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El espejo de las ideas: Julián Pablo o de la salvación por la belleza

El miércoles 14 de febrero —de ceniza— falleció el pintor, cineasta, sacerdote dominico y arquitecto Julián Pablo Fernández, necesario en la escena de nuestra cultura. Dedico a su memoria esta entrega de mi columna

Eduardo Garza Cuéllar  | 01.05.2018
El espejo de las ideas: Julián Pablo o de la salvación por la belleza

 

O puedo decir que le seguí la pista, pero sí que disfruté de su genialidad al límite de mis capacidades metabólicas. No era un platillo de fácil digestión. Parecía en ocasiones incluso venenoso para una conciencia como la de mis veinte años que asociaba —hasta confundir— la espiritualidad con la ética.

Alguna vez, en uno de los trayectos que nos regaló la filmación que él dirigía a finales de los ochenta, le pregunté a cuál de los muralistas prefería.

—A ninguno, los detesto a todos —espetó.

Después de un silencio me preguntó:

—¿Dijiste moralistas o muralistas?

—Muralistas.

—Ah…

Y vino entonces la lección.

Sus búsquedas guiaban y decidían todo. Desde la monomanía de los genios, sin concesión alguna, fue un hombre fiel a sus intuiciones y a un extraño profetismo, devoto de investigaciones necias y asistemáticas, rendido unas veces a la dispersión y otras a la concentración, incluso a procesos de incubación que duraban días o lustros.

En 2003 me regaló para Ixtus una entrevista lúcida en la que desenterraba paralelismos inopinados entre la liturgia taurina y la misa. Me golpeó vinculando paseíllo y procesión, traje de luces y casulla, brindis y ofertorio. Las verónicas, decía, aluden desde su nombre al lienzo con que una mujer de Magdala enjugara y plasmara el rostro sangrante de su Señor. Cristo era sacerdote y víctima, torero y toro, y ambos rituales, sed y cercanía con el misterio, celebración del mismo.

Trece años después me llamó entusiasmado, como niño, para decirme “¡Ya sé por qué!”. Luego, en el mágico galerón contiguo a una sacristía que había acondicionado como celda, estudio y refectorio, me mostró imágenes de los mártires que hace veinte siglos habían descubierto que las reses bravas iban hacia el movimiento de improvisados trapos al tiempo que desdeñaban a los inmóviles. En lo que otros vieron un milagro, aseguraba haber encontrado la prototauromaquia.

Se hizo luego llamar pintor de verónicas cuando expuso rostros de Cristo cargados de misterio que fueron testimonio de su inconfundible trazo y su propuesta.

La salvación por el arte estuvo en la raíz de sus muchos quehaceres, encuentros y desencuentros. Sin ella muchas cosas, incluidas las tesis que he referido arriba, serían impensables. Su legendaria amistad con Luis Buñuel puede leerse también desde la apuesta vocacional, asumida con seriedad total por el cura y el ateo, por la creatividad y la belleza. Al final, ya en su último suspiro, en su casa de la cerrada de Félix Cuevas, Buñuel le confesaba: “Usted cree en Dios y yo creo en el misterio… que son la misma cosa”.

Si Tomás de Aquino, otro dominico, había blandido la tesis de los trascendentales del ser, la belleza podría conducirnos a Dios tanto como el bien o la verdad. “Cuando la Iglesia pierde el sentido de la belleza, Dios la castiga con la falta de inteligencia”, repetía rememorando sus imposibles batallas con los jóvenes teólogos de la liberación.

Su caminar en el arte le merece el título de educador de la mirada. Un sábado por la mañana, paseando por San Ángel, descubrió a más de cincuenta metros de distancia, al otro lado de la calle, en el interior de una galería, un biombo que había sido robado unos días antes de Santo Domingo. Paró a una patrulla y fue a reclamarlo. El galerista cedió sin chistar cuando cura y policía se le apersonaron en su local. La rara alineación del juicio divino y de la ley humana regresó el biombo al templo, limpiecito como para venderse, a bordo de la patrulla.

Sobra decir que, como a mí y a otros, el admirador de Paz y de San Pablo, cercano a Cuevas y a Fuentes, pintor necio de sus intuiciones, en no pocas ocasiones le estorbaba a una orden religiosa de ochocientos años. Se entiende. No era fácil seguirle el paso ni era pensable gobernarlo. Su ímpetu tenía desde hacía años ritmos distintos a los de la vida comunitaria. No era fácil entender que el predicador de la vida buena fuera tan devoto de la buena vida.

Pero su mirar el mundo sin prejuicios le permitió comprender la cultura occidental desde ángulos y profundidades únicos. También contribuir a ella. De eso da cuenta su obra que, aunque dispersa en conventos, casas, capillas y servilletas de restaurantes, evocará la mirada de Cristo y asombrará algún día a alguien que, como la Magdalena o Dostoyevski, se deje interpelar por su misterio. EP

 

 

 

Eduardo Garza Cuéllar es doctor en Filosofía, contemporáneo de Mafalda y del Vaticano II, y director de la firma consultora Síntesis.

 

 

 

 

 

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