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#BocaDeLobo: Jueces y albañiles

Aníbal Santiago | 12.12.2018
#BocaDeLobo: Jueces y albañiles

Sentado en un escalón de cemento, frente a los edificios de cemento de la colonia Noche Buena y con la espalda bajo la sombra de la fachada de cemento del Estadio Azul -entonces del equipo cementero-, Tomás Romero me dijo: “El trabajo de un albañil es lo mejor que existe en el mundo porque si no existiera un albañil, ¿qué tuviéramos de estructuras?, ¿dónde vivimos?”.

El 3 de mayo, celebración de la Santa Cruz, el albañil que estaba por festejar con su gremio en las gradas me explicaba así, para una crónica de tv y en ese mundo de cemento, por qué la albañilería es el oficio supremo. Nos imaginé en un mundo sin albañiles, amontonando paja, tierra, piedras, para refugiar a nuestras familias.

Hoy leo a los ministros de la Suprema Corte justificar su sueldo que entre nómina y premios anda en 500 mil pesos al mes (incluido “el pago a una o dos personas en su servicio doméstico”, cuenta la columna de Riva Palacio). Esas toneladas de dinero, dicen, aseguran su imparcialidad. Por eso volví a los albañiles. Al entrevistarlos, ¿qué me habría causado que me dijeran que supeditaban su integridad moral a su ingreso con un: “como gano el sueldo mínimo cuelo mal las losas y en los castillos en vez de poner anillas cada 15 cms -que marca la ley-, las pongo cada 30”?

Para los jueces las marejadas de lana obedecen, también, a que es el oficio más “riesgoso”: por eso se adjudican un bono de riesgo de 554 mil pesos. Y otra vez, los albañiles: Lucio Sánchez me contó que era habitual “caerse uno de las alturas”. Si esa altura supera 4 mts, no te salva ni la Santa Cruz. Y no tienen seguro de 554 mil pesos. IMSS, con suerte.

Otro argumento es que la influencia incomparable de su profesión obliga a la “certidumbre salarial”. Habría que sopesar si esa certidumbre que gozan corresponde con su actuar (claro, nadie lo hará pues sobre esos jueces no existen otros jueces superiores que los supervisen). Pero la sabiduría social sí es suprema: la edifican lo que vivimos, oímos, vemos, leemos y ella relata que pese a sus sueldos delirantes, nuestra justicia suele ser deshonesta, indecente, despreciable: es común que sus beneficiados sean millonarios que vía los de las togas aplastan a quienes no lo son.

Ejemplo, Lydia Cacho. En 2005 publicó “Los Demonios del Edén”. Fue torturada y encarcelada por documentar una red de pornografía infantil y lavado de 19 funcionarios y empresarios. En 13 años los tribunales han respaldado a los criminales. Al irse, el gobierno de Peña le dio un chaleco antibalas para que viva con él pues sus verdugos pueden atacarla. Esa es nuestra justicia. “Si el Estado me hizo esto por documentar la realidad, ¿cómo trata a los cientos de miles de víctimas de secuestro, desaparición, pornografía infantil y feminicidio?”, dijo ayer.

A la justicia no la debe mover la abundancia de dinero. Ni el que los jueces reciben (lo seguirán recibiendo porque suspendieron la Ley Federal de Remuneraciones de los Servidores Públicos), ni el de los actores de sus casos.

¿500 y pico mil pesos al mes? ¿Para que un juez adquiera negocios, casas, autos, yates o cotice dinero que se vuelve más dinero? La riqueza distrae a la justicia. Si posees más bienes, dinero y tu fortuna crece exponencialmente, sería extraño que te centres en hacer justicia. Administrar tu fortuna guiará tus ímpetus: eres más empresario que juez.

Los jueces son importantes como los albañiles o médicos (es valioso sanar) o músicos (sin música la vida sería miserable) o maestros (forman ciudadanos) o lo que sea.

Pero, a diferencia de todos ellos, en México los jueces son el monumento a la injusticia.

 

 

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Aníbal Santiago. En sus inicios fue reportero en el Reforma. Ha escrito en unas 40 revistas, como Esquire y Newsweek en Español. Conduce el espacio "Deporte Inaudito" en Imagen Televisión y ha sido profesor universitario. Autor del libro México, Tierra Inaudita y Premio Nacional de Periodismo 2007.Premio Nacional de Periodismo 2007.

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