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Carta el editor del presente

Alberto Paredes | 20.08.2018
Carta el editor del presente

Para Juan Carlos Cruz

 

Estimado amigo,

 

Cuando usted ha solicitado mi opinión sobre un par de originales, interrumpo el devaneo de mis lecturas presentes, pues ahora estoy tratando de abrirme camino entre las perfectas tramas de José Bianco, que se me aparecen como maquinarias ideadas para escamotear el sentido a los lectores descuidados. Busco claves ayudándome de la luz de Lezama Lima; es decir: iluminar un acertijo con un misterio —que el rompecabezas humano sea una epifanía, diría Lezama—. Como si la respuesta a la Esfinge no radicara en la inteligencia humana sino en las llameantes preguntas que Jehová lanza a Job.

Es entonces que me pongo a cumplir con su gentil pedido y todo se me obnubila. Pero de otra manera. Me pierdo por desinterés en los escritos alrededor de dos autores recientes, polígrafos ambos (a la fecha receptores de becas, premios y traducciones). Me pregunto si esos estudiosos, apreciados colegas universitarios, han viajado al interior de las interrogantes en obras narrativas como las de Bianco, precisamente, pero también las de Ribeyro, Mujica Lainez o Sergio Ramírez, o contenidos en la poesía de Blanca Varela, Roberto Juarroz, Gonzalo Rojas, Jorge Eduardo Eielson. Cada que sacamos un libro del anaquel, nuestra lectura vuelve presente a esa obra, por primera o enésima vez, recuperándole toda su vitalidad y frescura. Al leer sólo hay primeras veces. Y cada lector tiene sus presentes. Comprendo la importancia esencial para nosotros los humanistas de atender el hoy. Sin embargo, hay caminos que nos motivan y otros que no nos llaman. Más vale aceptarlo.

De manera espontánea digo, por ejemplo, que los poetas mexicanos “recientes” cuya obra me atrae profundamente, en cada relectura, son Efraín Huerta y José Carlos Becerra, así como la noble rabia de Francisco Cervantes. Me cuesta trabajo encontrar fuerza expresiva y destreza verbal similares en los autores que son motivo de los dos originales colectivos que usted ha sometido a mi opinión. Debe ser que esos y otros escritores no se dirigen a mis misterios ni a mis iluminaciones.

Me pregunto, pues, si los estudiosos de estos dos autores actuales han percibido la extraordinaria e innovadora factura en los poetas mexicanos e hispanoamericanos que he mencionado, así como la penetración de su mirada sobre la condición humana. En cuanto a narradores, ya también he mencionado algunos nombres. Recuerdo al paso que en un periodo de mi vida entregué mi mejor esfuerzo a poetas contemporáneos, entonces jóvenes adultos de notoriedad en aumento, lo que resultó en el libro Una temporada de poesía: nueve poetas mexicanos recientes (1966-2000) (Conaculta, 2004). Me pregunto sin dolo, ¿en qué medida los colegas universitarios que vuelcan su atención sobre estos autores de hoy lo hacen particularmente porque hablan de asuntos urgentes del presente que nos asedia e interroga? Sólo por eso.

No, no estoy abogando por una literatura enrarecida y sofisticada, ni tampoco “pasadista”. Mi apetito es por obras cuya fuerza expresiva, como decía, se base en la propia conformación del texto; no creo que por el hecho de hablar del presente (o de hace diez años o del 68 o de la guerra de Troya o la de Siria o la de castas en Yucatán) las novelas, cuentos y poemas sean literariamente valiosos. Será bueno ilustrar esta reacción mía con unos tres nombres en los cuales percibo esa fuerza sustentada en la destreza en el oficio y arte de la escritura. Dos obras de ficción, por decirlo así, y una de documentación social. Eduardo Antonio Parra y Gonzalo Lizardo atesoran en sus ficciones narrativas bombas de tiempo que nos estallan entre las manos al abrir sus libros porque se alimentan de la violencia y descomposición social actuales. Sergio González Rodríguez: recuerdo el placer que nos causó a muchos amigos la aparición de Los bajos fondos: el antro, la bohemia y el café (1988), obra tan bien documentada como escrita y estructurada. Desde entonces México contó con un escritor pleno y capaz, dedicado de por vida a los asuntos críticos que deterioran el tejido social de nuestro país. Sergio: un trabajador y un artista tan meticuloso en sus investigaciones de campo como inspirado y talentoso.

Es así que pienso que no forzosamente es el asunto (“la asúntica”, como decía Alfonso Reyes no sin ironía) ni la pertenencia del autor o su obra a uno u otro tiempo o generación de la que somos parte o no, lo que hace que algo sea literatura, por usar el término convencional. (Menciono otras dos de mis admiraciones, quizá poco frecuentadas por una serie de mis colegas: ¿cómo logra Jorge Semprún articular tan bien la reflexión profunda con la documentación, más los recursos autobiográficos y de ficción, en una obra lúcida y trascendental a partir de la monstruosidad de los campos de concentración nazis? Lo mismo vale, por supuesto, para Primo Levi, judío que siendo químico se reveló como tan gran escritor, con una tersura de lenguaje y una llaneza de tono inimaginables para los asuntos que trata. Cuando los releo no sólo voy, naturalmente, en pos del testimonio de un sobreviviente de Buchenwald o Auschwitz, sino del poder que la literatura opone a esos endriagos.)

Pero hablando del presente, siempre la presencia del presente, quiero empezar a leer mi flamante ejemplar de Asli Erdoğan autora esencial de nuestro ahora, a quien sospecho poco atendida por los lectores y escritores hispanoamericanos). Abro la muy reciente versión al inglés de The Stone Building and Other Places y, de inmediato, el primer cuento, “The Morning Visitor”, evidencia el enorme olfato y pulso literarios de esta científica nuclear y activista social convertida en narradora. Cuánta fuerza de imágenes, de metáforas narrativas, qué contundencia en los diálogos de sus personajes, en el agobiante paisaje atrás de la ventana. Qué inesperada combinación de lirismo, reflexión y narrativa.

Deseo, por ahora, volver al enigma de Bianco: concebir una trama sustentada en un personaje a quien aseguramos haber visto evolucionar y actuar a lo largo del relato, pero cuyo prolongado desenlace nos hace dudar de su existencia; quizá nunca existió… ¿qué colectividad ficticia es ésa en la que la columna vertebral es la evaporación del personaje en cuestión? Qué bulto bello, en efecto.

Estimado amigo, escribo esta reflexión como un azoro, sin más convicción que mi incertidumbre.

Suyo,

Alberto Paredes EP

 

 

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Alberto Paredes es profesor titular de la FFyL de la UNAM. Ha sido colaborador de la revista Este País desde 2008. Sus libros más recientes son Las voces del relato (Cátedra, 2015), Y todo es lengua (Siglo XXI, 2016) y Rubén Darío: retrato del poeta como joven cuentista (FCE, 2016).

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