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#BocaDeLobo: Cruz Azul ama a la muerte

Aníbal Santiago | 19.12.2018
#BocaDeLobo: Cruz Azul ama a la muerte

No le voy a Cruz Azul, ni mi hija, ni mi madre. Pero cuando concluía el partido y veíamos en la pantalla el cartel del resultado ante América, ese cuadrito de la tv con dos números luminosos, 0 y 2, creíamos estar, más que ante un marcador de futbol, ante la sentencia de un tribunal que oficializa una horrible muerte en la horca.

El escenario para la final en medio de la sala, con los restos de palomitas, el Sprite, los chocolatines hojaldrados, era un camposanto alimenticio. La fiesta calórica yacía ahí, inútil, incapaz de aliviar el duelo.

Salvo la inconcebible excepción de Juan, mi hermano puma, mi familia es atlantista. Mi hija duerme con una almohadita con el escudo del Potro, yo escribo esto frente a un banderín azulgrana que cuelga de mi escritorio, mi mamá admiraba al Cabinho del viejo Atlante.

Ahora eso no importaba. Retiramos al grana de nuestra alma para ser por un día solo azules después de la siguiente charla.

-¿Quién quieres que gane?- me preguntó mi hija.

-Cruz Azul.

-¿Por?

-Hace 21 años no es campeón.

-Un montón.

-El doble de tu vida. En ese tiempo llegaron a cinco finales y no ganaron ni una. Tienen toda la mala suerte del mundo y su afición sufre muchísimo. Yo y mucha gente de otros equipos ya no queremos que sufran más.

-También le voy al Cruz Azul, pa’. Pobrecitos-, se solidarizó.

Apreté el “on” del control con mi mamá unida a la pequeña porra celeste dando por hecho un combate épico. Los cementeros pelearían contra las Águilas pero más aún frente a su propio pasado arrebatado de dolor. Y como su historia es una carga como la Muralla China, la Pirámide del Sol y la Esfinge de Guiza juntas, no había opción: habría sudor, sangre, piel ajada, pulmones jadeantes; músculos tensos, alertas, rabiosos.

Inicia la acción. Minuto 25: me gana un microsueño y cierro los ojos unos segundos. Minuto 30: mi hija va por sus colores para dibujar un Santaclós. Minuto 45: mi mamá ríe con un video de su celular.

Cruz Azul se traiciona y nos traiciona. El mensaje de América es: espero, especulo, espero. ¿Y la respuesta azul? Espero, especulo, espero. Los vikingos de La Noria que debían despedazar al enemigo firman un raro pacto: “dormitemos juntos hasta que algo pase”.

La Máquina, que por nada del universo puede esperar que el azar marque su destino, en vez de remar furiosa deja que el viento ligero lo lleve a donde sea. De pronto esa brisa, y también las olas calmas, el sol tibio que reconfortaba a 11 navegantes, se acaban cuando el arquero Corona regala un balón que acaba en gol amarillo. Las nubes se ponen negras, el viento ya es tempestad, las olas azotan, el agua inunda la cubierta. Es inminente el naufragio.

¿Y los marineros? Ni ante la tormenta que los engulle, ni ante el drama de la desgraciada historia que se repite desde 1997, reaccionan. Esperan su muerte serios, tranquilos, quietecitos: un remate a gol en 90 minutos y cientos de pases laterales.

Está por acabar el partido y su gente llora en la tribuna, pero la misión sagrada del equipo es evitar la fatiga. De cara a un asesinato donde la víctima aguarda el adiós sin siquiera dar la última patadita del estertor, los tres enmudecemos con el silbatazo final y el América victorioso.

El domingo, ese ente incomprensible que México llama “maldición” no pescó por el cogote al Cruz Azul rebelde de otros tiempos que contra la mala suerte y el ahogo luchaba desesperado, forcejeando. Esta vez el equipo se arrojó por propia voluntad, enamorado de su verdugo, a los negros brazos de una maldición que lo asfixió y que hoy parece eterna.

Jamás entenderemos la razón de ese amor.

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