, con prólogo de Rafael Solana, y desde entonces no se han reeditado. Años más tarde, Schneider dio a conocer nueve relatos más, que habían permanecido dispersos en varias revistas, en “El juglar y la domadora” y otros relatos desconocidos (Colmex, 1992).

En un grupo literario mayoritariamente de poetas y ensayistas, como puede verse claramente, Torres Bodet fue quien se propuso escribir y publicar más narrativa. Al igual que sus otros compañeros que se aventuraron por este género, él lo escribió como una tendencia de la época. Estaban todos ellos influidos por Marcel Proust, Paul Morand y Jean Giraudoux (de allí que sus críticos los acusaran de “afrancesados”), y coincidían en el tiempo, pero también en el propósito, con algunos escritores españoles como Benjamín Jarnés y Antonio Espina, cercanos a la Revista de Occidente que dirigía José Ortega y Gasset. En síntesis, con la novela vanguardista se proponían fundir la poesía con la narrativa, de allí que les llamaran “novelas poéticas”. Aunque, por otro lado, Torres Bodet pensaba que todas las historias ya habían sido contadas, pero la novedad estaba en contar eso mismo con otro lenguaje, con uno “más poético”.

La figura del funcionario de alto nivel (dos veces secretario de Educación Pública, secretario de Relaciones Exteriores, director de la unesco y embajador en Francia) ensombrece su vida y opaca su obra literaria. No por otra cosa Salvador Novo dijo, con cierta malicia, que Torres Bodet no había tenido vida sino biografía. Desde muy joven, el poeta tuvo cargos importantes: a los dieciocho años ya era secretario particular de Ezequiel A. Chávez, entonces director de la Escuela Nacional Preparatoria; luego sería secretario particular del rector José Vasconcelos, y en 1921, encargado del Departamento de Bibliotecas de la recién creada Secretaría de Educación Pública, también encabezada por Vasconcelos. Impregnado del espíritu vasconcelista en pro de la educación y la cultura, del que fue parte fundamental, Torres Bodet llevó a la práctica, en sus dos periodos como secretario de Educación Pública, todas las acciones que, debido a su corta administración, Vasconcelos no había podido concretar: por ejemplo, creó el Museo Nacional de Antropología e Historia, el Museo de Arte Moderno y la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, entre otras instituciones culturales que todavía existen.

Así como ideó muchos proyectos públicos, en privado también propuso otros que le dieron relevancia a su grupo de escritores; sin embargo, poco se le reconoce esa labor que impulsaba en secreto como líder o autor intelectual de sus planes más significativos. Él fue el principal impulsor de la revista Contemporáneos y de la polémica Antología de la poesía mexicana moderna. En una carta a Alfonso Reyes fechada en agosto de 1925, Torres Bodet escribe que prepara una nueva revista luego de haber publicado La Falange, y ya sabe que se llamará Contemporáneos. Por razones desconocidas ésta tardaría tres años en aparecer. A principios de 1928, el funcionario publicó un libro de ensayos llamado justamente Contemporáneos, título con el que prefiguraba la salida de la revista unos meses más tarde.

En una carta del 5 de septiembre de 1927 que escribió a Gorostiza, quien se encontraba trabajando en la embajada de México en Londres, señala que junto con González Rojo, Ortiz de Montellano y Villaurrutia estaba preparando una antología de poesía mexicana que a la postre sería uno de sus proyectos que levantaría más controversia en el mundo literario.

Tal vez también influido por Vasconcelos, quien publicó sus memorias en cinco tomos, Torres Bodet lo hizo en seis. El primero fue Tiempo de arena, donde habla de su infancia y las primeras acciones con sus amigos de generación. Luego hay un salto temporal entre éste y el siguiente, Años contra el tiempo. Le siguieron La victoria sin alas, El desierto internacional, La tierra prometida y al final, para subsanar aquellos primeros años, apareció Equinoccio, al inicio del cual el autor aclara que “viene a llenar un vacío que no habrán advertido muchos lectores”, y es que Años contra el tiempo empezaba con hechos de 1943, es decir, ya en el gobierno de Ávila Camacho, de manera que Equinoccio era ese tomo faltante en el que relata sus años en Europa, donde le tocó presenciar el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Esta nueva edición del Fondo de Cultura Económica (2017)[1] habría sido una buena oportunidad para colocar Equinoccio después de Tiempo de arena; es decir, presentar los libros siguiendo la cronología de los hechos y no según la fecha de publicación de cada uno. A lo largo de ellos se puede ver cómo el escritor sacrificó su obra literaria en pos de su compromiso con el país.

Es probable que Novo no estuviera tan errado cuando dijo que Torres Bodet sólo había tenido biografía, puesto que la responsabilidad y el sentido del deber fueron las preocupaciones y el resorte que impulsaron y dieron significado a su vida. Invadido por el cáncer, el funcionario y diplomático decidió quitarse la vida para no continuar esperando, día a día, a la muerte, según escribió en su nota de suicidio. Incluso en ella hace referencia a su sentido del deber: “habré cumplido hasta la última hora con mi deber”; éste ya no como la decisión de un albedrío, sino como un compromiso ineludible ante los demás, asumido para seguir en la primera fila de las responsabilidades burocráticas o para complacer a los otros, ya sean sus padres, su esposa o su grupo de amigos escritores. EP

 

 

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Sergio Téllez-Pon es escritor y editor. Es autor de No recuerdo el amor sino el deseo (2008), traducido al inglés como Desire I Remember But Love, No (2013), y La síntesis rara de un siglo loco (2017). También es compilador de la antología Un amar ardiente. Poemas a la virreina (2017) de sor Juana Inés de la Cruz.

 

 

 

[1]      Jaime Torres Bodet, Memorias I. Tiempo de arena / Años contra el tiempo / La victoria sin alas; Memorias II. El desierto internacional / La tierra prometida / Equinoccio, FCE, México, 2017.

 

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