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#ELECCIONES2018: Nuestro terreno común: una vía a la reconciliación

Galia García Palafox | 01.07.2018
#ELECCIONES2018: Nuestro terreno común: una vía a la reconciliación
En la búsqueda de un territorio común para la sociedad mexicana tras la contienda electoral, Galia García Palafox ha cosechado las opiniones de especialistas como Luis de la Barreda, Daniela Malpica, Eduardo Bohórquez y Caroline Hopper, quienes miran la situación actual de México desde distintos puntos: los derechos humanos, la conciliación, las redes sociales y el camino que podemos encontrar para reagruparnos.

Un meme: Del lado izquierdo, la foto de Andrés Manuel López Obrador con la leyenda “racista”, del derecho, la de Ricardo Anaya con la frase “pirrurris”.

Dos canciones: Un personaje ficticio de nombre Almudena Ortiz Monasterio canta “…aunque sea una niña bien / voy a votar por ya sabes quién”. Es la niña bien que a pesar de su condición social y contra sus padres votará por el candidato de la izquierda, porque está cansada de la situación del país. Unos días después del lanzamiento del video, el “chavo chaka”, un chofer de pesero que dobletea como valet parking, le contesta “te equivocas Almudena, no es mi barrio lo que anhelas… no hay izquierda en los morenos / los de izquierda inteligentes se pasaron para el Frente”.

Un neologismo: Si esta elección dejará una palabra en el vocabulario de los mexicanos es ‘chairo’. El Colegio de México la definió así: “s. y adj. (ofensivo) Persona que defiende causas sociales y políticas en contra de las ideologías de la derecha, pero a la que se atribuye falta de compromiso verdadero con lo que dice defender: persona que se autosatisface con sus actitudes”.

Un ataque: El sábado, dos semanas antes de la elección, una joven rubia es físicamente agredida en una tienda de conveniencia cuando le reclama a una mujer por meterse en la fila y ésta le responde: “Pinche güera, tu tiempo se acabó. Ahora que gane Andrés Manuel, vales pura verga”.

La foto de Romina Pons con la camiseta de la selección mexicana y los labios ensangrentados que todo el país vio, se convirtió de alguna forma en la imagen de la crispación electoral. Aunque tampoco pareció volver loco a nadie. Tal vez porque sólo fue la representación gráfica de lo que, sin golpes, se vive en sobremesas, grupos de chat y, especialmente, en las redes sociales.

 

El 1 de julio el país llegará a las urnas dividido; entre candidatos, sí, pero sobre todo entre simpatizantes de unos y otros. Nadie parece dudar cuando se habla de que esta es la elección más polarizada que se ha vivido y que parece difícil conciliar a los extremos.

La discusión de cómo llegamos a eso va desde la idea de que es un candidato quien ha enviado un mensaje donde hay dos tipos de mexicanos: los buenos y los malos. “Hay una crispación muy fuerte y creo que eso se debe al discurso de nosotros o ellos. El pueblo bueno y la mafi a en el poder. Los que están con la república amorosa y los cómplices de la corrupción: todos los que no voten por el candidato de esa república amorosa. Eso necesariamente produce un ambiente de encono, crispación, animadversión. En el momento en que una persona que no esté de acuerdo conmigo es vista como enemigo, en ese momento es muy difícil que haya una convivencia armónica”, dice Luis de la Barreda, coordinador del Programa de Derechos Humanos de la UNAM, y el primer ombudsman de la Ciudad de México.

Otros, tal vez los más, creen que unos y otros han abonado a la división. El miedo de unos a seguir olvidados por las cúpulas y el de los otros a perder lo que tienen, a que inicie una cacería de brujas, como dice Daniela Malpica, experta en reconciliación y fundadora de Justicia, Reconciliación y Derechos Humanos.

Para Eduardo Bohórquez, director de Transparencia Mexicana, esta elección, a diferencia de las dos anteriores, tiene nuevos elementos polarizantes: las redes sociales, una sociedad civil más plural con agendas distintas y hasta contradictorias, el sector demográfi co joven —más grande que nunca y con una idea distinta de cómo hacer política—, pero además la fractura dentro de los propios partidos y sus alianzas: “La fractura de la propia élite de centro derecha que en las dos elecciones anteriores había estado formal o informalmente de acuerdo en cómo enfrentar la alternativa de centro y de centro izquierda. Y el otro factor es que se perdieron las distinciones ideológicas al momento de formar las coaliciones tanto en Morena (y su alianza con el conservador PES) como en el caso de Por México al Frente (el PAN y el PRD). Al perder esa diferenciación ideológica se tienen que agudizar las diferencias entre los candidatos y entre las personas. Eso lleva a un tipo de tensión distinta en las campañas; ya no entre partidos, sino alrededor de los individuos”.

Aunque las encuestas revelan que una mayoría de la clase educada votará por el candidato de Juntos Haremos Historia, la polarización entre los ciudadanos recuerda la lucha de clases. “Si pones en duda el Tratado de Libre Comercio, el tema de que habrá desbasto, que perderás tu empleo… estás reviviendo los resortes de la añeja lucha de clases que, por cierto, no sólo en México está reapareciendo”, dice Bohórquez.

Eso, según Malpica, nos vuelve grupos antagónicos. Y no abona al entendimiento de que unos y otros somos codependientes: “La realidad es que necesitamos trabajar para sacar esto todos y en lugar de crear un espacio en el que podamos imaginar una solución distinta [la discusión] se enfoca en exacerbar estas diferencias”.

Seguir así después del 2 de julio recuerda a la sociedad estadounidense después del triunfo de Donald Trump, donde los temas de campaña —la migración, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte— siguen dividiendo y crispando a unos y otros. El riesgo, dice Bohórquez, es que no termine el “modo campaña”, que las diferencias se sigan acentuando y se vuelva una forma de hacer go bierno, de construir un discurso y hasta de hacer política pública basada en la polarización.

Malpica cree que, si no hay un proyecto que involucre a todos, la identidad se seguirá rompiendo y las diferencias pueden escalar a confl ictos sociales, hasta llegar al ojo por ojo y a la justicia por propia mano, como los linchamientos, los grupos de autodefensa o la señora que le da un golpe en la nariz a Romina Pons porque se siente con derecho.

¿Cómo, entonces, resolverlo? Los expertos en reconciliación hablan de encontrar terreno común. Tomar los temas que unifican, esos en los que nadie puede estar en desacuerdo. No sería la primera vez que sucede. Bohórquez explica cómo Felipe Calderón buscó unificar a partir de la guerra contra el narcotráfico, Enrique Peña Nieto con el Pacto por México. “Hay temas que, más allá de lo que nos gustaría [para] distinguirnos políticamente de un adversario, tenemos que enfrentar el tema migratorio con los Estados Unidos y nuestra frontera sur, el tema de justicia, el tema de los derechos humanos, el tema económico... Para mí es muy cercana la necesidad de tener mayor independencia en las instituciones que investigan y promueven la sanción de los delitos vinculados con corrupción o de los delitos contra las violaciones graves de derechos humanos. Hay una agenda de Estado y el presidente es primo entre pares, es una pieza muy importante pero no puede ser la única que nos lleve a esa agenda y a esa discusión”.

El 20 de junio, hablando ya con tono presidencial, López Obrador llamó a la unidad nacional; sin dar cuenta de los cómos, anunció que de obtener el triunfo el 1 de julio convocará a la reconciliación. Bohórquez cree que la campaña Juntos Haremos Historia, como la de cada uno de los candidatos, ha dado pistas de por dónde vendría esa forma de conciliación: por la desigualdad del país. “Hay un espacio enorme alrededor de la desigualdad, es convertir la lucha de clases en una especie de coalición contra la desigualdad. Eso fue lo que hizo Lula da Silva en Brasil con el tema del hambre, ahí hay una materia prima”, dice. Otra opción sería que el elemento cohesionador fuera la política exterior a partir de la tensión migratoria con Estados Unidos: defender la identidad nacional frente a una amenaza externa.

Para esto, el nuevo presidente podría llamar a un pacto formal y tomarse la foto, pero otra posibilidad es hacer pactos de facto, tal vez sectoriales. Bohórquez pone un ejemplo: si el tema de unidad fuera la educación —no dejar a nadie fuera de la escuela— podría convocar a los sectores públicos y privados a trabajar en esta materia, dar señales, como pedirle a las universidades privadas que reciban a más estudiantes de bajos ingresos.

La paz y la lucha contra la corrupción son otros temas unificadores y hasta conciliatorios. Si algo le duele a México, además de los muertos y los desaparecidos, es el tema de la corrupción, dice Malpica: “Para mí sería interesante ver algún tipo de propuesta que trate de llevar a una priorización de casos y de cuasiamnistías, un poco como las que tienen los procesos de paz en Colombia, a cambio de información para ver a qué niveles llega, algún tipo de reducción de sentencia. Sería una manera de tratar esa verdad, porque de otra manera va a ser muy difícil. Y al mismo tiempo tratar justamente de satisfacer esa necesidad que tenemos de justicia en casos de corrupción”. Malpica, experta en estos temas, no se refiere a una amnistía o a la no persecución de las que ha hablado López Obrador. Ésa, dice así sin más, no es conciliatoria, sino un caldo de cultivo para que la impunidad persista. “No puede ser un borrón y cuenta nueva”, dice.

Además de esos terrenos comunes en los que unos y otros grupos pueden encontrar unidad, los expertos en reconciliación hablan de empatía, de entender al otro. Malpica lo plantea así: “Es ver más allá de los discursos y tratar de ver el contexto del cual están partiendo ambos grupos y por qué te llevaría, por qué te motivaría a ir por un proyecto o por otro, qué defiendes más allá de los discursos. No toda la gente que está en situación de privilegio está pensando cómo le roba a otros, ni toda la gente pobre lo es porque quiere, es un sistema estructural que hay que cambiar y dialogar. Para esto, es vital que el candidato ganador reconozca las preocupaciones de los otros grupos, de los que no lo apoyaron, porque también son válidas”.

Me explica teorías donde el motivo existente detrás de los conflictos, incluso los ideológicos, es la preocupación por satisfacer necesidades básicas, y esa percepción de que el otro grupo se está quedando con más, que está obteniendo más beneficios.

El nuevo presidente tendrá que hablarle a los sectores que no se sientan representados y, si lo hace correctamente, el mensaje permeará a la sociedad. Pero el trabajo es de todos: la clase política, los candidatos y partidos perdedores, el Congreso, la sociedad civil organizada y los ciudadanos.

 

Doce días antes de la elección, el actor Diego Luna encabezó la iniciativa El Día Después, bajo el lema “Vota por quien quieras, pero cuando votes, piensa en los demás”, acompañado de un manifi esto de 12 puntos para una mejor convivencia ciudadana. Son compromisos básicos con los que nadie podría o debería estar en desacuerdo: la paz y la tolerancia deben ser una realidad, no al racismo ni al clasismo, la corrupción mata, la pobreza es una forma de violencia, la igualdad de género es una condición fundamental para una sociedad más justa, y otros.

En entrevista, Luna explicó El Día Después como “un llamado de ciudadano a ciudadano que dice vamos encontrándole la forma a esto porque la polarización avanza. Después de la elección vienen seis años de convivencia. Las descalifi caciones de todos los frentes y en todos los ámbitos, están [haciendo] costumbre la violencia, y ahí está el peligro”.

Ese estilo de reconciliación desde abajo es otra forma de tratar de acabar con la rispidez a la que nos llevaron las campañas. La idea de esto no es unir a todos alrededor de un tema común, superior, sino encontrar la manera de conciliar nuestras diferencias o de vivir con ellas sin encontronazos. Se trata, en pocas palabras, de civilidad.

En Estados Unidos, tras la turbulenta elección de Donald Trump nacieron varios proyectos de unidad y civilidad. Uno de ellos, The Better Argument Project, del Aspen Institute, no busca acabar con las discrepancias, sino que la sociedad aprenda a tener mejores y más productivos argumentos. “Estamos llenos de argumentos improductivos, incluso en la televisión, [la gente] sólo trata de probar su punto y probar que el del otro es erróneo. Eso no va a ningún lado. Necesitamos tomar decisiones sobre ciertos temas”, explica Caroline Hopper, coordinadora del programa de Ciudadanía e Identidad Americana del mismo instituto. “Un buen argumento es aquel que informa y está informado, que tiene contexto histórico y planteado bajo la realidad de las estructuras de poder”.

Me explica cómo la gente que votó por Donald Trump no es sólo “un tipo de gente”, pero mucha de esa gente no se sentía representada políticamente; eso los llevó a tomar una decisión, aunque su sentimiento no desapareció porque su candidato hubiera ganado. También dijo que del otro lado hay una parte de la sociedad con miedo y eso pone en riesgo la democracia. Se trata, entonces, de entender que no es una dicotomía, no somos nosotros contra ellos sin importar el lado en el que cada uno creea que está. “Hay que conocernos, hacernos vulnerables, hacer espacio para interactuar y entender que tenemos tantos acuerdos como desacuerdos. Es posible además que la gente cambie algunos puntos de vista”, dice Hopper.

De la Barreda lo pone de otra forma: la reconciliación no es que todos se quieran, la política razonable es el respeto por el otro, no por las ideas de los otros; por el otro como persona, porque ése siempre será respetable. “En una democracia no se trata de que todos nos queramos, porque el amor no se puede imponer, ni por ley. Yo quiero a cierta gente y a otra no, y hay gente a la que aborrezco y eso es perfectamente legítimo”, dice. Y para ejemplificarlo recuerda un cuento que atribuye a Jorge Luis Borges: Borges viejo está sentado en una banca contemplando el lago de Ginebra y llega Borges joven, y sin saber que ambos son Borges conversan. En la conversación, el joven le dice al viejo que quiere ser escritor. Borges viejo sonríe porque él ya lo es —y consagrado. En algún momento Borges joven le dice a Borges viejo: “Quisiera que todos los seres humanos nos amáramos”. Y Borges viejo le responde: “¿Y que la mujer maltratada ame al hombre que la maltrata?, ¿que el preso ame a su carcelero?, ¿que la persona que sufre un asalto ame al ladrón?”Esto no es posible ni deseable, dice De la Barrera, se trata de que nos respetemos.

¿Y cuál es la fórmula para que todos nos respetemos? “El respeto a la ley. Respetar el derecho, respetar las instituciones, respetar a la prensa, dejar de agredir así sea verbalmente a los que no nos apoyan. Ése es el camino.” EP

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Galia García Palafox es periodista. Actualmente es jefe de información de un noticiero en Milenio TV y miembro del equipo del podcast Así Como Suena. Ha sido coordinadora editorial de Gatopardo, jefe de información de W Radio y editora en jefe de Milenio Digital.