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#ELECCIONES2018: En el laberinto de la impopularidad: Peña Nieto, Videgaray y Meade

Luis Parra Meixueiro | 01.07.2018
#ELECCIONES2018: En el laberinto de la impopularidad: Peña Nieto, Videgaray y Meade

¿EPN: se puede gobernar sin popularidad?

Cuando en algunos de sus brillantes discursos al público, al igual que en entrevistas de su breve presidencia, el presidente estadunidense John Fitzgerald Kennedy debía defender la posición de su programa político, solía aludir a una idea que escuchó del último presidente demócrata, que hasta ese entonces había ocupado la oficina oval, Harry S. Truman. Cuando existían cuestionamientos sobre sus políticas, Kennedy citaba a Truman con este argumento, que traducido diría lo siguiente:

Harry Truman una vez dijo: “Hay catorce o quince millones de americanos que tienen los recursos para tener representantes en Washington para proteger sus intereses, y por eso los intereses de toda la gran masa de la otra gente -los 150 o 160 millones restantes- son responsabilidad del presidente de los Estados Unidos, y es la responsabilidad que me corresponde cumplir”.

Resulta muy interesante entender el contenido profundo de esta reflexión. En el fondo, lo que está diciendo Kennedy es que el presidente de una república debe velar por los intereses de la mayoría por la que fue democráticamente electo, y no por aquellos grupos que ya detentan y ejercen el poder económico y político.

Al menos en la retórica, los demócratas estadunidenses del siglo pasado desarrollaron un pensamiento político de mucha altura. Los gobiernos demócratas del siglo XX se distinguieron por un pensamiento progresista y que, tal como lo defendió el propio Barack Obama en el último tercio de su administración, él mismo puede considerar como populista.

En algunos sectores políticos de México se tiene una cierta aversión hacia lo popular. Probablemente un psicólogo que se dedicase a estudiar la historia de México podría afirmar que es una reacción a las administraciones del periodo del “populismo mexicano” encabezadas por Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo, debido al caos económico que generaron y que, de alguna forma, seguimos pagando hoy en día.

Esta aversión a lo popular se ha reivindicado como convicción en el presente sexenio y ha sido seguida como un principio rector. Luego de la visita a México del entonces candidato republicano Donald J. Trump, en agosto de 2016, tuvo lugar un debate en el programa de Joaquín López Dóriga, “Si me dicen no vengo”, entre los priístas Luis Videgaray Caso, entonces secretario de Hacienda, y Enrique Ochoa Reza, presidente del PRI, por un lado, y por el otro Ricardo Anaya Cortes, entonces presidente del PAN, el escritor Héctor Aguilar Camín y el entonces senador del PRD Armando Ríos Piter. En esa emisión Videgaray confirmó dicho posicionamiento de forma clara cuando declaró:

La popularidad del presidente, la decisión política. Me preocupa un chorro el argumento de Héctor cuando lo desarrollamos, porque esto implicaría entonces que el presidente debe de dejar de tomar decisiones, como esta que acaba de tomar, que yo creo que fue no solamente con valor sino con inteligencia, las debe de dejar de tomar cuando afecten su popularidad. O sea un poco el desdoblamiento del argumento de Héctor, y por eso no lo comparto, es que un presidente que está abajo en las encuestas, en lo único que se tiene que preocupar tons (sic) es por las encuestas, y no tomar decisiones que son difíciles, que tengan costo político, pero que sean en el interés de la nación y eso creo que no es en el país en el que queremos vivir. Y no es el presidente que México necesita y debe de tener, como lo tiene en el presidente Enrique Peña Nieto.

El propio presidente Peña Nieto ratificó su tesis en otra entrevista a modo con López Dóriga en Los Pinos, el 16 de agosto de 2016, cuando estableció: “No llegué aquí para ganarme una medalla por la popularidad, a lo mejor hubiese nadando de muertito, hubiese decidido dejar las cosas como estaban, dejarlas llevar y administrarlas y dejar de asumir costos”. En ese discurso el presidente afirmaba que su impopularidad se debía a que: “hacer estos ajustes, es ir contra grupos de interés, es combatir resistencias y privilegios anidados en un antiguo modelo y en los paradigmas y formas de vida en distintos ámbitos.”

Dada la actual coyuntura electoral, resulta muy interesante analizar esta tesis, que ha sido seguida por el gobierno como eje rector, que en una gran medida explica los recientes resultados en las encuestas y les da un sentido más profundo que el que el alegre optimismo del PRI en su campaña. En esa misma sesión de debates, que a la postre costaría el puesto a Videgaray, el recién designado presidente del PRI aseguró: “el mayor activo político que tiene el PRI es el presidente Enrique Peña Nieto, porque actúa de manera consistente y en favor de los intereses de los mexicanos”.

Es interesante entonces la concepción que tiene el priísmo actual sobre “los intereses de los mexicanos”, “los intereses de la nación”, “el país en el que queremos vivir” y “el presidente que México necesita y debe de tener”, así como de “las resistencias y privilegios anidados en un antiguo modelo”. Es claro entonces que los intereses expresados en la mayoría de las encuestas no coinciden con los del propio PRI. En la administración actual existe una aversión por lo popular, una cierta indiferencia a lo que pueda pensar una mayoría, si es distinto a lo que el grupo del presidente Peña pueda considerar benéfico para “los intereses de la nación” y “los mexicanos”.

Es extraño cuestionarse a cuáles grupos de interés se refería el mandatario, ¿a la estructura económica que se había generado luego de dos administraciones panistas?, ¿a los empresarios no priístas? ¿a los intereses que se formaron en el PRI desde su fundación?, es decir, ¿a las propias bases priístas?, ¿al sindicalismo?, ¿a los maestros de la CNTE?, ¿al corporativismo?, ¿a la burocracia? El discurso resulta confuso y es curioso que nunca se le haya preguntado directamente a quiénes o cuáles grupos en concreto se refería el presidente. Es parte de las características que ha tenido el presidencialismo de Peña Nieto: un jefe de Estado aislado y alejado de las preguntas de la prensa libre y de la nación en general, cobijado siempre, en cada evento por los acarreados de su partido y periodistas a modo. ¿Son estos “los mexicanos” a los que hacen alusión?

 

El paradigma de la popularidad

El tema de la popularidad del presidente Enrique Peña Nieto es emblemático y seguramente será un caso de estudio para la politología. En ese mismo programa de televisión en el que ocurrió el debate, Ricardo Anaya mostró una gráfica que indicaba los resultados de una encuesta de Reforma, en la que el 85% de la población mexicana desaprobaba la decisión de invitar a Donald Trump.

El efecto en la popularidad del presidente se transfirió de inmediato y lo llevó camino al punto más bajo y a ser el presidente mexicano peor evaluado desde que se tiene registro. Según Consulta Mitofsky, empresa que ha realizado la encuesta y registrado el indicador, en ese punto la popularidad del presidente llegó a que sólo el 17% de los mexicanos aprobara su gestión, mientras que para PEW Research Center, luego del gasolinazo en octubre de 2017, el 93% de los mexicanos no confiaba en el presidente Peña Nieto. Son números de desaprobación incluso más altos que los de Nicolás Maduro (con un porcentaje de rechazo de 73%), su homólogo venezolano, con un enorme desprestigio internacional por su gestión autoritaria y sus desastrosos resultados económicos.

A la pregunta de por qué es tan impopular el presidente Peña Nieto existen múltiples respuestas. Al revisar el porcentaje de aprobación durante su gestión podemos entender cómo los sucesos que han resultado en escándalos mediáticos han mermado el indicador. La gestión del caso de la nombrada “Casa Blanca”, con el enorme error de colocar a su esposa a defenderlo en un patético papel de actriz de telenovela, algo inédito en la historia de México; la lenta reacción ante la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa; el escandaloso desfalco y la corrupción rampante de los gobernadores priístas; la mencionada visita y la política de la presidencia en la relación con Trump, como candidato y ya como gobierno; los aumentos en los combustibles y demás temas han influido en esta continúa debacle de sus números. Ya Francisco Abundis en su columna “El costo de la impopularidad” dio cuenta estadística de algunos rubros en los que es peor calificado.[1]

Pero podríamos simplificar todo el caso en una afirmación: el presidente y su equipo tienen como tesis la convicción de que se puede gobernar sin popularidad, a contracorriente de lo que sienta la mayoría. Esta misma tesis explica muchas acciones de gobierno, que hoy afectan a su candidato. Cuando en enero del año pasado se dio el aumento abrupto de las gasolinas, so pretexto de su liberalización, la reacción y el enojo social fueron brutales y la respuesta del gobierno se concentró en un sólo hombre, José Antonio Meade Kuribreña, entonces secretario de Hacienda; muchos pensamos que su destino estaría en la gubernatura del Banco de México, pues el golpe a su popularidad sería devastador para una candidatura presidencial.

El tiempo demostró que no. Demostró de hecho una convicción que se ha transformado en tesis: los priístas están convencidos que se puede gobernar, aún más, que se pueden ganar las elecciones sin popularidad. En pocas palabras, que la popularidad no es importante en política. En ese momento se explicó con un argumento parecido a los que se esgrimieron durante la visita de Trump: pese a ser una medida impopular, si no hubiese aumentado el precio de las gasolinas el déficit de las finanzas públicas sería terrible, continuaría creciendo y no lograría un superávit que terminaría con la tendencia ascendente de la deuda pública. Claro que en ese momento no se explicó que el gasto público, pese a la caída de los ingresos petroleros, se elevó 18.4% entre 2013 y 2016. Sin embargo, el guión fue el mismo: si bien la medida era impopular, el gobierno asumía el costo de esa decisión en favor de “el interés de la nación” y “los mexicanos”.

Cuando se designó a Meade Kuribreña como candidato, luego de intentar resucitar la caduca liturgia de sucesión, otra vez quedó claro que en el gobierno la popularidad no es prioridad que dictamine sus acciones, el interés de lo que ellos consideran “la nación” y “los mexicanos” se encuentra por arriba de lo que la mayoría pueda considerar correcto, de lo popular, vocablo que incluso puede llegar a apestar tanto como el más temido término de su diccionario: el populismo, de misma raíz pero que en este contexto, significa el ofrecimiento de propuestas inviables, sólo porque son populares. Pero no, de nuevo popularidad no necesariamente significa populismo y por ello no es el tema que ocupa a este artículo.

 

De los popularis a la popularidad

No obstante, pese a esta convicción de los priístas modernos, la popularidad es importante para gobernar. Quizá sea el aspecto más importante que define el éxito o el fracaso de un gobierno. Hace unos días Vladimir Putin fue reelecto en Rusia con 71% de los votos. Es tal su popularidad, que le permite ejercer una política que inconcebible en otras democracias. Xi Jinping acaba de asegurar su reelección indefinida en China, gracias a su popularidad.

El término popularidad se aplica a muchos ramos del quehacer público, al espectáculo, a los deportes, a la literatura, al periodismo e incluso a la ciencia o a cualquier disciplina que pueda implicar celebridad. Sin embargo, en la política, el término popularidad tiene una connotación diferente, más profunda y compleja, ligada a la propia historia del Estado. Su raíz etimológica es obvia y deriva de popularis, relacionada con el vocablo populus, alusiva a comunidad humana, pueblo, gente, nación, etnia. En realidad el término popularis es en esencia político, pues hacía referencia al partido del que formaba parte Julio César, constituido desde el tiempo de la República de Roma con la prioridad política de defender los intereses de la plebe romana. En los tiempos de las guerras civiles romanas, los enfrentamientos se dieron precisamente entre los popularis, cuyas figuras principales fueron Mario y su sobrino Julio César, y los optimates, los aristócratas conservadores o la factio, representados en su momento por el dictador Sila, persecutor de Julio César en su juventud y por Pompeyo, suegro de Julio César.

Al igual que en el moderno Reino Unido, la división entre aristócratas y populares tiene un impacto histórico profundo, pues es la dialéctica entre los intereses de los nobles y aristócratas y los sectores populares lo que origina la movilidad social, la propia evolución política o lo que Karl Marx calificó como lucha de clases y motor de la historia. El propio caso de cómo Julio César venció para dar origen al Imperio Romano, explica la importancia de la popularidad en la política. Cuando conquistó con su legión las Galias, en Roma comenzaron a ver con preocupación su ascenso, sobre todo por la popularidad deque gozaba entre la plebe romana. Julio César había iniciado su carrera política de forma brillante, buscando hacer caso legal a los abusos que habían emprendido gobernadores (optimates, obviamente) en las provincias romanas contra sus habitantes. La primera lucha política de Julio César fue contra la corrupción del entonces aparato romano, su carrera política y su popularidad crecieron, junto con sus conquistas y logros militares.

Sin embargo, el general romano más popular era Pompeyo, quien había conquistado la Hispania con sus legiones. El ascenso de Julio César fue visto con preocupación por los optimates, leales a Pompeyo, entre los que se encontraba el célebre Catón, quienes continuamente advertían al general que el ascenso en la popularidad de Julio César y los popularis era una seria amenaza. Pompeyo tardó en reaccionar, en parte porque estaba casado con la hija del hábil César, y también porque confiaba demasiado en su poder y en su propio ejército. Tanto, que soberbiamente decía que si golpeaba al suelo con su pie, miles de romanos se levantarían en armas por él. La popularidad de Julio César siguió creciendo y los optimates quisieron despojarlo de su poder desde Roma, quitarle la autoridad sobre su ejército y convertirlo en un perseguido político y en un fugitivo de la ley. Esto precipitó, como es bien sabido, el cruce del Rubicón y con ello el inicio de las hostilidades.

Pero Julio César era popular. Había peleado lado a lado con sus soldados, los conocía por sus nombres y conocía también su valor. Cuando entró en Roma con su ejército no encontró mayor resistencia, el ejército que creía Pompeyo se iba a levantar al golpe de su pie nunca existió; al contrario, tan pronto pudo se sumó a las filas de César, quien sin más resistencia entró en la ciudad como un héroe, como un imperator (que en su definición original se refiere a “comandante vencedor”) y forzó la huida de Pompeyo, que finalmente encontró la muerte en Egipto a manos de su faraón, Ptolomeo XIII, el hermano de Cleopatra, quien entregó la cabeza de Pompeyo a César, gestó que lo horrorizó tanto que mandó a asesinar al propio monarca y negoció con su hermana el trono de Egipto. La popularidad hizo a César vencedor, misma que le transfirió o heredó a Augusto antes de su trágica muerte, llevó al propio Octavio a vencer a Marco Antonio y a Cleopatra en la Segunda Guerra Civil Romana.

Tan popular era Octavio Augusto que, luego de vencer a los hijos de Pompeyo y a Marco Antonio, renunció al poder imperial, pues no quería verse apuñalado como Julio César y no obstante los senadores y el pueblo lo proclamaron y le rogaron que fuese el primer emperador romano, el primer César. Esto nos dice la historia. Sobran casos en los que se demuestra cuánto pesa la popularidad en política, por ello no sólo era un asunto de capital importancia para los romanos. Lo era todo.

 

La impopularidad y las elecciones para presidente de México 2018

De cara a la elección de 2018 y con los números que tenemos en las encuestas es útil hacerse estas reflexiones: ¿Qué tanto pesa la popularidad en nuestra política que parece haberse convertido en un concurs? ¿La popularidad depende de tomar decisiones que sean aprobadas por una mayoría de los ciudadanos o se puede gobernar sólo cuidando los intereses de un grupo?

La presidencia de Peña Nieto ha tenido esas características, no le interesa lo popular. El interés o el pensamiento de la mayoría no es importante, una posición política peligrosa y frágil. Quizá Peña Nieto no concibe la presidencia al igual que lo hacían Kennedy y Truman, como una representación de los no representados. Tal vez crea que la población está confundida, que el “mal humor social” en redes sociales, lleva a la mayoría de la gente a no entender lo que es bueno para ellos, “los mexicanos”, lo que es bueno para el país, algo que ellos, en su grupo, entienden muy bien.

La propia campaña del doctor José Antonio Meade ha seguido ese tono. Meade, desde la posición favorable de ser un candidato ciudadano, elegido no sólo por su brillante, presumiblemente impoluta carrera en el servicio público, y con impecables credenciales académicas, sino por no tener ninguna militancia partidista y haber servido con eficiencia a gobiernos de dos partidos distintos, no buscó desde el inicio, como supondría una estrategia más inteligente, ser un representante de la ciudadanía, de los ciudadanos sin partido, de los ciudadanos panistas desencantados con su situación actual, a los que nunca hizo un llamado. No. Desde el mensaje inicial se dijo otra cosa, buscó a los grupos priístas más arcaicos y les pidió que hicieran suyo. Apostó por hacerse conocido como representante de ese grupo y con ello, en el sentido contrario a Julio César y Augusto, heredó y adoptó al mismo tiempo la impopularidad del presidente. No es casualidad que las intenciones de voto de Meade como candidato se encuentren en el mismo sitio, o incluso por debajo, de las cifras de aprobación de Peña.

A la ciudadanía, a la mayoría, no le interesa su discurso, pues en él no ve reflejados sus intereses. De nuevo el candidato defiende las medidas impopulares del gobierno de Peña Nieto como necesarias, aunque la mayoría no lo conciba así. Es cierto que el ajuste presupuestal se tendría que haber dado y que sin el aumento a las gasolinas las finanzas públicas se habrían visto en aprietos, pero el ciudadano no quiere que se defienda el interés de las finanzas públicas, pues además está convencido de que han sido manejadas con corrupción y despilfarro, quiere que se defiendan sus intereses, lo que ella o él consideran importante. Este principio básico en política, parece ser la mayor confusión de los priístas en este tiempo: han sacrificado el interés de la mayoría, la popularidad, por el dogma que consideran es el correcto para el país.

 

El presidente impopular y la lección Churchill

En tiempos recientes ningún político mexicano goza de una popularidad entendida como el apoyo de la mayoría de los mexicanos. Ninguno, desde que se inició el lento y sinuoso camino democrático del país, ha llegado al poder con un porcentaje mayor al 50% del electorado, una mayoría simple. Carlos Salinas de Gortari lo hizo con 51%, pero la suya no puede considerarse una elección democrática.

Sin embargo todos los presidentes, una vez electos, han alcanzado una aprobación en algún momento mayoritaria. Incluso Enrique Peña Nieto, quien tras la aprobación de las reformas llegó a 65% de popularidad, para luego desplomarse al patético 20% actual. La popularidad de un político está relacionada con que la gente lo conozca, que lo conozca en persona, que lo haya tocado o saludado. No es casualidad que Peña Nieto fuera popular cuando atendió las primeras contingencias de desastres naturales en Guerrero, en el primer tercio de su mandato. Tampoco es casualidad que su popularidad haya subido de su sótano, 17% luego de la visita de Trump, a 26% luego de sus apariciones públicas en Oaxaca y Chiapas tras los sismos de septiembre de 2107, para luego volver a caer a su nivel actual, una vez iniciado el proceso electoral y la revisión de su gestión que implica. Su antecesor, Felipe Calderón Hinojosa, un presidente que cerró su gestión con niveles aprobatorios de aceptación, era al menos un presidente “entrón”, que no buscó evadir, sino al contrario confrontar los múltiples cuestionamientos públicos que se le hicieron durante su presidencia.

El problema del presidente Peña Nieto es que lo han visto poco. No se placea más que en eventos a modo, con sus copartidarios o con las élites. Tuvo sólo entrevistas a modo, no lo vimos en televisión de una forma personal, familiar y constante. Su amor por la solemnidad y las formas huele caduco en una sociedad con Instagram y Snapchat. El presidente ha desaprovechado el activo de su popularidad, incluso la de ser un presidente bien parecido, guapo y con la elegancia y el porte de galán de telenovela, en un mundo político que Roger Stone, polémico asesor de Donald Trump, define como “el showbussines de los feos”. Incluso, aunque lo nieguen sus detractores y pese a sus constantes pifias, Peña Nieto es articulado en el discurso.

Con las reformas el desempeño económico de su sexenio, desde el punto de los números, ha sido bajo pero positivo. El simple dato que sustenta esta afirmación es que, desde el de Carlos Salinas de Gortari, este será el único sexenio en el que habrá crecimiento todos los años, cosa que se dice fácil pero no es un logro menor. Hay indicadores discutibles, pero se han creado tres millones y medio de empleos formales y se crece en un entorno internacional que no fue tan favorable. Pero aun cuando la estrategia de comunicación se ha centrado en defender los logros e implantar la idea de que las cosas van mejor de lo que se dice en redes, lo contrario de lo que dice la percepción colectiva, no ha dado resultados. Nada de esto importa al elector. Somos más sentimentales, menos técnicos, menos racionales, menos comparativos.

Hace poco tiempo, en las redes sociales se dio un fenómeno que da una muestra clara de cómo se ha equivocado la estrategia de comunicación del presidente, curiosamente a través de un acierto. En las noticias aparecía que el presidente Enrique Peña Nieto había contestado en tono de broma a algunos comentarios de usuarios en la red, con relación a una de sus atractivas hijas, con la que había posteado una foto. Fue el mejor Peña Nieto en mucho tiempo, muchos usuarios reaccionaron de forma positiva y no sólo los partidarios o los medios progobierno, sino incluso detractores: era un presidente más humano, más cercano a la gente, más normal, sin esa solemnidad que a veces tanto lo ensombrece. Fue sólo un instante fugaz, quizá estaba de buen humor ese día y contestó él mismo los mensajes, quizá en ese buen tono de humor le dijo a su community manager que contestara de esa forma. La gente sintió por un instante un presidente más fresco, que corresponde más a la edad que realmente tiene. Como en su último posicionamiento público, cuando condenó la actitud política de Trump, sólo fue eso, un destello en un sexenio de lejanía con la gente, de encapsulamiento palaciego, de asesores aislantes, de miles de millones derrochados para mejorar una imagen sin ningún resultado.

Su principal opositor y puntero en las encuestas, Andrés Manuel López Obrador, lo ha entendido mucho mejor. La gente en todos los pueblos lo conoce, lo ha tocado, se ha tomado fotos con él, ha sentido su acento y su tono popular cercano. Ha mejorado su humor. Se nota en sus comunicaciones en redes. Incluso él tuvo que aprender muy bien la importancia de la popularidad cuando vio disminuida la suya por decirle chachalaca a un presidente que, pese a sus detractores, tenía una alta aprobación. Más allá, pese a lo descabelladas que puedan parecer sus propuestas, ha logrado reducir sus negativos a través de aumentar su popularidad.

Hace unas semanas pude ver la genial película The Darkest Hours, que le valió el Oscar a mejor actor a Gary Oldman por una interpretación majestuosa de Winston Churchill. En el desenlace de la historia, (la cual no creo arruinar como spoiler, pues al final es una película histórica), su personaje Winston Churchill es presionado por los ministros conservadores para que acepte los términos de Hitler y se someta a un acuerdo que impida la guerra y la invasión a Inglaterra. Churchill estaba sometido a grandes presiones, pero era un político popular. Su llegada a Downing Street se había dado precisamente por tomar una posición contraria a Neville Chamberlain, quien era muy impopular por haber sido débil en las negociaciones con Hitler, cometer el error histórico de aceptar los tratados de Munich y creer que con ello se garantizaba la paz, lo que quedó desmentido con la invasión nazi a Polonia.

La presión sobre Churchill era enorme y no tenía una posición fuerte en el parlamento. En una escena de la película el rey de Inglaterra le recomienda que escuche a la gente antes de tomar su decisión y, cuando se encuentra atorado en el tráfico, desciende de su auto y decide tomar por primera vez el metro para ir a Westminster. En el vagón de metro la gente se encuentra estupefacta cuando ve a Churchill. Pero éste los anima a relajarse y a platicar con él, comienza a preguntar sus nombres, los aprende, y qué piensan de una negociación con Hitler, en aceptar sus condiciones. La gente sin vacilar le responde que nunca, que prefieren morir y luchar hasta el final antes de ver entregado su país a un tirano. Es tanta la emoción de Churchill que se conmueve hasta el llanto (lo dicho, en una actuación magistral), decide contrariar a los conservadores y da un discurso en el que pide y anima al pueblo inglés a luchar hasta el final. Conocía de su propia voz el sentir del pueblo inglés, lo que le dio la autoridad necesaria. Es uno de los más famosos discursos de la historia, “We will fight them on the beaches” o, “Pelearemos en las playas”, se le tituló. ¿Qué es la popularidad en política? Napoleón la definía como el apoyo de le peuple, el pueblo, y sabía que era la esencia de su poder, la razón por la que el ejército que fue a aprenderlo no sólo no lo detuvo, sino que se unió a él. Al igual que Julio César, Churchill lo entendió bien: había que escuchar al pueblo, al pensamiento popular.

 

Epílogo

A Peña Nieto y a su grupo les ha faltado bajar al metro, no sólo para la foto de campaña, sino tembién para entender lo que realmente piensa, quiere y anhela en lo profundo de su alma el pueblo mexicano. ¿Se puede gobernar sin popularidad? Un tiempo sí, sin duda., especialmente en un país con un periodo de gobierno absurdamente largo, de seis años, o en un régimen autoritario como el de Maduro. ¿Se puede conservar el poder sin popularidad? ¿Se pueden ganar elecciones, aún con todo el aparato del Estado, sin ser popular? ¿Usted qué piensa al respecto? Muy pronto vamos a saber la respuesta a estas interrogantes y con ello, tal vez, confirmar una lección política muy importante.

 

 

[1] http://www.milenio.com/firmas/francisco_abundis/donald_trump-pena_nieto-impopularidad-gallup_18_905489461.html

 

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Luis Parra Meixueiro es Consultor de Berumen y Asociados S.A. de C.V.

Twitter: @luisparramei

 

 

 

 

 

 

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