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#TELÉGRAFODETIGRE: ¿Cuántas veces has sido un fantasma?

#TELÉGRAFODETIGRE es el blog de Raciel Quirino

Raciel Quirino | 24.07.2018
#TELÉGRAFODETIGRE: ¿Cuántas veces has sido un fantasma?

¿Qué hay en las torturantes y adictivas historias que las abuelas cuentan cuando se va la luz? Caballos que se oyen correr por el camino pero nunca se ven pasar; mujeres de luto sentadas al borde de la cama que observan al durmiente sin pestañear ni emitir palabra; perros enfurecidos de ojos rojos que aparecen y se esfuman misteriosamente; duendes que pierden a los borrachos subiéndolos a una ceiba; mujeres con rostros de caballo o cerdo que enamoran a los trasnochados; ancianas que se quitan las piernas para transformarse en guajolotes; bolas de fuego a la orilla de la carretera; mujeres de blanco que gritan lamentándose por sus hijos; hombres elegantísimos que ofrecen cumplir deseos a cambio del alma. Hollywood —con sus espantos muchas veces predecibles e irrisorios— es un niño de pecho a lado de las historias de las abuelas. Yo no podía dejar de escucharlas a pesar de mil terror.

Me lavo los dientes y de pronto, una idea fija: alguien me observa a través de la ventanita del baño. Alguien enterrado en la oscuridad, camuflado de negro entre lo negro. Me echo a correr al cuarto y casi de un brinco me meto a la cama. Evito que cualquiera de mis extremidades  salga del borde del colchón o emerja de la sábana: siento que algo puede tocarme en cualquier momento, una electricidad, un roce fuera de este mundo. El terror que experimento proviene de las historias que escuché de niño, pero siento que hay algo que viene de más lejos, desde miles de años atrás,  de un miedo muy antiguo, el miedo de los primeros hombres.

Como a los 11 o 12 años, ya con un buen repertorio de relatos de gente cercana a quien le habían jalado las patas o habían visto a familiares muertos rondar en las habitaciones, me aficioné a los Archivos secretos X. Una delicia: ovnis, fantasmas, posesiones, yetis, abducciones, doppelgängers, autómatas, seres y hechos inexplicables encubiertos por los gobiernos del mundo para preservar el orden mundial imperante. “La verdad está allá afuera”,  fue la frase de batalla de los agentes Mulder y Scully, pero allá afuera estaba bien cabrón porque no había mucha luz, así que prefería quedarme en casa con las luces prendidas. ¡Ah!, casi me olvido: unos años antes de Los expedientes, una gran serie de televisión mexicana, La hora marcada, de la que sólo recuerdo que me impactaba la mujer de negro que miraba fijamente a la pantalla al iniciar cada episodio. Ahora me entero de que Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y González Iñárritu dirigieron un episodio de la serie cada uno.

Las visitaciones del diablo, de Emilio Carballido, también me paró los pelos de punta, a pesar de que, como en Una vuelta de tuerca, en realidad parece desviarse del asunto sobrenatural. Un libro que nunca me sacó un susto pero me fascinó por ser un catálogo de estantiguas y seres diabólicos —por ser además del tipo de obra donde los niveles de ficción se despliegan como matrushkas, estilo El Decamerón o Las Mil y una Noches— es Manuscrito encontrado en Zaragoza, del genial conde Jan Potocki, a quien se recuerda no sólo por Manuscrito, sino por su dramático final: se reventó la cabeza de un pistoletazo con una bala de plata que él mismo hizo al limar el asa de un azucarero. Y, ¿qué decir del clásico programa de radio La mano peluda? Muchísimas noches de mi adolescencia pasé inmovilizado en la cama, impedido de ir al baño, por escuchar las historias de aparecidos que compartía el auditorio.

Nunca me han asustado ni se me ha subido el muerto. Nunca he visto fantasmas. Llegué a pensar —gracias al tramposo falsificador , alias que es el recuerdo— que de niño veía cosas, pero entendí que era con el rabillo del ojo, que es muy fantasioso e histérico. En esa época, la mayor parte del tiempo estaba solo; es así como uno comienza a crear vicios mentales, como el de no pisar la línea de los adoquines por el temor a que algo malo suceda, o sentir que se ven cosas al pasar de un cuarto a otro. Nunca he visto un fantasma, pero, y esto es algo de lo que me ufano profundamente, yo resulté ser un fantasma que le sacó un susto a alguien.

Una mañana hace cinco años, tendido en la cama, con los ojos casi apretados, escuché que entraba a la casa la señora que hacía la limpieza. No quería despertarme todavía. Me esforcé por volver a agarrar sueño, desentenderme del ruido de trastes y escoba. Dos horas después abrí los ojos. Al ir a la cocina, vi a la señora limpiando el baño. Le di los buenos días, me respondió con parquedad, un murmullo apenas. “¿Señora, se encuentra bien?”, pregunté. “Ay, joven, fíjese que me acaban de espantar”, dijo. Sentí una masa de frío bajar a toda velocidad desde mi estómago hasta la punta de los pies. Contó que estaba limpiando el piso frente a la puerta de mi cuarto. En un momento, levantó la vista y me vio de perfil, de pie en medio de la sala, con el pants y la playera que usaba para dormir, bostezando como recién despierto. Nunca me volví a verla (siempre estuve de perfil) ni dije palabra. Nada había de especial. Se concentró en su trabajo. Después de un rato, al levantar la vista nuevamente, ya no me encontró. Me buscó en la sala, la cocina, el estudio, nada. Por último, abrió la puerta de mi cuarto: allí estaba yo, dormido. Se le doblaron las rodillas.

¿Qué fue lo que ocurrió? Era imposible para mí haber salido del cuarto y regresado para volver a dormirme sin que ella me viera. Hay pocas hipótesis para esto. Una dice que lo que la señora vio fue la última etapa de un viaje astral: el regreso, los bostezos de cansancio, después de un largo recorrido, antes de volver al cuerpo que se pudre. Vio mi espíritu trotamundos, es decir, vio mi fantasma. Me da escalofrío pensar en esto. A veces hasta me doy miedo.