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#Norteando: Intervención final

Patrick Corcoran | 13.08.2018
#Norteando: Intervención final

Durante los últimos meses, una mayoría de estadounidenses han llegado a creer lo que hace cuatro años hubiera parecido como la peor farsa de Hollywood: Que el presidente ruso Vladimir Putin tiene conocimiento de algún dato incriminador sobre Donald Trump, que el ruso colaboró con la campaña de Trump para aprovechar de los frutos del espionaje ruso contra Hillary Clinton, y que Trump maneja su administración con tal de satisfacer los deseos de su chantajista.

 

Por lo pronto, las evidencias públicas no comprueban conclusivamente lo de arriba, pero entre más avance la investigación especial bajo el cargo del fiscal especial Robert Mueller, más grave se pinta para la Casa Blanca. Una de las cuantiosas excusas que han salido de los aliados de Trump es que sí, igual y Putin intervino para ayudar a Trump, pero ¿qué tiene? Finalmente, así se llevan los países. En las palabras del senador republicano Rand Paul, “Todos lo hacemos.”

 

He ahí un punto que merece más consideración. Los motivos de Paul son transparentes y execrables, pero tiene razón que hay cierta hipocresía cuando los estadounidenses se quejan de intervenciones extranjeras en su proceso democrático. Una gran parte de su política extranjera durante la Guerra Fría dependía de patrocinar golpes contra sus adversarios. A sangre fría, los gobiernos de Eisenhower, Kennedy, y Nixon ayudaron a derribar a Jacobo Árbenz, Mohammad Mosaddeq, Ngo Dinh Diem, Rafael Trujillo, y Salvador Allende, entre otros. Muchos de éstos políticamente desafortunados acabaron asesinados gracias al golpe de estado.

 

Sus actividades no fueron limitas a los golpes; en reiteradas ocasiones, el gobierno estadounidense intervino en elecciones extranjeras para asegurar el triunfo de un aliado, como el italiano Alcide De Gasperi en 1948 o el filipino Ramón Magsaysay en 1953.

 

En vista de una historia así, ¿con que derecho se indignan los estadounidenses?

 

Esta pregunta, y más aún el gambito del Kremlin que la provocó, presenta una buena oportunidad de reflexionar sobre estos antepasados oscuros y las normas que se deben promover para del mundo actual.

 

Cabe destacar que la serie de golpes que la CIA promovió es correctamente visto como una catástrofe moral y un error estratégico, ya que hizo mucho para envenenar las relaciones entre EU y los países de América Latina y Asia. Hoy en día, la influencia de EU en las elecciones extranjeras se manifiesta principalmente a través de organizaciones que promuevan la democracia, como el International Republic Institute y la National Endowment for Democracy (NED), y a través de la contratación de consultantes políticos gabachos por campañas extranjeras.

 

Algunos dirían que no hay mucha diferencia entre la intervención de Putin en 2016 y las actividades de la NED en Europa Oriental, pero tal argumento es absurdo. Rusia utilizó operaciones criminales—el robo de correos electrónicos, la infiltración de espías a organizaciones conservadoras, y quizá las donaciones ilegales a la campaña de Trump—para ayudar a su candidato preferido. La misión de la NED puede caer mal a un líder con rasgos autoritarios, pero la gran mayoría de sus programas promueven valores universales, y cumplen con las leyes relevantes de los países donde operan.

 

En todo caso, lo que sí es cierto es que por primera vez, el papel típico del gobierno estadounidense se ha volteado: La ciudadanía está aprendiendo cómo se siente ver su voluntad democrática manipulada por un poder externo. La memoria de esta sensación desagradable—tanto la inmoralidad de la intervención como su miopía, ya que las relaciones ruso-estadounidenses serán mucho peores a largo plazo—debería convertirse en una fundación de la política extranjera del país para el futuro.

 

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