youtube pinterest twitter facebook

#Crónicas: Nicaragua o de la desilusión

Edgardo Bermejo Mora | 21.09.2018
#Crónicas: Nicaragua o de la desilusión
En #Crónicas recuperamos experiencias alteran nuestra percepción del tiempo y del espacio. En esta ocasión, tenemos un retrato de la Nicaragua ochentera por Edgardo Bermejo. ¿Cómo era ese país antes de su crisis reciente? 

1.

La Nicaragua de estos días se nos presenta como una metáfora previsible de ese callejón de los sueños rotos al que llamamos Revolución, y de esa otra frágil aspiración latinoamericana a la que llamamos Democracia. Su medio centenar de muertos, la represión selectiva, la entronización rancia de un tirano -poco menos que un caudillo- que ha llevado al extremo aquel famoso verso de José Emilio Pacheco sobre los antiguos camaradas que se reencuentran y que ya son todo aquello contra lo que lucharon a los veinte años, la resistencia libertaria de sus jóvenes, o la resistencia confesional y devota que también toma la calle. Nicaragua resume las más variadas formas del dolor y del malestar de la historia.

“Hoy el amanecer dejó de ser una tentación”, decía una estrofa del Himno Sandinista que se entonaba con esperanza fundacional en la década de los ochenta. Lo que en realidad ocurrió es que otro tipo de “tentación”, la del poder autoritario y omnímodo, sepultó en Nicaragua cualquier referencia a una nueva alborada para un país que no termina de construirse y ni siquiera de inventarse a sí mismo, a un año de que se cumplan 40 de la llegada de los sandinistas al poder, restando por supuesto los años en los que perdieron el poder.

Lo ocurrido en estas décadas en Nicaragua y su atribulado presente niegan de alguna manera la sentencia de Carlos Marx al inicio del 18 Brumario de Luis Bonaparte. La historia que se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como comedia, no cabe aquí.

En Nicaragua hablamos de una tragedia reciclada una y otra vez a lo largo de su historia, un pequeño país azotado por tiranos, camarillas rapaces, luchas fratricidas, voracidad variopinta de intereses extranjeros y un enquistado, casi irremediable, estado de subdesarrollo y precariedad institucional en todos los órdenes imaginables.

La tragedia y luego la tragedia. Y la comedia -si acaso la ha habido y los muertos no la niegan- es algo menos que eso: un sainete en tono de farsa, la opereta bufa de la retórica revolucionaria latinoamericana. La historia de Nicaragua o la crónica de un esperpento democrático.

Tres de sus libertadores-caudillos-tiranos resumen esta historia de prolongada y retorcida habitación en la casa presidencial, el general José Santos Zelaya se mantuvo 16 años en el poder, los Somoza -padre, hijo y nieto- gobernaron con mano durante 16, 7 y 10 años respectivamente, una dinastía que concluye en 1979 con el triunfo sandinista y el exilio del último Somoza como un cuadro pintoresco del paisaje político latinoamericano. En su haber, Daniel Ortega suma 21 años de mandato, lo que lo convierte en el más longevo en esta historia de ruindades políticas.

“¿En qué momento se jodió el Perú?” pregunta Zavalita en el arranque memorable arranqué de Conversación en la Catedral de Mario Vargas Llosa. ¿Y en qué momento se jodió Nicaragua? No lo sabemos. Probablemente en algún punto en el que se entrecruzan siglos de colonialismo e intervenciones extranjeras, retraso económico y social de larga data, y un largo etcétera de enfermedades que corren por la sangre de su ethos nacional.

Cito a Vargas Llosa porque precisamente me parece que ni aun acudiendo al expediente de la novela latinoamericana y sus geografías de la tiranía podremos dar con la clave de esta deformación. Ni el Yo el Supremo de Roa Bastos; ni El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias; ni El Otoño del Patriarca de García Márquez; o el Trujillo infame de La Fiesta del Chivo de Vargas Llosa, y ni siquiera el Mariscal Manuel Belaunzarán de Maten al León de Ibargüengoitia, nos ayudan a esbozar la caricatura de tirano en el que se convirtió Daniel Ortega. No hay novela que lo admita.

Sergio Ramírez, primer vicepresidente del gobierno sandinista, es el único que se ha permitido la tarea de leer esta derrota generacional en clave literaria. Es su libro Adiós Muchachos (1999) una lectura del desencanto desgarradora y contundente, con la fuerza y el peso moral que en su momento tuvo el Regreso de la URSS de André Guide. Si hay acaso un personaje con el que habría que comparar y medir al general Ortega es con Napoleón, el cerdo tirano de la Rebelión en la Granja de George Orwell, y no es descartable que sus días terminen en ese rincón sombrío donde fue a parar Nicolae Ceausescu, el tirano rumano.

Es probable que Ortega caiga pronto, pero que nadie vea en tal desenlace un nuevo amanecer como se quiso imaginar el 19 de julio de 1979. El daño es mayor y la salida del laberinto se antoja improbable.

 

2.

En 1985, cinco años después del triunfo sandinista, en la frontera con Honduras los ataques de los grupos paramilitares entrenados y financiados por Estados Unidos vivían uno de sus momentos más cruentos. Los contrarrevolucionarios tenían una capacidad de artillería muy poderosa y sin embargo no lograban cruzar la frontera de Nicaragua a la que se habían movilizado miles de jóvenes combatientes del ejército Sandinista en uno de los últimos episodios bélicos de la Guerra Fría. Alguna incursiones de los contras lograban penetrar varios kilómetros en suelo nicaragüense, pero pronto debían replegarse ante el contrataque del ejército sandinista, a su vez entrenado por los cubanos y con armamento soviético a su disposición.

La precaria economía agrícola de Nicaragua tenía en las plantaciones de algodón y de café una de sus pocas fuentes de ingresos de divisas extranjeras, y para ayudar en la cosecha de ambos productos se organizaron decenas de brigadas internacionales en su mayor parte europeas, con el propósito de sustituir a los campesinos y a los jóvenes nicaragüenses movilizados por la guerra.

Una de aquellas brigadas, en este caso para el corte del algodón en una hacienda de la provincia de Chinandega, se organizó desde México bajo los auspicios del Comité Manos Fuera de Nicaragua (Mafuenic), una organización ciudadana que retomaba su nombre del Comité original formado a finales de los años veinte por un grupo de comunistas mexicanos para respaldar al ejército de Augusto César Sandino en su lucha contra la ocupación militar de los Estados Unidos.

La conformaron un grupo de jóvenes de diversas organizaciones políticas de la izquierda mexicana de entonces. El PSUM, el PPS, la Corriente Socialista, y la Unidad de Izquierda Comunista. Le llamamos Brigada Juvenil Benito Juárez, y formé parte ella. Tenía entonces 17 años de edad, yo era el único representante del Mafuenic en aquel grupo.

Organizamos conciertos, bazares y rifas para reunir el dinero del viaje. Lo que no logré reunir lo cubrieron, temerosos pero solidarios, mis padres. Tuve también que obtener un permiso especial de la Secretaria de la Defensa Nacional para salir del país, toda vez que a los 17 años, y a pesar de haber sido exento por sorteo del servicio militar obligatorio, era requisito contar con aquel papel anexado a mi precartilla al llegar al mostrador del aeropuerto.

Cuando aterrizamos en Managua, una mañana con sol a plomo del mes de mayo, nos trasladaron enseguida en una vieja furgoneta hasta aquella hacienda algodonera recién expropiada, cerca del poblado de El Viejo, a unas cuatro horas por tierra desde la capital.

Hicimos el recorrido sin parpadear, por una carretera estrecha y en mal estado, con la sorpresa y el júbilo febril de sabernos en territorio liberado. Banderas rojinegras sandinistas por todos lados. Puestos de naranjas, de cañas y de café a la orilla de una carreta salpicada de baches y largos trechos sin asfalto. Niños rumbo a la escuela con la pañoleta roja atada al cuello, carromatos militares copados con jóvenes en uniforme verde olivo que eran trasladados a la línea de combate. Murales y pintadas con consignas revolucionarias que repetían aquella frase acuñada en la Guerra Civil española de la que nos sentíamos herederos: ¡No pasarán!

El comisario de la hacienda, un mulato enorme de uniforme militar y fusil al hombro, ya nos estaba esperando. Nos dio la bienvenida y las instrucciones para las próxima semanas de trabajo.

Un amplio jacal de madera y techo de lámina de asbesto, que poco antes fue la oficina administrativa de la hacienda expropiada, sirvió de dormitorio para los brigadistas. Ahí se improvisaron literas muy rústicas que sustituían a los colchones con un atado de mecates cruzando a cada extremo de la estructura de madera, que picaban y raspaban como lija cuando había que dormir sobre ellos con el único confort de la bolsa de dormir que cada uno de nosotros llevaba desde México.

Nadie nos advirtió de las ratas, y por eso la primera noche nos dio igual dormir en la parte baja o alta de las literas. Ocurre que quienes elegimos dormir en la parte alta, con la cara ya muy cerca de techo, reconocimos muy pronto el chillido de las ratas y sus patitas inquietas corriendo casi encima de nosotros. Ratas de campo enormes, negras, bien alimentadas, que había que espantar con ruido y con la luz de una linterna si a alguien se le ocurría salir por la noche a la letrina. A partir de esa noche la rifa para saber quien ocuparía la parte alta de las literas se convirtió en una disputa constante.

Comenzó entonces nuestra rutina campesina. A las 5 de la mañana, antes del amanecer, el comisario nos despertaba y todos juntos -brigadistas, mujeres, algunos ancianos y unos cuantos hombres, trepábamos a una suerte de jaula atada a un tractor que nos llevada 3 o 4 kilómetros hasta el lugar elegido para la pizca del algodón. Desayunábamos de pie un café y yucas fritas, a veces algo de pan.

Había que llevar botas, pantalones vaqueros y camisa de manga larga para soportar mejor los arañazos en los corredores estrechos de la plantación de algodón saturada de espinas. Las manos era imposible ponerlas a resguardo y al final de la jornada terminaban todas rayadas y adoloridas. Había que sujetarse un costal al cinto e irlo llenando poco a poco con los brotes de algodón hasta llenar y retacar con el auxilio de las botas cada saco de algodón, regresar al punto de arranque para pesarlo y entregarlo. Las mejores horas eran muy temprano por la mañana, ya con el sol encima la tarea era aún más pesada y asfixiante. De un lado el saco que se iba llenando, del otro una cantimplora que se iba vaciando y había que rellenar al momento de regresar con la carga.

Parábamos un hora al mediodía para almorzar un solo plato de arroz con frijoles, y a veces algo de carne, un huevo duro o papas cocidas, y de vuelta a la pizca hasta entrada la tarde. De regreso a la hacienda nos bañábamos por turnos a la orilla de un pozo, cenábamos algo muy parecido al almuerzo, y destinábamos las últimas horas con luz para alfabetizar a un grupo de señoras de la hacienda. Y así día tras día por espacio de varias semanas.

Una parte del grupo, que venían de Sinaloa y eran más radicales que el resto, contravino las reglas que pactamos desde México, aceptaron la invitación de los milicianos que cuidaban la hacienda para recibir prácticas de tiro algunas tardes al final de la jornada. Esto provocó tensiones y hubo que reportar la falta con los directivos de la Juventud Sandinista en Managua a cargo de nuestra estancia. Yo mismo fui en caballo de la Hacienda a El Viejo para mandar la información en la única vez en la vida que he usado un telegrama y que he montado para transportarme. Fuera de aquel incidente el resto de la convivencia transcurrió sin mayores tribulaciones.

A mediados de julio, poco antes de terminar nuestra encomienda, nos llevaron a Managua para asistir a la conmemoración del sexto aniversario de la Revolución en la plaza principal de la ciudad. Decenas de miles acudieron a la celebración. La ciudad seguía en ruinas, aún quedaban en pie edificios inservibles desde el terremoto del 72. Las ruinas de un lado, la esperanza de la reconstrucción del otro.

Ahí, muy lejos de mí, escuché atento el discurso del orador principal: el presidente Daniel Ortega. A su lado Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal, y los comandantes sandinistas. Aquí detengo el relato. La conclusión es por demás previsible: 33 años después de aquel momento Daniel Ortega representa todo aquello contra lo que luchó. Todo el desencanto de mi juventud apenas cabe en estas líneas.

3.

            En aquellos años de iniciación política alrededor de la revolución sandinista y la solidaridad, el relato biográfico del comandante Omar Cabezas, La montaña es algo más que una inmensa estepa verde, apareció como una lectura obligada y una fuente poderosa de inspiración militante.

            El libro había ganado en 1982 el premio Casa de las Américas de los cubanos en la rama de Testimonio, y a México llegó vía una edición austera y atractiva de la editorial Siglo XXI en 1984. Tejido como una narración oral para la que Omar Cabezas encontró a una grabadora como su amanuense, se trataba de un recuento de sacrificios, hazañas y epopeyas guerrillera del sandinismo en un tiempo donde aún creíamos en la vía armada como la respuesta necesaria a las demandas de justicia y cambio radical en nuestros países latinoamericanos.

            Julio Cortazar apreciaba aquel volumen, escrito con no poco humor y mucha menos ampulosidad que los diarios del Che. Fernando del Paso también simpatizó con la obra y en 1983 publicó en la revista Proceso una entrevista con Omar Cabezas, entonces un joven de poco más de 30 años, realizada en La Habana.

“¿Mataste a alguien o a muchos?” Le preguntó Del paso en aquella entrevista. “Si, a bastantes -le respondió Cabezas- para engendrar vida. Durante la guerra, además, ajusticié a algunos. Uno que había dado muerte a 40 campesinos, otro que había quemado niños (…) Yo mataba por una necesidad de liberación”.

            La retórica de la muerte a flor de piel, la “secuencia morir-matar-morir”, como le llamó Monsiváis en su crítica a la izquierda revolucionaria latinoamericana. Me parece ahora difícil de creer lo mucho que nos habíamos acostumbrado a desgranar como propio el discurso de la legítima violencia: matar para engendrar vida.

            30 años después aún recuerdo pasajes impresionantes del relato, como aquel en el que Cabezas   cuenta a la grabadora cuando debió avanzar en cuclillas toda una noche, retirando del suelo con el mayor de los sigilos cada hoja seca y cada pequeña rama que se atravesaba en el camino antes de dar cada paso, con el propósito de no hacer el menor ruido y no delatarse ante la tropa enemiga a la que habrían de atacar al amanecer. O bien aquel otro en la que describe cómo en el hambre y la desesperación debieron cazar, cocinar y devorar a un mono en medio de la selva. Lloraban mientras se lo comían.

            El libro pasó de mano en mano con la fuerza y la influencia de una revelación. Una verdadera lectura de culto. Su autor detentaba por lo tanto una admiración y una autoridad moral e intelectual sobre mis contemporáneos y mis colegas de la causa sandinista casi conmovedora. Omar Cabezas nos parecía una suerte de Che Guevara centroamericano. No tan teórico, ni tan místico, ni tan mesiánico, y menos guapo, pero no menos efectivo en su manera de dibujar lo que nos parecía el ideal del “hombre nuevo”.

            Omar Cabezas afirma en su libro: “Empieza a nacer el nuevo hombre que se va apropiando de una serie de valores , los va encontrando y los va cuidando y los va mimando los va cultivando en su interior, por que uno siempre cultiva esa ternura en la montaña” (p. 107).

            Ocurre que la manera en que el Comandante Omar Cabezas entendía las necesidades y la “ternura” propias del hombre nuevo, impactó directamente en mi gradual desencanto, primero, y mi total rompimiento, después, con la revolución sandinista a la que él representaba.

            Debió ser en algún momento de 1986 cuando Omar Cabezas realizó una visita de trabajo a México en su calidad de funcionario del Ministerio del interior del gobierno Sandinista. A algunos de los chicos que formábamos parte de la Comisión Juvenil del Comité Manos Fuera de Nicaragua, que ya mencioné en la entrega anterior, se nos pidió apoyar al comandante de distintas maneras durante su visita. A todos nos parecía un honor poderle ayudar en lo que fuera y el sólo hecho de conocerlo en persona detonaba nuestro más primario entusiasmo.

            A decir verdad a mi no me entusiasmaba menos conocerle que el hecho de que para la tarea encomendada -que consistió en acompañarlo a una reunión con el departamento internacional del PSUM en la Colonia Roma- me habría de acompañar a su vez la compañera de mi edad -18 años, 19 tal vez- por la que yo sentía un silenciosa, muda, virginal y adolescente atracción. Ella encarnaba mis fantasías juveniles con la misma intensidad con la que el comandante Cabezas encabezaba mis fantasías revolucionarias.

Recuerdo que era un día entre semana y al día siguiente tenia clases. La misión terminó cuando alrededor de las ocho de la noche regresamos en taxi a su hotel en la calle de Hamburgo de la Zona Rosa. Por alguna razón el transporte que debía proveerle la embajada de Nicaragua se había cancelado. De modo que llegamos los tres al lobby del hotel y ahí el camarada Cabezas muy amablemente nos invitó una cerveza.

No pasó mucho tiempo antes de darme cuenta que el comandante no le quitaba la vista de encima a mi compañera, y que era a ella a quien dirigía la conversación y sus mejores afanes por ser simpático y encantador. Apuró la cerveza y pasó a lo propio: le ofreció a la chica subir a su habitación, donde le prometió enseñarle una fotos y unos libros. No era necesario mayor justificación. La estaba seduciendo y yo estorbaba en la escena.

Me di cuenta entonces que ella también le coqueteaba, y que la referencia a las fotos y a los libros y a continuar la conversación -sin mí, claro- en la habitación del hotel, era un eufemismo de manual. Se pusieron de pie, se despidieron de mí, y los vi enfilarse con rumbo al elevador: el hombre nuevo y la joven revolucionaria.

De regreso a casa, a bordo de un camión Ruta 100 que atravesó la ciudad rumbo al sur por espacio de una hora o más, no acaba de acomodar mis emociones. Definitivamente me afectaba menos saber que al comandante el tema de la ternura se le daba con ahínco, que el hecho de saber que la depositaria de toda su ternura revolucionaria de esa noche sería la chica de la que yo estaba prendido. Había naturalmente una forma del abuso en aquella situación: el poderoso que seduce.

Tiempo después, tras el regreso de los sandinistas al poder, Omar Cabezas ocupó por más de 15 años la Comisión de Derechos Humanos de Nicaragua. Un dato por demás sintomático del nivel del deterioro de aquella revolución y de aquellos relatos de montañas formadoras de hombres nuevos y amaneceres con ríos de leche y miel.

 

 

_______

Edgardo Bermejo Mora es escritor, periodista, diplomático y promotor cultural. Actualmente es Director de Artes del Consulado Británico en México. 

Las fotografías que acompañan este texto son de Francisco Cobos durante el período revolucionario (1985-1988) y forman parte del acervo del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica. Pueden ver la galería completa aquí.

Más de este autor