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Manual para zurdos: (miscelánea)

Claudio Isaac | 20.06.2015

Obra plástica de Mari José Marín

 

Carta a Eufemio

Algunas de las vacas más sagradas del cine mexicano, como Alejandro Galindo y Gabriel Figueroa, instauraron y fortalecieron por décadas las normas de una política sindical que mantuvo las puertas de la industria cerradas a las nuevas generaciones. Durante los años en que estaba por colapsar esa cerrazón brutal comenzaron a darse casos en los que por indolencia benévola o llano espíritu negligente algunos técnicos —sobre todo fotógrafos, sonidistas, ambientadores y editores— permitían que fueran contratados jóvenes profesionales y que tomaran su lugar discretamente, encargándose de la labor en el rodaje o la posproducción. A los substitutos rara vez se les reconocía oficialmente y cuando sus trabajos merecieron premios estos fueron otorgados a aquellos miembros del sindicato que, encima de todo, por más que no hubieran hecho esfuerzo laboral alguno, nunca dejaron de ostentar el crédito en pantalla. Pero la experiencia les valía la pena y el claro beneficio que le representaban a las películas en que participaban debe haber sido ampliamente satisfactorio. Así ocurrió con el fotógrafo Ángel Goded, quien trabajó en películas donde el crédito lo llevaba el arcaico Daniel López. Algo parecido sucedía con Lucero Isaac, mi madre, antes de que en las producciones se abriera un rubro inexistente que se denominaría “dirección de arte”.

En el renglón de la edición, un personaje que llevó el crédito en películas notables como El castillo de la pureza, de Arturo Ripstein, fue Eufemio Rivera. Quien realizaba la tarea de montaje era en realidad el talentoso y sensible Rafael Castanedo, cuyas aportaciones a esa época cinematográfica son trascendentes. Se podría considerar que Eufemio Rivera fue el prototipo del técnico sindicalizado que recibía su sueldo y su crédito mientras se hacía de la vista gorda y dejaba trabajar al otro. Decir que él fue el editor de algunas películas sería un eufemismo. Así, ese periodo entre los años setenta y ochenta podría llevar sonoridades del nombre Eufemio Rivera: la era del eufemismo.

 

A la raíz

Hacia 1857, tras dejar el puesto como secretario personal de Maximiliano de Habsburgo, Franz Xaver von Schönwerth se dedicó de lleno a lo que había sido por décadas su pasión central: llevar registro de la tradición oral de la región bávara, catalogando costumbres, leyendas y cuentos populares. Una fracción de sus hallazgos la publicó en 1859, pero fue hasta el reciente 2009 que la investigadora Erika Eichenseer descubrió en el archivo municipal de Regensburg, en el corazón de Baviera, una colección acopiada por Schönwerth de quinientos cuentos de hadas hasta entonces desconocidos.

Este mismo año Penguin Classics publica en inglés una selección de setenta de estos cuentos sorprendentes por la contundencia de su calidad directa y concisa. En su falta de retórica y su naturalidad brutal encontramos una especie de antecedente basto de los Grimm, Perrault y Andersen y, desde luego, una antípoda del pulimento extremo y artificial de Disney y sus herederos. Esta diferencia extrema nos hace pensar en cómo nuestra sociedad actual tiende a limar lo áspero, suavizar los tonos originales y en cualquier ámbito presentar las cosas procesadas, evitándonos la digestión individual de la materia.

Por alguna razón, no sé si del todo caprichosa, estas deliberaciones me llevan a ciertas palabras del deslumbrante arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa, cuya agudeza particular lo suele conducir de lo tocante a su oficio a cuestiones profundas de la civilización humana en general: “Nuestro estilo de vida es obsesivo y superficial. El confort es una noción cuestionable porque elimina la fricción. El sentido de las cosas, su significado, se encuentra siempre en la discordia y la fricción. El confort extremo es tedioso, [...] una fuente de aburrimiento”.

Por supuesto, Pallasmaa nos remite a su vez a las ideas tramadas por Heráclito sobre la tensión de los opuestos, de la que nace la armonía. En la tendencia a ahorrarnos el roce y las peripecias del trayecto, acercándonos a los resultados sin haber transitado por el desarrollo, se nos priva de una parte esencial de la experiencia cognitiva y se nos despoja de un método para llegar a ella. Así, leer estos relatos “recién descubiertos” como La princesa Nabo o El señor Viento y su Esposa representa la valiosa oportunidad de un viaje a la raíz, a la vitalidad de lo rústico, a la sabiduría ancestral sin tamiz y sin ornamento.

 

Bajo el signo del apuro

Escucho la radio en el auto. Me posee una prisa sin causa. De pronto me sorprende una música coral que, aunque posee un evidente sello barroco, se antojaría como himno que condensara el espíritu de nuestro tiempo. Llego a mi destino y aún no concluye la pieza. Me quedo dentro del auto estacionado hasta que termina y la locutora precisa que lo que se acaba de presentar es un motete de Johann Michael Bach, primo del ilustre y bienamado Johann Sebastian. Pero, ¿por qué esta música —aun sin entender el alemán— parece decirme algo que resumiría la vida en mis días? Seguidamente, la locutora anuncia el título de la obra: “Aguarda, ¿cuál es tu apuro?”.

 

Saludable, urgente

Queda claro que en Occidente —más allá del slow food, el sexo tántrico y modas afines— ya existe una corriente de conciencia que alerta de los peligros del apuro. Por su lado, el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han alude al personaje funcional del mundo moderno, que llama sujeto de rendimiento, y llega a la imagen de que este hombre que se cree en plena libertad se halla tan encadenado como Prometeo.

Por su lado, el antropólogo nacido en Antibes, Pierre Sansot, publicó en el último año del milenio pasado Del buen uso de la lentitud, tratado donde plantea que la lentitud es “sinónimo de ternura, de respeto, de la gracia de la que los hombres y los elementos a veces son capaces”. Y subraya: “Entiéndase la lentitud [...] no como rasgo de carácter sino una elección vital: convendría no precipitar el tiempo ni dejarnos atropellar por él, una tarea saludable, urgente, en una sociedad que nos acucia, a menudo con nuestro consentimiento...”. La delicadeza de la prosa de Sansot redobla la elocuencia de su propuesta tan humanista, tan hermosamente sensata. Saludable, urgente: regresando a la figura de Prometeo, la advertencia queda mejor subrayada: si no reaccionamos el águila ha de devorarnos las entrañas.

 

Urgencia

En su nunca suficientemente ponderado El regreso de los dioses, Fernando Pessoa inventa a un Doctor António Mora para que firme el libro y delibere en terrenos de teología y religión. En un párrafo fechado en 1917 nos dice: “Todos los movimientos que, dentro de nuestra civilización, ha habido en el sentido del paganismo han pecado por su origen cristiano. Todos los pseudopaganos de nuestro tiempo no han conseguido un alma pagana antes de idear su paganismo. Es cristiano el sentimiento con que desean el paganismo”.

El modelo de reflexión sirve para analizar la situación de urgencia en nuestro momento histórico. Urge redefinir nuestro rumbo, como raza humana, junto con el del planeta y sus demás habitantes, pero el punto es no confundir la urgencia con la histeria o el fanatismo, no querer curar los males desde una perspectiva ya infectada de los mismos. Con prisa ciega. El tiempo apremia pero no es pretexto para los furores e intolerancias inquisitoriales que solo representan otra pérdida de rumbo.

 

El ciclista sin reposo

¿Por qué repercute de tal manera el caso del ciclista Lance Armstrong, quien por fin confiesa haber consumido drogas para incrementar su potencia en las carreras? Desde luego, el mundo detesta a un timador y más aún cuando este se encargó de seducirlo durante décadas. Pero si uno se pregunta por qué resulta tan significativo el ejemplo se percata de que el asunto va más allá del ídolo deportivo que nos tomó el pelo y resultó ser un tramposo entre tramposos. El ansia de excelencia y encumbramiento, la exacerbada avaricia respecto al triunfo, los trofeos y las medallas, delatan a un individuo que es epítome de nuestra era, todos tenemos algo de sus rasgos más detestables: un hombre sin respiro, sin paciencia, incapaz de paladear el presente con sus posibles reposos y goces consecuentes.

Vuelvo a Pierre Sansot: “La consigna más alto, más rápido, más lejos ha rebasado el marco de los juegos olímpicos. Inspira nuestras políticas culturales, cuando la cultura, ese arte de los rodeos, de la vacante, de las palabras y de los pasos perdidos, habría debido ser, si nos atenemos a un lema: menos alto, menos rápido, menos lejos.

 

Frase del mes

“Paciencia es todo.”

Rainer Maria Rilke

 

Además, furiosos

En su lúcido y no por ello menos inquietante ensayo Un terrible amor por la guerra, el psicólogo junguiano James Hillman recuerda haber escuchado a Aldous Huxley declarar que el hombre moderno no ha logrado sumar más que un pecado capital a la consabida lista de siete: la premura.

Haciendo un análisis de lo que solían ser los ídolos cinematográficos de Hollywood, desde Gary Cooper y John Wayne hasta Clint Eastwood y Sylvester Stallone, Hillman relaciona sus presencias a “un estilo lacónico y pausado, proveniente de los cuáqueros, metodistas y calvinistas, que pensaban a largo plazo”. Y agrega: “[...] Hasta que también el héroe se vio obligado a ponerse al día, con todos esos veloces automóviles y brillantes explosiones que tiene que enfrentar”. Se entiende que el sardónico pensador de Nueva Jersey está considerando una tendencia general de la industria fílmica, pero sin proponérselo prefigura esa abominable serie que compendia todo la triste afición por pisar el acelerador: Rápidos y furiosos, de la número uno a la siete.

Byung-Chul Han vaticina: “El comienzo del siglo XXI, desde un punto de vista patológico, no será ni bacterial ni viral, sino neuronal”.

No es fortuito que esta saga haya recaudado billones de dólares en taquilla. Rápidos, los productores preparan la edición número ocho y seguramente siguen furiosos. ~

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Escritor, artista plástico y cineasta, CLAUDIO ISAAC (1957) es autor de Alma húmeda; Otro enero; Luis Buñuel: A mediodía; Cenizas de mi padre, y Regreso al sueño. Su novela más reciente se titula El tercer deseo (Juan Pablos Editor, 2012).

 

 

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