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Muerte de B 

Marco Antonio Murillo | 24.10.2018
Muerte de B 

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El Batimóvil por la carretera, un sueño que atraviesa fugaces escenarios de papel y sitios nocturnos. Sortea baches, aumenta la velocidad y desacelera cuando un tráiler está frente a él y le impide el paso. Entonces, lo esquiva y sigue su camino haciendo rugir los 44 caballos de fuerza de su motor de 1.5 litros. En sus metales pulidos espejea el alba de las 5:00 a.m. Tiempo vuelto luz: el sol somnoliento sale por los espejos laterales y por el retrovisor. A los lados, un bosque manchado de verdes claridades es invadido por uno que otro rastro de civilización. La gente levanta sus tempranas chimeneas, los campesinos recogen la cosecha que dejaron cigarras y luciérnagas la noche anterior:

 

II

El divinal automóvil por la carretera, con dirección al puerto más cercano. Al volante, un hombre joven, cabello oscuro y barba de candado, siente que ir a bordo de su Batimóvil Volkswagen 1500 a más de 60 millas por hora es una manera de romper la conciencia sobre el espacio. El paisaje se difumina, sus claroscuros y arboledas mezclan formas y colores, transitan sin importar el número de fotogramas que puede captar el ojo humano. Brevedades que al intentar recordarlas asonantan, borrosas enumeraciones que valen para la memoria o que un letrero que ya nada indica del camino. Los pueblos son fantasma. El bosque de fauna numerosa y el mar que entra al vehículo por el salado olor de la brisa son una mina de oro ya abandonada. El paisaje entrevisto con los faros que despejan la neblina es un contralugar, un sitio de tránsito para quien lo recorre con los ojos cansados, desmañanados, ojos que inventan su propio mundo a cuarta velocidad:

 

III

Y después: el clásico desperfecto a mitad de la carretera, el divinal automóvil con las llantas ponchadas entorpeciendo el tráfico de las lágrimas y de los muertos, que transitan clásicamente en sentidos contrarios. LOS OBJETOS ESTÁN MÁS CERCA DE LO QUE APARENTAN, nos dicen los espejos más inmediatos. La muerte es uno de esos objetos. Aquel vehículo no era conducido por Bruce Wayne, que cruzó a Metrópolis por un viaje de negocios. Al volante iba el poeta mexicano José Carlos Becerra, que estaba de visita en Italia. La noticia de su muerte se dio a conocer en una pequeña nota al interior del periódico Gotham Gazette:

IV

Becerra habría visitado Ciudad Gótica en algún momento de su vida. Quizá pudo conocer a Bruce Wayne, ya sea la versión actuada por Adam West o aquella escrita por Carmine Infantino. Entonces, ¿quién de los dos le habrá contagiado el desvelo al otro?: ¿Bruce imaginó a un hombre disfrazado de murciélago la primera vez que leyó el poema “Batman”, o a Becerra le platicaron un sueño recurrente donde un ser parecido a una polilla entorpecía con sus alas la circulación de los autos? Mientras el poeta conducía adormilado hacia el puerto de Brindisi, tal vez pensaba en el Batimóvil. Quería comprobar cómo se siente Batman recorriendo los parajes abiertos, neblinosos, salinos de Ciudad Gótica. Su muerte a pleno amanecer, con el sol emergiendo del lado del mar, se parece al ascenso de Batman con la luna en la ventana, esperando a que aparezca en el cielo esa sombría luz de la batiseñal. EP

 

 

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Marco Antonio Murillo es autor de los poemarios Muerte de Catulo y La luz que no se cumple. En 2009 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos y en 2014 el Premio Estatal de la Juventud en Artes. Fue becario de la FLM en el área de ensayo de 2016 a 2018.

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