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La mujeres y el 68: a 50 años de silencio hay voces que retumban 

Daniela Monserrat Flores Reyes | 01.10.2018
La mujeres y el 68: a 50 años de silencio hay voces que retumban 
Las mujeres participaron de muy diversas maneras en el movimiento estudiantil de 1968, aunque su papel ha permanecido oculto por un velo de silencio. En este artículo se revelan algunas de sus voces, necesarias para reconstruir una historia distinta a la oficial, escrita siempre por voces masculinas.

Las historias que se recuperan en este artículo son parte de un trabajo de tesis para la maestría en Pedagogía de la Universidad Nacional Autónoma de México, sobre las voces de las mujeres que vivieron el movimiento estudiantil desde otra mirada, aquellas experiencias minúsculas que los reflectores dejaron en las sombras no porque fueran de menor importancia, sino porque respondían a intereses ajenos a los legitimados dentro del mismo movimiento estudiantil. La participación de nosotras las mujeres en distintos espacios de lucha no ha sido tan visible como la de quienes se han dedicado a escribir, difundir y vanagloriarse de la historia vivida, en su mayoría experiencias de los líderes del movimiento estudiantil, cuyo papel es fundamental y admirable, aunque el olvido de la intervención de sus compañeras ha provocado ciertos vacíos históricos, tanto en los análisis del movimiento como en las narrativas de lo sucedido aquel 1968.

Es difícil poner en palabras todo lo que sucede alrededor de lo que se escucha, de las lágrimas, las risas, los silencios y las miradas. Las narraciones adquieren sus propias particularidades al ser contadas desde nosotras, como enfatiza Svetlana Alexiévich cuando señala que la historia con H mayúscula se ha escrito por hombres, con una versión de los hechos a medias, porque “todo lo que sabemos de la guerra [en este caso, el movimiento estudiantil del 68], lo sabemos por la ‘voz masculina’. Todos somos prisioneros de las percepciones y sensaciones ‘masculinas’. Las mujeres mientras tanto guardan silencio.”1 Guardan silencio en su mayoría por miedo, porque la persecución y el acoso del Estado continúa, porque llevan una herida abierta difícil de olvidar, por sus hijos, porque no creen que su voz contenga la misma fuerza que otras voces, porque ha pasado el tiempo y no quieren recordar, por eso me han negado sus entrevistas.

En los últimos años, principalmente gracias a las historiadoras, se han escrito textos que hablan sobre las mujeres del movimiento estudiantil, pero aún falta mucho por cuestionar sobre su papel en esta historia: ¿qué pasa con las mujeres que también estuvieron presas?, ¿con aquellas que buscaban y, si tenían suerte, visitaban a sus presos?, ¿aquellas que participaron mucho o poco en el movimiento?, ¿dónde están las mujeres del movimiento estudiantil del 68? Tuve la oportunidad de entrevistar a un par de ellas, una es Ana Ignacia Rodríguez Márquez, alias “La Nacha”, la única sobreviviente de las cuatro mujeres de la Facultad de Derecho que estuvieron presas, incluyendo a su compañera de celda Roberta Avendaño, “La Tita”.

Conocí a La Nacha en el mes de abril de este año, en la inauguración de un evento conmemorando el 50 aniversario del movimiento estudiantil, en la Casa de las Humanidades de la UNAM. Al entrar al auditorio, mientras echaba un vistazo, dudaba si aquella mujer sobre la que había leído era un mito o era real. La escuché hablar con ese ímpetu y esa fuerza que te da la lucha, mientras el auditorio guardaba silencio, atendía cada una de sus palabras. Cuando terminó, el público espectador aplaudió, algunos se acercaron a saludarla y esperé hasta el final para conseguir mi entrevista.

La Nacha ha continuado en la lucha desde hace 50 años, actualmente en el Comité 68, una organización integrada tanto por sobrevivientes del movimiento como por algunos jóvenes que exigen justicia y castigo para los responsables de la represión. Uno de los logros del comité fue mantener preso en arresto domiciliario al expresidente mexicano Luis Echeverría. Pero su lucha empezó muchos años atrás, cuando salió de Taxco, Guerrero, para venir a estudiar Derecho en la UNAM, donde se enfrentó con el machismo de la época, cuando las mujeres eran una minoría en la matrícula y enfrentaban grandes barreras de género, ya que para algunos profesores no tenían que estar en una universidad, sino quedarse en sus casas para ser buenas esposas y cuidar a los hijos. Ideas marcadas por la época que aún no desaparecen del todo.

Las pocas mujeres que se encontraban en la Facultad de Derecho tenían que abrirse paso para ser reconocidas como estudiantes y más adelante como miembros activos del movimiento. La Nacha colaboraba con un espacio cultural en la facultad, mediante el cual llevaron a la UNAM al poeta cubano Nicolás Guillén, a través de quien se acercaron a la Cuba de aquellos años y al tan conocido Che Guevara, para después sumarse al movimiento estudiantil. En ese momento ella estaba terminando la carrera y formaba parte del ballet folclórico de Derecho, cuando la invitaron a formar parte del área de finanzas del comité de la facultad. “Yo no fui parte del Consejo Nacional de Huelga, mi compañera Roberta Avendaño Martínez, La Tita, sí, y pienso que a ella no se le ha hecho justicia al no reconocer el papel que verdaderamente desempeñó, ser líder, mujer, en ese tiempo, en un Consejo Nacional de Huelga, mis respetos para ella.” Este acercamiento con La Tita y con otros miembros del comité, le permitió participar de manera activa dentro del movimiento.

Su trabajo en el área de finanzas del comité consistía en gestionar los recursos necesarios para mantener activo el movimiento. Las brigadas eran agrupaciones de estudiantes, tanto mujeres como hombres, para repartir propaganda informativa y reunir los recursos económicos mediante el boteo, donde también surgían lazos amistosos y, por qué no, algunos amorosos; los sentimientos estaban a flor de piel, como todo en ese momento. “Las brigadas fueron la fortaleza del movimiento”, comenta La Nacha, se daban en los mercados, en las fábricas, en los camiones, en las escuelas, en cualquier espacio en donde se pudiera hablar con el pueblo sobre lo que verdaderamente estaba sucediendo con los estudiantes.

Las mujeres también tenían que luchar por su trabajo dentro de las brigadas, ya que muchas no querían participar de manera pasiva como en movimientos anteriores, como proveedoras de alimento, como guardias y, muchas veces aunque poco se dice, hasta con favores sexuales, para sentirse parte del movimiento. A diferencia de ellas, algunos compañeros ya contaban con cierta educación en oratoria e incluso con trabajo político, pocas eran las que habían participado antes en espacios que demandaran una formación política que a su vez se construyera en colectividad.

La respuesta del Estado ante la organización fue la represión de los distintos grupos estudiantiles para mantener el orden, ya que se acercaba la fecha en que se celebrarían las Olimpiadas en el país. Esto generó la politización de algunos estudiantes; a mayor represión, más organización. En sus palabras, lo que determinó la participación de La Nacha en el movimiento fue la represión del ejército cuando entró a Ciudad Universitaria, el 18 de septiembre. La Tita logró escapar por avenida Universidad, con la ayuda de sus compañeros logró saltar una barda y abolló el toldo de un automóvil al caer; pero La Nacha no corrió con la misma suerte y fue detenida por el ejército en la rectoría y trasladada a Lecumberri, pues las otras cárceles de la ciudad ya se encontraban saturadas. “En Lecumberri me doy cuenta de que tengo que luchar y seguir en el movimiento para que se cumplieran las demandas que teníamos, porque no estábamos haciendo nada y la represión brutal era espantosa”. Cuando logró salir de la cárcel el movimiento estaba en un momento muy intenso, el apoyo de los compañeros y de las asambleas colocaron a los presos en un lugar admirable: “Nos veían como heroínas”, comenta.

 

Doblemente presa

El 2 de octubre de 1968 el movimiento tomó un giro radical y muchos de los que participaron ya no pudieron continuar con su historia, otros fueron presos y otros más desaparecidos. Nadie dimensionaba lo que ocurría en ese momento en la Plaza de las Tres Culturas. La Nacha cuenta cómo La Tita fue arrestada y ella logró escapar, pero no por mucho tiempo, ya que un comando especial de la policía la detuvo en casa de un amigo a quien habían interceptado las llamadas telefónicas. La llevaron entonces a los separos de Tlaxcoaque, donde la torturaron psicológicamente y realizaron su ficha de detención, para dejarla en libertad tiempo después, bajo amenazas.

El 2 de enero de 1969 la Policía Federal de Seguridad secuestró a ambas en el departamento de La Nacha. Tras dos semanas sin saber dónde se encontraban, las llevaron a Lecumberri, una cárcel de hombres, violando sus derechos constitucionales. A los 23 años, tras la segunda detención y el secuestro, la historia tomó otro rumbo cuando trasladaron a las dos estudiantes de la Facultad de Derecho a Santa Marta Acatitla, acusadas por ocho delitos comunes, como el de homicidio, más dos políticos. A diferencia de los líderes estudiantiles varones, las mujeres presas no contaban con los privilegios que Lecumberri ofrecía. Mientras que a los líderes estudiantiles la cárcel les brindó un espacio para crecer intelectual y políticamente, en un escenario que brindaba privilegios como las visitas directamente a celda, visitas conyugales y su separación de los presos comunes, a La Nacha y a La Tita no se les permitía trabajar como al resto de las presas comunes y, aunque su uniforme era diferente, no había una separación de delitos ni de espacios. El acoso de las presas comunes llevó a La Nacha a encerrarse dentro de su celda, como en una doble prisión, donde su familia ya no podía visitarla tan seguido. Su coraje por la privación de la libertad sigue latente. Con esto no dejo de lado las múltiples torturas a las que ellos fueron sometidos, pero sí quiero darle otra lectura a su reclusión.

La cárcel que se vive en Santa Marta es distinta a la que se vive en Lecumberri, cargada de desigualdades de género que las castigaban doblemente, pues, aunque ya había mujeres guerrilleras presas, hasta entonces no se conocían presas políticas. El testimonio de La Nacha, una mujer fuerte e imponente que se ha dedicado a difundir y alentar a otras mujeres a tomar la palabra, es un testimonio valioso para la construcción de la otra historia, un ejemplo de lucha para “salir avante de las adversidades”. Por ello vale la pena retomar su voz, llena de anécdotas y de experiencias a lo largo de 50 años.

 

¿Qué es un mitin?

Después de un evento conmemorativo por los 50 años del movimiento estudiantil en la Universidad de Morelia, en junio, La Nacha y yo viajamos a Aguascalientes, donde conocí a Enrique, preso político y torturado, participante en la manifestación del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, junto con su madre Estela, quien lo acompañó ese día y guardó silencio durante 50 años.

Muy amable, nos invitó a su casa, donde más tarde intentaríamos hablar con Estela sobre lo ocurrido aquel día. Con más de 80 años y una vitalidad admirable, nos recibió con una comida exquisita preparada por ella misma. Mientras los minutos pasaban y el tema del 68 empezaba a salir, la tensión crecía. Como en una plática de cualquier otro tema, Enrique empezó a hablar cómo había llegado al movimiento. Escuchar sus palabras y verlo a través de 50 años, me provocaron emociones que hicieron que me encerrara en su baño por un breve momento, para tomar aire, secar mis lágrimas e intentar reponerme. 

Vale la pena contar por separado la historia de Enrique, pues tiene otros matices y temas valiosos que deben tener su propio espacio. El tiempo corría y cuando llegaron otros compañeros que realizaban un documental sobre las mujeres del 68, Estela dijo que no hablaría del tema, lamentaba que viniéramos de tan lejos pero para ella no tenía sentido recordar lo sucedido aquel día. La sorpresa fue grande, el equipo ya estaba instalándose y surgían un montón de dudas, la tensión crecía en el silencio y no podíamos ni siquiera insistir un poco para que nos hablara de su experiencia, sabíamos que sería un error pedir otra respuesta. No sé qué pasó, pero en un momento ella empezó a hablar y todos corrimos para terminar de montar lo pendiente.

Sentada en su comedor, con una blusa blanca, un rebozo cruzado con tonos dorados y su falda color verde, empezó a contar su historia, su niñez, cuando conoció a su marido, sobre sus 23 hijos y los 17 que le sobreviven, pero en especial sobre uno de ellos, Enrique, quien se había trasladado a la Ciudad México a estudiar la secundaria. Entonces ella vivía en Zacatecas, pero había venido de visita y a comprar algunas cosas a la ciudad. No tuvo oportunidad de avisarle a Enrique que iría a verlo, así que ese 2 de octubre por la mañana se lo encontró con un amigo de la familia, preparándose para asistir a Tlatelolco. Enrique le comentó que iría a un mitin y ella preguntó “¿Qué es un mitin?” Al no saber cómo explicarlo bien Enrique la invitó, para que ella misma se enterara.

Así aparecen en una fotografía los tres sobrevivientes de la matanza que se encontraban aquella noche en la casa de Aguascalientes, La Nacha, Enrique y Estela, justo en el mitin del 2 de octubre. El testimonio de Estela narra varias miradas sobre el movimiento poco exploradas, las voces de las madres de los estudiantes presos, las personas que simpatizaban con el movimiento aunque no tuvieran una actividad política activa, las mujeres que vivieron la masacre, las que fueron violentadas ese día.

Escucharla me ha dejado perpleja, es sorprendente lo que guardó por 50 años y probablemente tenga mucho más que contar, pero sabemos que no es fácil abrir aquellas puertas para volver a vivir ese momento tan aterrador. En la entrevista cuenta cómo vio que torturaban a su hijo, su impotencia al no poder ayudarlo y evitar el daño que le infringían. Podemos imaginar las emociones que eso puede provocar, pero las palabras que salen de su boca son serenas, con una ecuanimidad que te lleva a vivir otras formas de estar en el movimiento. Insisito en que hace falta registrar esas voces, para que no se pierdan en el olvido. 

Testimonios como el de La Nacha y el de Estela no sólo comparten cómo es que vivieron el movimiento y el 2 de octubre desde diferentes enfoques, también ofrecen historias cruciales que son parte de este país, que nos invitan a luchar y a reconstruir nuestra propia historia. Termino con una frase de La Nacha que me agrada mucho, porque intenta reconocer a todas aquellas mujeres anónimas que aún a 50 años han decidido guardar silencio, cuya experiencia no es menor por ello: Siempre digo que nosotros no valemos nada frente a las verdaderas heroínas del movimiento estudiantil: esas mujeres anónimas, cuyos nombres no salen, que no son reconocidas. Pero algunas dieron su vida y muchas, no sé si por temor o por sus hijos, no aparecen ante las cámaras ni hacen presencia pública. Si hubo algún cambio, si hemos avanzado en las libertades democráticas, se debe a ellas.

A todas esas mujeres anónimas que ayudaron a mantener al movimiento y construyeron parte de la Historia, les debemos que hoy muchas de nosotras hayamos contado con una formación universitaria, que nuestro andar en la participación política sea cada vez más visible, que nuestra voz tenga fuerza y nos impulse a seguir en la lucha. Sus historias, las que son narradas y las que se escabullen para no revivir aquellos días, lo que sintieron y cómo vivieron su dolor, nos permiten acercarnos a ellas como mujeres reales en lo cotidiano, desde sus palabras. EP

 

 

1 Svetlana Alexiévich, La guerra no tiene rostro de mujer, México, Editorial Debate, 2015, p. 13.

 

 

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Daniela Monserrat Flores Reyes es licenciada en Pedagogía por la Universidad Pedagógica Nacional, psicopedagoga por la Universidad Iberoamericana y estudiante de maestría en Pedagogía en la Universidad Nacional Autónoma de México.