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MAYO: Peter Pan Capítulo I: Peter irrumpe

| 01.05.2018
MAYO: Peter Pan Capítulo I: Peter irrumpe

Traducción de Claudia Benítez*

 

Todos los niños, excepto uno, crecen. Muy pronto saben que crecerán, y la forma en que Wendy lo supo fue la siguiente. Un día, cuando tenía dos años, estaba jugando en un jardín y arrancó una flor que fue a llevarle a su madre corriendo. Supongo que se veía lindísima porque la señora Darling se llevó la mano al corazón y exclamó, “¡Oh, por qué no puedes quedarte así para siempre!”. Eso fue todo lo que sucedió entre ellas sobre el tema, pero a partir de ese momento Wendy supo que tenía que crecer. Es algo que ya siempre sabes después de los dos. Los dos años son el principio del fin.

Vivían, por supuesto, en el número 14, y hasta la llegada de Wendy su madre fue la jefa de la casa. Era una mujer encantadora con una mente romántica y una boca muy dulce y burlona. Su mente romántica era como las cajas diminutas, una dentro de la otra, que vienen del enigmático Oriente: sin importar cuántas descubras siempre habrá una más. Su boca dulce y burlona tenía un beso que Wendy nunca podía obtener, aunque ahí estaba, perfectamente visible en la comisura derecha.

La forma en que el señor Darling la conquistó fue así: los muchos caballeros que habían sido niños cuando ella también era una niña se dieron cuenta al mismo tiempo de que la amaban, y todos corrieron a su casa para pedir su mano, a excepción del señor Darling, quien tomó un taxi y fue el primero en llegar, logrando, de ese modo, quedarse con ella. Obtuvo todo de ella salvo por la cajita más recóndita y el beso. Él nunca supo de la cajita y con el tiempo se dio por vencido en intentar conseguir el beso. Wendy pensaba que Napoleón podría haberlo obtenido, pero me lo puedo imaginar intentándolo, para después marcharse furioso azotando la puerta.

El señor Darling solía alardear delante de Wendy que su esposa no sólo lo amaba, sino que, además, lo respetaba. Él era uno de esos hombres serios y conocedores que saben de acciones y valores. Por supuesto que nadie conoce realmente esas cosas, pero él parecía saber bastante y a menudo decía que las acciones habían subido y los valores habían bajado en una forma que habría hecho que cualquier mujer lo respetara.

La señora Darling se casó de blanco y al principio llevaba las cuentas de la casa perfectamente bien, casi con alegría, como si se tratara de un juego, y no se le pasaba ni una col de Bruselas; pero con el tiempo empezaron a faltar coliflores enteras, y en lugar de ellas empezó a hacer dibujos de bebés sin rostro. Los dibujaba cuando tendría que haber estado haciendo las cuentas. Ésos eran los cálculos de la señora Darling.

Primero llegó Wendy, después John y luego Michael.

Tras la llegada de Wendy, durante una semana o dos fue incierto si podrían quedarse con ella, pues era otra boca que alimentar. El señor Darling estaba terriblemente orgulloso de ella, pero era un hombre muy respetable, y se sentó en la orilla de la cama de la señora Darling tomando su mano y calculando los gastos mientras ella lo miraba de modo implorante. Ella quería correr el riesgo, pasara lo que pasara, pero ésa no era la forma en que él hacía las cosas; su forma era con un lápiz y un pedazo de papel, y si ella lo confundía con sugerencias, él tenía que empezar de nuevo desde el principio.

“No me interrumpas”, le rogaba él. “Tengo una libra con diecisiete chelines aquí, y dos chelines con seis peniques en la oficina; puedo dejar de comprarme un café en el trabajo, digamos que diez chelines, lo que me daría dos libras, nueve chelines y seis peniques, que con tus dieciocho chelines y tres peniques me da tres libras, nueve chelines y siete peniques, más cinco libras en mi chequera me da ocho libras, nueve chelines y siete peniques —¿quién se está moviendo?—, ocho libras, nueve chelines y siete peniques, punto y llevo siete —no hables, querida—, y la libra que le prestaste a ese hombre que vino a la puerta —silencio, pequeña—, punto y llevo una pequeña —¡ya me perdiste!—, ¿dije nueve libras, nueve chelines y siete peniques? Sí, dije nueve libras, nueve chelines y siete peniques. La pregunta es: ¿podemos intentarlo por un año con nueve libras, nueve chelines y siete peniques?”.

“Por supuesto que podemos, George”, exclamó ella. Pero estaba predispuesta en favor de Wendy, y él era en realidad el de carácter más fuerte.

“Recuerda las paperas”, le advirtió él casi amenazadoramente, y reanudó sus cuentas: “Paperas una libra, eso es lo que he escrito, pero me atrevo a decir que se - rían más bien como treinta chelines —no hables—; sarampión una libra con cinco chelines; rubeola, media guinea, lo que da dos libras, quince chelines y seis peniques —no muevas el dedo—; tosferina unos quince chelines”, y así siguió con un largo etcétera, y cada vez la cuenta era distinta, pero al final Wendy logró quedarse, aun - que por poco, con los gastos por paperas educidos a doce chelines con seis peniques, y el sarampión y la rubeola tratados como una sola enfermedad.

Con John se suscitó el mismo alboroto, y Michael apenas se salvó por un pelo de tener que irse, pero se quedaron con los dos, y al poco tiempo podías ver a los tres caminando en fila hacia el Jardín de niños de Miss Fulsom acompañados por su niñera.

A la señora Darling le encantaba tener todo impecable, y el señor Darling tenía una pasión por ser exactamente igual que sus vecinos, así que, por supuesto, tenían una niñera. Como eran pobres debido a la cantidad de leche que los niños bebían, esta niñera era una estirada perra de Terranova llamada Nana, quien antes de que los Darling la contrataran no pertenecía a nadie en particular. Sin embargo, los niños siempre le habían parecido importantes, y había conocido a los Darling en los Jardines de Kensington, donde pasaba la mayor parte de su tiempo libre husmeando en las carriolas, y era muy odiada por las niñeras descuidadas, a quienes seguía a sus casas para quejarse de ellas con sus señoras.

Nana demostró ser toda una joya como niñera. Cuán concienzuda era a la hora del baño, y se despertaba en cualquier momento de la noche si uno de los pequeños que estaban a su cargo emitía el menor quejido. Por supuesto que su casita estaba en la habitación de los niños. Tenía una gran inteligencia para reconocer cuándo una tos era algo sin mayor importancia y cuándo requería de una calceta alrededor de la garganta. Hasta el último de sus días creyó en remedios anticuados como las hojas de ruibarbo, y emitía sonidos desdeñosos cuando escuchaba pláticas de última moda sobre los microbios y demás. Era una lección de buenos modales verla escoltar a los niños a la escuela, caminando serenamente a su lado cuando se comportaban, y manteniéndolos a raya si se portaban mal. Cuando John iba a jugar al fut, a Nana ni una sola vez se le olvidó su suéter, y normalmente llevaba un para - guas en el hocico en caso de que lloviera.

Había un cuarto en el sótano de la escuela de Miss Fulsom donde las niñeras esperaban a sus niños. Ahí se sentaban en una banca mientras que Nana se echaba en el suelo, pero ésa era la única diferencia. Ellas fingían ignorarla como si fuera de un estatus social inferior al suyo, y ella menospreciaba su charla superficial. Le molestaban las visitas de las amigas de la señora Darling a la habitación de los niños, pero cuando iban le arrancaba el babero a Michael para ponerle el que tenía trenzas azules, alisaba la ropa de Wendy y peinaba rápidamente a John con su pata. Ningún cuarto de niños podría haber sido mantenido más correctamente, y el señor Darling lo sabía, y sin embargo a veces se preguntaba con inquietud si los vecinos hablaban sobre ellos. Tenía que cuidar su reputación en la ciudad.

Nana también le preocupaba de otra forma. A veces sentía que ella no lo admiraba. “Sé que te admira tremendamente, George”, le aseguraba la señora Darling, y luego hacía señas a los niños para que fueran especialmente amables con su padre. A esto le seguían lindos bailes en los que a veces se le permitía participar a Liza, la única otra sirvienta. Parecía toda una enana con su larga falda y su cofia, aunque había jurado, cuando la contrataron, que hacía mucho tiempo que había dejado de ser una niña. ¡El regocijo de aquellos juegos! Y la más alegre de todos era la señora Darling, quien daba vueltas tan desenfrenadamente que lo único que podías ver de ella era el beso, y entonces, si hubieras corrido hacia ella, tal vez lo habrías obtenido. Nunca hubo una familia más sencilla y feliz, hasta la llegada de Peter Pan.

La primera vez que la señora Darling escuchó hablar de Peter fue cuando se encontraba ordenando las mentes de sus hijos. Es la costumbre de toda buena madre cada noche, después de que sus hijos se han dormido, hurgar en sus mentes y poner las cosas en orden para la mañana siguiente, reempacando en el sitio apropiado los muchos artículos que habían estado deambulando durante el día. Si pudieras quedarte despierto (pero por supuesto que no puedes) verías a tu propia madre haciendo esto, y te parecería muy interesante observarla. Es bastante parecido a ordenar cajones. La verías de rodillas, supongo, entreteniéndose por largo rato, divertida con algunos de tus contenidos, preguntándose de dónde rayos sacaste tal cosa, haciendo descubrimientos agradables y otros no tan agradables, presionando aquello contra su mejilla como si se tratara de un lindo gatito, y rápidamente guardando eso otro donde no pueda ser visto. Cuando te despiertas por la mañana, las travesuras y los deseos malvados con los que te fuiste a dormir han sido doblados hasta hacerlos muy pequeñitos y colocados en el fondo de tu mente. Y en la parte de arriba, bellamente aireados, han sido desplegados tus pensamientos más bonitos, listos para que te los pongas.

No sé si alguna vez has visto el mapa de la mente de una persona. Los doctores a veces dibujan mapas de otras partes de ti, y tu propio mapa puede volverse suma mente interesante; pero si los descubres tratando de dibujar el mapa de la mente de un niño, éste no sólo es confuso, sino que sigue dando vueltas todo el tiempo. Hay líneas zigzagueantes en él, así como tu temperatura en una gráfica, y éstas probablemente son caminos en la isla, porque la Tierra de Nunca es siempre más o menos una isla, con asombrosas salpicaduras de color por aquí y por allá, y arrecifes de coral y embarcaciones desenfadadas a la vista, y salvajes y guaridas solitarias, y gnomos que son en su mayoría sastres, y cuevas por las que corre un río, y príncipes con seis hermanos mayores, y una choza que no tardará en deteriorarse, y una anciana muy pequeñita con nariz ganchuda. Se trataría de un mapa sencillo si eso fuera todo, pero también está el primer día de clases, la religión, los padres, los estanques redondos, los bordados, asesinatos, ahorcamientos, verbos que tienen dativo, el día de pudín de chocolate, lograr ponerse los tirantes, decir noventa y nueve y tres peniques por sacarte tú mismo el diente, etcétera, y ya sea que todo esto es parte de la isla o constituye otro mapa que se transparenta al otro lado del papel, y todo es bastante confuso, en especial porque nada se queda quieto.

Desde luego que las Tierras de Nunca varían mucho. La de John, por ejemplo, tenía una laguna con flamencos volando sobre ella, a los que él disparaba, mientras que Michael, quien era muy pequeño, tenía un flamenco con lagunas volando sobre él. John vivía en una lancha volteada bocabajo sobre la arena, Michael en una tienda india, y Wendy en una casa de hojas hábilmente cosidas las unas a las otras. John no tenía amigos, Michael tenía amigos durante la noche y Wendy tenía un lobo por mascota que había sido abandonado por sus padres. Pero en conjunto, las Tierras de Nunca tienen una semejanza familiar, y si se quedaran quietas en una fila podrías decir de ellas que tienen la misma nariz, y cosas por el estilo. En esas costas mágicas los niños que juegan encallan por siempre sus barcas de mimbre y cuero. Nosotros también hemos estado ahí; todavía podemos escuchar el sonido de las olas, pero ya no podemos desembarcar.

De todas las islas exquisitas, la Tierra de Nunca es la más acogedora y compacta, no es grande ni se expande, ya sabes, con distancias tediosas entre una aventura y la otra, sino que éstas se encuentran agradablemente apretujadas. Cuando juegas en ella durante el día con las sillas y el mantel de la mesa no es inquietante en lo más mínimo, pero en los dos minutos previos a que te quedes dormido se vuelve casi real. Es por eso que se dejan luces encendidas durante la noche.

En ocasiones, durante sus viajes por las mentes de sus hijos, a señora Darling encontraba cosas que no podía comprender, y entre ellas la más des - concertante era la palabra Peter. Ella no conocía a ningún Peter, y sin embargo estaba por aquí y por allá en las mentes de John y Michael, mientras que la de Wendy empezó a estar toda garabateada con él. Su nombre sobresalía con letras más llamativas que las de cualquier otra palabra, y mientras la señora Darling lo observaba atentamente le pareció que tenía un aspecto peculiarmente engreído.

“Sí, es bastante engreído”, admitió Wendy con pesar. Su madre había estado interrogándola. “¿Pero quién es él, mi pequeña?”. “Tú sabes, madre, es Peter Pan”. En un principio la señora Darling no supo de quién se trataba, pero después de rememorar su infancia se acordó de un Peter Pan del que se decía que vivía con las hadas. Se contaban historias raras sobre él, como que cuando un niño moría, él lo acompañaba parte del camino para que no tuviera miedo. Cuando era niña había creí - do en él, pero ahora que estaba casada y llena de sentido común dudaba mucho que existiera alguien así.

“Además”, le dijo a Wendy, “ahora ya sería un adulto”.

“Ah no, él no ha crecido”, afirmó Wendy con seguridad, “y es de mi tamaño”. Se refería a que era de su tamaño tanto de cuerpo como de pensamiento. No sabía cómo lo sabía; simplemente lo sabía.

La señora Darling consultó al señor Darling, pero él sonrió sin darle importancia. “Escucha lo que te digo”, dijo, “es una bobería que Nana les ha estado metiendo en la cabeza, es justo el tipo de idea que tendría un perro. No le prestes atención y pasará al olvido”.

Pero no pasaría al olvido y muy pronto el problemático niño le pegó un buen susto a la señora Darling.

Los niños tienen las aventuras más extrañas sin que ello los perturbe. Por ejemplo, tal vez recuerden mencionar, una semana después de que ocurrió el hecho, que cuan - do estaban en el bosque se encontraron con su padre —que ya había muerto— y jugaron con él. Fue en esta forma despreocupada que una mañana Wendy hizo una revelación inquietante. Habían encontrado las hojas de un árbol en el piso del cuarto de los niños, las cuales definitivamente no estaban ahí cuando ellos se habían ido a dormir, y la señora Darling le estaba dando vueltas al asunto cuando Wendy dijo con una sonrisa indulgente:

“¡Creo que fue nuevamente ese Peter!”.

“¿De qué estás hablando, Wendy?”.

“Es muy maleducado de su parte no limpiarse los pies”, dijo Wendy suspirando. Ella era una niña muy ordenada.

Explicó con total naturalidad que creía que a veces Peter venía a su habitación por las noches, se sentaba al pie de su cama y tocaba su caramillo para ella. Por desgracia ella nunca se despertaba, así que no sabía cómo era que lo sabía; simplemente lo sabía.

“Pero qué tonterías son ésas, querida. Nadie puede entrar a la casa sin tocar a la puerta”.

“Creo que él entra por la ventana”, dijo Wendy.

“Mi amor, tu habitación está en el tercer piso”.

“¿Qué no estaban las hojas al pie de la ventana, madre?”.

Era completamente cierto, las hojas habían sido encontradas muy cerca de la ventana.

La señora Darling no supo qué pensar, pues todo parecía tan natural para Wendy que no podía descartarlo diciéndole que se había tratado de un sueño.

“Mi niña”, exclamó la madre, “¿por qué no me contaste esto antes?”.

“Se me olvidó”, dijo Wendy sin darle mucha importancia. Tenía prisa por ir a desayunar.

Oh, seguramente había estado soñado. Pero, por otro lado, estaban las hojas. La señora Darling las examinó cuidadosamente; eran sólo las nervaduras, pero estaba segura de que no procedían de ningún árbol que creciera en Inglaterra. Avanzó a gatas por el suelo revisándolo detenidamente con una vela en busca de las huellas de algún pie extraño.

Inspeccionó el interior de la chimenea con el atizador y dio golpecitos en las paredes. Dejó caer una cinta métrica desde la ventana hasta la acera y era una caída en vertical de poco más de nueve metros, y no había una tubería por la que se pudiera trepar.

Con toda seguridad Wendy había estado soñando.

Pero Wendy no había estado soñando, como lo demostró la siguiente noche, la noche en que se podría decir que las extraordinarias aventuras de estos niños comenzaron.

En la noche de la que hablamos los niños estaban, una vez más, en sus camas. Daba la casualidad de que se trataba de la noche en que Nana no trabajaba, y la señora Darling había bañado a los niños y había cantado para ellos, hasta que uno por uno soltaron su mano y se deslizaron hacia la tierra del sueño.

Todos se veían tan a salvo y tan cómo dos que ella sonrió dejando de lado sus temores y se sentó a coser tranquilamente junto al fuego. Era algo para Michael, quien en su cumpleaños empezaría a usar camisas. El calor del fuego era agradable y la habitación de los niños estaba tenuemente iluminada por tres lámparas de noche, por lo que en breve la costura de la señora Darling yació sobre su regazo. Entonces empezó a cabecear con suma elegancia. Se había quedado dormida. Ahí estaban los cuatro, Wendy y Michael por allá, John por allí y la señora Darling junto al fuego. Tendría que haber habido una cuarta lámpara de noche.

Mientras dormía tuvo un sueño. Soñó que la Tierra de Nunca se había acercado demasiado y que un extraño niño se había abierto camino desde ella. La señora Darling no se alarmó, pues pensó que lo había visto antes en los rostros de muchas mujeres que no tienen hijos. Quizá también se le puede encontrar en los rostros de algunas madres. Pero en su sueño el niño había rasgado el velo que oscurece a la Tierra de Nunca, y vio a Wendy, a John y a Michael mirando furtivamente por la rasgadura.

El sueño por sí solo habría sido una nimiedad, pero mientras soñaba la ventana de la habitación se abrió de golpe y un niño cayó al suelo. Iba acompañado por una extraña luz no más grande que tu puño, la cual se movía a toda velocidad como una cosa viva, y creo que fue esta luz la que despertó a la señora Darling.

Ella dejó escapar un grito, y cuando vio al niño de alguna forma supo de inmediato que se trataba de Peter Pan. Si tú o yo o Wendy hubiéramos estado ahí habríamos visto que se parecía mucho al beso de la señora Darling. Era un niño encantador, cubierto con nervaduras de hojas y savia de árbol, pero lo más fascinante de él era que todavía tenía todos sus dientes de leche. Cuando vio que ella era una adulta hizo rechinar aquellas pequeñas perlas, mostrándoselas. EP

 

            

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James Matthew Barrie (9 de mayo de 1860-19 de junio de 1937) fue un novelista y dramaturgo escocés mejor conocido por ser el autor de Peter Pan , que en un principio escribió como obra de teatro en 1904 y más tarde adaptó como novela, publicada en 1911.

Claudia Benítez es editora y traductora.

* Para mi hermana Martha.

Ilustración de Francis Donkin Bedford para Peter Pan and Wendy, Scribner, Nueva York, 1912.

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