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ENERO: 2666 y Huesos en el desierto: Dos acercamientos a las muertas de Juárez

Claudia Palacios | 01.01.2018
ENERO: 2666 y Huesos en el desierto: Dos acercamientos a las muertas de Juárez

Una de las obras más importantes que se han escrito sobre los feminicidios en Ciudad Juárez es Huesos en el desierto (2002), donde el periodista y escritor mexicano Sergio González Rodríguez investiga los asesinatos dolosos cometidos contra mujeres entre 1993 y 2000. Los aspectos que sobresalen son la corrupción y la impunidad en México. Según González Rodríguez, la primera ha hecho posible la oleada de asesinatos al proteger al crimen organizado y a los grupos de poder en México; la segunda promueve el furor homicida.

En Los detectives salvajes (1998) de Roberto Bolaño, el personaje García Madero define el treno como “una composición que se canta en ausencia del fallecido”. Bolaño utilizó este término para describir la obra de González Rodríguez, una de sus principales fuentes de información para la escritura de “La parte de los crímenes” de 2666 (2004). Aquí narra los asesinatos de mujeres cometidos entre 1993 y 1997 en la ciudad ficticia de Santa Teresa, una vez más, a manera de canto en ausencia de las muertas. El escritor chileno fija en nuestra memoria a un Sergio González ficcional absorto en la observación de su objeto de estudio en un pasaje de oscuro simbolismo: “Un par de niñas pasaron corriendo y sin detenerse saludaron al cura por su nombre. González las vio atravesar un descampado en donde florecían unas flores rojas muy grandes y luego atravesar una avenida”. Como señala la investigadora Florence Olivier, este Sergio González será un detective salvaje más que busca encontrar la verdad con sus medios, que se acerca al mal, que no accede al centro.

A lo largo de la obra vemos el desarrollo de un González que en un principio no se interesa por los crímenes de mujeres, para luego obsesionarse discretamente con ellos. El proceso de escritura de la obra de Sergio-periodista forma parte de la trama de 2666: “Sergio volvió a su hotel y trató de escribir el borrador de la crónica sobre los asesinatos de mujeres, pero al cabo de un rato se dio cuenta de que no podía escribir nada”. Al final de “La parte de los crímenes”, se sugiere la escritura de Huesos en el desierto: “Ahora quiero que usted utilice todo lo que entre Loya y yo reunimos y que agite el avispero”. Con esto, más o menos, finaliza la cuarta parte de la novela. En un claro homenaje, el final de 2666 es el comienzo de Huesos en el desierto.

Al convertir a González Rodríguez en personaje, Bolaño no sólo reconoce su labor periodística, sino que comienza además un juego entre su texto y el del periodista mexicano que le permitirá ir y venir de lo documental a lo ficcional. “La parte de los crímenes” es un ejemplo de ficcionalización y reescritura a partir de la investigación de un tercero. Abundan ejemplos de ello, el recuento de mujeres asesinadas es uno.

El relato de las muertas en la obra de González Rodríguez gira, en buena medida, en torno al caso de Elizabeth Castro García. Esto debido a su ejemplaridad y a los nexos que el periodista establece con otros actores dentro de su investigación, principalmente con el egipcio Sharif Sharif, incriminado por la muerte de ésta y de otras jóvenes. A partir de la historia de Elizabeth, González Rodríguez señala las inconsistencias de las autoridades y se ubica en uno de los momentos más álgidos dentro de la historia del fenómeno de las muertas de Juárez: el año 1995.

Ahora bien, a lo largo de su investigación, González Rodríguez señala constantemente la similitud de los crímenes: “Vestía pantalones vaqueros y llevaba una playera. Como todas las muchachas que pululan en los malls de ambos lados de la frontera, como las que abundan en las escuelas, como las que trabajan en oficinas. Como las que sostienen a sus hijos —casadas, madres solteras— y sobreviven a lo funesto. Como las que salen por centenares de las fábricas para irse a su casa o a los bares cada viernes en autobuses suburbanos al concluir su turno. O como las que terminan con su cuerpo torturado en el desierto” (Huesos en el desierto).

Mediante la comparación que se repite, la imagen promedio de la muchacha juarense se reproduce en todos los ámbitos de la vida pública de Ciudad Juárez. González Rodríguez insistirá en este patrón al subrayar las similitudes de los casos en todos los niveles, estableciendo posibles patrones (el perfil de la víctima, su media filiación, el lugar y la posición en que es encontrada, la causa de muerte, las marcas de tortura). Esto puede verse a lo largo de la obra: “Las muertas estaban semidesnudas, boca abajo y estranguladas. Vestían ropa análoga: playera y pantalones vaqueros. Eran delgadas, de piel morena y cabellos largos”. Dicho procedimiento responde a una intención del periodista mexicano: señalar la existencia de un centenar de asesinatos en serie, y registrar todos aquellos datos que pueden ser investigables.

Por su parte, Bolaño retoma el material del periodista y lo reescribe, se regodea en los detalles y convierte su relato en un desfile de singularidades. Muchos de los hallazgos son narrados a manera de microcuentos. En ellos se detalla una parte de la vida de las víctimas, con lo que se las humaniza y se genera una identificación —por lo demás esquiva, puesto que las historias están plagadas de ironía— con el lector. De tal forma se expresa lo terrible —y lo absurdo— de las situaciones en las que se desenvuelven los personajes: el desamparo, el machismo y la violencia exacerbada que rodean cada caso.

Al contrario de lo que sostiene la mayor parte de la crítica, el lenguaje forense pasa a segundo plano frente al uso de un lenguaje que combina lo pedestre y lo poético en cada ocasión. En los relatos de los hallazgos de 2666 abundan pasajes cargados de simbolismo, de cambios de perspectiva, de intertextualidad, de juegos descriptivos e ironía: “En el bolso se halló un billete de autobús para Tucson, que salía esa mañana a las nueve y que la mujer ya no iba a tomar. También se encontró pintalabios, polvos, rímel, unos pañuelos de papel, una cajetilla de cigarros a medias y un paquete de condones. No tenía pasaporte ni agenda ni nada que pudiera identificarla. Tampoco llevaba fuego”. Se trata del tercer hallazgo de “La parte de los crímenes”. Aquí el lector todavía no se ve atropellado por la avalancha de información que le espera y que avasallará cualquier posibilidad de descubrir al criminal, de hallar patrones. A partir de la descripción de la mujer, de cómo iba vestida, de dónde fue encontrada, comienza la búsqueda. Lo que la mujer lleva en el bolso nos dará pistas. Un boleto de autobús, una cajetilla de cigarros, un paquete de condones. Sabemos que estaba a punto de dejar Santa Teresa, que fumaba y que posiblemente era sexualmente activa. La última parte de la descripción, sin embargo, desvanece cualquier certeza ante una información que es mitad una burla y mitad un intento de continuar describiéndola: no llevaba fuego. Con este dato se le describe a partir de lo que no está. Podemos deducir que era una mujer distraída, una mujer que fumaba pero que siempre se veía en la necesidad de pedir prestado un encendedor, una mujer que olvidaba los encendedores que compraba en cada lugar al que iba, o bien, que este detalle es una mera fijación del narrador, un capricho. En el relato hay muchas otras cosas que no están: la identidad de la mujer, los móviles del crimen, los asesinos. Se subrayan las ausencias.

Más adelante se lee el siguiente hallazgo: “Mientras se dirigían al local en cuestión, el otro camionero, Rigoberto Reséndiz, notó un resplandor en el desierto que lo dejó cegado durante unos instantes”. Es el cadáver de una mujer y el resplandor que lo cegó viene de la hebilla de su cinturón. El chofer decide llegar al lugar de donde proviene la luz. Aquí se contrapone el significado de la luz (algo bueno que nos ilumina, la verdad) con el cadáver de una mujer. Esto es la luz como una señal que proviene de la muerte y la violencia. La única verdad es la del horror.

Otro pasaje de 2666 dice lo siguiente: “Rebeca parecía estar hundiéndose en un mar de baldosas blancas”. La descripción de una mujer hundiéndose en el agua evoca las imágenes de Ofelia, ahogada a causa de Hamlet. Esta imagen está arraigada en nuestro imaginario y ha dado pie a sublimes reelaboraciones plásticas. Sin embargo, en el escenario de Santa Teresa aparece en condiciones absurdas y grotescas: la protagonista se va hundiendo en el baño de su casa, asesinada por un loco que tenía en las paredes de su habitación imágenes de luchadores mexicanos.

Más adelante se lee lo siguiente: “Tenía tanta sangre que vista de lejos, o vista desde una cierta altura, un desconocido (o un ángel, puesto que allí no había ningún edificio desde el cual contemplarla), hubiera dicho que llevaba medias rojas”. Destaca aquí la imagen de la sangre como medias, el cambio de perspectiva y la ironía. El narrador se mueve de lugar para observar el cuerpo de la mujer desde diferentes ángulos. Señala, en una intensificación de la descripción que raya en la burla, que ahí no hay edificios altos. Por último, se evoca la imagen de un ángel en medio de una descripción llena de horror.

Bolaño utiliza la ficción, el humor y los préstamos textuales como instrumentos de conocimiento, como medios de acercamiento a la barbarie y al absurdo, a la insensatez. En un intento de agotar los escenarios en que las mujeres son halladas (el desierto, un terreno baldío al lado de una secundaria, una casa habitación, un baño, una calle, un auto) presenta una enorme diversidad de situaciones y detalles. Se trata de la variación del mismo tema o patrón. Como lo expresa Florita Almada: “En sueños veo crímenes y es como si un aparato de televisión explotara y siguiera viendo, en los trocitos de pantalla esparcidos por mi dormitorio, escenas horribles, llantos que no acaban nunca”. Mediante la reescritura de cada caso se genera este efecto de fragmentación donde se reproduce, en microhistorias, una sola violencia, y se crea la sensación de que se trata siempre de una sola mujer hecha de los jirones de todas.

Como en el texto de González Rodríguez, en “La parte de los crímenes” la verdad se difumina y se pierde entre una marea de relatos, noticias, culpables: “Asesinos en serie, imitadores o solitarios, organizados o desorganizados, su libertinaje ostentaba el triunfo del efecto cascada y la depredación parasitaria. En la dimensión desconocida, las cosas tendían a volverse indistinguibles incluso para los expertos” (Huesos en el desierto). A ello podría atribuirse la cantidad desmesurada de pistas y de datos que no conducen a ninguna parte en las fichas de mujeres asesinadas, pero también de relatos, de sueños y de visiones que se entretejen en la cuarta parte de 2666.

Existe un diálogo entre la obra de Sergio González Rodríguez y la de Roberto Bolaño en el que los intercambios contaminan ambos textos enriqueciéndolos. En la ficción de Bolaño se encuentra, en muchas ocasiones, una documentación idéntica a la de González Rodríguez, al punto de que vale la pena aventurar paralelismos estructurales. Bajo la superficie de todos los crímenes de la cuarta parte de 2666, es posible rastrear algunas de las ideas más importantes desarrolladas en Huesos en el desierto. La maquila, la religión, los prejuicios, el machismo, las instituciones y la extenuación del cuerpo están documentados en una obra y ficcionalizados en la otra. Éste es un recurso privilegiado de la obra de Bolaño: la integración de discursos extraliterarios a la ficción. Es una de las estrategias narrativas mediante las cuales el escritor chileno da cuenta del brote del mal en medio del mal, una herramienta que nos permite acceder a su centro, o al menos intuirlo. EP

 

 

 

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Claudia Palacios estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM y una maestría en Literatura General y Comparada en la Université Sorbonne Nouvelle-Paris 3. Es docente, editora y traductora.

 

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