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El Club de los Delgados 

Bernardo Esquinca | 16.08.2018
El Club de los Delgados 

I

Todo comenzó con un cerdo de plástico en el refrigerador.

Mi madre siempre batalló con su peso; las dietas y los sustitutos calóricos eran una constante en su vida, y en la de la familia, pues su régimen alimenticio y la parafernalia que lo acompañaba invadieron nuestro entorno. La cocina llena de frascos o sobres con algún tipo de polvo, como los edulcorantes artificiales: Sacarina, Canderel, Sweet’n Low. También formaban parte del repertorio botes de SlimFast y Svelty. Se inscribía regularmente en programas de reducción de peso como Weight Watchers, por aquellos años de moda en México. En la puerta del refrigerador se acumulaba el historial de sus dietas; sostenidos por un imán, aquellos papeles conformaban el desolador palimpsesto de sus batallas perdidas. Su fuerza de voluntad tenía dos formidables enemigos: el pan dulce y los Pulparindos. Mis tíos, resignados a sus antojos incontrolables, le decían “Gordi”.

Ella utilizaba una mejor palabra para definirse: “guzga”. Nunca se la he oído decir a nadie más; durante mucho tiempo me pareció mágica, una especie de sortilegio que mamá lanzaba para conjurar su sobrepeso. Hoy sé que tan sólo era una manera diferente, un tanto misteriosa, de decir “glotona”. Eran tiempos en los que el gen de la obesidad aún no había sido descubierto, donde los profetas del adelgazamiento proliferaban ofertando recetas tan milagrosas como absurdas. La dieta de la Luna, la del Potasio, la de la Bella Durmiente. Dietas que te introducían un gusano en el cuerpo para que devorara la grasa o que proponían pintar los alimentos de azul; un color que, a diferencia del naranja, no se asocia con el hambre. Fue también el boom de los productos light y diet. Mi madre no era adicta a los refrescos pero sí a los chicles. Su marca preferida: Wrigley’s Doublemint sugar free, que conseguía en Estados Unidos. Una época en la que se abusó de la debilidad de los tragones, al grado de ofrecerles presión psicológica, con un poco comprensivo mensaje implícito: mantengan la boca cerrada.

Así llegó el cerdo que mi madre tenía dentro del refrigerador. Se lo recomendó el nutriólogo como un “refuerzo”. Cada que la puerta se abría, la luz accionaba el mecanismo interior de la figura de plástico para que produjera un sonoro y repetitivo “¡OINK! ¡OINK!” Se suponía que el paciente debía verse reflejado en ese espejo y desistir de comer lo que no debía. Sin embargo, aquel primer y rudimentario modelo tenía una falla: se le podía modular el volumen. Con el tiempo, mamá decidió ponerlo en el nivel más bajo, y la incómoda advertencia dejó de escucharse. Durante semanas el cerdo permaneció mudo al lado de los pasteles, pays, helados y carnes frías que volvieron a ocupar un lugar en los anaqueles, hasta que terminó en el bote de la basura. Pero, como decía, se trataba de un prototipo. Aún nos faltaba conocer la parte más siniestra de la industria del adelgazamiento.

 

II

Mi madre era una mujer distinguida. Solía estar peinada y pintada. Usaba vestidos que le sentaban bien a su vasto cuerpo. Recuerdo lo orgulloso que me puse el día durante un festival escolar: “Tu mamá siempre tan guapa”. Sin embargo, la presión social, mediática, por lucir delgado, ya existía, y eso que aún faltaban unos años para que llegara la década de los noventa, donde se popularizó la imagen famélica de las modelos. Continuamente hablaba de otras mujeres que eran flacas; decía que parecían una “varita de nardo”. Obstinada por encajar en los estándares del peso, comenzó a leer todo tipo de folletos y publicidades que aparecían en el buzón. Yo creía que lo peor que podía llegar en la correspondencia eran las famosas cadenas tipo “si no envías siete cartas a siete amigos en los próximos siete días, algo terrible te sucederá”, pero estaba equivocado.

Una mañana, mientras apartaba los recibos del teléfono y el gas, mi madre se topó con un peculiar volante: 

Parecía que le hablaban directo a ella. Supongo que toda buena publicidad tiene ese efecto en los potenciales clientes, pero la mención a los polvos era casi personal. Mis hermanos y yo bromeábamos que vivíamos en “la casa de los polvos”, y mi madre lo sabía. No le hacía gracia el chiste. Sin duda, además de enflacar, soñaba con deshacerse de todos esos botes que afeaban su cocina.

Lo cierto es que algo había en la publicidad del Club de los Delgados —su logotipo: una serpiente mordiendo una manzana— que la llamó. A los pocos días recibió un paquete. Recuerdo que mis hermanos y yo nos reunimos en torno a ella mientras lo abría, expectantes ante el prodigio que por fin haría que mamá adelgazara. Cuando terminó de retirar el hule espuma que resguardaba el producto, extrajo, para nuestra decepción, un cerdo parecido al que meses atrás había vivido en los anaqueles del refrigerador. Sólo que éste era más grande y feo: dos colmillos le asomaban por el hocico. Más que un cerdo, parecía un jabalí. Mis hermanos y yo nos miramos, desconcertados.

Mamá suspiró, satisfecha. No sé si conocía detalles, o si sólo lo dijo para evitar críticas, pero alzó al cerdo y exclamó, casi con orgullo:

—Éste es diferente. Ya lo verán.

 

III

Antes de continuar debo explicar lo de la mortadela. Yo era el más pequeño de siete hermanos, y el consentido de mamá; el “benjamín”, como se decía entonces. Nací un mes antes de lo previsto, un tanto frágil, por lo que fui sobreprotegido por la familia, al grado de convertirme en un inútil para ciertas cosas. Solía estar muy flaco —uno de mis tantos apodos de la infancia fue “Huesos” —, y a mi madre le preocupaba de manera especial mi alimentación. Como buen niño consentido, me ponía mis moños. No me gustaba el jamón convencional; prefería la mortadela, que era más refinada y cara. Con tal de que comiera, mi madre comparaba un kilo todas las semanas sólo para mí; el resto de mis hermanos tenía prohibido tocarla. Eso desató una guerra psicológica con Luis, el más gandaya de la familia. Él esperaba cualquier descuido para probar mi manjar. Tal era la tensión que incluso yo contaba las rebanadas para tener el control. Por eso, cuando la mortadela desapareció del refrigerador, al primero que culpé fue a Luis. Mi hermano se defendió con una honestidad irrefutable: sólo se robaba un puñado, no el kilo completo.

Para nuestra sorpresa, mamá resolvió el problema con una frialdad poco usual en ella:

—No te preocupes, Berna. Mañana voy al súper y te compro más.

Las siguientes semanas continuaron ocurriendo cosas aún más extrañas: también desaparecieron del refrigerador los pasteles, los pays, las carnes frías. No me refiero a que alguien los retirara de los anaqueles. Los recipientes seguían allí, pero el contenido iba disminuyendo. Lo más inquietante era que en la comida no se veía el exacto corte de un cuchillo, la rebanada calculada para servirse en un plato. Los restos tenían otro tipo de huellas.

Eran mordidas.

 

IV

Cierta madrugada desperté de una pesadilla con hambre. Bajé en medio del silencio y la oscuridad hasta la cocina, y abrí el refrigerador. La luz me lastimó los ojos, pero alcancé a ver un movimiento dentro. Cuando mi vista se aclaró, descubrí el paquete de la mortadela abierto, casi vacío. La sangre se me heló; lo primero que pensé fue que una rata se había colado. Luego observé algo fuera de lugar que captó mi atención y me hizo olvidar al posible roedor: el cerdo-jabalí tenía una cosa que le colgaba del colmillo. Una cosa que lo delataba y explicaba los sucesos de los últimos días.

Un fragmento de mortadela.

Así es como funcionas, pensé. Te comes todo lo que puede tentar a mamá... Pero mamá nunca se comería mi mortadela. De la sorpresa pasé al enojo. Con mi manjar no te metes, pinche cerdito. Estiré la mano, dispuesto a cogerlo para deshacerme de él, pero se defendió. Lanzó una feroz dentellada, que mis buenos reflejos evitaron. Cerré la puerta de golpe, y subí las escaleras gritando, histérico.

Lo siguiente que recuerdo es que desperté en mi cama. Mi madre, sentada a mi lado, me ponía un trapo empapado en vinagre sobre la frente.

—Mamá —susurré—. El refrigerador…

—Tranquilo —respondió, con dulzura—. Tienes fiebre.

El olor del vinagre me espabiló.

—Un animal me atacó en el refrigerador. Quise incorporarme, pero ella me detuvo.

—Ay, hijito. Tú siempre tan fantasioso.

 

 

V

Estuve una semana en cama. Mantenerme lejos de la cocina no contribuyó a tranquilizarme. Sabía que la alimaña podía salir de su prisión y atacarme en mi cuarto. Por la noche cerraba la puerta con llave. Dormía inquieto. A petición de mamá, el doctor vino a verme. Elaboró una receta y habló con ella en la esquina del cuarto. Escuché palabras sueltas —“reposo”, “caldo de pollo”, “jarabe”— que interpreté como parte de una conspiración. Pasé los días viendo programas de cocina, en búsqueda de algo que sustituyera mi dependencia a la mortadela. Quise prolongar la convalecencia, pero el termómetro indicó que la fiebre había desaparecido. La escuela esperaba; no tuve más remedio que levantarme.

En el salón nadie creyó mi historia. En más de una ocasión me había tocado leer cuentos de mi autoría frente a la clase, así que todos pensaron que era mentira. Otro relato que inventaba para darme importancia. Ninguno de mis amigos había oído hablar jamás del Club de los Delgados. Nadie tenía en su refrigerador un cerdo que chillaba, y mucho menos que mordía. Si las mamás estaban gordas, y deseaban adelgazar, se les operaba. Se llama liposucción, dijo alguien. Intenté, muy tarde, cambiar de tema. Las burlas no se hicieron esperar.

“Escuincla” el cuentacuentos. El que vive en la Dimensión Desconocida. El que se la pasa garabateando en su cuaderno y no pone atención a la maestra.

Desde entonces aprendí que ciertas cosas es mejor pasarlas por ficción.

 

VI

Poco después mamá se deshizo del cerdo-jabalí. Dijo que tenía un “defecto”, que ya había un modelo nuevo, más avanzado, y que en los próximos días se lo traerían. Eso me puso aún más paranoico. Me rehusaba a creer que el episodio del refrigerador había sido una alucinación provocada por la fiebre. Permanecí atento, vigilante. La ventana de la cocina miraba a la calle, a la reja, justo donde estaba el buzón. Pasé largas tardes allí, sin contestar las llamadas de los amigos, dejando pasar mis programas favoritos en el televisor.

Hasta que llegó el mensajero. Lo primero que noté fue que era muy flaco. Portaba una cachucha con el logotipo del Club de los Delgados. Cuando introdujo el paquete en el buzón, le costó mucho trabajo hacerlo. En principio lo atribuí a su torpeza, pero luego me fijé bien.

Aullé.

Un grito triunfal. La satisfacción de quien sabe que ha ganado la partida.

Al mensajero le faltaba una mano. EP

 

 

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Bernardo Esquinca es escritor. Su publicación más reciente es la novela Inframundo.