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BECARIOS DE LA FUNDACIÓN PARA LAS LETRAS MEXICANAS: Alta traición  

Joaquín De La Torre | 15.07.2018
BECARIOS DE LA FUNDACIÓN PARA LAS LETRAS MEXICANAS: Alta traición  

No era penal. De la mano de nuestro capitán Rafa Márquez andábamos en busca de los cuartos de final, pero sabiendo que jugábamos para perder. Y sin embargo, a las diez de la mañana, tres generaciones nos reuníamos en torno al carbón para destapar la primera cerveza e imaginar que, de pasar al quinto partido, también ocurriría el milagro de que el guacamole no se pusiera prieto al finalizar la tarde. No importaba que hubiéramos llegado al Mundial de Brasil por la puerta trasera pescando repechaje tras repechaje. El buen juego que presentamos frente a Camerún, el colosal empate contra el anfitrión y la victoria —avasalladora para nuestros estándares— que le propinamos a Croacia parecían argumentos más que sólidos para vencer a los Países Bajos.

Sin embargo, los de la tercera generación procurábamos fingirnos sin esperanza, aunque —como versa la frase que modificaría Salvador Allende para referirse a la revolución— ser joven y no soñar con la Copa del Mundo es una contradicción hasta biológica. Al menos eso cuentan que expresó el joven Ernesto Guevara a sus jugadores cuando era guardameta y entrenador del Independiente Sporting. Pero a pesar de que el argentino paró un penal que —en sus propias palabras— iba a quedar para la historia de Leticia; a pesar de que Allende consiguió una revolución democrática; a pesar de que mostramos con mesura nuestro entusiasmo futbolístico, era prácticamente imposible no quemarse con esa llama que guardábamos en el pecho. Esa llama que caló aquella cicatriz que pocos nos atrevemos a presumir.

Quizá por eso los mayores elogiaron esa mañana nuestra aparente indiferencia frente a la posibilidad de llegar al quinto partido. Ellos, como cualquier joven, habían sido incapaces de abandonar su esperanza. Efraín Huerta incluso declaró a manera de poemínimo: “Juro / Que / Viviré / Hasta / Mediados / Del 70 / Para / Poder / Beberme / A gusto / La / Copa / Del mundo”. Y nosotros con el mismo ahínco delatábamos detrás de cada entusiasmado “ey, pásame la salsa” un “sí se puede”. Es decir, desde que salió el sol nos empeñamos en creer que aquel sería uno de esos días que el sentimentalismo llama inolvidables. Como dice mi amigo Imanol, era una de esas mañanas en las que incluso veinte años después recuerdas cuántas camisas planchaste, la hora exacta en la que recogiste el correo y hasta qué calzoncillo utilizaste.

Pero en la vida estas cosas pasan casi siempre por razones distintas a las que anhelamos. Por ejemplo, aquel partido empezó con un primer tiempo en el que México apedreaba el campo de un rival que apenas y se atrevía a contragolpear. Ya para el medio tiempo la esperanza de que ahora sí podíamos ganar era indisimulable al grado de que por puro nervio nos comíamos los tacos hasta las uñas. Al segundo tiempo, Giovani, a sólo tres minutos de haber comenzado a correr, ya estaba entre dos holandeses y, sin que nadie lo advirtiera, desde dos tercios de cancha, clavó el balón al fondo del arco de Jasper Cillessen. Un gol agridulce, pues los malos augurios del padre y del abuelo —e incluso los del tatarabuelo, de haber estado vivo— no se hicieron esperar. Sin embargo, aun para ellos era imposible abandonarse a la desesperanza, pues los hinchas del Tri somos tejedores de fantasías. Hemos heredado durante generaciones, como los alfareros, de padre a hijo, nuestro tradicional oficio de fracasistas. Nuestro grito de “sí se puede” es su profesionalización. Pero que esto no se confunda con que somos conformistas. Todo lo contrario: si en algo destacamos a nivel mundial es por las diversas maneras en las que apoyamos a nuestros atletas en los estadios. Desde la famosa ola realizada de manera masiva por primera vez en el Mundial del 86, hasta el vergonzoso “eh, puto”. Incluso cuando el ánimo decae en una competición, ya sea por un marcador en contra o porque no pasa nada en la cancha, nos damos a la tarea de echarnos porras a nosotros mismos para no olvidar que “cantando se alegran, / cielito lindo, los corazones”. Por algo somos el equipo que juega con más corazón. A pesar de que también somos el país que ha perdido más partidos en la historia de los mundiales.

En esa circunstancia, no queda sino encomendarse a las deidades. Y parecía que aquella mañana una nos había escuchado. Parecía que la santísima virgen de Chiripa se inclinaba por nosotros cuando al 57’ Memo Ochoa atajó un tiro de esquina que reventó en el palo que, de haberse ganado ese partido, habría sido la nueva asta bandera del Zócalo. Sin embargo, al parecer, nuestra deidad tomó demasiadas caipiriñas y nos dejó para irse directamente a festejar en la batucada, olvidando que aquello no había concluido. Es decir, la apedreada al rancho se nos volteó. Pasamos de catrines a mendigos. “No sean gachos, ustedes tienen la mota legalizada. Déjenos siquiera el quinto partido”, imploró la nación. Por supuesto que los holandeses hicieron caso omiso a las súplicas.

Parecía que padre, abuelo y tatarabuelo se equivocaban. Parecía que por fin Tántalo lograría coger la fruta y beber del río, pero el mundo es sólo eso: un mundo de triunfos aparentes, pues tres minutos antes de terminar el partido, en un balón rebotado tras un tiro de esquina, apareció Sneijder para clavarlo desde fuera del área en el fondo de la red. En ese momento se escuchó crujir más de un corazón, pero tampoco fue para tanto, pues ya estamos acostumbrados a que al final todo se le complique a la Selección. Frente a esto, da igual que las cosas vayan del carajo. Los hinchas mexicanos sabemos que ningún problema es irreversible mientras haya cervezas en el refrigerador.

Posiblemente Canal 5 sea el responsable de esto. Recuerdo que durante años, después de cada partido dominguero, la programación televisiva incluía una transmisión religiosa de Titanic. Película de la que aprendimos la lección más importante de nuestro oficio como fracasistas: sí, el transatlántico golpeó contra un iceberg que le causó tremenda fisura, pero —ya lo dijo Juan Tallón— hubo fiesta. Los músicos no dejaron de tocar ni los gin se dejaron de servir porque la embarcación se hundiera. Y aunque ésta acabara en el fondo del Atlántico, al día de hoy no conocemos travesía más feliz. La moraleja que nos dejó James Cameron es clara: a toda costa hay que ponerse de fiesta. La moneda nacional se devalúa, el continente de África literalmente se parte en dos, la democracia expira, el pri vuelve a ganar y el Tri se desploma rumbo al quinto partido. Por suerte siempre habrá alguien que destape una cerveza para amenizar el desastre.

El partido llegaba al final del tiempo reglamentario. Muchos ya pensábamos en cuáles deberían ser los cambios necesarios para los tiempos extra. Se anunciaban seis minutos de compensación, y entonces entendimos que siempre habrá algo más largo e insufrible que la fila de espera en el Seguro Social. Destapamos otro par de cervezas, discutimos la tanda de penales y, por un momento, sentí que era verdaderamente feliz. Al menos hasta que sonó la trompeta del jinete de la muerte, aunque hay quien asegura que fue el pitazo del árbitro. El sonido, sin embargo, fue tan devastador que a la fecha no logro convencerme. Lamentablemente la escena del crimen lucía irrefutable: tres mexicanos rodeando a Robben que yacía, como la esperanza nacional, con la panza en el suelo.

 

La herida no ha sanado del todo y en este Mundial de Rusia cumpliremos veinticuatro años como el país que siempre pasa a la segunda ronda sólo para perderla. No obstante, el pasar de los años me ha permitido reflexionar y ha hecho que me dé cuenta de dos cosas. La primera, y más sencilla, es que verdaderamente no era penal y, sin embargo, ese resultado promedio era preferible a incurrir en la extravagancia de ganar. Por otra parte, también he llegado a la conclusión de que, bajo ninguna circunstancia, México debe ganar el Mundial. El suceso sería el equivalente a vender la otra mitad del territorio mexicano o concederle a los chinos la denominación de origen del nopal.

El Mundial es una utopía que se vuelve realidad de manera fugaz cada cuatro años: es la utopía donde una experiencia estética es compartida y comulgada de manera realmente masiva. Pero incluso en esa utopía los podios de campeón sigue siendo un lugar solitario —por algo sólo caben tres—, y los hinchas mexicanos siempre preferimos hacer comunidad para que la fiesta sea más grande. Preferimos saltar directamente a los dulces bares con nuestra derrota en lugar de tener que pasar por el trago amargo de la victoria. De ahí que nos dé temor ganar la Copa del Mundo. Muy en el fondo tememos que nos pase lo mismo que al futbolista uruguayo, Obdulio Varela, cuando metió aquel gol en el Maracaná para arrebatarle el título a Brasil: “No me gustó ver a aquellas doscientas mil personas tristes, no me gustó ver a Río a oscuras y sin carnaval. Es la vida. Era campeón y no sentía una alegría absoluta por ello”.

Cada cuatro años las naciones del mundo emigran a un país en busca de la gloriosa Copa. Pero ignoran que los viajes que brindan un verdadero placer son aquellos en los que te arrastras, sufres, lloras y, finalmente, demacrado y sonriente, contemplas el mundo desde la cumbre. Así se descubrieron continentes, ciudades, polos y océanos, y así se ganan las Copas del Mundo. Ningún país conquistará el Mundial mientras transcurra por un lecho de rosas. Mucho menos será así para los mexicanos. Algo que en nuestro oficio de fracasistas además de bello resulta incluso vigoroso, porque, como apuntaba Kant, “la belleza lleva consigo directamente un sentimiento de impulsión a la vida”.

Ganar la Copa del Mundo significaría además arrebatarle al hincha mexicano todo lo que posee. Todos sus sueños y esperanzas que lo mantienen a flote. Desde niños crecemos diciéndonos a nosotros mismos que algún día ganaremos la Copa. Hay quienes se lo prometen a sus padres, como Pelé o Iniesta, e infinitas veces nos relatamos la final del Mundial, mientras imaginamos que metemos ese gol al minuto 116 en medio de un potrero terroso. De niños, incontables veces nos raspamos las rodillas y las manos tratando de meter ese gol que nunca llegó. Sin embargo, la nostalgia no deja de engañarnos: pasan los años y poco a poco la polvareda de aquellas tardes reverdece hasta convertirse en un suave campo de césped. Lo que deseamos se entremezcla con lo que obtenemos y aquel recuerdo se torna en una promesa que, como todo placer, es una ilusión. Cierto, soñamos para compensar la realidad, pero es este saborear la Copa del Mundo lo que nos hermana, ya que muchos sólo heredaremos los colores de un equipo adorado y la esperanza de ver a México con una estrella sobre el escudo. Ganar el Mundial sería ponerle punto final a este cuento y terminar a la deriva. Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias, dice Paul Auster. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas.

Por otra parte, si fuéramos campeones del mundo empezaríamos a pensar sólo en el éxito. Caeríamos bajo el yugo y la tiranía de los que piensan sólo en lo que hay que pensar y hacen sólo lo que hay que hacer. Claro que el planeta entero envidia los cuatro campeonatos de los alemanes, pero nadie envidia, por ejemplo, su euforia, su alegría o sus fiestas. Peor que no ganar la Copa del Mundo sería descubrir que aquello es una experiencia desabrida. ¿Quién se atrevería entonces a meter ese gol para manchar nuestro currículum de fracasos? Ganar la Copa del Mundo sólo serviría para romper con nuestros padres, abuelos y tatarabuelos este largo linaje de fracasistas; significaría abandonar esta felicidad del que no tiene nada que perder, este échale más agua a los frijoles en el que vivimos los tenochas.

Aquella tarde no sé de dónde sacamos fuerza, pero nos rehicimos, y aunque no estábamos para grandes festejos, nos la pasamos de poca madre agarrados al asador y a la botella de ginebra como si fuesen un timón. Y milagrosamente, nos salvamos. Porque la felicidad en nuestro país, ya lo he dicho, no tiene historia. Es necesario que cada día nosotros mismos seamos sus alfareros y le demos forma de la misma manera en la que lo hicieron nuestros padres, y los padres de nuestros padres. De cualquier manera, no ganar el Mundial no significa que seamos unos inútiles del todo en el futbol. Ser un fracasista puede resultar bastante útil en ciertos casos e incluso ejemplar. “Nadie es completamente inútil en esta vida”, dice mi madre, “mírate a ti: eres el perfecto ejemplo de todo lo que no se debe hacer”. EP

 

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Joaquín De La Torre es autor de te soñé / sombra (Ediciones Simiente, 2015). Textos suyos aparecieron en La crónica como antídoto: la calle como espacio de intercambio, y las dimensiones del ocio (UNAM, 2016 y 2017). También ha colaborado en revistas como Punto de Partida, Periódico de Poesía y Ágora Colmex. Actualmente es becario de la FLM en el área de ensayo. Su Twitter es @QuimDeLaTorre