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Los lenguajes simbólicos  

Bernardo Barranco | 11.01.2019
Los lenguajes simbólicos   
El primero de diciembre pasado los mexicanos presenciamos dos ceremonias de toma de posesión de la Presidencia de la República, de naturaleza diferente: una secular y otra religiosa. En este artículo, Bernardo Barranco analiza los símbolos presentes en ambas, para ubicar el momento político que busca representar este nuevo régimen.

El sábado primero de diciembre fueron tan importantes los símbolos como los mensajes emitidos por Andrés López Obrador (AMLO) en su larga jornada de toma de protesta presidencial. Los mexicanos presenciamos dos ceremonias de toma de asunción del poder de naturaleza diferente: una secular y la otra religiosa. Por un lado asumió la Presidencia constitucionalmente, bajo la liturgia republicana; por otro, en la tarde protagonizó los protocolos religiosos, recibió el “bastón de mando”, así como el ritual de purificación desde la cosmovisión de los pueblos indígenas, que no distinguen la separación entre el poder político, el militar y el religioso.

Desde antes de las elecciones de 2018, en México asistimos a una reconfesionalización de la clase política. Los políticos, incluidos los del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), se mostraron conservadores en materia moral al avalar la agenda tradicional de la iglesia católica y de algunas iglesias pentecostales agrupadas en el Partido Encuentro Social. Esta epidemia político religiosa está presente en toda América Latina con la irrupción electoral de los evangélicos. El continuo recurso de apelar a los símbolos religiosos por parte de AMLO, tanto en sus discursos como en sus gestos, generaron polémica y hasta cierto desconcierto en las bases seculares de Morena. ¿Se está clericalizando la cultura política en México o es un recurso de legitimación?

Los símbolos en política lo son todo. Jesús Reyes Heroles, un destacado liberal mexicano, encumbró la frase de que “En política, la forma es fondo”, por tanto, los gestos, las señales y los giros tienen un valor especial. ¿Cómo entender el leguaje simbólico de AMLO, especialmente el primero de diciembre? ¿Cómo interpretar la incursión que ha realizado en diversos símbolos religiosos? El símbolo es una señal comunicativa, visual y axiomática para una comunidad que comparte significados. Los símbolos van más allá de lo verbal, transmiten sentidos cuyos contenidos son una gran metáfora de valores y sentimientos, críticas e intencionalidades. La acción comunicativa del símbolo es entendible por una colectividad cultural, pues sus contenidos significantes son representativos e históricamente determinados. Por ejemplo, sería difícil para nosotros entender los símbolos que se producen en China, como en la antigüedad los paganos no entendían la simbología de los cristianos. Una imagen simbólica por sí sola puede resumir un momento histórico y condensar una ideología. Recordemos la suástica que alude al nazismo o la hoz y el martillo como una imagen representativa de la ideología comunista en todo el mundo.

La repetición de símbolos en los Estados modernos funciona como pedagogía de identidad nacional. Queda muy lejano el pronóstico secularista de la extinción de la fe religiosa ante el avance de la ciencia y el progreso técnico. Maquiavelo y Rousseau son dos autores distantes en el tiempo, sin embargo comparten la tesis de que la religión es un ingrediente esencial para la estabilidad de un Estado. Nicolás Maquiavelo propone apoyarse en la religión para edificar una nueva república romana. Por su parte, Juan Jacobo Rousseau expone la religión civil, cuya misión principal es fortalecer los lazos de unión cívica entre los individuos, con el fin de brindar un mejor soporte al Estado. La exaltación de la bandera, el escudo nacional, la Constitución, los héroes patrios, las fechas épicas y patrióticas, el himno y la inflamación de ceremonias solemnes como la transmisión de la banda presidencial son rasgos civiles sustitutivos de la liturgia religiosa tradicional. Los rituales y simbolismos del poder de la religión civil otorgan cohesión social e identidad nacional.

La ceremonia de transmisión de mando presidencial en San Lázaro es el ritual de proclamación escenificando un pacto. La religión civil es la religión de la polis, de la comunidad política. Pero no se queda ahí, la simbología civil va más allá del Estado; está presente en los partidos, en agrupaciones sociales como los masones, asociaciones civiles y de la sociedad internacional, clubes deportivos, etcétera. Y por supuesto en las diferentes iglesias. El concepto de religión civil en Rousseau tiene una función fundamental en el contrato social, pues concebía la construcción de nuevos símbolos orientados fundamentalmente a promover la consistencia social, fortaleciendo así el espíritu cívico que él consideraba indispensable.

AMLO ha mostrado ser hábil para expresarse con símbolos, signos y señales que encumbren su intencionalidad sobre los cambios que quiere introducir en la cultura política del México contemporáneo. Como animal político que es, AMLO, representa simbólicamente su apuesta. Sabiendo que en la toma de posesión acaparaba la atención mediática, usó un lenguaje emotivo cercano a la gente (“Me canso ganso”) y los símbolos político-religiosos fueron la apuesta de construcción apoteósica del “hombre-nación”. Los símbolos como recurso cognoscitivo, como mecanismo de persuasión social que produzca empatía, legitimidad y solvencia. En la plaza del zócalo hubo fervor. Miles de mexicanos en actitud de festejo con bailes, música y desahogo de gritos que vitorearon con excitación al nuevo presidente. Como si se tratara de un tlatoani, AMLO encarnaba a la persona todopoderosa del sistema político. Los rituales del poder colocan al nuevo presidente como quien puede hacer realidad las esperanzas y anhelos de justicia del pueblo. Vale la pena la larga espera durante horas en la plancha del zócalo para verlo, para tocarlo, para felicitarlo o para tomarse la selfie. Sí, ese pueblo herido, que ha sido engañado, relegado por la clase política y por los poderosos grupos económicos. Frente a la festiva esperanza colectiva AMLO reitera su oferta: “¡No tengo derecho a fallarle al pueblo de México!”, “Con el pueblo todo, sin el pueblo nada”, “No me dejen solo porque sin ustedes no valgo nada o casi nada; sin ustedes, los conservadores me avasallarían fácilmente. Yo les pido apoyo, porque reitero el compromiso de no fallarles; primero muerto que traicionarles”.

En emotiva ceremonia ritual de neomexicanismo, los 68 pueblos indígenas y comunidades afromexicanas le entregaron al presidente el bastón de mando, símbolo del reconocimiento mutuo de las demandas los pueblos originarios, quienes exigieron ser tomados en cuenta en la ruta del nuevo proyecto de nación. Aunque la supuesta representatividad indígena y la pureza de la ceremonia fueron cuestionadas, el evento resultó impactante, el vínculo que estableció AMLO con la postergada condición indígena fue evidente. ¿Una señal a la renuencia zapatista? En el ritual de purificación o limpia el objetivo central fue liberar malas energías y espíritus antípodas para el cumplimiento de su mandato de gobierno. En el corazón del Centro Histórico rotaron con el brazo en lo alto, a cada uno de los cuatro puntos cardinales, para agradecer a los ancestros y pedir por el bienestar de México. Cargada de símbolos fue la ceremonia de sanación en medio de los colores, aromas a copal y sonidos de caracoles en el mismo espacio físico dominado hace 500 años por los rituales aztecas. AMLO respondió consintiendo que se manda obedeciendo al pueblo y exclamó: “Buscaremos la purificación de la vida pública” como un mandato misionero. Días después convocó a la elaboración de la llamada constitución moral, en esta misma órbita. ¿En el zócalo se violó la reglamentación en materia religiosa y el carácter laico del Estado? Sin duda, pero a nadie le importó.

Sobre la pobreza y la austeridad AMLO emitió poderosos mensajes y gestos: haber llegado a San Lázaro en el modesto Jetta sin escolta, haber rechazado la confortable casa presidencial de los Pinos, haber hecho realidad la venta del lujoso avión presidencial para 80 pasajeros y con la absurda cama matrimonial. Imposible no hacer referencia a los gestos del Papa Francisco. Ambos rechazan aparatosas escoltas, objetan ocupar las lujosas residencias oficiales, usan vehículos sobrios, sus vestimentas son sencillas y sin derroche. Ambos dicen combatir la corrupción de sus respectivos aparatos administrativos y son fervorosos adeptos del pueblo bueno. ¿Austeridad republicana y franciscana?

Estos atrevimientos religiosos de AMLO han causado ecos y hasta preocupación en los guardianes de la laicidad. A unos días de la elección, Alejandro Solalinde, sacerdote cercano al presidente tabasqueño, movió las redes al declarar: “López Obrador va a ser un pastor que va a dar la vida por sus ovejas”. El entrevistador de El País se sorprendió y reaccionó: “¿No es excesivo comparar a López Obrador con un pastor?” Solalinde no se retractó y respondió: “Él no es Dios, pero es un facilitador”. Aún resuenan los tuits de Porfirio Muñoz Ledo, presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados de la LXIV Legislatura, el mismo primero de diciembre, al escribir: “Desde la más intensa cercanía confirmé ayer que Andrés Manuel @lopezobrador ha tenido una transfiguración: se mostró con una convicción profunda, más allá del poder y la gloria. Se reveló como un personaje místico, un cruzado, un iluminado”. En otro tuit insiste en el tema: “La entrega que ofreció al pueblo de México es total. Se ha dicho que es un protestante disfrazado. Es un auténtico hijo laico de Dios y un servidor de la patria. Sigámoslo y cuidémoslo todos”. ¿AMLO en la ruta de la sacralidad o el culto secular a la personalidad? EP

 

 

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Bernardo Barranco es economista por la UNAM y maestro en Sociología del Catolicismo Contemporáneo por la Escuela de Altos Estudios Sociales de París. Ha sido consejero electoral tanto en el IEEM como en el INE. Conduce el programa de televisión Sacro y Profano en Canal Once y sus más recientes títulos publicados son Norberto Rivera. El pastor del poder (Grijalbo, 2017) y El infierno electoral (Grijalbo, 2018).

 

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