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#Adelantos: No tendrás rostroCountenance

Editorial Argonáutica / Universidad Metropolitana de Monterrey 

David Miklos / Traducción de Tanya Huntington  | 05.09.2018
#Adelantos: No tendrás rostro / Countenance
En #ADELANTOS les traemos fragmentos de novedades editoriales. Hoy es el turno de la novela No tendrás rostro de David Miklos, traducida por Tanya Huntington y publicada por Editorial Argonáutica, cuyas ediciones bilingües abordan el fenómeno de la traducción como arte y como intercambio cultural. Este libro se realizó en coedición con la Universidad Metropolitana de Monterrey.  

 

 

Uno

 

 

 

Según los cálculos de Blumenthal, cada año el mar se aleja de nuestra playa un metro y tres cuartos.

¿Qué es eso de un metro y tres cuartos?, pregunta la Rusa. Tú del sistema métrico decimal no entiendes nada, Blumenthal.

Eso, insiste él. Un metro y tres cuartos de metro, multiplicados por... ¿Cuántos años llevamos ya aquí, Fino?

Cuento con los dedos hasta llegar a veintidós, aunque la pregunta es redundante. Blumenthal comienza a tararear la misma melodía de siempre. La Rusa y yo nos abrazamos.

Sabemos bien, nosotros tres, cuánto tiempo hemos pasado aquí. Nadie hace la multiplicación y todos llevamos la mirada al horizonte, cada año más lejano.

Luego, como si un evento guardara relación con el otro, vemos de reojo la cabaña del Suicida y dejamos que la noche caiga sin decir palabra.

 

Hoy comienzan los días largos, dice la Rusa y me despierta.

Llevo la mano a su lado de la cama y repaso la sima aún tibia de su ausencia, siento un respingo en la punta del pene, mis testículos se agazapan.

La Rusa mira por la ventana, su cuerpo cubierto por un camisón de tela gastada y traslúcida, hecho del mismo material que las cortinas corridas y amarradas por un mecate, señal inequívoca de

que el día ha comenzado. El primer día largo del año.

Ya deja de mirarme el culo y levántate, Fino, dice la Rusa y repasa con los dedos el horizonte vertical que separa sus nalgas, conocedora del terco derrotero de mi deseo y mi fascinación por sus generosas formas.

Más tarde, si quieres, me dice. Ahora no. Hoy comienzan los días largos y hay que desempolvar y limpiar y orear la cabaña del Suicida, es todo lo que este momento me deja para pensar.

 

Blumenthal, escoba en mano, nos espera en el porche de la cabaña.

Ya barrí la arena de aquí afuera, nos dice. Pero no encuentro la llave.

La Rusa se deshace del cordel que rodea su cuello y la llave deja su reposo, liberada del nicho entre sus pechos.

Soy yo el que hace girar la cerradura y luego el pomo. Es la Rusa la que empuja la puerta con la cadera y la abre. Blumenthal es el primero en trasponer el umbral y respirar el aire encerrado de la cabaña abandonada del Suicida, su hermano.

Una vez que estamos los tres adentro, miramos las ventanas clausuradas y los muebles cubiertos por sábanas blancas, la tela idéntica a la de las cortinas, hecha con el mismo material del camisón raído de la Rusa.

Blumenthal deja de tararear la melodía de siempre y suelta la misma pregunta que cada año.

¿Hay alguien en casa?

Nadie, ni siquiera el viento, le responde a Blumenthal, como sucede año con año desde hace veintidós.

El ritual se repite pasado el amanecer del primero de los días largos.

 

La Rusa nos trae una jícara rellena de vino de tubérculos y la coloca al centro de la cabaña del Suicida. Blumenthal toma tres vasos del trinchador y los desempolva. Yo sirvo el líquido espeso y fresco, alzo un vaso y espero a que ellos hagan lo mismo.

Después del brindis, la Rusa clausura la ventana que da a la playa y al mar, cada año un metro y tres cuartos más lejano.

Blumenthal y yo miramos cómo la luz desaparece del muro que el Suicida cubrió de hexagramas y anotaciones en un idioma indescifrable: la lengua con la que comenzó a hablarnos durante sus últimos momentos, hoy, hace veintidós años y tres meses y once días.

 

La Rusa, borracha, patea el tronco de una palmera.

Dame cocos, le exige al árbol.

Blumenthal ríe.

Déjame que yo lo hago, le digo a la Rusa y zarandeo el tronco, me abrazo a la corteza, lo pateo igual.

Caen tres cocos y forman tres pequeños cráteres sobre la arena.

Uno, dos, tres, cuenta la Rusa.

Como los hijos del Suicida, dice Blumenthal.

Y ninguno de nosotros, tres también, sabe cómo interpretar dicha señal, la profecía anual del cocotero.

 

La Rusa abre las piernas, alza y deja caer el machete sobre el coco, puesto sobre un trozo de tronco empotrado en la arena, lo parte en dos mitades idénticas.

Blumenthal coloca otro coco sobre el tronco mutilado. La Rusa me entrega el machete. Abro las piernas, alzo y dejo caer la falsa guillotina sobre el coco, lo parto en dos mitades idénticas.

Le entrego el machete a Blumenthal. Pero Blumenthal niega con la cabeza.

No hace falta, nos dice. Nos bastamos con tres mitades.

Y con una cuarta para el Suicida, pienso yo, pero callo.

La Rusa trae una nueva jícara y vierte el líquido blancuzco en las cuencas de los cocos partidos, aun en la del Suicida, como si me hubiera leído la mente.

La mezcla de agua de coco y vino de tubérculos sabe bien. Nos emborrachamos aún más.

 

Sin darse la vuelta, Blumenthal se aleja, alza la mano, dice buenas noches y se enreda en la hamaca que cuelga sobre el porche de su cabaña.

La Rusa está sentada sobre mis piernas. Devuelvo el cordel a su cuello, la llave en su nicho de carne. Allí la beso.

La Rusa gira hasta quedar frente a mí, se pega contra mi torso, me coge las manos y las lleva a su trasero.

Ahora sí, Fino, me dice. Hazme.

Mi pene se despereza y, sin mayor preámbulo corro el calzón de la Rusa y entro en ella, clavo la cara entre sus pechos, muerdo la llave.

 

Y la hago.

La hago larga, morosamente, a la Rusa.

Hasta el alba.

 

 

 

_________________ 

 

One

 

 

 

According to Blumenthal’s calculations, every year the ocean recedes one and three-quarter meters from our shore.

What’s all this about a meter and three quarters? the Russian asks. You know nothing of the decimal metric system, Blumenthal.

Just that, he insists. One meter plus three quarters of a meter, multiplied by… how many years have we been here now, Fino?

I count on my fingers until I reach twenty-two, even though the question is rhetorical. Blumenthal starts humming the same tune as always. The Russian and I embrace.

We are well aware, we three, of how much time we have spent here. No one does the math. We shift our gaze to the horizon, more distant each year.

Then, as if one event were related to the next, we watch the Suicide’s cabin out of the corners of our eyes and let night fall without another word.

 

The long days start today, the Russian says, waking me up.

I move my hand to her side of the bed and explore the chasm of her absence, still warm. I feel a twinge at the tip of my penis, my testicles shrink.

The Russian looks out of the window, her body covered by the worn, translucent fabric of a nightgown made from the same material as the curtains tied back with twine, an unequivocal sign

that the day has begun. The first long day of the year.

Stop looking at my ass and get up already, Fino, the Russian says, exploring with her fingers the vertical horizon that separates her buttocks, familiar with the tenacious objective of my desire and my fascination with her generous forms.

Later on, if you want, she says. Not today. Today, the long days begin, and I have to dust and clean and air out the Suicide’s cabin. That is all I can think about for the time being.

 

Blumenthal, broom in hand, awaits us on the porch of the cabin.

I’ve already swept off the sand, he says. But I can’t find the key.

The Russian undoes the cord that circles her neck, and the key abandons its shelter, freed from the niche between her breasts.

I am the one who turns the lock, then the handle. The Russian is the one who pushes the door open. Blumenthal is the first to cross the threshold and breathe in the stale air of the abandoned cabin of his brother, the Suicide.

Once the three of us are inside, we take in the boarded-up windows and the furniture covered with white sheets, their fabric identical to that of the curtains, cut from the same cloth as the Russian’s threadbare nightgown.

Blumenthal stops humming the same familiar tune and calls out the same question as every other year.

Is anybody home?

No one, not even the wind, answers Blumenthal. The same story, over and over, for the past twenty-two years.

A ritual that repeats itself just after dawn on the first long day.

 

The Russian brings us a gourd filled with tuber wine and sets it down in the middle of the Suicide’s cabin. Blumenthal takes three glasses out of the china cabinet and dusts them off. I serve the thick, fresh liquid, raise a glass, and wait for them to do the same.

After our toast, the Russian boards up the window that looks out onto the beach and the sea, a meter and three quarters more distant each year.

Blumenthal and I watch the light disappear from the wall that the Suicide covered with hexagrams and annotations made in an indecipherable idiom: The language with which he began to address us during his final moments today, twenty-two years, three months, and eleven days ago.

 

The Russian, inebriated, kicks the trunk of a palm tree.

Give me coconuts! She demands of the tree.

Blumenthal laughs.

Let me try, I tell the Russian. I shake the trunk. Embrace its bark. Kick it, too.

Three coconuts fall, forming three small craters in the sand. One, two, three, the Russian counts.

Like the Suicide’s children, Blumenthal says.

And none of our trio knows how to interpret that sign. The annual prophecy of the palm tree.

 

The Russian spreads her legs, raises the machete, then lets it fall onto the coconut resting on a section of trunk stuck in the sand. She splits it into two identical halves.

Blumenthal sets another coconut on top of the mutilated trunk.

The Russian hands me the machete. I spread my legs, lift the false guillotine over the coconut, let it drop. Split it into two identical halves.

I hand the machete over to Blumenthal, but he shakes his head.

There’s no need, he says. Three’s enough for us.

And a fourth for the Suicide, I think, but remain silent.

The Russian takes a fresh gourd and pours the whitish liquid into the hollows of the split coconuts, including the Suicide’s. As if she had read my mind.

The blend of coconut water and wine tastes good. We get even drunker.

His back turned, Blumenthal moves away. He raises his hand, says goodnight. Entwines himself in the hammock hanging on the porch of his cabin.

The Russian is sitting on my lap. I return the cord to her neck, the key to its niche of flesh. I kiss her there.

The Russian turns until she is facing me. She leans into my body. She grasps my hands and brings them to her rear.

Now, Fino, she says, do me.

My penis comes around and, without further ado, I push aside the Russian’s panties and enter her. I bury my face between her breasts, bite down on the key.

 

And I do her.

Slowly, morosely, I do the Russian.

Until dawn.