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Del otro lado existe un lugar *Fragmento de la novela inédita Dónde 

Claudina Domingo | 01.05.2018
Del otro lado existe un lugar *Fragmento de la novela inédita Dónde 

La pared no deja de dar vueltas. Ha estado girando desesperadamente desde hace rato. Se sienta en la cama y la pared hace un intento por estarse quieta. Ella se pone de pie. El piso es frío y el silencio, total. Tiene sed. Junto a la cama hay una mesita donde reposa un vaso del que bebe ávidamente. El agua tiene un olor fuerte y un regusto químico, pero es demasiado tarde para arrepentirse. ¿Dónde está Gabriel? No sabe de quién puede ser la casa, limpia, austera, mustia, como si la hubieran abandonado por contener una plaga innombrable. La cama es un tablón de madera empotrado en la pared de ladrillos grises, con una delgada colchoneta cubierta por una sábana blanquísima. A sus pies hay unas botas. Con las manos aún temblorosas levanta una de ellas y verifica que son del número 23. “Eso significa que son mías”, piensa, y mira a su alrededor. No hay una sola ventana en la planta baja. En el muro sur (¿cómo saber que no es el muro norte?) se encuentra una cocina con barra y bancos; en el muro opuesto una sala diminuta, con unos sillones tristes y una televisión vieja. Toca la mesita de centro; su metal también es frío. Dos ceniceros sobre ella la devuelven a su patria principal: la desconfianza. ¿Fuma? Cierra los ojos, sabe que debe seguir la instrucción que se ha dado a sí misma unos días antes: no preguntarse nada, no indagar demasiado, protegerse todo lo posible de la mala broma que puede acabar con su cabeza. Pero es tan difícil. Todo el tiempo hay cosas, como signos de interrogación, saliéndole al paso como nauyacas, ranas, renacuajos. Una escalera junto a uno de los bordes de la cama sube a un segundo piso bajito y crea un tapanco que sólo cubre la cocina y, con un corredor diminuto, la puerta de entrada y un extremo de la sala. Duda. En lugar de subir se acerca a la puerta y la abre con tanta precaución que se avergüenza de su cobardía, pero al final la empuja violentamente. Es de noche. Rebusca en el overol que trae puesto y luego observa en la pared junto a la puerta, donde encuentra al fin un ganchito con las llaves. Al menos ya tiene llaves de algo, aunque diste mucho del lujo hípster del departamento en las alturas que, ahora, no sabe hacia qué punto queda. “Si siguen pasándome cosas raras…” ¿Y si de verdad siguen pasándole cosas raras, qué podría hacer? La saca de sus cavilaciones el ruido seco, amoroso entre el silencio, de la puerta que su mano ha cerrado tras de sí. Por toda la calle, estrecha y larga, los árboles están pintados con pintura de neón blanca: iluminan los contenedores. Aunque algunos parecen más largos que otros, y unos más viejos, en realidad son idénticos: contenedores de carga pintados de verde, naranja, rojo oscuro, toscamente recortados en la parte superior para dotarlos de ventanas. Da unos pasos y mira el suyo: también tiene las ventanas cuadradas que parecen recortadas con unas tijeras melladas. No hay estrellas, o quizá la pintura brillante de los árboles es tan potente que las oculta. “Su” contenedor se encuentra en lo alto de la calle. No le sorprende que no tenga número porque tampoco tienen número los otros. Ello la obliga a contar: uno, dos tres, cuatro; su contenedor es el quinto desde el muro, es azul grisáceo y está del lado derecho. Otra vez se mece sobre sus hombros el animalito puntiagudo de la desconfianza. Busca con la mirada y sólo junto al muro, que se encuentra de verdad montado sobre lo más alto de la loma de la calle, observa unas piedras sueltas. Sube apoyándose en las rodillas y recoge tres piedras: una grande y redonda, otra puntiaguda y una pequeña. Las acomoda frente a la puerta de su contenedor y la figura que forman le recuerda, efectivamente, la iconografía religiosa de una familia. Sonríe a medias y con desconsuelo. ¿Dónde estará su padre? Si apenas puede encontrar su casa, si a cada paso se encuentra con personas y lugares que no recuerda, ¿cómo podría volver a su padre? ¿Podría pasar junto a él en la calle y no reconocerlo? Quizá él no quiere saber nada de ella. No preguntarse cosas, ninguna, se vuelve a repetir, mientras baja la calle y se pregunta cómo puede vivir alguien que no se pregunta nada; alguien que de verdad consigue no preguntarse nada. ¿Y si ni siquiera es una persona? Se mira las botas de hule y las manos y se ríe un poco de sí misma. Se acaricia los brazos con las manos. La tela de su playera, que llega hasta sus codos, es tan suave como el pelaje de un gatito. Es la primera cosa tersa que encuentra en el sitio. Para protegerse de la vergüenza, evita visitar los acontecimientos del Museo de la Ciudad, pero acechan y sabe que pronto terminará metiendo los pies y luego la cabeza en ese charco sucio. Toca una puerta al azar, suavemente. Quizá es muy tarde, la madrugada cerrada, y puede despertar a un vecino iracundo. Es un barrio de trabajadores, piensa, con el primer convencimiento que tiene desde que se levantó. Ella misma lleva un overol de mezclilla, muy resistente, y botas de hule gruesas. ¡¿Pero quién la vistió?! Probablemente ella misma. Ya le ha ocurrido, llegar muy borracha o drogada a su casa y hacer cosas sensatas que no recuerda al otro día, como cerrar con llave o bañarse, preparar el desayuno del día siguiente. Quizá llegó y se puso el overol pensando en ahorrarse trabajos por la mañana. Pero no se siente cruda. “Porque no he bebido”, se responde. Ahora mete de plano medio cuerpo en la porquería del Museo y ve, con sobria claridad, los ojos divertidos de Arpad mientras la humilla. ¿Habrán tenido la crueldad de mandarla a este lugar por impostora? Voltea a mitad de la calle, una estrecha calle sin banquetas ni autos estacionados. Se acerca a la puerta que tocó y golpea más fuerte, primero con los nudillos y luego con la palma abierta. “¡Es una emergencia, abra!”, grita, mientras imagina, mientras se va dando cuenta… Patea la puerta. Luego se aleja, con el corazón en lo alto de la taquicardia y la respiración cortada. Se recarga en el contenedor contrario. Espera. Ni siquiera tiene un reloj para saber cuánto espera. “El que espera desespera”. De qué le sirve acordarse de esas mierdas cuando las cosas que necesita saber se le ocultan en una maraña que no sabe si se encuentra en su cabeza. No le sorprende que nadie baje a abrir. Camina unos metros más, calle abajo, y cuando descubre, como imaginaba, que no hay esquinas, aúlla. Una y otra y otra vez, como se imagina que aúllan las mujeres parturientas, los niños envenenados, los soldados cosidos por la metralla. Si hay animales (gatos, perros, pájaros), responderán; sobre todo los perros.

Primero aúlla con la garganta, luego con el esófago, hasta que los ojos le lloran y el estómago se le subleva y la pone de rodillas. Entre arcadas vomita un líquido transparente y muy ácido, y en él aparece un dientecillo, un pequeño dientecillo infantil. El diente seguro ya estaba en el asfalto; no hay otra manera… Con asco pero por precaución lo guarda en el bolsillo del pecho del overol. Se pone en pie y hunde las uñas de su mano derecha en su mano izquierda. Observa el dorso brillante de sudor de esta última formar lunitas profundas que poco a poco se visten de rosa y, finalmente, de rojo. Entonces llega el dolor y la hace llorar, más por frustración que por verdadero dolor. Nadie ha llegado a reclamarle sus aullidos. Hasta una jauría de perros la tranquilizaría; la policía; un ser humano, incluso uno monstruoso como Arpad le infundiría ánimos. “¿No te quejabas de que no te dejaban estar a solas con tu soledad?”, le dice la vocecilla que vive, medio crucificada, en su esternón. “Sí, pero no así”, dice en voz alta (descubre, con algo de satisfacción, que su voz sí es la suya): “No así: de noche, en un mundo demente. Quiero mi casa con el techo gris de dos aguas; quiero mi refrigerador achacoso”. Y se queda callada porque sabe que esa plegaria que está a punto de hacer no tiene dios a quién dirigirse. Quizá si vuelve a su contenedor y duerme todo se resuelva, de alguna manera. El diente en su bolsillo le hace una mueca de burla. Incluso si por alguna extraña circunstancia está muy borracha y no es capaz de darse cuenta, la cruda, una buena, vigorosa cruda, la aliviará de todo el sufrimiento mental, conteniendo el sufrimiento en su cuerpo. Eso extraña ahora: una cruda formidable que le sacuda todas las heridas existenciales y la haga un animal desviado y puro: carne mascada y magullada. Sube otro poco la calle para comprobar que, por el ángulo que ésta hace, no puede ver los alrededores de la línea asfáltica bordeada de contenedores. Observa una larga línea de contenedores que, al alejarse y estrecharse, sólo muestra, como dientes eléctricos, los árboles iluminatorios. “Quizá ahora sí me metí algo muy cabrón”, se dice, dándose cuenta de que antes no había visto pintura de un neón tan potente como para iluminar una noche cerrada. Le tranquiliza el pensamiento, aunque no por completo: el dolor en la mano y las heridas de sus uñas se ven y se sienten reales. Pero la cama lo cura todo, se dice, y así vuelve, paso a paso, cabizbaja, a su contenedor. Abre la puerta. Ya tiene de nuevo ganas de orinar. Alguien, quizá su padre, le dijo un día que tenía la manía de conocer todos los baños del mundo: los de las casas ajenas, los de los aeropuertos y las terminales de camión, los de los restaurantes… La verdad es que siempre tiene sed y no sólo de cerveza y de vino, también de agua. De hecho, y ése es un secreto que es difícil de confesar por irrisorio, si es borracha es por dipsómana. Sabe que sabe (y sabe que no tiene forma de saber cómo) que el baño está en el tapanco, así que cuando cierra la puerta de su contenedor sube resignada la escalera, desabrochándose los tirantes del overol. Se sienta en el retrete y orina. Se sube los pantalones. Junto al retrete hay una ducha mínima, vestida por gruesos cristales opacos. Sólo hay una llave y al abrirla y dejar correr el agua corrobora, como ya imaginaba o sabía, que sin ser helada el agua no es caliente, un poco menos que tibia. “Seguramente nadie se baña aquí a menos que sea absolutamente indispensable”, piensa. Y piensa en lo absurdo que hay en lo que piensa. Mañana, o en un rato más, cuando lo que haya que acontecer suceda, se ocupará de ello. Mientras, no queda nada por hacer más que subirse el overol, correr las cortinas del contenedor para que entre —porque entra— lo más veladamente posible la luz de neón blanca por las ventanas, aventar las botas de hule desde arriba, bajar las escaleras de madera con los calcetines resbaladizos y suaves y meter el cuerpo bajo la frazada de la cama. Esperar. Sabe que no dormirá, pero también sabe que “lo grave” no ha ocurrido aún. Y espera, tranquila y casi feliz. EP

 

 

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Claudina Domingo es poeta y narradora. Es autora de Tránsito (2011, Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2012) y Las enemigas (2017). En 2016 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen por el libro de poesía Ya sabes que no veo de noche. Ha sido becaria del programa Jóvenes Creadores del Fonca en tres ocasiones.