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Adiós al Azul 

José Miguel González Salazar | 01.06.2018
Adiós al Azul 

Soy incapaz de concebir el infinito,

y sin embargo no acepto el finito.

Simone de Beauvoir

 

El pasado 21 de abril el equipo de futbol Cruz Azul jugó el último partido en la que fue su casa durante veintidós años. El adiós fue sellado con un triunfo contundente contra el Morelia: los azules se impusieron 2 a 0 y Ángel Mena anotó el último gol. Pero no todo fue miel sobre hojuelas pues, hablando deportivamente, el Estadio Azul dejó mucho que desear a todos los que somos aficionados al equipo. Fueron más los sinsabores y las derrotas ahí sufridos que los triunfos y éxitos. El Cruz Azul tuvo mejores momentos en el Estadio Azteca que en su propia casa: en los veinticinco años que jugó en el Azteca vivió tiempos cruciales de su tricampeonato y produjo aquella generación de oro con la que muchos crecimos.

Lo que termina con la demolición del Estadio Azul —lo cual es muy lamentable— es su contenido icónico, lo que representa para los aficionados y para la Sociedad Cooperativa La Cruz Azul, de la que viven casi diez mil familias, un referente de la industria de la construcción y de la economía en México. El estadio es visto como un digno representante de esa clase media trabajadora dedicada a la producción de cemento. Los seguidores del Cruz Azul aguantamos un sinnúmero de veces los insultos y las expresiones peyorativas, principalmente por parte de los americanistas que nos llamaban “pinches albañiles”, lo que muchos consideramos un halago más que un insulto. Quienes alguna vez tuvimos la suerte de ser invitados por la cooperativa a las celebraciones del 3 de mayo, Día de la Santa Cruz, quedamos marcados para siempre. Lo que Billy Álvarez y su familia han construido durante todos estos años va mucho más allá de un negocio de cemento o un equipo de primera división; es la cohesión social de un grupo grande de familias llamado “cooperativa”.

Concluyen también esos sábados por la tarde en que saludábamos por los pasillos del estadio a Ciro Gómez Leyva, a Xóchitl Gálvez y, si teníamos mucha suerte, a Inés Sainz, en un espacio plagado de armonía y convivencia familiar. Uno de los estadios más seguros y familiares del país. En el interior nunca me tocó presenciar altercados violentos, ni tampoco a la entrada o salida de un partido; quizá los hubo, pero nunca fueron un referente. Lo común era ver familias con hijos de todas las edades y a gente con la camiseta del equipo contrario disfrutando del juego. Su aforo de aproximadamente treinta y cinco mil espectadores le da una escala muy manipulable que fomenta la cultura cívica de los asistentes, con un número razonable de asientos.

Se cancela también aquella ceremonia previa a los partidos en que el aficionado calentaba la garganta en los restaurantes y las cantinas cercanos al estadio, lo mismo que la catarsis gastronómica a la salida del encuentro, desde la extraordinaria variedad de platillos en los locales informales, hasta las vastas parrilladas argentinas o los tradicionales tacos del Villamelón.

La forma arquitectónica del Azul es sui géneris: un estadio con una curva isóptica muy pronunciada que lo asemeja al interior de las cortes españolas o a un coso taurino, para ofrecer una vista perfecta del cam- po casi desde cualquier lugar del graderío, lo que produce las mejores cabeceras y otorga una vista inmejorable de la cancha, incluso desde el ángulo de los tiros de esquina.

La sencillez y austeridad de su arquitectura no se encuentran en ningún otro estadio; no le falta ni le sobra nada. A través de sus treinta puertas se accede a unas escalinatas que suben a medio nivel de la calle, al área comercial, de servicios y de palcos, de tal forma que la mayor parte del recinto se desarrolla por debajo del nivel de la banqueta y su presencia urbana disminuye, pues a partir de la acera sólo se aprecia un edificio de dos niveles. La fachada original tenía los trazos elegantes y sencillos del más puro art déco gestado en la Ciudad de México. Por su orientación y por el horario de los partidos, había que hacer el sacrificio de levantarse temprano para comprar boletos en la zona con sombra, una de las pocas diferencias en el precio de las entradas.

Sin lugar a dudas el Azul es el más urbano de los estadios de nuestra Ciudad de México, pues no tiene un solo lugar de estacionamiento. Quien acudía, sabía que llegaría en cualquier medio de transporte distinto al automóvil propio; quienes teníamos boletos para toda la temporada hacíamos un acuerdo anual con determinadas familias de la colonia y usábamos las entradas de sus casas como estacionamiento, acuerdo que también aplica para quienes asisten a la Plaza de Toros México. La única carga adicional para la colonia Noche Buena era la electricidad, por lo que durante los partidos se instalaban dos plantas complementarias y los vecinos no se veían afectados con la sobredemanda. Los edificios colindantes al estadio se convertían en ventanales plagados de gente los días de partido. Muchos condóminos y locatarios transformaban sus espacios de trabajo en palcos de lujo.

El Azul se inauguró en 1946 con el nombre de Estadio Olímpico de la Ciudad de los Deportes y en un principio era muy básico, casi rupestre. A lo largo de setenta y un años se fue modernizando, adaptándose a las necesidades de un equipo de primera división de futbol soccer, aunque fue concebido para la práctica del futbol americano y se estrenó con un encuentro entre los Pumas de la unam y los Aguiluchos del Heroico Colegio Militar.

El sueño del señor Neguib Simón Jalife fue construir una “Ciudad de los Deportes” a las afueras de la Ciudad de México, en los terrenos de lo que fuera la Hacienda de San Carlos y la ladrillera La Guadalupana; sin embargo, después de la construcción de la Plaza de Toros México y del Estadio Azul se quedó sin recursos económicos y tuvo que vender el proyecto a Moisés Cosío, dueño del Frontón México. Jamás sabremos todo lo que comprendía ese sueño contenido en el concepto de una ciudad de los deportes pero, dada la gran extensión de predios alrededor, seguramente se trataba de un proyecto mucho más ambicioso. Un texto de la época menciona que además de los dos recintos contaría con zonas comerciales y residenciales, así como con grandes espacios para diversas actividades deportivas: canchas de tenis, de futbol, boliches, albercas, frontones, arenas.

El primer partido de futbol se disputó el 5 de enero de 1947, entre el Veracruz y el Racing Club de Avellaneda, Argentina. El Veracruz se impuso 2 a 1 y Leopoldo Proal, del equipo argentino, anotó el primer gol en el estadio. Muchos clubs y equipos de primera división tuvieron su casa en el Azul: el América, el Atlante (alguna vez fue llamado Estadio Azulgrana), el Necaxa. También fue escenario de grandes figuras como Maradona y Messi, quienes en alguna ocasión jugaron partidos de exhibición en su cancha.

En junio de 1980 me tocó asistir a uno de los primeros conciertos de rock que se realizaron en México, precisamente en el Estadio Azul. Habían anunciado a la banda británica Deep Purple, pero todo fue un fraude terrible pues sólo vino Rod Evans, el primer cantante del grupo. Aún recuerdo aquel zafarrancho, con las autoridades rebasadas por la turba. Fue la única vez que presencié maltrato a las instalaciones del estadio.

 Estoy convencido de que las ciudades necesitan renovarse para mantenerse vivas y de que los edificios requieren ser cada vez más flexibles, para poder modificar su uso sin necesidad de ser derribados. Para mantenerse actuales, los barrios y las colonias van sufriendo transformaciones, modificaciones en el uso de suelo y en su densidad. Alguna vez leí que los edificios de muchas provincias de la India nacen con los días contados; el autor del texto fijaba la fecha de caducidad en la que debían ser demolidos, una vez que hubieran dejado de cumplir las expectativas con las que fueron diseñados y construidos. Me pareció un concepto por demás notable y positivo para la renovación de las ciudades, pero no deja de generarme sentimientos encontrados presenciar la terminación de la vida del Estadio Azul. Me produce angustia que esté tan cerca su final.

El Azul tiene los días contados. De acuerdo con la empresa inmobiliaria Lamudi, Grupo Brisas de Antonio Cosío Pando, en asociación con Carlos Slim Helú, ha contratado los servicios del arquitecto Javier Sordo Madaleno para desarrollar lo que será llamado Artz Insurgentes Sur. Incorporará los terrenos del estadio junto con los locales comerciales que llegan hasta Avenida de los Insurgentes, con un área aproximada de 15 mil metros cuadrados; se pretende construir un complejo de cuatro torres de departamentos, oficinas y tiendas de lujo, con un valor aproximado de 271 millones de dólares. A todas luces será un negocio mucho más lucrativo, con tiendas como Gucci o Louis Vuitton, que los ingresos por las entradas al estadio.

Pero no todo está dicho: por un lado, diversas fuentes indican que los trabajos de demolición darán inicio el próximo 2 de julio, ¡así es, al día siguiente de las elecciones presidenciales!; y por otro lado, la candidata puntera a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum Pardo, ha expresado en varios foros su rechazo al derribo del estadio, así que los desarrolladores tendrán de julio a diciembre para no dejar ni una sola piedra del recinto. ¡La moneda está en el aire y el Azul tendrá un final de fotografía! EP

 

 

 

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El arquitecto José Miguel González Salazar es director general de la firma BIM-Arquitectos y profesor de Taller de proyectos y Análisis urbano-ambiental en el Taller Max Cetto. Se especializa en temas relacionados con las políticas públicas urbanas, es consultor de diversas empresas e instituciones y ha publicado, entre otros, Arquitectura parlamentaria en México. Dos siglos de recintos para el diálogo.

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