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#Libros: La noche interminable. Tlatelolco 2/10/68

Greco Hernández | 03.10.2018
#Libros: La noche interminable. Tlatelolco 2/10/68
En #Libros les traemos fragmentos de publicaciones elegidas por los editores de Este País. En esta ocasión, Greco Hernández hace un recuento del 68 protagonizado por su propia familia. Agradecemos a Siglo XXI Editores por proporcionarnos este texto. 

1. ¡ESTÁN MATANDO A LOS ESTUDIANTES!

 

 

Siendo un niño de 14 años, allá por 1934, mi padre, Manuel, llegaría a vivir al D.F. proveniente de Teposcolula, un pueblo en la región mixteca de Oaxaca. Con el tiempo, y arrastrado por las circunstancias de su pobreza y falta de escolaridad, junto con (quizá) una pizca de aventura, acabaría vendiendo ropa usada en las calles del barrio de Tepito. En 1947, a los 27 años se casaría con Consuelo, mi madre, quien llevaba bajo el brazo 17 primaveras cuando se fue a vivir con él. A lo largo de los años, llevarían una vida durísima en las calles alborotadas de este cruel y despiadado barrio; por ser mujer, para ella la vida ahí sería desde el inicio aún más difícil. Siendo tan joven, su alma era un crisol en donde se fundían, como por alquimia, días llenos de esperanza, un corazón libre, generoso y rebelde, así como un semblante en la cara colmado de lozanía, como la arena blanca de una isla al amanecer. Al llegar a Tepito, estos ingredientes formarían en ella una amalgama que sería la se-milla de su nueva vida, y los hijos que daría a luz pronto empezarían a arribar a la arena blanca de sus playas. El trabajo honrado y el amor a sus hijos siempre serían el motor que movería la rueda de su vida.

A finales de 1959, se construyeron tres enormes mercados en este barrio que dieron albergue a los cientos de ambulantes que llevaban decenios (si no es que siglos) vendiendo dispersos por las calles de esa zona. Hay que recordar que ya en tiempos de los mexicas, Tepito era un barrio marginal donde la gente vivía de la vendimia y del pequeño cultivo de parcelas. Desde 1960 mi familia vivía sobre la calle Tenochtitlán de este sonadísimo e histórico barrio bravo, y mis padres habían comprado varios locales en uno de esos mercados en los que vendían trajes y pantalones de casimir usados.

Al acabar el verano de 1968, vivía yo una época de transición, justo entre la secundaria y el bachillerato. Acababa de terminar la secundaria en una escuela del Instituto Politécnico Nacional de las que en aquella época se llamaban Prevocacionales, o simplemente “Prevos”. De la “Prevo 4”, que estaba ubicada sobre la calle Peralvillo en Tepito, entré a estudiar a la Vocacional 7 del Politécnico en Tlatelolco. Soy Efrén, el tercer hijo de Manuel Hernández y Consuelo Ramírez, y en aquellos infaustos días tenía yo 17 años. Después de haber cursado un año en la “Voca 7” y como resultado de los sucesos del 2 de octubre, ésta sería trasladada primero a El Toreo de Cuatro Caminos y tiempo después al oriente de la ciudad, muy cerca de la cárcel de mujeres de Santa Martha Acatitla.

Me involucré superficialmente en el movimiento estudian-til y popular de 1968. Quizá sería mejor decir que, dada su gran fuerza, el movimiento me arrastró en sus mareas a invo-lucrarme. Sin embargo, aunque participé poco, me daba clara cuenta de los sucesos, de la magnitud de la situación, de la importancia del movimiento y del ambiente enrarecido y peligroso en lo político de aquella época. Las protestas de 1968 tuvieron un profundo impacto en la dimensión social y, en mi caso, además lo tuvieron en el seno de mi familia. Este impacto es lo que quiero describir, ya que lo viví en primera persona. También quiero pintar un retrato breve del ámbito social, geográfico y urbano de este barrio de la Ciudad de México que, aunque sólo algunos de sus habitantes participamos en el movimiento estudiantil, por su cercanía a Tlatelolco sí vivió los sucesos del 2 de octubre en carne propia. Sin embargo, el Tepito que yo aquí describo, el de hace cincuenta años, el tiempo lo ha borrado ya casi por completo. Por eso, para entender el ambiente en el que ocurre la historia que contamos a lo largo de este libro, es que trato de explicar su naturaleza en los años sesenta.

 

EL PAÍS DEL NUNCA JAMÁS

 

Tepito es el país del nunca jamás, donde nada es lo que pa-rece ser y la realidad se torna en espejismo; es un lugar en el que la vida sucede en una dimensión enrarecida, enrevesada, y donde la razón habita en una bruma extraña. Laberinto con minotauros salvajes, Tepito es violencia que hiere el espíritu humano; es crisol de personajes sui generis, excéntricos y a ve-ces estrafalarios; es “Arte Acá”, cuyas figuras pintadas en muros citadinos cobran vida y salen de sus paredes para ir a vender lo inimaginable, a delinquir, a pelearse en las calles, a estudiar una carrera o a escribir un libro. Epifanía de lo banal, fugaz y volátil, la vida ahí es filosa y llena de ángulos cortantes; es un enjambre de peligros a punto de aguijonear la carne; es un juego de sombras, claroscuros y penumbras que tratan de engañar; es un campo minado lleno de espejos que confunden al pisar; es un constante juego de azar entre tahúres que apuestan con las cartas marcadas. Tepito es como un solenoide en movimiento, como un caleidoscopio girando, cuyas múltiples caras las conforman su ambiente y sus personajes que aquí brevemente se describen.

 

En los años sesenta en las colonias populares del Distrito Federal casi no había comercio informal ambulante como sucede hoy en día por toda la ciudad. Las calles estaban despejadas pues el comercio sólo existía dentro de los mercados o como comercio formal en tiendas establecidas. Tampoco existían las centros comerciales. En Tepito todo el comercio se limitaba al interior de tres grandes mercados, el de “la comida”, el de “materiales eléctricos y zapatos”, y el de “ropa usada y fierros viejos”; sólo durante la época decembrina se hacía una feria del juguete afuera en las calles, en donde se vendían juguetes a lo bestia.

Nosotros teníamos unos puestos dentro del mercado de ropa usada y fierros viejos, donde mi papá, mi mamá, mis dos hermanos mayores (Cutberto y Sadoc) y yo vendíamos ropa usada. En ese mercado había un área donde trabajaban los “ayateros”, comerciantes que llevaban su mercancía en ayates (bolsas) de ixtle; además, había otro sector donde estaban los “fierreros”, quienes vendían poleas, baleros, cadenas, resortes, engranes, balines y cientos de cosas usadas de metal.

En las zonas de ayateros y de ropa usada había un subgrupo de vendedores, “los goleadores”, quienes eran sastres que no tenían puesto fijo. Por ello, para vender se colgaban pantalones o varios sacos en el hombro y, al pasar un posible cliente, le decían con insistencia: “¿saco sport, traje negro, pantalón de casimir?”, o “mira, tengo un saco a tu medida, velo”, o “a ver, mídete este chaleco, tengo los mejores precios”, etc. Así andaban todo el día, deambulando de aquí para allá con sus prendas al hombro y a la caza de posibles clientes. Había mucho sastre y mucho zapatero que vinieron a Tepito desde Guanajuato a raíz de la Guerra de los Cristeros en el decenio de 1920. Mis hermanos mayores y yo éramos “goleadores”, de modo que cuando alguien entraba en el mercado, nos acercábamos y con insistencia le mostrábamos el pantalón que llevábamos en el hombro, a ver si podíamos jalar al posible cliente al local de mi papá. Andábamos todo el día de aquí para allá con nuestro pantaloncito sobre el hombro atrayendo clientes, “a ver, pásele”, “tenemos lo mejor”. Si alguien entraba buscando algo que yo sabía que mi papá no tendría, llevaba al cliente a otro puesto y él me daba mi comisión, un 10% de lo que le vendiera. ¡Era una lana! Una coca-Cola costaba 20 centavos esos días, por ejemplo.

Finalmente, en ese enorme mercado había otro gran sector conocido por todos como “de chácharas”, es decir, una zona con decenas de puestos en los que se vendían montones de pedazos rotos, usados y sucios de todo lo imaginable, desde partes de la maquinaria de un reloj Rolex auténtico o la resistencia inservible de una linterna de marca japonesa, hasta un fragmento de turbina de avión o la palanca de velocidades de un BMW de comienzos de siglo, por ejemplo. Todo estaba revuelto y cada puesto era una montaña mágica de pedacería de cosas raras. Había miles de triques y de chácharas a la venta. Los vendedores ahí gritaban todo el santo día, cada uno con su estilo, “¡métale su manota sucia!”, “¡bara, bara, bara!”, “¡a veinte centavos la pieza!”, etc., mientras hacían sonar estridentemente un bote conteniendo monedas de cobre de esa época. Aquello era un ruidero chispeante, un lugar donde tu voz se perdía en aquel barullo incesante que duraba hasta bien entrada la tarde.

En esos años había muchas prostitutas en este barrio, y algunas de sus cuadras eran una verdadera zona roja. Siempre hubo muchas prostitutas alrededor (incluso enfrente) de nuestra casa, paradas en las calles y ofreciendo por poco dinero sus bocas, sus curvas y sus sexos. Muchas estaban metidas en un corralón de las calles Toltecas y Peñón. Ese corralón había sido un establo al que, con los años, convirtieron en un enorme prostíbulo en el que las mujeres malamente sobrevivían. Ahí estaban ellas, con sus miradas impasibles que se perdían en aquel cielo opaco a punto de llover; con sus perfumes baratos, cuyo aroma se disolvía en el olor de la basura que cubría permanentemente las calles; con sus labios pintados, cuyo rojo carmín se desteñía en el trasfondo gris de aquel universo sórdido; con sus cuerpos tibios, que se enfriaban al contacto del frío de la mise-ria; y con sus formas de mujer, cuyas suaves curvas contrastaban con el contorno arisco de aquellas calles rotas. Sus vidas eran la pedacería amontonada y revuelta de ellas mismas, como si fueran triques y chácharas a la venta, hablando con voces que morían en el barullo de aquel barrio que duraba hasta bien entrada la noche. Eran altas, bajitas, gordas, jóvenes, feas, maduras y guapas, pero su pobreza las volvía a todas iguales hasta convertirlas en una masa homogénea y olvidada de tristes objetos de consumo para clientes también olvidados, tristes y homogéneos en su pobreza e identidad de barrio. Siempre estaban ahí ellas y ellos, en sus cuartos divididos con una cortinita vieja pasando momentos efímeros en un abismo de días idénticos.

Algunas traían a sus hijos chiquitos, y a ellas mi mamá les decía “pues déjalos aquí mientras juegan en el patio de mi casa y tú te vas a trabajar; aquí están seguros”. Y les cuidaba a sus hijos. Esa ayuda y actitud generosa hizo que aquellas mujeres le tuvieran mucho agradecimiento y simpatía a mi madre y que ellas, a su vez, cuidaran al papá de mi mamá cuando ella se iba a trabajar, ya que mi abuelo sufría de ataques de epilepsia.

Por otro lado, también había muchos baños de vapor públicos por varios lados de aquel barrio, como los “Rivero” sobre esta misma calle, los “Raúl” ubicados sobre la calle Bartolomé de las Casas, “Baños Sol”, en el Callejón del Estanquillo y “Baños Matamoros”. En ellos, así como en otros más que existían en este barrio y muy comunes en las colonias populares en aquellas épocas, había regaderas individuales y colectivas, baño turco (con vapor), baño ruso (con aire seco caliente), etc. Además de bañarse, en dichos baños sucedía de todo: te daban masaje, te traían jugos, las parejas se metían a tener sexo, las mujeres iban a lavar la ropa de toda la familia, y en los baños para varones ellos se metían a jugar baraja y dominó, a tomar, etc. En fin, iban a hacer una rica y distendida vida social.

Sobre la calle Rivero, entre las calles Tenochtitlán y Jesús Carranza, había un “toreo” sobre la misma acera de los baños públicos “Rivero”. Los “toreos” eran comunes en las colonias muy populares, en los barrios bajos de la ciudad. Eran casas grandes o corralones donde vendían pulque y fritangas principalmente, aunque a veces también vendían otro tipo de comida. De hecho, nuestra misma casa era un toreo cuando la compraron mis papás a finales del año 1959 (yo tenía 7 años), en donde vendían mariscos y pulque, mismo que tuvimos que desmantelar para poder construir nuestra propia casa. En los toreos pasaban señores a vender de todo para comer: pescuezos, alitas de pollo frito, tacos de carnitas, mariscos, etc. Además, siempre se jugaban juegos para apostar. Se jugaba la rayuela con monedas de cobre de a veinte centavos pero, sobre todo, se apostaba dinero en juegos de azar, principalmente la brisca, el huesito (un juego de dados, como el cubilete pero con dos dados) y el dominó. Hoy en día los toreos ya no existen, ni en Tepito ni en ningún otro lado de la ciudad.

En la época de los sesenta en Tepito y las zonas aledañas también se jugaba mucho al ajedrez. En los toreos, en las cantinas y en los billares la gente lo jugaba y apostaban. Así, siendo comerciantes de Tepito, con una idea de Cutberto, mis hermanos y yo organizamos un torneo de ajedrez en el mercado donde teníamos los locales. Para publicitarlo, dibujamos unas cartulinas grandes con una pieza de ajedrez, un caballo o una torre, y un letrero que rezaba: “Invitación. 1er torneo interno de ajedrez del mercado. Se invita a los comerciantes a participar”. Había un “goleador” al que apodábamos “el Bobito”, pues tenía cara de menso pero se apuntó al torneo. Sorprendentemente, ¡ese güey era buenísimo! Era tan bueno el cabrón que ¿sabes cómo ganaba? Te daba las blancas, y te decía “empiezas tú”. Entonces movías una pieza y él movía la misma pieza; movías otra pieza y él movía la misma pieza. Al final, te ganaba por posición. No es que moviera las piezas en espejo, idénticamente a tus movimientos, sino que movía la misma pieza pero en diferente magnitud, y ganaba siempre por posición. En fin, hubo de todo en el torneo, buenos y malos, pero ese güey era excelente, y fue el que ganó el primer torneo interno de ajedrez de Tepito.

Pulquerías y cantinas había muchas por todas esas colonias de la ciudad. De hecho, hasta principios de los años sesenta la Prevo 4 estaba en lo que antes fue la Aduana del Pulque de Peralvillo, una de las garitas que controlaban desde la época virreinal la entrada a la ciudad del pulque que llegaba por burro, carretas o, luego, por ferrocarril, proveniente de las haciendas de diferentes estados del país. Hoy en día, parte de ese edificio colonial es la sede del Museo Indígena, y otra parte se derruyó para construir la avenida Paseo de la Reforma. Hasta los años cincuenta, en esos terrenos había muchas familias de soldados viviendo en vagones de tren abandonados por toda la zona. También en Tlatelolco había otra aduana de pulque, la Garita de Nonoalco, que se derruyó para construir a principios de los años sesenta la actual Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelol-co. Así, el pulque abundaba en el barrio bravo desde épocas pretéritas. En el cruce de las calles Tenochtitlán y Bartolomé de las Casas había una pulquería, “La hija de la palanca”, que fue muy famosa por lustros. En la esquina de Carbajal y Peralvillo había otra llamada “El Popocatépetl”, otra sobre Rivero, y otra más sobre la Avenida del Trabajo llamada “Los Tigres”. En la esquina Héroes de Granaditas y Tenochtitlán también había otra pulquería, y sobre Jesús Carranza y Bartolomé de las Casas había una cantina. Y así por todos lados.

Tepito estaba conformado de manera general por vecindades verdaderamente añejas, algunas de las cuales eran enormes y ocupaban toda una manzana por lo que tenían dos salidas que desembocaban, cada una, en calles diferentes. Había vecindades a las que les ponían nombre. Por ejemplo, estaba “El Mesón”, en aquella época lleno de puro rata y atracador. Le llamaban así porque años antes había sido un mesón, es decir, un lugar donde llegaban viajeros a hospedarse sólo para pernoctar. Sobre Matamoros, entre las calles Peralvillo y Jesús Carranza está “El Edificio blanco”, uno que así se sigue llamando; sobre Tenochtitlán, entre Matamoros y Bartolomé de las Casas, al lado de “La hija de la palanca”, había una vecindad que le decían “El Túnel”, donde estaban los más cábulas, los más latosos, los más lacras del barrio, y por eso era famosa. Justo afuera de Tepito, pasando Avenida del Trabajo hacia el oriente esta-ban “El Pantano” y “El Castillo” (así de grande era). También estaba “La Casa blanca”, una vecindad que se hizo archifamosa por el libro Los hijos de Sánchez, del antropólogo estadunidense Oscar Lewis publicado en 1961, y del que hicieron película con Anthony Quinn, Dolores del Río y Lucía Méndez, y con la excelente música de Chuck Mangione. Algunas de estas vecindades siguen existiendo, pero otras ya no porque se cayeron en el temblor de 1985.

En aquella época había sólo coches americanos, no llegaban marcas europeas ni japonesas como ocurre en la actualidad. Los coches tenían las velocidades en el volante, eran enormes y pesaban entre 3 y 4 toneladas. En la casa teníamos un carro azul Ford Seneca, gigante y tosco, que me llevaba por el barrio ya que manejar en aquellas calles vacías era agradable. En mis recorridos, iba visitando esta miríada de añejas vecindades con nombre y personalidad propias. Igualmente, andábamos mucho en bicicleta y en patines en esa maraña de calles sin gente.

La música que se escuchaba en general era cumbia y música tropical; eran muy importantes los llamados “sonidos”, que ponían la música en las tocadas y fiestas, y que tocaban sólo música tropical. Por ejemplo, “Sonido la Changa”, “Sonido Zarpas” o “Sonido Fascinación”. Este último sigue tocando hasta

la fecha. La gente salía a buscar un “caché” (como se le decía allí a las tocadas) en cualquier lugar de Tepito, durante el cual cerraban las calles, sacaban sus bocinas a todo volumen y el baile se hacía en grande. Avisaban, por ejemplo, “hay caché en el 54”, y nada más con el número sabíamos que significaba la vecindad ubicada en el número 54 de la calle Peralvillo. O decían “en la blanca”, y sabíamos que querían decir “La Casa blanca”, o “hay tocada en el 91”, y sabíamos que se trataba del número 91 de la calle Peñón, donde había una gran vecindad. A veces los cachés simplemente terminaban en bronca en las que hasta había muertos. En la Prevo 4 yo tenía dos amigos, Gonzalo y Jorge “el Aguiñaga” que vivían en el número 91 de Peñón, y muchas veces regresando de la Prevo, me iba a esa vecindad y encendíamos un radio portátil para escuchar, en el programa “Vibraciones” de Radio Capital (un programa de aquella época), un nuevo tipo de música que llegaba de Esta-dos Unidos: el rock.

En esa misma vecindad vivió una señora apodada “la Negra”, cuyos hijos eran acusados de andar robando en las calles. Se llamaba Leonor, pero después los periódicos la renombraron como “la Jitomata” para volver su mala fama aún más mala, y hacer las notas rojas aún más rojas. Fue, de verdad, un perso-naje histórico de este barrio porque se decía que formó con todos sus hijos, chavitos de 10 a 15 años, una banda que se iba a asaltar por las calles. Fue con “la Jitomata” con quien aprendí a jugar baraja; me ponía borracho con toda la banda de ahí; algunos de ellos eran apodados, por ejemplo, “el Asesino” o “el Baros”, uno a quien llamaban así porque en esas vecindades te peleabas por un baro (un pesito te daban para que te pelea-ras). No hay que olvidar que Tepito fue cuna de boxeadores, algunos de los cuales brillaron a nivel internacional, como “el Ratón” Macías, Carlos Zárate, José “el Huitlacoche” Medel y “el Famoso” Gómez, por ejemplo. Decían en aquellas vecindades antiguas y casi destartaladas: “¿quién se quiere rifar?” y “el Ba-ros” era el que más se peleaba por ganarse su peso. A la fecha somos compadres. Estando ahí con todos era cuando te tenías que pelear por un pesito. Pero yo me peleaba con un montón de miedo, me aterraba, pero me tenía que pelear de barbas para pertenecer a la banda. En muchas vecindades sucedía esto.

Otro personaje histórico fue “el Terry”, quien juntaba bandas de 30 o 40 cabrones para ir a pelearse; era famoso por sus des-manes. Iban en la calle y toda la gente se bajaba de la banqueta para que pasaran, así de locos y temidos eran; uno más era, por ejemplo, el apodado Paco “el Elegante”, quien siempre andaba guapo, “a la línea”, y quien regenteaba a algunas de las prostitutas que estaban en Tepito. También conocí a las diferentes bandas de ese barrio, y vi muchas veces cómo se peleaban y hacían desmanes. A mí me encantaba irme a meter a lugares peligrosos, me metía en broncas de a gratis, me peleaba de a gratis. Por otro lado, en esos tiempos, se estilaba muchísimo jugar frontón afuera en las calles, en las bardas de las vecindades. En 1968, mucha gente que vivía en Tepito o en las vecindades de toda esa zona eran medianamente conscientes del movimiento estudiantil. A muchos de plano no les interesaba. En esta inercia, yo me inclinaba en general por irme al cotorreo del barrio, a estar con la banda, a irme a la tocada, al caché, a jugar cartas en los toreos o a jugar frontón. Me llamaban la atención diversos personajes del barrio, como “la Jitomata”, “el Terry”, “el Pantera”, o Paco “el Elegante”, por ejemplo. Ese tipo de gente me llamaba la atención, no sé por qué. En consecuencia, me iba con el Terry y su banda, tomaba con ellos, íbamos a los cabarés; también jalaba mucho con “el Pantera”, Guillermo y Fernando Cuadros y otros más. Ese tipo de gente que yo conocía muy bien, gente común, lumpen y del barrio, no hablaban nada de los estudiantes ni de su movimiento. Nunca se hablaba de política con ellos.

 

 

UNA MAREA QUE CRECÍA

 

En 1968 estaba en pleno apogeo la guerra fría entre las dos superpotencias. Había en los estudiantes un gran entusiasmo por los valores de la izquierda en el mundo. La Revolución cubana era una bandera para las mentes progresistas y liberales en México, pues representaba por antonomasia “la caída del dictador opresor”. Asimismo, la guerra de liberación de Argelia como colonia francesa había acabado en 1964, y la guerra en Vietnam estaba en su cénit. Ambos eventos históricos eran símbolos de la lucha de los pueblos en contra de la tiranía de las potencias como Francia y Estados Unidos. Circulaban las noticias de los diferentes movimientos sociales progresistas que habían sucedido en Europa ese año, como los de París, Berlín y Praga, o los Panteras Negras en Estados Unidos. Este contexto definitivamente tuvo una influencia personal en muchos de los estudiantes que originaron el movimiento del 68 en México, aunque no fue su causa.

En el día a día, en el mercado donde vendíamos mucha gente comentaba la fuerza del movimiento de los estudiantes, así como de su poder en las calles. Era, pues, una marea que iba en crecimiento. Sin embargo, en la prensa sobre todo, nos trataban de hacer creer que los estudiantes eran vagos, delincuentes, revoltosos y malos, y que nada más andaban echando desmadre, algo que, de hecho, mucha gente común sí creía. Por ejemplo, hubo una ocasión antes del 2 de octubre, en la que comenzó a correr el rumor, cada vez más fuerte, de que “¡ahí vienen los estudiantes!”, “¡vienen en bola, vienen saqueando, rompiendo, robando y asaltando!” Empezó a correrse la voz y cada vez más la gente lo repetía, entrando todos en el mercado en pánico, en psicosis y generalizando el miedo, con lo que todo mundo guardaba sus cosas y bajaba las cortinas de sus negocios para encerrarse ya sea en sus locales o en sus casas. En realidad, era una pe-queña manifestación que pasó a algunas cuadras de allí, y nunca llegó nadie a robar ni a asaltar. Sin embargo, la incertidumbre y el miedo en el ambiente atenazaban las gargantas. El movimiento estudiantil y social en México era, de verdad, una marea que crecía.

 

“NO ENCONTRAMOS A CUTBERTO”

 

A pesar de que mi vida transcurría básicamente en el barrio, en los hechos yo sí tenía información de los acontecimientos, y poco a poco comencé a participar activamente en el movimiento estudiantil de 1968. En la Prevo donde yo estudiaba sí se hablaba “del movimiento”, “de las manifestaciones”, “de los pliegos petitorios”, “de la situación social”, “de la grilla”, “de que había una gran crisis económica”, “del Che Guevara y la Revolución cubana”, etc. Igualmente, en mi casa cuando llegaba Cutberto nos contaba cosas, nos platicaba “del cambio social”, “del gobierno corrupto”, “de la represión”, etc. Así que en la casa sí hablábamos mucho de política, y por eso muchas personas nos criticaban. Teníamos un coche en el que andábamos repartiendo propaganda mi mamá, mi papá y yo. Ellos junto con Cutberto, principalmente, andaban en la grilla. A raíz de eso y de que los tres hermanos mayores estudiábamos, pasábamos por las calles de Tepito y la gente nos gritaba “¡comunistas!”, que en esa época era una agresión.

El 2 de octubre como a las 5 de la tarde caminaba yo por la calle Tenochtitlán; tenía una novia que vivía sobre esta calle en la vecindad de enfrente de “El Túnel” y estaba con ella en su casa. Pues ese día justo venía de verla. Iba yo hacia nuestra casa y al llegar a la esquina de Rivero y Tenochtitlán oí los primeros disparos. Llegué a la casa y la puerta estaba abierta, por lo que mi tío Guillermo me ordena con voz de miedo “¡métete porque están disparando!” No me acuerdo quién más de mis hermanos chiquitos estaba ese día en la casa. Sé que estaban Eira y Nohemí, pero nada más. Entonces, subo a la azotea y conmigo sube Guillermo, y comenzamos a oír mucho más claro el “¡pa-pa-pa!”, muchos disparos, y también se oía un helicóptero; luego me bajé al patio, salí de la casa y me fui para Tlatelolco; en el trayecto me encontré a varios de los vecinos, todos corriendo, todos hablaban de lo mismo, y gritaban “¡están matando a los estudiantes!”, “¡el ejército está matando a los estudiantes!”, entonces corrí hasta llegar al par-que de Paseo de la Reforma y la calle Matamoros, enfrente de la glorieta del monumento a Cuitláhuac, y encuentro que toda la zona ya estaba acordonada por soldados; pasaban las patrullas así como carros y camiones del ejército, aunque más ejército que patrullas; cuando quiero entrar en el parque de Tlatelolco un soldado me para en seco y me dice con su rifle en la mano “¿sabes qué chavo?, no te metas, mejor ya regresa, vete a tu casa, mejor ya vete”. Mientras, los demás soldados se gritaban órdenes entre ellos. En ese momento regresé a mi casa. Cuando llegué, mi papá salió y me dijo asustado “no te salgas Efrén, quédate porque están matando a los estudiantes”. Y luego me repite, “oye, ¿por qué te sales? Te andamos esperando, métete y ya no te salgas”, y termina su monólogo con un gélido “no encontramos a Cutberto”, frase que retumbó en mis oídos como el zumbido chillón, seco y ensordecedor de las balas que en ese momento ya se oían por todos lados. Luego de eso, estuvimos toda la tarde y noche en la casa en una es-pera larga, extraña y perturbadora; estaba Sadoc, Guillermo y mi papá, pero a mi mamá casi no la vi. Yo tenía mucho miedo, pues andaban matando a los estudiantes.

La gente corría, todo mundo huía; de este lado de Paseo de la Reforma hacia Tepito pasaron varios camiones del ejército por la calle Tenochtitlán, frente a la casa. Guillermo era parte de la familia y estaba siempre en nuestra casa. Ese día había venido por la noche. Se oía de repente “¡pa-pa-pa-pas!”, ráfagas de balazos; ya eran las 8, las 10 y luego las 11 de la no-che y seguían oyéndose tiros. No pude dormir esa noche. No volví a ver a mi mamá hasta el siguiente día en la mañana; fue cuando salí con el coche y pasé por la calle que actualmente se llama Ricardo Flores Magón; pasé con el coche una vez, pasé dos veces, pasé tres veces y a la tercera veo cómo un soldado le habla a un fulano y me señala desafiante, como diciendo “este cuate ya pasó tres veces, ¿qué onda?”, por lo que mejor regresé a la casa. Estaba toda el área sitiada por cientos de soldados y granaderos. También los vecinos comenzaron a hablar de “los de guante blanco”, agentes del gobierno que traían un guante blanco para que, según se supo después, en el mitin no les dispararan otros del gobierno ni los soldados.

Al siguiente día mi papá, mi mamá y Guillermo hablaron entre ellos, y luego me dijeron: “¿sabes qué?, mejor te vamos a sacar de aquí para que no te vean, porque si ven a varios jóvenes juntos los matan”. Se decía que “nada más te ven y si eres estudiante o joven, fácilmente te podrían matar”. Ése era el ambiente que reinaba en esa parte de la ciudad aquellos días. Entonces, me llevaron a la casa de Guillermo sobre la calle Canal del Norte con su esposa María Luisa. Llegué con ella y me dieron chance de vivir ahí. Además, me puse a trabajar en una carnicería de su propiedad y que estaba afuerita de su casa sobre su calle. Empecé a ayudarles con la carne y luego, como a la semana, me mandaron a trabajar a un taller dentro de un terreno grandísimo en la mera esquina de Canal del Norte y Avenida del Trabajo que decía “Se arreglan muelles”, donde estaba un monumento de metal de un trabajador con un mazo, estatua que ya no existe. En ese taller trabajaban con muelles de coche y además hojalateaban. Yo me fui a trabajar con un hojalatero hermano de María Luisa, al que le apodaban “el Calla”. Me pagaban 30 pesos a la semana, primero en la carnicería y luego con el hojalatero. Viví con Guillermo y María Luisa como 20 días, pero los fines de semana iba a nuestra casa a Tepito para ayudarle a mi papá a vender en las accesorias del mercado.

Un día que regresé a la casa mientras vivía con mis tíos fue que me enteré de que mi mamá estaba buscando desesperadamente a Cutberto. Se iba de la casa, regresaba y les hacía de comer a mis hermanos los chicos; mientras, mi papá seguía trabajando. Mi mamá era la que más se afanó en su frenética búsqueda, más que mi papá, quien se quedaba casi siempre en la casa para irse a trabajar. A veces también iba mi tío Guillermo a buscarlo. Mi mamá a veces llegaba por las noches a la casa pero a veces no, y al regresar decía llena de angustia y tristeza: “es que no encuentro a tu hermano”. Ella decía que entraba en algún lado y preguntaba por los cadáveres; igualmente, a veces mi papá se iba también para buscarlo en la morgue o en diversos hospitales, a ver si lo hallaba allí. Mi mamá lo fue a buscar muchas veces al Campo Militar número 1.

Un día, finalmente regresó Cutberto a la casa junto con mi mamá, y ella dijo que lo había encontrado en el penal de Santa Martha. Llegaron por la noche, y entonces yo me quedé viéndolo un montón de tiempo; regresó bien flaco. Al otro día comimos sopa; estaba también mi papá y Sadoc, pero había más gente presente que ya no recuerdo quiénes eran. Estábamos comiendo en familia, por decirlo así. Luego de que Cutberto regresara, semanas después, yo comencé a ausentarme de la casa por muchos días; me iba de aventón, por ejemplo, a Veracruz dos semanas, luego me fui a Cancún otros 15 días, después a Yucatán y en otra ocasión a Oaxaca. Me iba de la casa hasta un mes, pero al regresar de mis viajes, extrañamente nadie me preguntaba en dónde había estado tantos días fuera.

Años después, mi mamá me contaría que vio cómo en el Campo Militar número 1 había un horno donde quemaban a los estudiantes, que los aventaban y los quemaban, y me dijo que creía que a lo mejor ya habían matado a Cutberto, y que si no lo encontraba era porque ya lo habrían quemado en esos hornos. Por su parte, un día Cutberto me contó que se lo lleva-ron los soldados, y que había estado en Santa Martha Acatitla. Tres años después fue cuando sucedió el llamado “halconazo”, otra manifestación estudiantil realizada el 10 de junio de 1971 y que también fue brutalmente reprimida por el gobierno por el grupo paramilitar “Los halcones”. Ese día, los estudiantes también fueron aniquilados, y fue entonces cuando yo me involucré mucho más en la política. Entonces sí anduve de grillo.