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#Libros: Ediciones Digitales Punto de Partida

| 07.11.2018
#Libros: Ediciones Digitales Punto de Partida
En #Libros les traemos fragmentos de publicaciones elegidas por los editores de Este País. En esta ocasión, presentamos la colección de cinco libros de Ediciones Digitales Punto de Partida. Agradecemos a la Dirección de Literatura de la Universidad Nacional Autónoma de México su apoyo para hacer llegar estos libros digitales para nuestros lectores.   

Papel picado de Carlos A. Chávez

La brevedad, el ego de los escritores y el mar abierto son algunas de las excusas que sirven al autor para entretejer textos lúdicos de corte diverso. En este libro hay espacio para analogías, metáforas y anécdotas, para ensayos personales, ensayos ficción y ensayos literarios por igual. La escritura de acuerdo con Carlos A. Chávez permite indagar en los agujeros negros de la memoria; las palabras tejen vínculos sobre la existencia difusa, vínculos que a la distancia dibujan una imagen reconocible, tal y como ocurre con el papel picado.

¿Cuántos libros puede leer un lector desocupado en un solo día?, ¿en qué radica la dignidad de los negros literarios?, ¿por qué las encuestas socioeconómicas se preocupan más por los focos que por las ventanas? Acaso las respuestas sean menos importantes que el hecho de haber llegado a las preguntas. El camino del ensayista es, a fin de cuentas, un andar sin rumbo, un andar que se mece al compás del humor y la melancolía.

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III. Dibujos en el papel

Nada me distingue: estoy constituido por heridas, algunas todavía rabiosas. ¿La cicatriz es sólo atributo del tejido orgánico? Cuando hago el recuento de mis días, me percato de que mi recorrido está constituido por los agujeros de las ausencias, los olvidos, las prohibiciones y las decepciones.

Conocer al otro conlleva un abandono mutuo. Somos en aquel que nos observa, imagina o desea. El imaginario renacentista se figuraba que en las despedidas uno se llevaba la esencia del otro en forma de fantasma. Yo también encuentro en la familiaridad ajena del cuerpo amado, en mis cuadernos viejos y en los libros que he leído, espectros irreconocibles del que fui.

Hay algunos puntos de la ciudad que han desaparecido de mi mapa: escuelas y patios que alguna vez constituyeron mi único horizonte, calles que ahora son plazas y jardines clausurados, hogares que se han reducido a la casa de alguien más. Asumo las pérdidas a las que irremediablemente estamos destinados. “La vida es una suma mermada por incontables restas”, dice Sergio Pitol. Una mudanza continua, la migración súbita hacia lugares ignorados invita a suspender el dibujo del yo como un territorio de rutas continuas.

Nacido en una casa de interés social, por mucho tiempo me esforcé por construir un lugar de tranquilidad en el cual pudiera concentrarme y hacer uso de mis capacidades al máximo, a la usanza de Montaigne. Pronto me di cuenta que la soledad está poblada de personajes. Por momentos me arrebata la angustia, la cólera, la felicidad o la confianza, y en cada uno de esos estados me encuentro irreconocible. Horacio Quiroga recomendaba no escribir bajo el influjo de la emoción, pero siempre estamos asediados por su tormenta.

Con el ensayo trato de dar testimonio de mi experiencia difusa. No me es fácil, principalmente por mi desmemoria, por la distracción constante que me hace terminar una oración sin recordar la palabra con que empecé. Por las anécdotas de mis conocidos sé que he protagonizado historias emocionantes que para mí son puntos ciegos de la memoria. La escritura me permite indagar en esos agujeros negros. Con las palabras voy tejiendo alrededor de ellos, y me resigno al lenguaje como huellas de una realidad en fuga. Trazo así islas de lucidez, puntos perdidos que en conjunto y a la distancia dibujan una imagen reconocible, como el papel picado.

Infancia, amor, prosperidad, emancipación, futuro, son palabras que me han sido robadas, que no puedo recuperar al deletrearlas. Sin embargo, su ausencia me ha permitido encontrar el hilo para llegar a otras que nunca supuse mías. La primera vez que me destruyeron el corazón conocí el estremecimiento infatigable del odio, y, a falta de un futuro concreto, opongo la resistencia de los días.

Mis jornadas son siempre días de muertos. Sumido en la barbarie de nuestra herencia de agujeros, extiendo el lienzo de una escritura desgarrada como el vestido de carne de Xipe Tótec para cubrir el altar de las ausencias. Supongo que adornamos con papel picado las ofrendas de Día de Muertos para convencernos de que los agujeros suceden en una superficie alegre y colorida, y que gracias a ellos, cuando el delicado papel de china está doblado, con dos o tres tijeretazos es posible dibujar un símbolo de nuestra memoria.

Los siguientes textos no esconden las circunstancias en que fueron escritos. Lejos de argumentos sólidos o conclusiones iluminadoras, su propósito no es otro que hacer un corte en la tela de la cotidianidad de un chilango en la segunda década del siglo xxi e invitar al lector a explorarse en la trama de sus huecos.

 

 

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El órgano de Corti de Julieta Gamboa

Si, según se afirma, el lenguaje es una construcción social, ¿cómo encajamos nosotros dentro de esa construcción en tanto miembros de la sociedad? Y aún más: ¿cómo habitamos esa construcción en tanto cuerpos individuales que forman parte de una colectividad en permanente reconfiguración? ¿Dónde están los límites de nuestro mundo marcados por los límites de nuestro lenguaje, para recordar la idea célebre de Ludwig Wittgenstein? A este tipo de interrogantes apunta la brújula que Julieta Gamboa ha diseñado en El órgano de Corti, su primer libro de poemas, que sorprende entre otras cosas por la madurez de su propuesta. A partir del elemento anatómico que le da nombre y que resulta fundamental en el proceso auditivo del ser humano, El órgano de Corti se entrega a una indagación apasionante del lenguaje que nos concede sentido y sobre todo corporeidad. “Lejos del oído hipertrofiado,/ hinchado de palabras”, la autora busca sus señas de identidad en el entorno violento que la rodea, y de esa búsqueda regresa con un puñado de iluminaciones que reivindican el papel de la poesía como una aventura sensorial en la que el riesgo de lo que se dice y lo que se calla está siempre presente. 

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Primeras ondas sonoras


Inmovilizada con el paso del tiempo,

la columna vertebral comienza temprano a endurecerse,

a tensarse,

con todas las palabras escuchadas,

aprendidas,

maduradas en la boca.

 
Se forma un cuerpo con condiciones únicas,

precisas,

con cambios apenas perceptibles,

lejos de la fuerza salvaje de las bestias.

 
Para hacer un cuerpo otro,

distinto,

es preciso abrir el engranaje

que mueve las palabras.

 
Se construye un fino mecanismo de ensordecimiento;

se confecciona

un cuerpo tranquilizado.

 

Desde el espacio limítrofe de los oídos,

se amortigua el sonido

para encerrar unas cuantas certezas sobre el mundo.

 
Un cuerpo paciente crece desde el oído custodiado.

 

 

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La Reina Valera de Enrique Ángel González Cuevas

Una mañana Ramón se encuentra a su hermano y a sus padres en el baño. Ellos habían salido de viaje horas antes por lo que, más que una visita, piensa que debe tratarse de una aparición. Asume que los fantasmas han ido a advertirle que murieron en la carretera, toma la noticia con naturalidad y, cuando comienza las gestiones consecuentes, se entera de que sus familiares llegaron con bien a su destino.

Con el paso de los días, la familia comprende que sus fantasmas tienen un objetivo claro: destruirla. Beatriz, la madre, para desvelar qué ha motivado esa situación, busca a Dulce: una mujer transgénero que tiene el don de convivir con los espectros. Dulce, a partir de entonces, acompañará a la familia en el descubrimiento del misterio, pero, sobre todo, en el descubrimiento de sí misma.

En esta novela escrita en clave de humor, Enrique Ángel González Cuevas construye un universo incierto, donde la ambigüedad es un elemento que sirve para cuestionar las instituciones tradicionales, principalmente a la familia.

Lo pueden descargar aquí

 

 

Ramón estaba ante Dios, escuchando su única y verdadera Ley, cuando el teléfono lo despertó y le hizo olvidar el sueño.

Era su madre.

Hablaba para avisarle que todos en la casa se iban el fin de semana a Morelos. Mariana se encargaría de dar de comer al perro. Ramón no tenía que hacer nada. La llamada era para evitar que fuera de visita y no encontrara a nadie.

Él le dijo que cuidara mucho que su padre no manejara borracho. El viejo no aguantaba los tragos como antes, ni tenía los mismos reflejos.

Colgaron y Ramón regresó a la cama. Esta vez no soñó.

Más tarde lo despertaron las ganas de orinar. Se levantó y al entrar en el baño se topó con su hermano y sus padres. Aunque imposible, la escena le resultaba lógica: estaban muertos y habían ido a despedirse de él. No era la primera vez que pasaban cosas así en su familia. Un año atrás su tío Antelmo se les había aparecido para pedirles que lo enterraran en su pueblo natal; dos horas antes habían esparcido sus cenizas por el malecón de Veracruz.

Ramón pensó entonces en las curvas de la carretera y en el pestañeo alcohólico de su padre.

—¿En qué kilómetro? —dijo preocupado por el tiempo que tardaría en llegar.

—No importa —respondió con calma su madre—, primero debes ir a la casa a buscar actas de nacimiento y otros papeles para poder reclamar los cuerpos y hacer varios trámites. Todo lo que necesitas está en un fólder debajo de nuestra cama. También están ahí los papeles de los seguros y cinco mil pesos para emergencias. Pero fíjate bien, porque no tienes que pagar nada: el seguro del coche cubre el entierro y el traslado de los cuerpos. Los seguros de vida son para que les den dinero a ti y a tu hermana. Las escrituras de las casas están en otro fólder hasta arriba del librero.

Ramón sonrió. Ni muerta su madre dejaba de orientarlo. Ella siempre tan precavida.

Su padre y su hermano no hablaron. Ramón supuso que estaban ahí para que él los liberara de sus cargas.

A su padre le dijo que no sintiera culpa por su vicio, pues sus mejores consejos se los dio borracho.

A su hermano le dijo que se fuera al infierno.

Su madre siempre supo cuánto la quería, así que no le dijo nada.

Los tres salieron del baño y Ramón pudo liberar su vejiga. Al salir los buscó por todo el departamento, pero ya suponía que no los iba a encontrar.

Decidió no hablar con Mariana hasta tenerla enfrente. Siempre recibía muy mal las noticias y no era conveniente que se pusiera a actuar sola. Mucho menos con el pendejo de su marido; no por nada su madre lo había buscado a él, pensó.

Tomó un taxi a la casa de sus padres y al llegar se dio cuenta de que no traía efectivo. Pidió al taxista que lo esperara. El tipo aceptó de malas. Ramón entró en la casa, fue directo a la recámara de sus padres, levantó el colchón y encontró el fólder con los cinco mil pesos y el resto de los papeles. Salió y pagó al taxista.

Antes de volver a entrar, vio que Mariana venía doblando la esquina. Su paso calmado le dijo que aún no se había enterado de la desgracia. Pero ahora él podía contarle todo. Con los papeles en la mano y las instrucciones de su madre, ambos se pondrían en camino sin dar tiempo a su hermana de ponerse histérica.

En el minuto que pasó mientras ella caminaba de la esquina a la casa, Ramón pensó que lo mejor sería que el esposo de Mariana los llevara en su auto por toda la carretera buscando el accidente.

Ya adentro, mientras Mariana daba de comer al perro, le dijo lo que le había pasado.

—Pero si acabo de hablar con ellos antes de salir de mi casa. Llegaron bien desde hace rato —replicó ella.

Ramón cogió el teléfono y marcó el número de la casa de Morelos.

Su madre le contestó.

 

 

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Invocaciones de Tania Ramos Pérez

Con un ritmo que por momentos parece provenir de la historia remota, Tania Ramos Pérez teje los poemas bellos y enigmáticos que conforman Invocaciones, un libro donde el conocimiento profundo del orbe mesoamericano alimenta un caudal de imágenes tras las que pulsa el sentido de la oración o la plegaria. Si el mundo —como asegura la autora— es un “viaje largo de palabras huérfanas”, Invocaciones es una morada acogedora para combatir esa orfandad, un lugar en el que el canto heredado de los ancestros resuena claramente mientras exhibe el choque del pasado mítico con un presente cada vez más profano. Con voz certera y firme, este libro hace un llamado para preservar las cualidades legendarias de la poesía con ayuda de las presencias antiguas que les dieron cabida en el orden del universo.

“Quién soy yo para decir habla./ Di lo que me place encabalgado en el verso,/ la copla que finge ser la mañana que viene./ Mueve tu boca, escribe, aparentemos que la lengua basta./ Es el cúmulo de notas,/ esas letras que vestidas hasta los nudillos/ avanzan.” Es el conjuro de la naturaleza para alcanzar la comunión con la esfera humana.

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LA CONSTRUCCIÓN DEL SILENCIO

es el silencio que sigue al cataclismo destructor, cuando todas las fuerzas que unían a este mundo se desatan para destruirse entre sí.

J.M. G. Le Clézio

(Versión Mercedes Córdova y Tomás Segovia)

No somos la cal ni la ceniza de los tiempos. Apenas su gesto se inclina en nuestro cuello y ramificados brotamos luminiscencias por el Este de los ojos. Una palabra cimbra lo que funda nuestra identidad —credo irresuelto—. Habitamos una región que como testimonio tiene la piel abierta al monzón de las pequeñas cosas, lugar de los minúsculos augurios de la tarde. Ceremonia que se clava en la frontera más difusa del silencio. Y ahí, donde el cuerpo no es más objeto —ritual mismo― es la congruencia la que anticipa su lengua bífida y nos nombra. Siempre, aquí, sobre esta tierra; desde allá, desde ese tiempo otro, ausente, que lloramos todas las mañanas.

 

 

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Telúrico de Álvaro Sánchez Ortiz

La fuerza implacable de la naturaleza se hizo patente una vez más con los desastrosos sismos de 1985 y 2017, que cambiaron para siempre la faz de la Ciudad de México. Dos septiembres separados en el calendario por treinta y dos años quedaron unidos en la historia por la devastación que cimbró no sólo a un país sino al mundo entero; una devastación en la que sin embargo afloraron múltiples muestras de amor, coraje y solidaridad que evidenciaron la resiliencia del espíritu humano ante la tragedia. Esos terremotos son los detonadores de los que Álvaro Sánchez Ortiz se sirve para edificar Telúrico, un volumen de cuentos que se plantea como una especie de mural en el que viven, sobreviven y conviven voces provenientes de distintas zonas del espectro social. Con un oído envidiable que consigue captar los matices del habla capitalina y un ojo privilegiado que retrata fielmente la idiosincrasia mexicana, el autor reconstruye los días de las catástrofes y las jornadas posteriores a través de una galería de personajes que se vuelven entrañables de tan cerca que los sentimos. Con ayuda de un humor fino y preciso, Telúrico confirma que el cuento también puede ser un sismógrafo ideal para registrar las fluctuaciones de la sociedad a la que pertenecemos.

Lo pueden descargar aquí.  

 

EL DRAGÓN

19 de septiembre de 1985, 7:19 a.m.

Braulio, Briagaulio para los cuates, despertó en la banqueta. Lo primero que hizo fue vomitar los vestigios de la borrachera del día anterior en una coladera cercana. En honor a la verdad, su embriaguez no correspondía al día anterior sino que era una exaltación patriótica que se había venido extendiendo desde el quince y que continuaría hasta el veinticinco, de no ser porque el presupuesto para los festejos nacionales se había agotado.

Se dio cuenta de que el agradable calor que lo había cobijado durante la noche se debía a que se había orinado. No se preocupó demasiado: los nuevos humores se añadirían a los viejos y mantendrían el vigor de su tufo, que ya había provocado que lo expulsaran de los umbrales de todas las cantinas, las librerías de viejo, las tiendas de telas y los locales de novedades —antes llamados de “chácharas”— que forman parte indispensable de la fisonomía del Centro Histórico.

De pronto, el teporocho escuchó un rumor grave que se convirtió en un rugido tremendo. Iba amaneciendo, apenas pasarían de las siete y cuarto pero ya había suficiente luz  para distinguir los contornos. Y lo que vio aquel ebrio fue un enorme dragón alado cerniéndose sobre la Ciudad de México. El dragón golpeaba con sus alas escamosas y lustrosas los edificios y estos se derrumbaban, entregando un tributo de alaridos a aquel monstruo destructor. El dragón bramaba y derribaba obras de arquitectura vieja y nueva por donde se le antojaba. Ahora caía un moderno multifamiliar, ahora una vecindad. No había nada ni nadie capaz de detenerlo, ni parecía que fuera a saciarse su sed de muerte y destrucción.

“¡Ay, Dios! ¡Ay, Diosito santo!”, gritaba Braulio mientras veía ascender al firmamento miles de almas: las de las familias que desayunaban, las de quienes aún dormían, las de quienes murieron triturados. “¡Ya párale! ¡Párale, desgraciado!”, gritaba Braulio con todos sus pulmones, pero el dragón ni siquiera le prestaba atención.

Finalmente, el dragón se alejó dando un bramido. Y Braulio, Briagaulio para los cuates, se quedó vagando por el Centro, con la razón perdida para siempre, repitiendo a quien quisiera escucharlo a pesar de su tufo a orines: “Yo lo vi. Fue un dragón.”

 

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