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#ExclusivoEnLínea: Queríamos tanto a Alcira    

Edgardo Bermejo Mora | 02.10.2018
#ExclusivoEnLínea: Queríamos tanto a Alcira    

“¡Alcira, Alcira, dios mío! Maravillosa, hermosa, qué bella y pura, qué noble,

terrenal, amada, entrañable, nada de este mundo. No sé qué decirte Te amo.

Te amaré toda la vida. Eres un ser insensato y transparente.

Estarás en mi vida para siempre, en mis hijos,

en todo lo que ame y toque. Nada hay más hermoso que no hayas muerto,

que vivas, que seas. ¡Y te dejamos sola! ¡Cobardes, sucios desaprensivos, criminales!

Quiero verte y besar tu frente y tus párpados, tus pies maravillosos,

tu ser tan verdadero. ¡Qué bella, qué prodigiosa, qué nube, qué agua, qué aire, qué luz eres!…”

 

José Revueltas, México 68: juventud y revolución.

 

1.

 

Si me hubieran dicho en aquellos tiempos del CEU y la huelga estudiantil de 1987 que lo más memorable, lo más literario, acaso lo más histórico, no sería el movimiento mismo; que a la memoria del futuro le importaría menos la revuelta estudiantil en la UNAM que la historia un personaje singular que circulaba por los pasillos de la facultad de Filosofía y Letras en aquel tiempo, no me lo hubiera creído.          

Pero la memoria, esa forma abstracta y maleable de la verdad, es no menos   implacable que impredecible, y hace, con el tiempo, sustancial y central lo que parecía ancilar. Me refiero a la poeta uruguaya Alcira Soust Scaffo. La desdentada Alcira, nuestra Casandra de huipil, morral y mezclilla, el verdadero eslabón que unió en el plano anecdótico dos historias de nuestro país: la de 1968, y la de su heredo guango, el movimiento del CEU.

Alcira, o mejor dicho, el recuerdo de Alcira, convoca autores: José Revueltas, Luis González de Alba, Elena Poniatowska, entre muchos otros. Más reciente, Fabrizio Mejía escribió una crónica fantástica donde admite que pese a todo Alcira es un personaje incomprensible. Y al centro de esta reconstrucción memoriosa, su gran demiurgo: Roberto Bolaños y Los Detectives Salvajes, donde Alcira no es Alcira sino Auxilio Laucuture, un personaje de tal dimensión literaria que mereció una secuela y un close up novelístico con el título Amuleto.

Alcira formaba parte del paisaje de la Universidad y especialmente de la Facultad de Filosofía y Letras en los tiempos del CEU. Fue mi compañero de banca en el primer semestre de la carrera de historia, Boris Berenzon, quien me introdujo a su historia mientras caminábamos por aquellos pasillos tapizados de carteles de protesta e invitaciones a la movilización estudiantil. Poco antes Alcira lo había saludado con gran afecto. Entonces me explicó que su padre, el doctor Ignacio Osorio, quien participó de los movimientos universitarios de 1966 y de 1968, la había conocido y apoyado a lo largo de los años. Boris la conocía desde niño y ella a él. A su lado me resultó más fácil acercármele y conocerla, dado su aspecto perturbador.

Supe entonces del capítulo que aun ahora centra su leyenda y la convierte en un personaje al mismo tiempo histórico y literario, cuando la poeta Alcira –ya muy ganada por la demencia como lo registra José Revueltas en su relato del 68, se quedó encerrada por espacio de varios días en el octavo piso de la Torre de Humanidades de la Ciudad Universitaria tomada por el ejército de Díaz Ordaz faltando dos semanas para la matanza de Tlatelolco.

Las diversas versiones coinciden en que Alcira sobrevivió tomando agua de los baños y papel higiénico. Doce días habría durado aquel encierro, hay quienes recuerdan que la encontraron moribunda, una suerte de resistencia involuntaria y no por ello menos épica y memorable.

La toma de Ciudad Universitaria ocurrió un 18 de septiembre de 1968, el mismo día que fallecía en México el poeta exiliado español León Felipe. Dice otra la leyenda que durante la toma del ejército, Alcira reprodujo en los altavoces de la Facultad la voz de León Felipe registrada en la colección Voz Viva de México.

Tras la derrota del 68, este mismo personaje sobrevivió otros tantos movimientos estudiantiles y gremiales en la UNAM, un par de encierros forzosos en hospitales psiquiátricos, y más de tres lustros después seguía ahí, campante, a ratos risueña, a ratos furiosa, repartiendo volantes, regalando poemas y armando alboroto en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras.

 

 

2.

 

En las marchas que antecedieron a la huelga estudiantil de la UNAM de principios de 1987, el contingente de Filosofía y Letras se distinguía de los otros por la presencia de Alcira. Se trataba de un grupo siempre nutrido y variopinto de estudiantes y profesores . “!!Fi-Fi-Filosofía…¡¡”, coreaba el grupo para identificarse y hacerse presente en la calle, y entonces la voz rasposa, seca, en sordina de Alcira Soust remataba la consigna con una precisión necesaria: “!!...y Letras¡¡”

No me es difícil ahora imaginarla de nuevo: su rostro surcado de arrugas y erosionado por el tiempo; una figura cadavérica de  ojos azules, brillantes y profundos, pero casi siempre extraviados; la cabellera rubia y recogida con una cola de caballo, curiosamente tenía pocas canas con todo y que cifraba más de 60 años por aquel entonces; su andar en sandalias, incansable y ligero, como de roedor; su huipil colorido; y unos pantalones de mezclilla a prueba del tiempo. Despedía un humor raro pero no desagradable: tufo picante de nicotina, de vejez, de piel seca, a veces acompañado de unas gotas de pachuli.

Era cariñosa con sus amigos y los defendía con una bravura canina; temía de los policías, de los funcionarios y siempre creía que alguien estaría a punto de ir por ella para encerrarla en un manicomio. Al hablar se cubría la boca con la mano todo el tiempo para ocultar su condición desdentada. Recuerdo que reía mucho, como también recuerdo su rostro encendido, cuando hablaba de aquellos que no le caían bien, o que creía que le hacían daño.

Hoy sabemos más cosas de Alcira, el hecho de que Roberto Bolaño la elevara a la calidad de personaje literario ha servido para restarle sombra a su vida, de por si misteriosa e inexplicable. Su aparición en la obra del escritor chileno nos hizo recodar a muchos una historia trágica y confusa que estaba más bien en el olvido. Bolaños la internacionalizó y la sacó a luz, si bien no hay hasta ahora luz suficiente que pueda hacernos entender las causas y las tramas de su extravío.

Hoy sabemos un poco más de ella. Sabemos que nació en una ciudad de provincia en Uruguay en 1932, que fue maestra rural y que llego a México a principios de la década de los 50, a los 28 años de edad, con una beca de la UNESCO para estudiar pedagogía en Michoacán. En esa primera década de su estancia en México se sabe que estudio pintura en Guanajuato, que se mudó a la Ciudad de México y que se casó en 1960 la década con un médico de la cruz roja con el que habría de durar muy poco.

La Alcira que se recuerda en los años sesenta empieza por su acercamiento a la poesía de mano de los poetas españoles del exilio, Emilio Prados, Pedro Grafías y León Felipe. Al parecer su primera inclinación literaria y sus vínculos con los círculos intelectuales mexicanos fue paralela a su lento, gradual pero inevitable trastorno psiquiátrico que ya era muy visible al final de la década. Se sabe que tuvo trato con Rufino Tamayo, con José Revueltas, con Ruben Bonifaz Nuño, entre muchos otros y que a la mitad de la década de los sesenta su condición económica era incierta y que carecía desde entonces de un domicilio propio. Nadie sabía dónde vivía: a ratos en casos de amigos, muchas noches en los salones, pasillos y cubículos de la Universidad. Escribía poesía, dibujaba, traducía del francés y del italiano, colaboraba con Radio UNAM, y encontró en el movimiento universitario de 1968 una suerte de refugio y destino.

José Revueltas escribió sobre Alcira en el 68: “fui a sentarme junto a Alcira, ante su mesa. Temblaba sufría, no cesaba de llorar era casi alarmante su estado psicológico. Me hizo sufrir también. Desde el inicio del movimiento de 1968 estaba ahí. Le fui a saludar y le recordé del poema que me dio en 1967”

En Los días y los años, Luis González de Alba, la recuerda también importunando a los activistas encargados del mimeógrafo donde se imprimían volantes y carteles del movimiento, toda vez que Alcira quería a su vez imprimir sus dibujos y poemas que distribuía incansable por donde fuese que se moviera.

El 18 de septiembre de 1968, en punto de las 10 de la noche, el ejército mexicano violó la autonomía universitaria y tomó las instalaciones de CU. Muchos activistas del movimiento lograron escapar aquella noche de la redada del ejército. Otros tantos fueron capturados, interrogados, torturados, y puestos tras las rejas. Solo una persona permaneció aquellos días en CU sin que nadie lo percatase. Alcira sobrevivió a la toma de CU y se mantuvo a la deriva habitual por muchos años más,  en una suerte de indigencia rebelde y poética, arropada por la izquierda universitaria que siempre encontró la forma de darle abrigo, comida, y de incorporarla al paisaje emocional y político de varias generaciones de universitarios.

Su domicilio acabó siendo la Facultad de Filosofía y Letras. Alcira convocó casi siempre solidaridades, simpatías, afectos, efímeras complicidades literarias –a decir verdad pocos se tomaron demasiado en serio su obra poética impresa y distribuida en volantes, y sus acciones poéticas conocidas como “poesía en armas”. Pero lo cierto es que nadie supo bien a bien qué hacer con ella. Con todo, llegó a publicar algunos poemas en la Revista de la Universidad, y por algunos años, a mediados de los setenta, incluso dispuso de un modesto sueldo como auxiliar académica en la Facultad.

Hay que decirlo, detrás de la simpatía y las aproximaciones asistenciales a su vida errante, no hubo para ella un tratamiento psiquiátrico sistemático y profundo que era lo que a fin de cuentas siempre necesitó. Hubo en todos esos años a quienes les hacia la vida imposible, como al director de la facultad José Moreno de Alba, a quien le dejaba comida podrida en las puertas de su despacho, y a quien llego a insultar, a arañar e incluso a morder.

Desde cierta ceguera anti sistémica, hay quienes vieron en aquellos actos furibundos una legítima expresión del radicalismo revolucionario. No lo era, era demencia, por más que se le revistiera de locuacidad genial. Y en ese sentido estamos en falta con ella, nos ganó el personaje y dejamos perder y abismarse en el extravío a la mujer que habitó alguna vez en la querida y tristemente mal comprendida Alcira. Se le quiso y se le ayudó desde una suerte de romanticismo rebelde, pero nadie pudo detener su continuo deterioro. Quisimos tanto Alcira –como escribiera Cortázar de Glenda– pero la comprendimos tan poco.

Hubo también quienes no la venían así, quiero decir,  con ojos románicos y compasivos. Hablo de profesores y directivos que más bien la padecían por sus abscesos de furia y su paranoia. Y esa otra parte de quienes debieron de padecerla    tomaron más de una vez la iniciativa de mandarla por la fuerza a un hospital psiquiátrico. Pero siempre fracasaban en el intento. En más de una ocasión se organizaron comandos para rescatarla, se firmaron desplegados, se escribieron cartas a la Rectoría en su defensa, y se le volvía a “liberar”, y a recibir de nuevo en los pasillos de la Universidad con el júbilo de quien ve excarcelado a un preso político.

Sus seguidores veían en el encierro una prolongación siniestra del autoritarismo del régimen y su brutalidad. De nuevo estamos en falta con ella: hicimos de su demencia un estandarte libertario. Incluso sus “archienemigos” de la rectoría en tiempo de Guillermo Soberón llegaron a pagar sus gastos hospitalarios cuando ya no había manera de tenerla afuera sin riesgo de que perdiera la vida. La misma comunidad universitaria que la apapachó y la procuró por años llegó a realizar colectas para mantenerla por breves temporadas en sitios como la clínica psiquiátrica San Rafael, cuando sus crisis eran mayores.

 

3.

 

Eso explica la increíble historia por la cual Alcira llevó viva, desdentada y jubilosamente loca a mitad de los años ochenta, y por lo tanto su cuarta aparición como el personaje más vistoso y bizarro de las revueltas políticas de la UNAM. Fue emblema del 68, como lo fue de la huelga de trabajadores del 73, de la huelga de académicos del 77 y del movimiento estudiantil del CEU en 1986 y 87.

Alcira nos acompañó por esos años, que fueron sus últimos en México, y en una de sus tantas entradas y salidas de los psiquiátricos se tomó la decisión final: se armó una colecta, se localizó a sus parientes en Uruguay, y en junio de 1988, un poco con engaños, ya terriblemente extraviada y adormilada por el medicamento, tomó un avión de regreso a su país. Tenía entonces 65 años de edad y 36 de vivir en México.

Los que la conocíamos menos dejamos de saber de ella hasta que reapareció convertida en personaje de Bolaño. Hoy sabemos que a su regresó vivió algunos años bajo la protección de su familia, que intentó con poco éxito mantener correspondencia con sus principales amigos en México, que tuvo momentos últimos de lucidez pero que siempre regresaba, más artera y filosa, la espada implacable de la demencia. Y sabemos que en 1992 se extravió de nuevo y que la familia le perdió la vista por años. En 1997, tras un lustro en el que no se supo de ella, Alcira murió una muerte anónima en un hospital psiquiátrico de Montevideo. Tenía 74 años. Estaba sola. Me duele pensar cómo fueron sus últimos años sin la protección de la comunidad universitaria mexicana que, pese a todo, logró mantenerla con vida y rodeada de afectos por más de dos décadas.

La recuerdo ahora, sonriente, con su carcajada de bruja fumadora, regalándome en un pasillo de la Facultad un poema y un dibujo. Hay cosas que uno no se perdona, yo no me perdonaré haber extraviado aquel obsequio que hoy solo puedo reparar con la memoria.

 

 

Crédito de imagen: Zulma Soust Scaffo y Centro de Documentación Arkheia, MUAC.

 

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Edgardo Bermejo Mora es escritor, periodista, diplomático y promotor cultural. Actualmente es Director de Artes del Consulado Británico en México. 

 

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