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Un panorama desde el movimiento del 68

Sergio Zermeño | 01.10.2018
Un panorama desde el movimiento del 68

Sobre la situación en México antes del 2 de octubre

El Zócalo estaba prohibido para las manifestaciones que no eran del PRI. El espacio público era del Estado, definitivamente, porque el Estado mexicano tenía un poder en ese momento muy fuerte. Que no se nos olvide que la Revolución Mexicana colocó a un actor político estatal con un poder impresionante, y lo consolidó. A los agrupamientos, los movimientos, los líderes que no coincidían o que no se sujetaban al orden vertical en el que la Revolución desembocó los mataron, los reprimieron o desaparecieron. Con el cardenismo el Estado mexicano llega a un nivel de éxtasis piramidal increíble; ningún país de América Latina se imaginó tener un poder como el del Estado mexicano a consecuencia de esa revolución. En los años cuarenta ya sólo cobraban la factura: Alemán, Ruiz Cortines, todos ellos vivían de una estructura construida y perfecta. Fueron los años gloriosos del Estado mexicano, que van de Calles, el primero que organiza, hasta Echeverría, quien sigue siendo un tlatoani muy poderoso. López Portillo era como Quetzalcóatl, ya en la decadencia de ese Estado mexicano.

La entrada de Jesús Reyes Heroles a la política mexicana es el fin de esa etapa, dijo: “Momento, esto no puede ser. Las otras corrientes deben tener voz, el parlamento debe ampliarse”. Así pasamos de 300 a 500 diputados y les dio su lugar, se reconoció su existencia y se les dio dinero para que hicieran política. Pero antes de eso… bueno, Echeverría es el gran magnánimo hacia los refugiados chilenos, argentinos, etcétera, y el gran represor de la guerrilla urbana y rural de México. Fue una locura el echeverrismo.

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Antes del 2 de octubre era la euforia. ¡Ya nos metimos al Zócalo! ¡Ya apedreamos a los ganaderos! ¡Logramos que los granaderos no tuvieran fuerza para detenernos! Eran galardones, era el año 68. No creíamos que nos fueran a matar y teníamos la esperanza de ser héroes. Había algo heroico en el corazón de cada joven y una incredulidad hacia la posibilidad de que nos mataran. Era una cosa muy rara. Entre el 2 o el 3 de agosto, cuando el movimiento acaba con un gran enfrentamiento de los más jóvenes en el zócalo, y el 27 de agosto, cuando la manifestación en que Sócrates [Campos Lemus] hace aquella locura,1 en esos 20 o 25 días, no aparecía ningún policía o soldado en el espacio público. Éramos los reyes de todo y era muy aburrido, porque el chiste era enfrentarse a los otros. Carlos Fuentes publicó entonces un libro, Mayo del 68. Teníamos la imagen bastante clara de que en Francia los estudiantes habían hecho una revolución. Esa concatenación de elementos con los granaderos al frente, era suficiente para hacer algo heroico.

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Éramos marxistas, además, los de la Universidad, los del Poli [Instituto Politécnico Nacional, IPN] no tenían una ideología definida, pero eran unos rebeldes. No necesitas ser marxista para ser rebelde, los que teníamos una noción humanística y de ciencias sociales más avanzada éramos los de la UNAM, increíblemente los de la Facultad de Ciencias, ¡tienen una conciencia! Son muy lógicos, nosotros somos éticos y siempre se vale discutir. Ellos piensan: “Este es un hijo de la chingada que mató a éste. Bueno, mi actitud debe ser ésta”. Y no se hacen bolas, son perfectamente claros en su actuar. Por eso fueron tan radicales siempre. Marcelino Perelló era un tipo con un radicalismo increíble, Gilberto Guevara, El Pino no se diga, lo picabas tantito y te mataba. Teníamos una parte heroica, arriesgada e incrédula de que nos pudieran matar, no podía ser. Luego vimos que sí podía ser. Con la toma de Ciudad Universitaria nos empezamos a dar cuenta: aquellos tanques dando vueltas por avenida Universidad, chisporroteando con las orugas de metal y los 10 mil soldados entrando, ahí vimos que era en serio.

Y no, no teníamos miedo. Queríamos que nos apresaran, a ver qué pasaba. Por eso el 2 de octubre fue tan increíble. La toma de la Universidad no nos hizo cambiar en esa incredulidad, ni en ese falso heroísmo, porque no hubo violencia. Los politécnicos comenzaron a sufrir una tremenda represión en el Casco de Santo Tomás, tuvieron un enfrentamiento muy crudo y brutal pero no repercutió tanto en todo el movimiento.2 La Universidad tenía una hegemonía, lo que pasaba en la Universidad era el movimiento. Algo pasaba que bloqueamos lo que sucedió en el casco. Cuando empezaron a caer muertos y descuartizados los jóvenes en Tlatelolco, ahí fue el horror. Esta es la muerte. Yo no estuve y no me lo reprocho. Salí de la cárcel y fui corriendo con mis compañeros, a ver qué había pasado. Chema Cárdenas me dijo: “Ni te acerques, los liberaron para saber dónde está el resto”. Me fui a mi casa tan triste. Salir de la cárcel, ir a ver a tus amigos y que te rechacen, por eso yo no fui al 2 de octubre, dije: “No vayan a andar levantando ahí al que salude”.

 

El impacto del movimiento del 68

El primer ensayo de mi libro [Ensayos amargos sobre mi país] muestra que la agenda del 68 era muy diversa, agrupo a los protagonistas en cinco tipos de demócratas. Entre Barros Sierra y Áyax Segura hay una gran gama de diferentes actores, entre ellos los que querían las armas ahí mismo. Uno no sabe si eran provocadores o héroes locos, había de los dos. Yo tuve la calma y la distancia, en París. Alain Touraine me dijo: “Haga usted su tesis sobre el 68, usted estuvo ahí y es sociólogo, no economista. Quiénes eran, desglóselos”. ¡Lo que es un director de tesis de calidad! Entonces yo le llevé tres actores y me dijo: “¿Dónde estaban los profesores?” Cuando no tienes una guía así tratas de escribir como crees, pero hace falta un método. Estos maestros aportan experiencia y te hacen renacer o te siembran las preguntas. ¿Quién era la oposición? ¿Quién era su adversario? ¿Era Díaz Ordaz? ¿Era la cultura mexicana? ¿Las familias? Ésas eran las buenas preguntas.

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El movimiento del 68 sirvió para desmitificar el orden político mexicano. Entre la juventud y entre amplios sectores, después del trauma del 2 de octubre —cubierto con el manto dulce y blanco de las Olimpiadas—, cuando renace todo, va cayendo poco a poco en la conciencia de todos la idea de que este Estado no puede seguir así. El 10 de junio de 1971 refrenda la estupidez de un Estado autoritario. Después de eso sigue el Estado con su poder, pero ya no es sostenible el orden mexicano entre los sectores más influyentes en una sociedad, que son las clases ilustradas y las clases urbanas, siempre a su lado. Al final de los setenta, hacia la época de López Portillo, el Estado mexicano ya no tiene esa base. Sigue manejando a los maestros, sigue con sus faldones populistas y patrimonialistas, por supuesto.

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Después del 68 se deshizo la idea del Estado mexicano, pero no la idea del Estado fuerte. Toda la cultura marxista y la cultura que nos llegaba de Cuba y del “Che” Guevara, una figura muy interesante, al mismo tiempo que nos hablaba de la libertad, también, a pesar de todo, de un Estado que reconstruye autoritariamente a una sociedad para hacerla feliz. No dejaba de existir esa matriz del marxismo en la que el Estado tiene que reconstruir de arriba para abajo las cosas. Estábamos en contra del Estado mexicano, pero no en contra de la idea de un Estado fuerte. En ese marasmo nos pasamos unos buenos 10 o 15 años, hasta que nos cayó el veinte con [Aleksandr] Solzhenitsyn de que el socialismo existente era realmente una madre. Pero eso fue cayendo poco a poco.

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La caída del muro fue a final de los ochenta y fue hasta entonces que llegaron todos los testimonios de lo que fue el estalinismo y la Segunda Guerra y el “primer golpe”. El primer primer golpe del estalinismo fue en Hungría, pero el que nos tocó en el movimiento fue Checoslovaquia, la toma rusa con los tanques de un movimiento lindísimo. Dos guerras en el centro de Europa, la parte más desarrollada culturalmente del mundo: Austria, Bohemia, ahí estaba la pintura, el arte, la filosofía, la literatura. Entonces cae la idea de que el Estado es un aparato que hay que manejar con ilusión e inocencia, y aprendemos que el Estado es muerte, es brutal. Ya cuando a los marxistas se nos bajó la euforia del Estado estamos hablando de este siglo, prácticamente. Cuando destrozan a América Latina las dictaduras militares, nos dimos cuenta de que esos eran golpes. Como aquí no destrozaron nada y no hubo dictadura militar, nuestra cultura política se alargó en términos marxistas elementales.

 

Sobre la idea de nación en México y América

Creo que estamos por detrás de los brasileños y los uruguayos. Brasil mantuvo un movimiento obrero interesante paulista y a “Los sin tierra” durante años. Tienen 20 años de movimiento y fundaron una universidad; tienen ocho preparatorias. Son movimientos muy constructivos. Si comparamos ese movimiento con la APPO, no tienen nada que ver. Allá todo cambió con el presupuesto participativo de Porto Alegre, que se echa a andar en los noventa con mucha imaginación y un cambio de valores. Diciendo: “Me acaban de elegir gobierno y tengo este presupuesto. ¿Por qué no les paso una parte y los organizo para que lo usen bien y ustedes me dicen qué quieren?” Eso fue inédito. Dice De Souza Santos: “Ellos doblaron su mano”. Como decía Adorno: “Doblemos la mano de nuestra voluntad”. Entonces los campesinos, los de Porto Alegre y los obreros construyeron una base que permitió a Lula llegar a ser presidente, un proceso muy interesante. Los uruguayos lo construyen de la misma manera, con el presupuesto participativo y una cultura increíblemente democrática, históricamente. Es una cultura en la que Mújica alcanza la Presidencia. ¿La llegada de López Obrador tiene algo que ver con Mújica? Se los pregunto, porque yo no tengo o no quiero tener respuesta, sería anticlimático.

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Hay muchas diferencias [entre el movimiento del 68 y otros movimientos en México], habría que buscar cuáles movimientos son hegemónicos y cuáles son más pasajeros. En “Yo soy 132”, por ejemplo, noto una manifestación muy novedosa. Si ponemos a la APPO como ejemplo contrastante, “Yo soy 132” me parece un ejemplo muy interesante, aunque su capacidad para impactar sobre los demás fue baja, lo ha sido. El resto son masas ilusionadas por la llegada de un nuevo líder. Eso no me parece una cultura novedosa. Es el regreso del PRI; o quizá no del PRI, sino de la matriz social y política de los mexicanos: un líder arriba y masas manipulables. No digo que ya las esté manipulando el tlatoani, pero son absolutamente manipulables. La posibilidad de que se recomponga un Estado corporativo-patrimonial es muy grande. Ante eso, ¿el 68 cambió mucho a los mexicanos?

 

Sobre la sociedad mexicana a 50 años del 68

Se nos viene un momento interesantísimo y complejo, muy peligroso. Qué bueno que estamos a 50 años del 68, porque nos permite preguntarnos: ¿hemos cambiado? ¿Cuánto hemos cambiado? Quienes quieran irse por el lado del optimismo pues que lo hagan, tienen elementos. Las redes sociales, querámoslo o no, organizan elecciones. Que cada quien escoja su optimismo o su pesimismo. Qué bueno que 50 años nos permiten sentarnos a cabildear qué pasó, dónde andamos, qué somos los mexicanos. Porque somos diferentes, al inicio del siglo teníamos 12 regímenes en Latinoamérica alineados a la izquierda y nosotros a la derecha, con Calderón. Ahora, salimos a la izquierda y Sudamérica va hacia la derecha. •

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No veo signos novedosos de nuestra cultura política. Platico con muchos compañeros ligados a esta ola morenista y pocos, casi nadie, tienen planteamientos de qué hacer en lo social; los tienen sobre qué hacer con lo político y desde ahí cómo manejar a lo social. La secretaría tal, la dirección tal, el instituto tal, que siguen siendo corporaciones. Muy pocos ven el problema social que tenemos en Ecatepec, por ejemplo. Cuando trabajábamos en Ecatepec, a las 5 de la tarde nos decían: “Váyanse. Las motocicletas salen a esta hora. Nadie en la calle está exento de violencia y menos ustedes, chamaquitos”. Ecatepec es embarazos adolecentes por todos lados, es violencia mortal entre los jóvenes, es una anomia brutal, es un laboratorio extremo. Si preguntas: “¿Morena, qué hacemos?”, la respuesta es pobrísima. Si le dices: “Tenemos metodologías muy avanzada en Uruguay, en España, en el norte de Italia, en Francia: aquí están. Mira, estos 40 artículos te dicen cómo se trabajan talleres con las jóvenes para la violencia de género. Aquí está la UNAM, que tiene muchísimos psicólogos sociales. Aquí está este instituto de la UNAM, que sabe cómo tratar el agua. Vamos a hacer un programa, no me vayas a decir que quieres hacer un instituto tal que va a dirigir tal miembro. Vamos a ligar espacios sociales, dos millones de habitantes de Ecatepec no son manejables ni para la UNAM, ni para el Estado, ni para nadie. Vamos a buscar grupos de colonias, de 50 mil habitantes, vamos a meterle trabajo y mostremos que esos espacios mejoran con el tiempo. Hagamos pilotos que puedan replicarse”. Dirán: “Espérate. Ahorita estamos en la cosa de quién va a dirigir qué”.

El último capítulo de Ensayos amargos sobre mi país se llama: “Enfrentaremos juntos el desastre”, y en él están los métodos de trabajo para la reconstrucción social. Nadie los pela, llevamos 13 años trabajando en diferentes espacios pero la sordera, la ceguera y la falta de olfato para reconstruir a lo social sin hacerlo desde arriba, son absolutas. Lo que tenemos es que nuestra sociedad está enferma y los sociólogos desaparecen. Yo no entiendo nada.

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Económicamente el país no tiene mucho, no tiene nada. Los mexicanos no producimos nada. Hay que partir de eso y nadie quiere hacerlo. Todos estamos engañados con que somos un gran país, el presidente [Enrique Peña Nieto] habla de la gran potencia mexicana. Cuando haces las cuentas, sinceramente notas que somos grandes maquiladores, pero no tenemos técnicas o métodos innovadores. Cuando vemos a los japoneses con sus lentes calculando un trasatlántico, una hélice de viento dices: “¡Qué bárbaro! ¡Qué capacidad técnica!” Nosotros no somos eso, no sabemos nada de técnica. Pero dios nos regaló muchas cosas; por ejemplo, unos litorales maravillosos para que la gente de todo el mundo venga a nadar y a tomar el sol y sus pies estén en una arena preciosa. Eso nos lo regaló dios y nosotros lo malbaratamos. Nosotros tendemos camas, movemos panzas y limpiamos baños. ¿Qué se le gana? Nada: gana Sheraton. De lo que nos dio debajo de la tierra: petróleo, minerales, etcétera, no producimos nada los mexicanos. Todo lo explotan, dice ahora el nuevo régimen que vamos a recuperar Pemex y que una empresa así puede ser parecida a la Shell o a la Texaco. Vamos a ver, porque la técnica para explotar esos recursos no la tenemos.

Vendemos mano de obra barata, porque es nuestra forma de competir por las inversiones extranjeras. En fin, tenemos una economía a futuro muy poco prometedora. Entonces, a 10 años de aquí, en la parte económica, vamos a tener muchos problemas para pagar la deuda, vamos a tener que seguir endeudándonos. Para seguir endeudándonos no sé cómo le va a hacer el nuevo régimen, pero tendremos que ceder en muchísimas cosas que el capital exige para préstamos o para que alguna empresa venga a establecerse.

Tengo la impresión de que, pues no teniendo muchas cosas que producir, para nuestra juventud —que es una juventud que crece y que tiene una base enorme— las oportunidades de hacer algo constructivo son bajas. El sector popular, bueno, tú los sientas en un taller y les dices: “¿Qué se les ocurre que podrían hacer de sus vidas, fuera de lo que está prohibido?” El silencio reina. No tienen los jóvenes ninguna respuesta a eso.

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Hay dos relaciones muy tremendas. Una es de género, en que las mujeres están teniendo un papel mucho más importante que los hombres. Escribí un artículo, “El machismo ultrajado” (La Jornada, noviembre 29, 2001), sobre cómo el macho se ve ofendido por el papel de una mujer que, frente a la adversidad y a la triple jornada, saca adelante el ingreso. Entonces lo primero que hace es madrear a esa bestia, capaz de hacer cosas que él, supuestamente fuerte, no está haciendo. El rencor de género es brutal, es enorme.

El otro elemento que veo —a lo mejor me equivoco y ojalá— tiene que ver con la pobreza y la violencia: el racismo. En este factor renace una cuestión que estaba oculta en México y era poderosísima, pero siempre los gobiernos y nuestra cultura quisieron ocultarla. Ese racismo brutal que teníamos en la Colonia, que se extiende durante el siglo XIX y se pierde en el XX gracias a la Revolución, porque fueron los jodidos y los morenos los que hicieron la Revolución, y se les retribuyó con la Reforma Agraria y con tantas cosas. Ahorita ya no les van a retribuir, pero sí están más jodidos los más morenos y los más blanquitos son objeto de mucho rencor por parte de la pobreza. Es así como se ligan las dos cosas: raza y pobreza.

Sobre el papel de los científicos sociales en el escenario actual

Mi instituto tiene 90 investigadores. Cinco están ligados a problemas sociales de la actualidad, quizás 10, pero son analistas de esos problemas. Muy pocos logran decir cómo podría enfrentarse el problema y solamente dos son capaces de enarbolar la acción para enfrentarlo. Una cosa es estudiar los problemas de la vejez, otra —un segundo paso— proponer algunos temas para mejorar la situación de los ancianos, y otra más — el tercer paso— implementar un trabajo piloto que muestre cómo el proyecto puede impactar. Pero esto no se ve; el primer paso sí, pero los siguientes dos no los tenemos en nuestras universidades. Entonces, claro, desde afuera dicen: “Oigan pues está padrísimo, pero sirve de poco, ¿no?” Bueno, pues también enoja. Hay que volver más eficiente el quehacer de las ciencias sociales. EP

 

1 Según varios testimonios, en ese mitin Sócrates Campos Lemus —la cara visible del Instituto Politécnico Nacional— colaboró con los soldados como delator y provocador. Muchos de sus compañeros señalan que formó parte de una estrategia planeada por el gobierno mexicano.

2 El 23 de septiembre el ejército, los granaderos y la policía montada, tomaron el Antiguo Casco de Santo Tomás. El enfrentamiento empezó a las 17:00 horas y culminó al amanecer del día 24.

 

 

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Sergio Zermeño y García Granados es doctor en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, Francia, investigador titular definitivo de tiempo completo del Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM. Investigador emérito del Sistema Nacional de Investigadores. Miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y del Centro de Análisis de Intervención Sociológica de París. Docente de Posgrado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

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