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#PoliedroDigital: Peter Pan

Capítulo I: Peter irrumpe (primera parte)

Traducción de Claudia Benítez | 23.11.2018
#PoliedroDigital: Peter Pan
Durante varios años, “Poliedro” fue la sección principal de las centrales de la revista Este País. Con el propósito de honrar a esa tradición impresa y renacer como EP en línea, hemos nombrado “Poliedro Digital” al blog semanal de la Redacción que, al tener diversos colaboradores, es como ese cuerpo geométrico de “muchas caras”.

La ilustración es una tarjeta de colección de Pepys de 1939.

Todos los niños, excepto uno, crecen. Muy pronto saben que crecerán, y la forma en que Wendy lo supo fue la siguiente. Un día, cuando tenía dos años, estaba jugando en un jardín y arrancó una flor que fue a llevarle a su madre corriendo. Supongo que se veía lindísima porque la señora Darling se llevó la mano al corazón y exclamó: “¡Oh, por qué no puedes quedarte así para siempre!”. Eso fue todo lo que sucedió entre ellas sobre el tema, pero a partir de ese momento Wendy supo que tenía que crecer. Es algo que ya siempre sabes después de los dos. Los dos años son el principio del fin.

Vivían, por supuesto, en el número 14, y hasta la llegada de Wendy, su madre fue la jefa de la casa. Era una mujer encantadora con una mente romántica y una boca muy dulce y burlona. Su mente romántica era como las cajas diminutas, una dentro de la otra, que vienen del enigmático Oriente: sin importar cuántas descubras siempre habrá una más. Su boca dulce y burlona tenía un beso que Wendy nunca podía obtener, aunque ahí estaba, perfectamente visible en la comisura derecha.

La forma en que el señor Darling la conquistó fue así: los muchos caballeros que habían sido niños cuando ella también era una niña se dieron cuenta al mismo tiempo de que la amaban, y todos corrieron a su casa para pedir su mano, a excepción del señor Darling, quien tomó un taxi y fue el primero en llegar, logrando, de ese modo, quedarse con ella. Obtuvo todo de ella salvo por la cajita más recóndita y el beso. Él nunca supo de la cajita y con el tiempo se dio por vencido en intentar conseguir el beso. Wendy pensaba que Napoleón podría haberlo obtenido, pero me lo puedo imaginar intentándolo, para después marcharse furioso azotando la puerta.

El señor Darling solía alardear delante de Wendy que su esposa no sólo lo amaba, sino que, además, lo respetaba. Él era uno de esos hombres serios y conocedores que saben de acciones y valores. Por supuesto que nadie conoce realmente esas cosas, pero él parecía saber bastante y a menudo decía que las acciones habían subido y los valores habían bajado en una forma que habría hecho que cualquier mujer lo respetara.

La señora Darling se casó de blanco y al principio llevaba las cuentas de la casa perfectamente bien, casi con alegría, como si se tratara de un juego, y no se le pasaba ni una col de Bruselas; pero con el tiempo empezaron a faltar coliflores enteras, y en lugar de ellas empezó a hacer dibujos de bebés sin rostro. Los dibujaba cuando tendría que haber estado haciendo las cuentas. Ésos eran los cálculos de la señora Darling.

Primero llegó Wendy, después John y luego Michael.

Tras la llegada de Wendy, durante una semana o dos fue incierto si podrían quedarse con ella, pues era otra boca que alimentar. El señor Darling estaba terriblemente orgulloso de ella, pero era un hombre muy respetable, y se sentó en la orilla de la cama de la señora Darling tomando su mano y calculando los gastos mientras ella lo miraba de modo implorante. Ella quería correr el riesgo, pasara lo que pasara, pero ésa no era la forma en que él hacía las cosas; su forma era con un lápiz y un pedazo de papel, y si ella lo confundía con sugerencias, él tenía que empezar de nuevo desde el principio.

“No me interrumpas”, le rogaba él. “Tengo una libra con diecisiete chelines aquí, y dos chelines con seis peniques en la oficina; puedo dejar de comprarme un café en el trabajo, digamos que diez chelines, lo que me daría dos libras, nueve chelines y seis peniques, que con tus dieciocho chelines y tres peniques me da tres libras, nueve chelines y siete peniques, más cinco libras en mi chequera me da ocho libras, nueve chelines y siete peniques —¿quién se está moviendo?—, ocho libras, nueve chelines y siete peniques, punto y llevo siete —no hables, querida—, y la libra que le prestaste a ese hombre que vino a la puerta —silencio, pequeña—, punto y llevo una pequeña —¡ya me perdiste!—. ¿Dije nueve libras, nueve chelines y siete peniques? Sí, dije nueve libras, nueve chelines y siete peniques. La pregunta es: ¿podemos intentarlo por un año con nueve libras, nueve chelines y siete peniques?”.

“Por supuesto que podemos, George”, exclamó ella. Pero estaba predispuesta en favor de Wendy, y él era en realidad el de carácter más fuerte.

“Recuerda las paperas”, le advirtió él casi amenazadoramente, y reanudó sus cuentas: “Paperas una libra, eso es lo que he escrito, pero me atrevo a decir que serían más bien como treinta chelines —no hables—; sarampión una libra con cinco chelines; rubeola, media guinea, lo que da dos libras, quince chelines y seis peniques —no muevas el dedo—; tosferina unos quince chelines”, y así siguió con un largo etcétera, y cada vez la cuenta era distinta, pero al final Wendy logró quedarse, aunque por poco, con los gastos por paperas reducidos a doce chelines con seis peniques, y el sarampión y la rubeola tratados como una sola enfermedad.

Con John se suscitó el mismo alboroto, y Michael apenas y se salvó por un pelo de tener que irse, pero se quedaron con los dos, y al poco tiempo podías ver a los tres caminando en fila hacia el Jardín de niños de Miss Fulsom acompañados por su niñera.

A la señora Darling le encantaba tener todo impecable, y el señor Darling tenía una pasión por ser exactamente igual que sus vecinos, así que, por supuesto, tenían una niñera. Como eran pobres debido a la cantidad de leche que los niños bebían, esta niñera era una estirada perra de Terranova llamada Nana, quien antes de que los Darling la contrataran no pertenecía a nadie en particular. Sin embargo, los niños siempre le habían parecido importantes, y había conocido a los Darling en los Jardines de Kensington, donde pasaba la mayor parte de su tiempo libre husmeando en las carriolas, y era muy odiada por las niñeras descuidadas, a quienes seguía a sus casas para quejarse de ellas con sus señoras.

Nana demostró ser toda una joya como niñera. Cuán concienzuda era a la hora del baño, y se despertaba en cualquier momento de la noche si uno de los pequeños que estaban a su cargo emitía el menor quejido. Por supuesto que su casita estaba en la habitación de los niños. Tenía una gran inteligencia para reconocer cuándo una tos era algo sin mayor importancia y cuándo requería de una calceta alrededor de la garganta. Hasta el último de sus días creyó en remedios anticuados como las hojas de ruibarbo, y emitía sonidos desdeñosos cuando escuchaba pláticas de última moda sobre los microbios y demás. Era una lección de buenos modales verla escoltar a los niños a la escuela, caminando serenamente a su lado cuando se comportaban, y manteniéndolos a raya si se portaban mal. Cuando John iba a jugar al fut, a Nana ni una sola vez se le olvidó su suéter, y normalmente llevaba un paraguas en el hocico en caso de que lloviera.

Había un cuarto en el sótano de la escuela de Miss Fulsom donde las niñeras esperaban a sus niños. Ahí se sentaban en una banca mientras que Nana se echaba en el suelo, pero ésa era la única diferencia. Ellas fingían ignorarla como si fuera de un estatus social inferior al suyo, y ella menospreciaba su charla superficial. Le molestaban las visitas de las amigas de la señora Darling a la habitación de los niños, pero cuando iban le arrancaba el babero a Michael para ponerle el que tenía trenzas azules, alisaba la ropa de Wendy y peinaba rápidamente a John con su pata. Ningún cuarto de niños podría haber sido mantenido más correctamente, y el señor Darling lo sabía, y sin embargo a veces se preguntaba con inquietud si los vecinos hablaban sobre ellos. Tenía que cuidar su reputación en la ciudad.

Nana también le preocupaba de otra forma. A veces sentía que ella no lo admiraba. “Sé que te admira tremendamente, George”, le aseguraba la señora Darling, y luego hacía señas a los niños para que fueran especialmente amables con su padre. A esto le seguían lindos bailes en los que a veces se le permitía participar a Liza, la única otra sirvienta. Parecía toda una enana con su larga falda y su cofia, aunque había jurado, cuando la contrataron, que hacía mucho tiempo que había dejado de ser una niña. ¡El regocijo de aquellos juegos! Y la más alegre de todos era la señora Darling, quien daba vueltas tan desenfrenadamente que lo único que podías ver de ella era el beso, y entonces, si hubieras corrido hacia ella, tal vez lo habrías obtenido. Nunca hubo una familia más sencilla y feliz, hasta la llegada de Peter Pan.

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