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Las inquietudes de Tania: una lectura foucaultiana de la obra de Bruguera

Gabriela Galindo | 17.07.2018
Las inquietudes de Tania: una lectura foucaultiana de la obra de Bruguera

“Hablándole al poder” es el título de la exposición de la artista cubana Tania Bruguera que se estará presentando en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) de la UNAM hasta el 30 de septiembre. La muestra reúne seis proyectos de largo plazo desarrollados entre 1985 y 2017, algunas de sus acciones de corto plazo y, como un añadido, una introducción al lexicón de los conceptos —algunos de ellos inventados por la propia artista—, los cuales son esenciales para entender el origen y alcance de su trabajo.

La obra de Tania está moldeada por su contenido político; incluso sus acciones de índole personal están teñidas por el gesto de lo social. Bruguera, nacida en la cumbre de la sociedad cubana revolucionaria, reconoce el contorno marcado por un Estado autoritario y controlador, y decide transgredirlo. Su trabajo artístico no consiste en ser una artista que produce objetos, sino una que crea situaciones y provoca experiencias, siempre alrededor de lo social y de la relación del sujeto con el poder.

Michel Foucault advirtió que la palabra poder es engañosa y puede conducir a confusiones en cuanto a su identidad, su forma, sus alcances y su gestión. Se trata de concebir al poder más allá de entenderlo como el conjunto de instituciones que garantizan la sujeción de los ciudadanos o como un sistema general de dominación de un grupo o individuo sobre otros. Para el pensador francés, el poder es una “multiplicidad de relaciones de fuerza” que están en permanente lucha y transformación; el poder —señala— “está en todas partes y viene de todas partes”.

Uno de los trabajos que conforman la exposición de Bruguera es la serie “El susurro de Tatlin”,1 que en sus diferentes versiones es el perfecto ejemplo de cómo los operadores de dominación, para usar un término foucaultiano, crean las condiciones para el sometimiento colectivo. La representación #5 de esta pieza se llevó a cabo en la Sala de Turbinas de la Tate Modern en enero de 2008. La acción comenzó cuando, sin advertencia alguna, dos policías uniformados y montados en majestuosos caballos irrumpieron en el lugar dando instrucciones a gritos, separando al público en dos grupos y dejándolo literalmente acorralado en las esquinas. Los visitantes respondieron obedientes a las instrucciones, sin cuestionar ni oponerse a tan arbitraria medida.

La obra crea una situación que revela el poder ejercido y materializado en el acto por medio de una acción policial cuyos ejecutores aprovechan su autoridad y el poder que tienen sobre el ciudadano común. Es lo que Foucault denomina como el poder que reprime, ya sea a un grupo social o a un individuo; el verdadero poder no se posee, sino que se ejerce y se manifiesta por medio de mecanismos de represión, en este caso con la presencia de dos miembros de la Policía montada. Pero el poder, según el filósofo, no se limita a ser un simple aparato represivo que controla el cumplimiento de la ley, sino que avanza hacia el concepto de normalización, como la acción que establece la determinación de la norma dentro del ámbito de lo colectivo y lo individual. La ley interviene cuando existe una infracción, mas la norma repercute en todo momento y durante toda la vida del individuo.

La siguiente versión de “El susurro de Tatlin” (#6) se llevó a cabo en el patio central del Centro Wifredo Lam, dentro del marco de la Bienal de La Habana 2009. En esa ocasión Bruguera montó un escenario con un pódium custodiado por dos supuestos agentes militares, e invitó al público a subir a éste y “hablar libremente y sin censura” a lo largo de un minuto. Uno de los militares colocaba una paloma blanca sobre el hombro de quien subía a hablar, aludiendo así a ese histórico momento en que una paloma se posó en el hombro de Fidel Castro cuando pronunciaba su primer discurso tras el triunfo de la Revolución en 1959. Es necesario contextualizar estas piezas en su momento y lugar históricos; la propia artista las cataloga como obras de “arte específico al momento-político”. Es decir, piezas que sólo en su contexto tienen potencia y fuerza.

En la versión que se está presentando en el MUAC simplemente hay un pódium al que la gente se sube para decir cualquier cosa —a la manera de “La hora del aficionado”—. En la inauguración, los discursos se limitaron a comentarios curiosos, anécdotas y a un par de jóvenes recitando poemas de Sor Juana. En cambio, en su versión original en la Cuba castrista el evento tuvo un impacto que llegó hasta las autoridades, las cuales no sólo lo censuraron al día siguiente, sino que, además, arrestaron a la artista y a varios de los oradores que participaron.

Gerardo Mosquera, crítico y amigo de Bruguera, narra con detalle lo acontecido2 desde el momento en que Guadalupe Álvarez, profesora y crítica cubana que tuvo que salir del país por motivos políticos, subió al pódium y sin decir una palabra rompió en llanto. Poco a poco fueron subiendo los asistentes, todos con su paloma al hombro, atreviéndose a decir lo que pensaban, y si se excedían en tiempo eran retirados con violencia por los supuestos guardias. Aquello, según Mosquera, comenzó a encender cada vez más el ánimo colectivo, y con todo y el temor a la inminente represión, concluyó como un mitin político con la gente repitiendo a gritos la palabra libertad.

El crítico plantea una pregunta interesante: por qué las autoridades de la Bienal de La Habana permitieron que se presentara dicha obra. Su respuesta es que existe la posibilidad de que los organizadores y funcionarios, así como los agentes de Seguridad del Estado, hayan pensado que la gente no se atrevería a decir cosas o actuar fuera de lo que estaba permitido. Mosquera plantea que la autocensura habría sido la respuesta obvia del público asistente; incluso la propia Bruguera había considerado esa posibilidad, teniendo en mente que un pódium vacío también tendría su propia significación. La interpretación que hace Mosquera alude a lo que Foucault denomina como autorregulación, esa respuesta de control de uno mismo ante una circunstancia o situación de continua vigilancia. En una sociedad en la que el ciudadano común es permanentemente vigilado llega un punto en el que, aun cuando nadie lo está observando, actúa dentro de las normas y regulaciones establecidas. Las personas se autocontrolan, se autorregulan por el simple hecho de saberse vigiladas. El panóptico de Bentham permite a Foucault revelar un esquema disciplinario excepcional, basado en la vigilancia generalizada y que trasciende todos los espacios donde se ejerce el poder, así sean las calles vigiladas por el Estado, las aulas por los maestros, los hospitales, las prisiones, los manicomios, e incluso la supervisión que ejercemos en nuestras propias casas. Actualmente no hay quien no se sienta vigilado debido a los algoritmos y recursos desarrollados por potencias como Google y Facebook.

La vigilancia permanente, aquella en que hasta el mismo vigilante es vigilado, es el corazón de la sociedad disciplinaria y el mecanismo por excelencia del ejercicio del poder. Y es precisamente ese poder al que Bruguera se refiere y al que se dirige, al que acomete y al que transgrede.

La obra de Tania es transgresiva en sí misma, transgrede incluso los límites de lo que supuestamente debe ser una obra de arte. La cubana pone en duda la condición de lo artístico y convierte sus acciones en intervenciones que abren la conciencia del público y provocan estados anímicos y mentales que van más allá de generar reflexión y discusión. En uno de sus actos, llevado a cabo en el Encuentro del Hemispheric Institute of Performance de Bogotá en 2009, invitó a una mesa de debate a representantes de facciones opuestas involucradas en el conflicto colombiano. De pronto, a la mitad de la discusión, una mujer contratada por la artista comenzó a pasearse entre el público llevando una charola con líneas de cocaína listas para quien quisiera consumirlas. Así, mientras que en un lado de la sala un militar, una madre de familia y una activista discutían sobre el peligro y la ilegalidad del tráfico de drogas, en otro, el público asistente consumía alegremente el símbolo y materia del conflicto.

Si, como nos dice Foucault, la represión es el modo fundamental de la relación entre poder y saber, la salida inmediata es la transgresión y la anulación de las prohibiciones. El poder implica ejercer el control por medio del conocimiento. El saber implica tener cierto poder sobre el otro, y el control está encarnado en la persona que tiene el saber. De ahí que transgredir los límites de quienes sustentan ese saber sea un medio, según Foucault, para alcanzar “una restitución del placer a lo real y toda una nueva economía en los mecanismos del poder; pues el menor fragmento de verdad está sujeto a su condición política”.3 Esta última afirmación es evidente en la obra de Bruguera: en su “Declaración de arte político” (2010) podemos ver cómo está claramente expresada esa condición de lo político como contenedor de una verdad, y como dice el refrán, “la verdad no peca, pero incomoda”.

El arte político de la artista cubana trabaja sobre las consecuencias de la existencia misma, trasciende la esfera del arte, sin certezas ni preceptos, sino como experiencia. “El arte político es el que se hace cuando está pasado de moda y cuando es incómodo, jurídicamente incómodo, cívicamente incómodo, humanamente incómodo. Nos afecta. El arte político es conocimiento incómodo”.4

Ciertamente, las acciones de Bruguera incomodan a muchos, sobre todo a quienes ejercen el poder. Uno de sus primeros actos como artista fue invitar a un equipo de colaboradores a crear un periódico libre e independiente. Memoria de la posguerra reproducía en su diseño el formato de Granma, el diario oficial del Partido Comunista de Cuba. En un principio llegó sólo a manos de pequeños grupos, pero al poco tiempo comenzó a ser fotocopiado y distribuido dentro de los círculos artísticos y populares. El padre de Tania, que en ese momento era embajador y funcionario del gobierno cubano, le llamó la atención y la llevó a una casa donde dos oficiales de Seguridad del Estado la esperaban para interrogarla y advertirle que debía detener la publicación del siguiente número. Obviamente la respuesta de ella fue justo lo contrario: el segundo número del periódico no se hizo esperar y comenzó a circular. Pocos días después fue completamente censurado, se confiscó gran parte de los ejemplares y Bruguera y colaboradores recibieron la abierta amenaza de que si no suspendían la publicación serían detenidos y penalizados hasta con quince años de cárcel.

En la sociedad moderna, la amenaza de un castigo sirve casi tanto como el castigo mismo. La función de la ley es preservar el orden y evitar cualquier perturbación que afecte al conjunto social. De este modo, el criminal es aquél que disturba la supuestamente tranquila convivencia de la sociedad y es un enemigo del orden y la paz social. La amenaza pública del castigo tiene, como lo explica magistralmente Foucault en Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión, una función de aleccionamiento social. En la antigüedad, las ejecuciones de los criminales eran actos públicos. Era necesario que todos fueran testigos de las torturas espantosas que le esperaban a aquellos que se atrevían a quebrantar la ley. El espectáculo de la muerte ratifica el poder del soberano sobre el pueblo.

Con el paso del tiempo se suspendió la ejecución pública del castigo, pero no así el dictamen de la pena que, actualmente, se lleva a cabo como acto público en las cortes jurídicas. En el caso de Bruguera, bastó con hacer pública la amenaza del castigo, como muestra del poder disciplinario del Estado, para suspender la acción subversiva. Es decir que ya no es necesario castigar la conducta indebida, sino que basta con producir, por medio de la fuerza disciplinaria y de la amenaza de castigo, la debida conducta.

Un paso más adelante, y para abordar otro grupo de piezas de Bruguera que me parecen determinantes, hay que entender que el control que ejercen las instituciones estatales (o la Institución en sí misma) regula, además del orden, la pertenencia a los grupos sociales, es decir, cuándo se tiene o no se tiene derecho a pertenecer y a participar de los beneficios de un grupo social determinado.

Una de las acciones que la artista cubana lleva a cabo como parte del proyecto “Escuela de arte útil” es la lectura, durante cien horas continuas, de Los orígenes del totalitarismo, de Hannah Arendt. La elección de este libro no es gratuita ni azarosa. Arendt aborda, entre otros temas fundamentales, el problema de la migración y de los refugiados como estos seres apátridas que se ven en la necesidad de reconocer una identidad nacional que no les pertenece y que les es negada. Los migrantes, esas no-personas, se ven sometidos a trabajar y a vivir al margen de la sociedad, y tienen los peores empleos y condiciones de vida.

Bruguera atiende este conflicto y lo traslada a acciones de participación social que intentan tener un alcance político masivo. Desde la creación de un partido político, el Partido del Pueblo Migrante (PPM), inscrito oficialmente en México, en 2013, y del Movimiento Inmigrante Internacional, un centro de atención que proporciona ayuda y recursos comunitarios a migrantes en un vecindario de Queens en Nueva York, hasta la acción “El efecto Francisco”, una campaña permanente que incluye una votación comunal para solicitarle al papa que otorgue la ciudadanía de la Ciudad del Vaticano a todos los indocumentados, refugiados y exiliados del mundo.

Estas acciones ponen en evidencia el hecho de que, si vamos a someternos a un Estado que ejerce control, vigilancia y castigo, todos —incluyendo los no-ciudadanos, los migrantes, los refugiados e indocumentados— debemos contar con el derecho a los beneficios que ese control pueda significar. Foucault no es un enemigo del poder; asume que éste es necesario para que una sociedad funcione, pero si una parte de ella es relegada al margen del cuidado y protección que el Estado ofrece, entonces es una sociedad quebrada y disfuncional. Y si la sociedad no funciona como órgano de estabilidad y bienestar social, hay que resistirse y exigir que eso cambie.

La resistencia, otro término favorito de Foucault, tiene una importante presencia en el trabajo de Bruguera: resistir el ataque, resistir el arresto, resistir la crítica, resistir la censura, resistir y resistir. La resistencia nos permitirá crear una fragmentación de los conjuntos de poder y, a la vez, introducir modos de existencia alternativos que nos den, si no la solución, por lo menos la fuerza para seguir resistiendo.

Tania Bruguera es un ejemplo para que, a pesar de todo, sigamos en el camino de la subversión, de la transgresión y de la resistencia como medios para cuestionar y remover las anquilosadas estructuras de poder. EP

 

 

Créditos de la imagen: Vistas generales de la exposición “Tania Bruguera. Hablándole al poder” (12/05/2018-30/09/2018). Museo Universitario Arte Contemporáneo/UNAM. Fotografía de Oliver Santana. Cortesía del MUAC. 

 

1 El título de esta serie hace una referencia simbólica al pintor y escultor ruso Vladimir Tatlin, autor del proyecto arquitectónico de la Torre de Tatlin, el cual habría de funcionar como monumento y sede de la Tercera Internacional Comunista, pero nunca llegó a construirse.

2 “Cuba en la obra de Tania Bruguera: el cuerpo es el cuerpo social”, en Tania Bruguera: en el imaginario político, Charta, Milán, 2009, pp. 23-35.

3 Michel Foucault, Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber, Siglo XXI, México, 1987, p. 6.

4 Tania Bruguera, “Declaración de arte político”, 2010.

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