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#CUOTADEGÉNERO: En el intenso ahora    

#CuotaDeGénero es el blog de Abril Castillo para Este País 

Abril Castillo | 16.07.2018
#CUOTADEGÉNERO: En el intenso ahora    

 

En el intenso ahora es un documental que vi casi por accidente hace un par de meses. Y de manera accidentada también, en medio de la película sonó la alerta sísmica y salimos corriendo a los jardines de la Cineteca. Fue como estar de nuevo un momento en la primaria. O en la secundaria. Como ser el cine todo una escuela y encontrarte con desconocidos en los pasillos mientras desalojas con calma, y luego así también volver a tu salón y continuar con lo que estabas haciendo.

Joao Moreira Salles hace en este documental un collage de material de archivo del movimiento estudiantil del sesenta y ocho en Francia. Y de un viaje que por esa misma época hizo su mamá a China, durante el florecimiento de la Revolución cultural.

Moreira Salles compara ambas felicidades como algo inherente a esos momentos que conjuntan lo que resulta imposible poner en palabras, a momentos que son instantes cuya caducidad olvidamos y te subes en ellos como si duraran para siempre.

La felicidad, si existe, está en los instantes. Y existe con más fuerza cuando se comparte.

En Francia, los jóvenes estudiantes sienten que es posible cambiar el mundo y extienden ese momento por meses. Cuando éste termina, no saben hacia dónde jalar.

En China, su madre vive un viaje increíble e inesperado. Estar en un lugar nuevo y tan diferente la hace entenderse a sí misma en esa diferencia y encontrar la paz.

Ninguno de los personajes retratados en el documental fue tan feliz como en ese momento, dice Moreira Salles.

¿Por qué van de la mano los movimientos sociales con este ánimo colectivo y de felicidad compartida? ¿En qué otras situaciones ocurre esto?

Pienso en el temblor del 19 de septiembre de 2017. Una ciudad y una sociedad unidas ante el horror. Amor, solidaridad, movilización.

Pienso en el 1º de julio de 2018 en el Zócalo capitalino. Treinta años después se derrite un cuchillo de hielo que como en "La reina de las nieves" de Andersen se me había encajado en el ojo. El personaje en el cuento llora y vuelve a ser el mismo, el pedazo de nieve se derrite y vuelve a sentir.

La primera vez que sentí algo parecido fue sin duda hace treinta años. Hoy puedo llorar y extrañar a mi abuelo, pero ya no está. Imagino que estaría feliz, pero no lo sé. Puedo en cambio agradecerle de viva voz a mi abuela, que sí está. Y que, como muchos, lleva toda su vida en una lucha. Cuando le llamo sé que esto también significa para ella un triunfo. Estamos juntas. Alcanzo a decirle que sin su lucha no nos habría tocado vivir esto. Sí, a ella. Sí, la suya. Y no sólo porque es la única que queda viva, sino porque siento que es la única que en mi familia o en ese momento aún cree en algo.

No es la única mujer que desde una cierta sombra acompañó. A todas esas mujeres nos debemos también. Hoy. En unas elecciones. Siempre, porque la vida cotidiana que hoy podemos vivir también se lo debemos a ellas.

Ella, treinta años después, no se rinde. Ni renuncia. Luego de una vida de ochenta y pico de años sabe que nada es perfecto, pero aun puede reconocerse en un espejo que finalmente nos refleja a todos. Un espejo donde todos cabemos. Ganamos los que siempre perdíamos, pero seguimos jugando.

Gracias, abuela, le digo. A ti y a todos los que no quitaron el dedo del renglón, les debemos tanto. Eso quiere decir en el fondo no olvidar. No le pregunten a un muerto por quién habría votado, pienso. Quería estar viva para esto, me dice.

Pienso en el 1º de julio de 2018 en el Zócalo capitalino. Una fiesta demasiado corta que en la memoria se extiende en el tiempo. Una caminata de vuelta a casa sin miedo a nadie porque todos nos cuidamos. Juntos. Estamos juntos por primera vez. Todos los que siempre perdíamos. Algunos de los que a veces ganaban. Unos cuantos que les tocó estar ahí pero no se quejan. Nadie puede quejarse ante esa sensación de presente. Y no quiero escuchar el miedo de la gente. De los que no vinieron. Y basta eso para no sentirlo. La felicidad es más grande. Es total. Es de todos.

Fue como estar de nuevo un momento en la primaria. O en la secundaria. Como ser el Zócalo todo una escuela y encontrarte con puros conocidos en los pasillos mientras desalojas con calma, y luego así también volver a tu salón y continuar con lo que estabas haciendo.

Por un momento nos colocamos en ese intenso ahora.

 

La ilustración es "Retrato hablado" (Antología de poesía, FCE) de Amanda Mijangos. Su sitio web es http://www.amandamijangos.com/

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