youtube pinterest twitter facebook

#Crónicas: Postales de Hoi An

Diego Olavarría | 22.11.2018
#Crónicas: Postales de Hoi An
En #Crónicas recuperamos experiencias que alteran nuestra percepción del tiempo y del espacio. En esta ocasión, Diego Olavarría escribe sobre esta ciudad situada en la costa central de Vietnam.

Las casas falsas

Hasta 1990, Hoi An no era nada. Luego llegó la designación de la UNESCO y todo cambió. Repararon las casas coloniales del centro de la ciudad y hoy, en lugar de una ciudad ruidosa, sucia y relativamente pobre como lo son la mayoría de las de Vietnam, Hoi An es un pequeño oasis de prosperidad y turismo: las casas albergan restaurantes de mantel en los que turistas devoran risottos de doce dólares. Además de incontables tiendas de diseño, boutiques de comercio justo y cafés que venden repostería francesa (así como uno que otro restaurante de comida vietnamita), en Hoi An es posible encontrar algunas casas convertidas en museos. Explico: en lugar de echar a las personas de sus valiosas casas patrimonio UNESCO, el gobierno decidió convertir éstas en atractivos turísticos y dejar a la gente adentro, habitando. Visitar estos lugares resulta perturbador: hordas de extranjeros suben y bajan las escaleras, se asoman por los balcones, toman foto a todo. Para protegerse de los intrusos, los habitantes de las casas han tapado las ventanas de las alcobas con cortinas y hasta con colchas. Con frecuencia, el boleto de entrada a estas casas incluye una visita guiada, la cual es ofrecida por un miembro de la familia, quien a su vez está vestido con indumentaria "tradicional". Visitar la casa patrimonio es participar en una farsa, pero es el tipo de mentira que satisface a los visitantes. Siempre sospecho que el turismo es una realidad aparte. Pocas veces lo confirmo con tanta claridad. 

 

ắ ề ĩ ớ ụ

Hace algunos días comencé a aprender vietnamita. O al menos esa era mi intención. Si me aprendía diez palabras al día, al final del viaje tendría más de cien adjetivos, sustantivos y verbos conjugados en mi repertorio: suficientes para la interacción diaria. Los primeros tres días fui diligente: memoricé las palabras, las pronuncié en voz alta. Asocié los números con sonidos conocidos (por ejemplo, los números: mo con "more", jai y ba con "jaiba") para facilitar la mnemotecnia. Cuando por fin me aprendí las primeras veinte palabras, salí a la calle, como mago que estrena truco, a probar mi habilidad. Fue un fracaso estrepitoso. Explico: el vietnamita es un lenguaje tonal. Las vocales y hasta las consonantes pueden obedecer a ocho entonaciones diferentes (a veces la misma vocal puede tener dos entonaciones seguidas). Las palabras tienen cinco letras como máximo y el diablo está en los acentos. A pesar de que las autoridades educativas eligieron en el siglo XIX usar una variante del alfabeto latín para facilitar la alfabetización, nada suena a lo que parece.

Hace unas semanas conocí, en las sórdidas calles de Manila, a un viajero ciego llamado Alessandro. Intentaba abrirse camino y leer la ciudad con su bastón, pero las calles llenas de postes, piedras y baches lo hacían tropezarse cada pocos segundos. Me sorprendió que alguien pudiera arrojarse así al mundo. Sin embargo, como bien me señaló mi amigo José hace un par de días, un extranjero que no habla el idioma local es, en su incapacidad de poder expresar sus necesidades y al tampoco entender las palabras que le dirigen, una variante del sordomudo.

(Apunto esto desde un local de té llamado Reaching Out Teahouse. Como parte de un proyecto para "empoderar" a personas con discapacidad, el café es atendido por muchachas sordas. Más allá de aquello que se puede señalar con el dedo y de unos bloquecitos de madera con leyendas que dicen cosas como "hot water", "ice", "bill" y "thank you", no hay expectativa de que me entiendan, ni ellas la tienen de entenderme. Dado esto por sentado, nos comunicamos de maravilla.)

 

El delta del mundo

Vietnam es un país lodoso. Un país de monzones, inundaciones. El sudeste asiático es una especie de vaso capilar. Los ríos fluyen por Vietnam como varicosas: es el delta de los deltas. No se puede conducir más de dos horas aquí sin encontrarse algún tipo de río gigante, más grande que casi cualquiera que encuentres en México (sólo he visto ríos de tamaño comparable en Chiapas). Pedaleando ayer por los alrededores de Hoi An, me encontré con más agua, con casas acostumbradas al ritual anual de las inundaciones. Me encontré con afluentes verdes y espesos bosques de palmeras que crecían entre los arroyos. Sé muy poco de estrategia militar, pero me pareció que intentar invadir un país así es mala idea. Imaginé, hace treinta años, a los combatientes del VietCong agazapados entre las palmas, entre los bosques. Imaginé a los aviones lanzando fuego y químicos a diestra y siniestra, sin método ni precisión. Imaginé en las noches, los escuálidos soldados del Vietcong saliendo del río y arrastrándose por el suelo como anfibios –sus uniformes ocultos con hojas de palmera– y emboscando a los soldados estadounidenses que patrullaban el río. Así mataron a más de cinco mil. Así obligaron la retirada. Basta observar el terreno para entenderlo.

 

Phan Thị Kim Phúc

El turismo no le interesa tanto el aprendizaje como la simulación del aprendizaje. Para aprender de la guerra de Vietnam lo mejor sería leer algunos libros o, si la pereza lo impide, echarse un clavado en Wikipedia. La guerra de Vietnam tiene momentos icónicos, momentos que todos recuerdan, y a veces es todo lo que sabe la gente. Por ejemplo: esa fotografía de tres niños y dos niñas –esta última desnuda– que corren horrorizados por una carretera mientras al agente naranja les corroe la piel y un soldado gringo indiferente enciende un cigarro. Es cierto que un viaje al sitio de esta foto puede resultar didáctico. ¿Pero acaso es necesario pararse en el mismo punto de la carretera en el que esto ocurrió para tener un mejor entendimiento del horror y la guerra? ¿No resultaría mejor ir al Museo de la Guerra en Da Nang? ¿O leer a Primo Levi, Lobo Antunes, Kurt Vonnegut? Me parece que, más que el deseo de aprender, los turistas quieren acercarse a los lugares donde ocurrieron eventos icónicos. En el pensamiento turístico pop, París es la Mona Lisa, y la guerra de Vietnam es la foto de una niña desnuda con una mueca de horror (esa niña, por cierto, es hoy una mujer adulta que vive en Canadá; su nombre es Phan Thị Kim Phúc). Acercarse al sitio de la desgracia puede interpretarse como una forma de rendir tributo; sin embargo, sospecho que el acto apunta a algo mucho más vulgar: es un ejercicio de metaturismo propio de tiempos de obsesión fotográfica: las personas van al sitio donde a una niña la rociaron con agente naranja a tomarse una foto en el lugar de la foto.

 

White power

En Vietnam las mujeres que viajan en moto llevan máscaras que les cubren la boca y la nariz. Parecen bozales: impiden imaginar facciones, impiden calcular edades. Al principio pensé que lo hacían para evitar respirar el humo de las motonetas. Pero luego caí en cuenta de que las mujeres también llevan mangas en los brazos. El tipo de prenda que ves en el Museo del Castillo de Chapultepec acompañada una cédula que dice: “perteneció a la emperatriz Carlota”. Ayer fui a la playa y descubrí que todos los vietnamitas se guardaban debajo de las palmeras. Hasta las vendedoras de playa se cubrían los rostros con sombreros de paja y unos paños que parecían hijabs; también sus pies estaban cubiertos con gruesos calcetines de algodón. Solo los occidentales tomaban sol. Las vietnamitas observaban los cuerpos lechosos de las inglesas con un poco de desconcierto. Para una cultura aún acostumbrada a nociones racistas sobre la piel –el blanco es el color de la pureza, de la porcelana y la civilización, el negro es el la chusma, los sartenes viejos y la barbarie– debe resultar extraño ver a gente despilfarrando su blancura, quemándola bajo el sol y arruinándola.

 

Cao Lu

El cao lầu es el platillo por excelencia de Hoi An. Estos tallarines se producen en la ciudad desde hace 300 años y no se sirven en ninguna otra parte del mundo y ni siquiera del país. Explico: desde hace varias generaciones, la receta ha estado en las manos de una misma familia, y ellos son los únicos fabricantes. La receta no es sencilla: además de cacahuate y harina, el cao lầu lleva cenizas de un árbol en peligro de extinción que sólo crece en la cercana isla de Cham, así como agua supuestamente mágica del Ba Le, un pozo ubicado en una callejuela del centro de la ciudad. La receta era, hasta hace poco, un secreto celosamente guardado. El primer occidental en revelarla fue David Farley, quien escribió una excelente crónica al respecto. Las cabecillas de la familia decidieron compartir su atesorado seto luego de que funcionarios del gobierno local les suplicaran hacerlo. Les presentaron un argumento irrebatible: si algo le pasaba a la familia, el cao lầu desaparecería de la noche a la mañana y Hoi An perdería su platillo más emblemático. Tras terminar de leer el texto de Farley, no pude sino ir corriendo por un plato de cao lầu. Hice a un lado las rebanadas de puerco y me concentré en las hojas de menta, la juliana de pasta de arroz frita y los tallarines. Sorbí el cao lầu esperando una sucesión de sabores y texturas reveladoras. Pero no fue así. Los tallarines que me llevé a la boca sabían a tallarines y, un poco, a aceite de cacahuate. Con las hojas de menta y la pasta de arroz, la cosa mejoraba bastante. Pero la experiencia no me resultó extraordinaria, sobre todo considerando lo buena que es la comida en Vietnam. Pequeño recordatorio de una lección que ya debería haber aprendido: la literatura y los mitos son más intensos que la vida.