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Los afromexicanos: una identidad negada

Georgina Diédhiou Bello | 09.07.2018
Los afromexicanos: una identidad negada
Siempre he creído que las personas son racistas porque uno lo permite, así que es importante reeducarlas y enseñarles que no pueden ir por la vida violentando a otros, transgrediendo su dignidad y obstaculizando sus derechos humanos.

Siempre he pensado que para comprender una historia es necesario conocer el contexto de quien la escribe, así que comenzaré profundizando sobre quién soy y posteriormente explicaré por qué percibo el racismo de diferente forma. Mi nombre es Georgina Diédhiou Bello, soy mexicana, nací en la Ciudad de México hace 34 años, soy pedagoga de profesión y “derechohumanera” de corazón. Actualmente, estudio una segunda licenciatura en Derechos Humanos y al mismo tiempo trabajo en la administración pública, en un programa de educación, comprometida con la capacitación y la sensibilización de funcionarios públicos sobre temas violatorios de derechos humanos como la discriminación, el racismo, la homofobia, la misoginia, la xenofobia, la segregación racial, el antisemitismo y formas conexas de intolerancia.

Debo reconocer que amo la educación, siempre he pensado que Nelson Mandela tenía mucha razón al afirmar: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”. La educación en mi familia ocupa un lugar muy importante; fue la única herramienta útil para cambiar la realidad en la que nos encontrábamos. Mi familia vivió durante muchos años una situación de extrema pobreza, mis bisabuelos nunca acudieron a la escuela y no sabían leer ni escribir; mis abuelos estudiaron sólo a primaria y, años más tarde, mis padres lograron estudiar la licenciatura, un salto generacional significativo. Por eso puedo asegurar que el acceder a este derecho humano transformó mi vida, mi forma de pensar y la forma de situarme en mi país, como mujer “negra”, orgullosa de su origen indígena y africano.

Desde pequeña fui enseñada a reconocer mi origen étnico y mi negritud, a veces con vergüenza, en otras ocasiones con temor y muchas otras con interrogantes. Ante esta realidad, mi papel como educadora fue rastrear mi genealogía o historia familiar y comencé a buscarme a través de análisis discursivos y semióticos de dos culturas, la senegalesa y la mexicana, estudiando narrativas familiares y representaciones sobre los imaginarios nacionales y coloniales, en los que mi proceso identitario sigue en construcción ante las diferencias y la alteridad.

Al investigar sobre mis raíces africanas descubrí que mi padre y mis abuelos paternos son de Senegal, de un pueblo llamado Boutéme ubicado en el departamento de Bignona, cabecera departamental de la región de la alta Casamance, cuya capital natural es Ziguinchor. Siempre he considerado que mi origen africano es ancestral, porque desciendo del clan diola, un grupo étnico senegalés que se cree precedió a los mande y a los fula en la costa de Senegambia en Casamance, antes del siglo XIII. Además, en la actualidad mi familia senegalesa está conformada por diferentes clanes étnicos como los wolof, los sérère, los phular y los toucouleur, así como por algunos franceses parisinos, ya que la mitad de mi familia se mudó a Europa para mejorar sus oportunidades de vida. Por parte de mi madre, mi abuela era de Oaxaca, específicamente de la ciudad de Huajuapan de León del municipio de Cosoltepec, localizado en la región mixteca al noroeste del estado; mi abuelo es del estado de Puebla, de Santa Catarina Tehuixtla, en el municipio Atexcal. Mis abuelos maternos forman parte de una etnia, son indígenas no hablantes de náhuatl ni de mixteco, sólo hablan español. Mi madre me cuenta que mi bisabuela y mi abuela aprendieron el español porque era “lo mejor” para comunicarse, para comercializar el sombrero de palma hecho a mano y poder acceder a la educación, al trabajo, a la salud, a la vivienda, etcétera. Los miembros de mi familia en Senegal son hablantes de diola, créole, wolof y francés; en cambio los de mi familia en México solamente hablamos francés y español, pero estamos conscientes de la pérdida de nuestros idiomas étnicos por no practicarlos en casa.

Mi noción de qué es el racismo se remonta a 1981, cuando mis padres se casaron en la Ciudad de México. Mi familia materna se negó a la unión conyugal; algunos intentaron convencerla de que cometía un error, otros decidieron no asistir a la boda negando el vínculo familiar, todo motivado porque “había que mejorar la raza casándose con un güero y no empeorarla con un negro”. Así fue como yo crecí, apartada por mi propia familia materna que desgraciadamente era racista; no tuve el gusto de conocer a todos, ni puede convivir con ellos. Al final algunos terminaron por aceptar el matrimonio, pero otros, como la esposa de mi tío materno que vive en la misma calle, cuando paso junto a ella o a sus hijos y nietos, no me dirigen la palabra.

Todas las representaciones y narrativas sobre la negritud que llevo en mi memoria, desde que nací han sido completamente violentas, en las heridas de mi familia soy todo eso que hay que negar y en las heridas de la historia simplemente no existo. Durante mi infancia crecí únicamente con papá, mamá, hermana mayor y hermana menor, yo fui la de en medio, en un ambiente libre de violencia, rodeada de lo básico. No convivimos con la familia extendida de mi madre ni conocimos a mi familia paterna, porque no existían los recursos económicos para viajar al continente africano, pero considero que fui una niña feliz, educada inicialmente por una madre y un padre que eran maestros.

Mis primeros años de colegio fueron en un sistema educativo nacional, en una Guardería tipo Centro de Desarrollo Infantil (Cendi) hasta los tres años; posteriormente fui privilegiada al recibir una beca en un colegio llamado Liceo Franco Mexicano, una las únicas instituciones educativas en México que brinda educación francesa bajo los programas del Ministerio Francés de la Educación Nacional. Mis hermanas y yo cursamos preescolar y primaria en ese sistema que nos cobijó educativamente, pero claramente en un ambiente clasista y a veces racista. Te permitían inscribirte a la “sección francesa” si tus padres eran francófonos o de nacionalidad francesa; de lo contrario te canalizaban a la “sección mexicana”, pagabas el mismo precio por menos concesiones educativas, aprendías un par de horas el francés y tomabas clases en español. En ese contexto existía la distinción por origen nacional, pues si hablabas francés o español se te trataba diferente. Si contabas con los medios económicos o una beca del 80%, podías acceder a los beneficios de un sistema francés que por excelencia era constructivista; si no, te quedabas en la sección mexicana a la que nadie quería pertenecer, porque existía la falsa creencia de que quienes formábamos parte de esa sección éramos “los jodidos: las niñas y los niños mexicanos que sólo hablaban español y no contaban con la riqueza cultural francesa”. En esta etapa de mi vida mi madre no asistía a las juntas para firmar boletas, porque el orden del día indicaba que toda la sesión sería en francés y excluía por completo a los que sólo hablaban en español, así que mi padre intentaba llegar a firmar la boleta.

Durante mi adolescencia nos quedamos sin beca, después de la crisis económica de México en 1994, así que cursamos los siguientes niveles educativos a través de la Secretaría de Educación Pública. En la secundaria descubrí que mis libros de historia de México no hablaban de negritud y cuando mencionaban a las “personas negras” nos nombraban como esclavos; en las ilustraciones no se veía reflejada la representación de la diversidad cultural ni las distintas gamas y tonalidades de piel que hay en mi país, incluso no existían personajes históricos afromexicanos.

La mayoría hemos crecido con esa historia incompleta, desmembrada o mutilada. Pareciera que no es grave no ser mencionados en los libros de texto gratuito de primaria y secundaria, pareciera que la “personas negras” no realizaron contribuciones históricas; no existe mención de sus contribuciones a la construcción de un Estado nación y uno nota que la historia se encargó de “bloquearlos”, cambiaron su fenotipo facial en los primeros retratos para reproducir de una forma mítica a quienes fueron los padres de la patria. Un claro ejemplo de este blanqueamiento es Vicente Guerrero, un insurgente afrodescendiente, y otro es José María Morelos y Pavón, el conocido Siervo de la Nación, sacerdote y militar insurgente afrodescendiente, prócer de la Independencia.

En los libros de texto de primaria y de secundaria todavía se aborda el tema de las “razas humanas”, a pesar de que las investigaciones científicas demuestran que no existen; se sigue afirmando que todas las personas “negras” que llegaron a América eran esclavos. Los libros invisibilizan que, en ciertos momentos del periodo virreinal, en nuestro país hubo más africanos y afrodescendientes que europeos, como lo expuso Gonzalo Aguirre Beltrán en sus investigaciones, hace más de 70 años. Por ello el gobierno mexicano, a través del sistema educativo nacional, debe “incorporar en los libros de texto de educación básica los aportes de la población afrodescendiente en la conformación del país”, como lo dicta el objetivo 3.1.6 del Programa Nacional por la Igualdad y la No Discriminación 2014-2018; pero esto aún no se llevado a cabo y los miembros de la comunidad afromexicana creemos que este cambio sería histórico.

Se preguntarán ¿por qué es significativo conocer y divulgar el pasado y presente de las personas africanas y afrodescendientes en México, en los libros todos los niveles educativos? Primero porque tenemos derecho a saber quiénes fueron nuestros antepasados, por qué tenemos cierto tono de piel o determinados gustos en la comida cuya “matriz africana” desconocemos, así como ciertas tradiciones o costumbres análogas. Segundo, porque México tiene una deuda histórica, con los miles de mujeres y hombres, jóvenes y adultos mayores, niñas, niños y adolescentes, que llegaron a nuestro país a trabajar en el campo y la ciudad, como militares, pintores, zapateros, herreros, costureras, nodrizas y amas de leche, maestras, arrieros, pajes y, más tarde, en las luchas del movimiento independentista e incluso como gobernantes del México independiente, como lo expone la doctora María Elisa Velázquez Gutiérrez en sus investigaciones académicas. Tercero, porque los colectivos de personas africanas, afrodescendientes o afromexicanas que existen en toda la república y asociaciones civiles representadas desde distintos sectores sociales desde hace más de 40 años demandan su reconocimiento como sujetos de derecho, en conformidad con las normas internacionales, en condiciones de igualdad y sin discriminación.

En México la participación de las personas de origen africano en la escena pública se ha desarrollado desde la organización de la sociedad civil, con distintos móviles y demandas sociales que han adquirido matices importantes, dispuestas con la exigencia de reformar el artículo segundo de la Constitución Mexicana, para lograr un reconocimiento real, significativo y libre de simulaciones en el acceso a los derechos humanos. Si esta demanda no se lleva a cabo México seguirá ignorando, después de cinco siglos, las contribuciones económicas, sociales, culturales, políticas y artísticas de las personas afromexicanas. ¿Y qué podemos hacer al respecto? En el marco del Decenio Internacional de los Afrodescendientes 2015-2024, declarado por la Organización de las Naciones Unidas, el gobierno mexicano puede “reivindicar la urgencia de realizar el reconocimiento explícito a las poblaciones afromexicanas en la Constitución”, con el propósito de reconocer nuestra composición intercultural y garantizar el pleno goce de nuestros derechos políticos, económicos, sociales y culturales, así como el presupuesto para crear políticas públicas y programas que atiendan a la diversidad cultural de México, sin distinción, restricción ni exclusión.

¿Qué podemos hacer al respecto como gobierno y como sociedad? Los funcionarios públicos deben capacitarse sobre estos temas y la sociedad en general sensibilizarse sobre las condiciones reales que viven las personas afromexicanas, enfrentando condiciones graves de discriminación y racismo. Pueden comprender por qué es recurrente que los afrodescendientes vivan detenciones arbitrarias y se les exija demostrar su nacionalidad mexicana al realizar trámites institucionales o al transitar en la vía pública. Este tipo de tácticas, adoptadas por supuestas razones de seguridad o protección pública, motivadas por origen étnico, racial, tonalidad de la piel, identidad, apariencia física, idioma, religión, nacionalidad y lugar de nacimiento son consideradas como racismo.

En México los agentes migratorios, el personal de seguridad pública y privada e incluso la milicia, generalmente nos someten a revisiones exhaustivas que justifican como rutinarias o actividades de investigación legal, cuando en muchas ocasiones el motivo real es cómo te percibe el agente que te detiene y qué de lo que tú representas le incomoda.

Muchas veces he vivido el perfilamiento racial; mencionaré algunas situaciones vergonzosas. La primera fue en mi infancia, durante un viaje familiar en verano al estado de Quintana Roo, cuando agentes migratorios nos detuvieron en una caseta, nos pidieron bajar del camión y nos exigieron identificarnos, nos recogieron todas las credenciales para copiarlas, nos pidieron que cantáramos el himno nacional o que mencionáramos a los últimos cinco presidentes de México. El segundo fue durante mi adolescencia. Cuando transitaba en la vía pública me detenían por mi apariencia física, por mi peinado con rastas o dreadlocks, casi siempre el personal de seguridad pública de la Ciudad de México. Me detenían para hacerme una revisión rutinaria, para comprobar que no fuera una amenaza o no portara armas o drogas; eso me decían siempre y así se justificaban. Otra situación de perfilamiento racial que vivo ocurre cuando viajo al interior del país; siempre llevo conmigo mi credencial de elector o mi pasaporte porque suelen creer que “soy extranjera” y me piden identificarme; así evito que me interroguen pero no me exentan de la revisión de la maleta, la bolsa, la mochila y mi cuerpo. Vivo reiteradamente este tipo de situaciones en espacios públicos y privados, acompañadas de preguntas invasivas que me denigran y atentan contra mi dignidad humana.

Creo que el gobierno y la sociedad en general pueden hacerse más conscientes de la existencia y las contribuciones de los afromexicanos, de que este grupo poblacional vive discriminación y se les niega el acceso a los sistemas públicos de salud a pesar de contar con la documentación necesaria, se les invisibiliza en los ámbitos educativos, enfrentan violencia y acoso, se les rechaza en los empleos a pesar de cumplir con todos los requisitos, se le obstaculiza el derecho a la vivienda y al agua potable, entre otros servicios básicos. Estas prácticas no sólo representan una violación a los derechos humanos, sino que además afectan la equidad, el respeto y la convivencia de la sociedad en su conjunto.

Hace unos años, cuando fui por primera vez a la Costa Chica de Oaxaca y de Guerrero, descubrí con tristeza municipios en condiciones de pobreza conformados por población afromexicana, considerados en su mayoría “pueblos negros”. Me encontré con más de una localidad sin los servicios básicos de educación, salud, seguridad social, vivienda, carreteras y alimentación. Una región que padece de un rezago educativo, que busca cambiar su realidad fomentando mayor representación y participación política de los pueblos afromexicanos, en específico de las mujeres. En mi segundo viaje a esa costa me percaté de la necesidad de visibilizar a algunos pueblos y comunidades afromexicanas que exigen la creación de nuevos programas de desarrollo municipal, porque quieren ser tomados en cuenta y exigen la redistribución y rendición de cuentas que obliguen a los ayuntamientos a informar sobre el ejercicio y la aplicación del dinero público y los recursos municipales. Una población que exige drenaje, tuberías, servicio de agua, servicio de electricidad, pavimentación en sus calles, construcción de puentes, construcción de escuelas, becas escolares, reconstrucción de viviendas por desastres naturales, etcétera.

Se trata de una lista interminable que puede ser atendida desde una visión asistencial o ser trabajada desde distintos espacios de lo privado y lo público, para generar un cambio cultural. ¿Qué podemos hacer desde nuestras trincheras para combatir el racismo y la discriminación racial en México? Podemos hacer mucho, tomando en cuenta que la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo, podemos hablar y escribir sobre negritud en México, de personas negras que participaron en las luchas nacionales de México y en la construcción del Estado nación, hablar de la existencia de afromexicanos en los 32 estados de la República mexicana, porque si no se mencionan es como si no existieran.

El Estado, a través de la planeación y el diseño de planes de estudio en el sector educativo, debe incluir contenidos que favorezcan el reconocimiento de la diversidad cultural, enfatizando los aportes cotidianos de los pueblos indígenas y las comunidades afrodescendientes en México. Es necesario reeducar a las personas, hacer difusión sobre la existencia de más de un millón 381 mil afrodescendientes. Según el INEGI, unade cada 100 personas es afrodescendiente no sólo en la costa de Oaxaca y Guerrero, sino en todas las entidades federativas; tomar este referente como un indicador de que aquí estamos, siempre estuvimos y no somos extraños en nuestro propio país.

Podemos dejar de reproducir la idea de que una persona negra no puede ser mexicana. Es aquí donde yo me planteo: si la historia enseñara que las personas negras formamos parte de la historia de México, entonces la gente tendría otros referentes culturales y dejaría de creer que en México no hay personas negras. Es de cara a este ejemplo de crisis identitaria que las personas deben de superar los viejos paradigmas estacionarios de conocimiento, que tanto han reforzado la jerarquización. Creo necesario comenzar a pensar en una visión más ecológica del saber y tomar con absoluta seriedad oxigenadora el diálogo intercultural y de la diversidad cultural de México.

También podemos generar narrativas, conversar sobre nuestra genealogía familiar, reconocer quién de nuestros bisabuelos era indígena o afromexicano; hablar sobre las similitudes o diferencias étnicas, culturales y regionales; sobre los usos, costumbres y tradiciones; sobre los alimentos, las vestimentas, el idioma, la música y las artesanías, entre otros temas vinculantes, para fortalecer la identidad formativa de cada persona y no negar su origen.

Además podemos hacer públicos nuestra negritud y nuestro origen étnico, argumentando activamente en distintos espacios nuestra afromexicanidad deconstruida. Sé que no será fácil, pero considero necesario hablar de negritud e indigenismo en todos los contextos y espacios vitales; así las personas se pueden permitir entender la coexistencia de distintas comunidades yuxtapuestas y situarse en su propio país, un país que se ha encargado de recordarles que no es bienvenida la negritud por ser diferente.

Cuando se habla de racismo en México solemos pensar en un hecho inexistente, lejano y superado hace siglos, cuando en realidad todos los días se usan frases racistas y se cometen acciones que atentan contra la dignidad humana. El racismo está presente y es el resultado de diferentes ideologías pseudocientíficas que afirman la existencia de diversas “razas” en la especie humana y las clasifican con arreglo a un orden jerárquico de superioridad e inferioridad.

En México seguramente has escuchado expresiones basadas en este tipo de racismo y quizás las hayas repetido, sin saber que se asocian a esta ideología. Por ejemplo, quienes dicen que la danza o la música se llevan en “la sangre” o “que todos los negros sabemos bailar”, reproducen ideas racistas porque asocian el comportamiento con lo biológico. Cuando alguien dice que “la gente de raza indígena es menos inteligente” o que “los de raza negra son más fuertes o tienen mayor vigor sexual”, también reproducen ideas racistas; la frase “hasta entre los perros hay razas”, también implica la idea de que algunas razas son mejores que otras, lo que es totalmente equivocado, pues no existen las razas humanas y ninguna población es mejor que otra. Estas expresiones, además de carecer de todo sustento científico, han llevado a graves violaciones a los derechos humanos y otras barbaridades históricas.

¿Cómo podemos cambiar el discurso racista? Podemos analizar lo que decimos diariamente, reconocer que en México nuestros refranes, dichos populares, canciones y los memes que compartimos en las redes sociales, así como los chistes con los que nos divertimos, suelen reproducir discursos racistas: “Nunca falta el prietito en el arroz”, “No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre”, “Indio pata rajada, prófugo del petate”, “Se quedó como el chino: nomás milando”, “Trabaja como negro para vivir como blanco”, “Traes una cara de nopal que no puedes con ella”, “Indio bajado del cerro a tamborazos”, etcétera. Podemos evitar repetir estas expresiones cotidianamente y detectar las frases, los discursos y las narrativas de odio que racializan a las personas, con un fuerte significado histórico. Me atrevo afirmar que podemos dejar de ser partícipes del contexto desigual donde opera el racismo, en lo público y en lo privado. Mi intención no es recomendar el uso del lenguaje políticamente correcto, sino ser conscientes de que nuestras palabras son el reflejo de nuestro racismo cultural. Es necesario que reflexionemos sobre nuestras ideas y formas de relacionarnos con otras personas; es necesaria una toma de conciencia crítica para eliminar las prácticas racistas que reproducimos de forma natural.

¿Y qué más podemos hacer? Empoderarnos para eliminar los obstáculos que impiden a las mujeres afromexicanas participar en la vida económica y política de México; ir a las comunidades o llevar a cabo campañas de sensibilización dirigidas a aumentar la participación de las mujeres afromexicanas en la vida política estatal y municipal. Podemos asegurar el cumplimiento de los marcos legales electorales federales y estatales por parte de los partidos políticos, incluyendo la modificación o derogación de disposiciones discriminatorias contra las mujeres y estableciendo sanciones cuando no se cumplen las cuotas de género. Además, podemos exigir que los partidos políticos cumplan con su obligación de destinar más del 4% de los fondos públicos que reciben a la promoción del liderazgo político de las mujeres indígenas y asegurar que se dé otro porcentaje a las mujeres afromexicanas, a nivel municipal.

Finalmente reitero la importancia de adoptar medidas para alcanzar la igualdad, acciones afirmativas antirracistas y antidiscriminatorias transversales en todos los contextos sociales. Para luchar en contra de la discriminación y el racismo es necesario combatir la invisibilización, informarnos, romper el silencio, perder el miedo y dar a conocer los testimonios y las experiencias de los miles de africanos y afrodescendientes que han contribuido a la construcción de la sociedad mexicana, para que no sigan haciéndonos a un lado. EP

 

 

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Georgina Diédhiou Bello es licenciada en Pedagogía y asesora educativa de la Dirección General Adjunta de Vinculación, Cultura y Educación en Conapred.