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#Norteando: Desbalance nuclear

Patrick Corcoran | 01.06.2018
#Norteando: Desbalance nuclear

Durante el mes pasado, los caprichos del presidente estadounidense han revolucionado el balance nuclear del mundo.

Primero, después de meses de rumores crecientes, a principios de mayo el presidente Trump retiró su país del pacto nuclear con Irán que Obama concretó en 2015. El acuerdo—que firmó también Rusia, Francia, China, el Reino Unido, y Alemania—efectivamente canjeó una apertura económica por el fin del programa de armamento nuclear de Irán, garantizado por un proceso de monitoreo internacional. El nuevo plan para lidiar con Irán no queda claro, pero parece que Trump está apostando por el colapso económico de los ayatolás.

Más allá de este paso indefinido, el rumbo se pone borroso. Por más increíble que parezca, no hay evidencias de que la administración de Trump tenga idea de lo que viene ahora. En lugar de un análisis de las necesidades estratégicas de su país, Trump se ha dejado guiar por el rencor que guarda para Obama—con esta decisión Trump deshace el logro diplomático más importante de su antecesor—y por intereses de los enemigos locales de Irán en Abu Dabi y Riad y Tel Aviv.

Segundo, Trump ha abierto puertas a Corea del Norte. Después de meses de amenazar al llamado reino ermitaño con aniquilación, en mayo Trump cambió de actitud y aceptó una cumbre con el líder de aquel país. El evento histórico, que Trump promete acabará con la desnuclearización de la península coreana, está agendado para el 12 de junio.

Parece que el plan —si tal palabra se puede aplicar a las decisiones espontáneas de un cerebro impulsivo como el de Trump— es sustituir Corea del Norte por Irán como el hijo pródigo de la estrategia nuclear. Al nivel más superficial, puede parecer un canje justo—simplemente se cambia un rogue nation por otro—con un efecto nulo en la seguridad.

Pero la seguridad no es como la contabilidad, en que se puede mover créditos y deudas como uno quiera, siempre y cuando el balance final se quede positivo Ambas partes de su gambito sufren de graves riesgos y barreras enormes.

En cuanto a Irán, la salida del acuerdo ha fortalecido a los duros dentro del régimen, mientras pinta a los moderados—como el presidente Hasan Rohaní, el mayor campeón del pacto—con la cara de idiota. Lo más probable es que por el futuro previsible, Irán será más hostil y menos dispuesto a negociar con el Occidente.

Peor aún, la acción de Trump no cuenta con el apoyo de las demás partes del tratado, así que el país diplomáticamente aislado ahora es Estados Unidos, no Irán. Cualquier intento de tumbar la economía iraní, más allá que los problemas morales de tal estrategia, requeriría nuevas sanciones económicas, y no existe una voluntad internacional para tal paso. El gobierno de Trump puede hacer lo que quiera, pero China, Rusia, Alemania, e India van a seguir disfrutando del comercio con Irán.

En Corea del Norte, hay varios problemas: Para empezar, los coreanos no tienen porque soltar su programa nuclear, que representa la garantía de sobrevivencia del régimen de Kim Jong Un. Puede que prometa desmantelar su arsenal nuclear, pero décadas de experiencia con Corea del Norte, más un análisis básico de sus intereses, ha dejado en claro que no es un objetivo razonable en el corto plazo. Y si la desnuclearización que es el objetivo de la cumbre es imposible, entonces ¿para que aceptar la cumbre, que es en sí una gran concesión a los Kim? No hay una buena respuesta.

Ante del contexto de la caída del acuerdo con Irán, Trump está motivado por su desesperación de poder presumir un triunfo diplomático, sea lo que sea. Como es típico con él, el contenido del acuerdo le importa poco; lo que requiere es el evento. Desde luego, es una pésima posición para negociar, y no es casualidad que los coreanos han exigido cada vez más concesiones de Trump mientras se acerque el 12 de junio. Esta desesperación ya ha llevado al presidente gabacho, que presume ser el negociador más duro, a doblegarse ante las crecientes condiciones: la semana pasada, canceló unos ejercicios militares con Corea del Sur, tal como había pedido el gobierno de Kim.

Un problema final con ambas partes de esta estrategia es el comportamiento del gobierno estadounidense. Terminar un programa nuclear es un acto de fe, en que un gobierno tiene que confiar que se le respetaría su continuidad. Estados Unidos no tiene un buen historial en este respecto. Haber abrogado el acuerdo con Irán por simple picardía de Trump, para luego dedicarse a su destrucción económica, no señala a Corea del Norte que puede confiar en los resultados de un acuerdo. El hecho de que Trump en reiteradas ocasiones lo amenazaba con exterminio tampoco le puede dar confianza al régimen de Kim.

Para resumir, esta reorganización de la seguridad nuclear es una pésima idea que proviene de una mente que responde a los incentivos más bajos. La jugada está en manos de quien no tienen la delicadez para llevarla a cabo, que no cuenta con los aliados necesarios, y las consecuencias podrían volverse desastrosas.

En fin, es una buena referencia para la época Trump.

 

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