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Neruda y García Lorca: “risa de arroz huracanado” 

Sergio Téllez-Pon | 01.12.2018
Neruda y García Lorca: “risa de arroz huracanado” 

Cuando escribo estas páginas, circula en redes sociales una imagen de los poetas Pablo Neruda y Federico García Lorca. La fotografía fue tomada en Buenos Aires, en 1933, al parecer poco antes de que leyeran su memorable discurso al alimón sobre Rubén Darío, y en ella está sobrepuesto apretadamente el siguiente texto: “En una ocasión, Pablo Neruda y Federico García Lorca fueron a dar una conferencia en un pueblo pero en la estación del ferrocarril nadie les recibió. Les dijeron que no les reconocieron porque esperaban que fueran vestidos como poetas. Lorca respondió: ‘Es que somos de la poesía secreta’”.

       Surgen varias preguntas: ¿a qué pueblo se referirá el textito? ¿En Argentina o en España? Más allá de lo chispeante que pueda resultar la anécdota, ¿será auténtica? No se cita ninguna fuente y, sin embargo, se puede considerar que, en caso de que no sea cierta, al menos podría ser verosímil. Pudo haber sucedido, pienso, en España durante los días previos al estallido de la Guerra Civil, cuando se formaron las brigadas culturales en las que artistas y escritores fueron voluntarios para llevar la cultura a los pueblos más recónditos de ese país, en solidaridad con la Segunda República, que agonizaba.

       La breve y chistosa historia que cuenta el texto que acompaña a la imagen tiene un trasfondo, pues muestra la estrecha y cómplice amistad que mantuvieron García Lorca y Neruda. Esta amistad viene a cuento porque este 2018 se cumplieron ciento veinte años del nacimiento del poeta andaluz y se publicó una nueva edición de Confieso que he vivido (Seix Barral), las memorias póstumas de Neruda, en la que se han agregado episodios sobre esa relación literaria.

       García Lorca y Neruda se conocieron en Buenos Aires en 1933 (cuando fue tomada la foto en cuestión), y más tarde se reencontraron en Madrid, justo antes de que empezara la Guerra Civil española. Escribió José Emilio Pacheco que: “La estancia de Neruda en la España de 1935-1936 enlazó a las dos grandes generaciones poéticas nacidas dentro del mismo idioma pero en distintas orillas del mar”. Con su carisma y su energía volcánica, el chileno representó bien su papel de eslabón que unió a una generación de poetas de distintas nacionalidades.

       Neruda empezó a escribir sus memorias con el propósito de publicarlas con motivo de sus setenta años, que celebraría en 1974, si bien ya había dado algunos datos y detalles de su vida en un libro de poemas autobiográficos, el maravilloso Memorial de Isla Negra (1964). Sin embargo, se encontraba ya muy enfermo por esos días cuando lo tomó por sorpresa el golpe militar que derrocó al presidente Salvador Allende, lo cual precipitó su muerte justo un día antes de poder tomar el avión que lo traería a México. Fue así que Confieso que he vivido se publicó por primera vez en 1974, ciertamente como era la intención de Neruda, pero apareció como una obra póstuma. La responsabilidad de la edición estuvo a cargo de su viuda, Matilde Urrutia, y de Miguel Otero.

       A esta nueva edición de Seix Barral se le ha añadido material inédito encontrado en los archivos de la Fundación Pablo Neruda. Son diecinueve capítulos nuevos, en dos de los cuales recuerda a García Lorca. También se han incluido tres de las cinco conferencias que dio en la Universidad de Chile en enero de 1954, cuyo tema fue su vida y su obra, además del texto “Pablo Neruda, ese desconocido”. En estos últimos divaga más sobre ideas que tenía de la poesía y que poco aportan a lo que ya había contado en el corpus central del libro.

      Quienes conocieron a García Lorca coinciden en que tenía un aura y una personalidad encantadoras, una mezcla de ingenuidad y entusiasmo infantiles, de curiosidad e inquietud, que lo hacían seducir a todo aquél con quien se relacionaba y, como se dice popularmente, de inmediato echárselo a la bolsa. Ésa fue también la estampa que Neruda dejó de su amigo en “Oda a Federico García Lorca”, uno de cuyos versos dice: “cuando ríes con risa de arroz huracanado”. En este poema salta a la vista el contraste que el chileno hace entre lo sombrío del mundo y la alegría del poeta granadino. En la nueva edición de Confieso que he vivido, Neruda asegura que escribió dicha oda antes del asesinato de García Lorca (Hernán Loyola, especialista en la obra del Premio Nobel, cree que una primera versión es de finales de 1934, y que luego la revisó y corrigió durante la primera mitad de 1935) y que en ella describe “un poco su trágico final”, una macabra coincidencia convertida en profética, específicamente cuando se lee: “lo haría por el árbol en que creces, / por los nidos de aguas doradas que reúnes, / y por la enredadera que te cubre los huesos / comunicándote el secreto de la noche”.

       Neruda nunca ocultó su filiación o simpatía por la Unión Soviética y, concretamente, por Stalin, en particular durante esos años treinta tan marcados por la efervescencia comunista entre varios escritores del mundo. No es extraño, entonces, que haya compartido con el comunismo un odio en común pero irracional: la homofobia. Como es de sobra conocido, García Lorca era homosexual, aunque no tan declarado y abierto, pues no eran tiempos de liberación sexual; sólo algunas personas cercanas a él lo sabían. En su puntual biografía sobre el poeta chileno, Neruda: el príncipe de los poetas (Ediciones B, 2015), Mario Amorós detalla cómo poco a poco pasó de su entusiasmo anarquista a la militancia comunista, es decir, cómo su compromiso social se convirtió en comunismo gracias a la influencia de Luis Emilio Recabarren (líder comunista chileno sobre quien también hay un capítulo nuevo en esta reciente edición de Confieso que he vivido), de su segunda esposa, Delia del Carril, y, sobre todo, explica Amorós, de la Guerra Civil española, cuyos emblemas más dolorosos para Neruda fueron el asesinato de García Lorca y el largo encarcelamiento y posterior muerte de Miguel Hernández (a quien consideraba como un hijo). Eso lo marcó profundamente y vio en el comunismo una alternativa más viable que el nazismo que se estaba implantando en Europa. En el caso concreto del crimen cometido contra el poeta granadino, dice Amorós que fue “el símbolo de la agresión contra la República, contra la cultura y contra el pueblo”. En febrero de 1937, ya en París, Neruda leyó durante un homenaje a García Lorca: “No olvidaremos ni perdonaremos nunca el asesinato de quien consideramos el más grande entre nosotros, el ángel de este momento de nuestra lengua”.

       En otra cara de la misma moneda, en uno de los muchos poemas que componen el Canto general, “Los poetas celestes”, Neruda escribe una diatriba contra los poetas “gidistas” y “rilkistas”, es decir, los lectores y admiradores de Gide y de Rilke, así como contra los seguidores de los surrealistas. En una de las páginas de Confieso que he vivido retoma esa idea y escribe: “Los sueños y los mitos, lo onírico, la magia, todas esas palabritas son el bazar de la pacotilla moderna”. Y no es menor su diatriba contra Juan Ramón Jiménez y su “poesía pura”: “Jiménez quiso ser un poeta europeo, una especie de Valéry español, un abstraccionista de la poesía. Esto lo perdió. Aquellas viejas cualidades de tembloroso romanticismo, color y olor de sus primeros libros, se perdieron. Se fue resecando, se le cayó la sangre y ya no canta. El poeta que piensa y que no canta está perdido”. En varias partes de sus memorias, Neruda contrapone la actividad social de un panadero y la de un poeta, pues, según él, el poeta también debería tener una función social. Lo que tal vez no sabía —o no se quería dar cuenta— es que García Lorca pertenecía a esa grey de poetas “gidistas y rilkistas”, era uno de esos escritores cosmopolitas que releyeron modernamente a Góngora y que utilizaron los elementos o técnicas del surrealismo para escribir una parte medular de su obra o como detonante para trazar sus geniales dibujos. A pesar de esas posturas encontradas en el aspecto literario, su amistad continuó y el recuerdo que Neruda mantuvo de García Lorca por el resto de su vida fue siempre de estima y admiración.

       Los dos capítulos añadidos a esta nueva edición de Confieso que he vivido en los que el chileno habla del poeta andaluz son “Los Sonetos del amor oscuro” y “El último amor del poeta Federico”. Sobre este último, Matilde Urrutia confesó por qué al editar el libro para la primera edición decidió no incluirlo como estaba previsto en el plan original: “Este artículo fue escrito para las memorias. Fueron muchas las veces que conversamos con Pablo si debía incluirlo o no. Me dijo textualmente: ‘¿Está el público suficientemente desprovisto de prejuicios para admitir la homosexualidad de Federico sin menoscabar su prestigio?’. Ésa era su duda. Yo también dudé y no lo incluí en las memorias. Aquí lo dejo, creo que yo no tengo derecho a romperlo”. Lo paradójico del caso es que Neruda tenía sus propias reservas o prejuicios sobre el “epentismo” (término inventado por García Lorca para referirse a la homosexualidad) y que Matilde Urrutia tenía las suyas cuando decidió no incluir esos fragmentos que, leídos con los ojos de hoy, parecen demasiado inocuos. Pero incluso si se hubieran leído en 1974 ya no habrían aplicado las mismas reservas morales de 1936 (por mencionar el año del asesinato de García Lorca), pues en los años setenta salieron a la luz un par de novelas gay que habían permanecido bajo estricto celo durante décadas: Maurice, de E. M. Forster, y Ernesto, de Umberto Saba. Y, sobre todo, España estaba por salir del franquismo, por lo que los lectores de esos años prácticamente estaban preparados para leer y admitir los amores secretos de García Lorca.

       Por otro lado, en su tercera conferencia de 1954, Neruda dijo: “Sin embargo, mi último recuerdo de él son los sonetos de amor herido o de un título semejante que me leyó en la casa de Manuel Altolaguirre, antes de partir para Granada. No quería que nadie los oyera más que yo. Por eso nos fuimos a un rincón apartado. Allí me los dijo en un susurro. Me parecieron aquellos sonetos bellos y repletos como racimos maduros. Nunca los he visto publicados. Qué harían con ellos?”. En el capítulo dedicado a dichos versos, Neruda vuelve a ese recuerdo, pero ahora, a diferencia de aquella primera referencia, sabe que se llaman Sonetos del amor oscuro. Entonces, ¿por qué no los menciona por su nombre? Es probable que pensara que podrían menoscabar el prestigio de la obra de su amigo. ¿Se proponía, pues, no incomodar a la familia del granadino? Quizá. ¿Puede verse una vez más en esa mención de soslayo el prejuicio del poeta? Tal vez.

      Escribe Neruda que “en sus romances y poemas apasionados o descriptivos sobre el amor humano, [Federico] muestra muy pocas veces las claves de ciertos sentimientos profundos”; en cambio, en estos Sonetos, García Lorca sí se atrevió a mostrar sus sentimientos más profundos, más auténticos: los que despertaba un amor homosexual. Que revelara en ellos ese sentir tuvo como consecuencia que su familia los mantuviera ocultos durante muchos años, aunque varias personas, como Neruda, los conocieron por copias que pasaban de mano en mano o por las lecturas privadas que ofrecía el andaluz de su obra. En este capítulo recién añadido a sus memorias, el chileno declara sobre los sonetos que si “por un falso sentido de la moralidad la familia García Lorca ha impedido su publicación, esto será imperdonable”. Según Ian Gibson, alguien los publicó sin autorización y, viendo la respuesta que obtuvieron, la Fundación Federico García Lorca decidió publicarlos “oficialmente”, pero malinterpretados, en 1984, en las páginas del suplemento cultural de un periódico conservador, el ABC. Recientemente fueron publicados por separado de las obras completas por la editorial Flores Raras en una edición ilustrada.

       García Lorca era reservado y discreto en cuanto a hacer pública su homosexualidad, no porque quisiera permanecer en el clóset, sino porque no quería incomodar a su familia. Eso tal vez explique por qué Neruda escribió, en el capítulo “El último amor del poeta Federico”, que, a pesar de tratar casi a diario al granadino cuando se conocieron en Buenos Aires, “no me daba cuenta de su característica, no podría decir de él que tuviera un encanto femenino”. Y a continuación habla del asedio por parte de mujeres que sufría García Lorca, el cual sabía capotear con su trato alegre y con la ayuda nerudiana en esos asuntos de galanteo en los que él no tenía experiencia: “Algunas de esas palomas engañadas por la luz de Federico cayeron en mis brazos”. Caso contrario sucedía con los muchachos. Neruda recuerda que el poeta andaluz “estuvo siempre acompañado” por un joven al que menciona como Rafael Rapín, pero que en realidad se llamaba Rafael Rodríguez Rapún. Muy pronto el chileno se dio cuenta de que había una relación muy estrecha entre los dos. Neruda había conocido a Rodríguez Rapún desde su llegada a Madrid en 1936, pues cuando García Lorca lo fue a recibir a la Estación del Norte iba acompañado por aquél y por otro integrante de La Barraca. Pablo cree que los Sonetos del amor oscuro “seguramente estaban dedicados a su último y verdadero amor”, es decir, a ese “muchachón muy recio, varonil y bien plantado” que era Rodríguez Rapún, quien murió en la Batalla de Teruel poco después del asesinato de Federico: “No quedó nada del apuesto muchachón. Sus huesos y su sangre quedaron esparcidos en fragmentos minúsculos, en manchas invisibles, sobre la tierra española”.

       Confieso que he vivido es una prueba fiel e irrefutable de que la vida de Neruda fue larga, intensa, llena de tempestades y polémicas tan propias de la guerra literaria y de las pasiones políticas. Pero sus controversias no acabaron allí, pues todavía cuarenta años después de su partida, las circunstancias de su muerte siguieron siendo noticia. En 2013, sus restos fueron exhumados para hacerles exámenes toxicológicos y de esa manera determinar si murió por el cáncer de próstata que padecía o si fue envenenado por los militares golpistas, como aseguró durante tantos años quien fuera su chofer. Cuando estuvo hospitalizado, Neruda sufrió una crisis y le fue inyectado un sedante en el estómago que pudo haberle provocado un shock que, a su vez, derivó en un infarto. Según Manuel Araya, su chofer, el poeta no estaba tan grave, por lo que sospecha que esa inyección en realidad era un veneno que aceleró su muerte. Sin embargo, los estudios toxicológicos confirmaron que tenía metástasis y que había presencia de fármacos para tratar el cáncer, pero no se encontraron otros agentes tóxicos que pudieran haber causado su fallecimiento. Aún así, la investigación sigue abierta .

       La muerte de García Lorca, que fue todavía más trágica porque a él lo fusilaron en lo más álgido de la guerra, también sigue siendo polémica, pues, ochenta y dos años después, su cadáver continúa enterrado en una zanja que no ha sido localizada, por lo que no se le ha podido dar una sepultura digna, como lo merece cualquier ser humano y, sobre todo, un poeta de su altura. EP 

 

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Sergio Téllez-Pon es escritor y editor. Es autor de No recuerdo el amor sino el deseo (2008), traducido al inglés como Desire I Remember But Love, No (2013), y de La síntesis rara de un siglo loco (2017).

 

 

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