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#CuotaDeGénero: Punto muerto

Abril Castillo Cabrera | 05.02.2019
#CuotaDeGénero: Punto muerto
#CuotaDeGénero es el blog de Abril Castillo en Este País y forma parte de los #BlogsEP

Para flotar en la alberca, mi abuelo se ponía boca arriba viendo al cielo y se abría como estrella en el agua, sobre su superficie, como si fuera una sábana muy delgadita que podía romperse con cualquier movimiento brusco, pero que lo soportaba cuando todo estaba en su lugar. Y su cuerpo además no tenía tensión. Estaba relajado él, mi abuelo, cerraba los ojos y realmente parecía en una cama firme que lo sostenía en paz mientras él se quedaba casi dormido.

Intenté muchas veces hacer lo mismo, pero me hundía. Me ganaban las piernas, la cadera, los codos, la cabeza. No sabía flotar. Lograba poner el cuerpo como tabla si me agarraba con las manos del borde de la alberca. Aún hago eso a veces para estirarme sobre la superficie de donde nado actualmente. Floto sostenida y veo hacia el techo. No se ve el cielo en esa alberca, pero lo puedo imaginar.

Es parecido a andar en bici. Y el secreto de esa flotación, lo mismo en bici que en el agua, es quizá encontrar ese exacto equilibrio de un punto muerto. Pasa igual con mantener el coche en una subida con el balance específico del clutch y el acelerador. No sólo se trata de conseguir que el coche no se apague, sino que, si te toca el alto en esa pendiente, puedas reanudar la marcha sin pegarle a los coches aledaños. Dejarlo en el perfecto equilibrio para sólo meter el acelerador y continuar el viaje.

Así con la bici. En la alberca. En el tráfico.

Me pregunto si será coincidencia que la misma gente que nunca aprendió a andar en bici no sepa nadar. Qué habrá de ese punto muerto o equilibrio irracional a ciegas que resulta indispensable para flotar en el aire, en el agua, en una pendiente.

No es necesario entender la técnica. Si te la explican, te hundes, pierdes el equilibrio, te jala la bajada. Flotar no se piensa, se siente; es algo meramente corporal. En cuanto piensas, te caes. 

Hay una escena de Alicia en el País de las Maravillas (la película de Disney) donde ella va cayendo y no sabe qué es arriba y qué abajo. Si flota hacia el espacio o va en caída libre contra el suelo. Sin nada que la detenga.

*

Si estás en el mar y te cansas de nadar —me aconsejaba el abuelo—, nada de muertito. Así le llamaba él a flotar boca arriba. Me decía: Nada de muertito y flota hasta que alguien te encuentre. Porque flotar no cansa.

Ése es el secreto. Flotar sin cansarnos. Lo mismo con el clutch. Encontrar ese balance específico donde sin esfuerzo ni miedo el coche simplemente se detiene. Ni va ni viene. Se está ahí y tú con él.

Ana me dijo: alguien con un tono muscular alto, difícilmente se deprime; alguien con un tono muscular bajo, rara vez tiene ansiedad.

El cuerpo y las emociones van juntas.

El cuerpo y la mente a veces necesitan disociarse para entender lo que la mente no quiere escuchar del cuerpo.

Eso es la psicosis, pensé yo, que cada quien se vaya por su cuenta. O que uno termine sometiendo al otro hasta que ese otro se libere.

*

Daniel, gracias por todo, le escribo en un mail medianamente largo a Daniel.

Gracias, querida, ¿cómo estás tú?, me pregunta. Y no sé qué responderle.

Bien, quiero decirle. Sus mails siempre son de una línea. Los míos, en general, siempre son cartas. Pero no con él. Hace años que no nos vemos.

Bien, decirle, y cerrar el tema.

Cerrar los temas. Pero luego veo un tuit de Jorge que dice que no nos esforcemos por cerrar nada, que en esas aperturas está la vida, la materia prima, todo.

Decir adiós como si significara algo. O no decir nada. No con palabras esta vez.

*

Es 2017. Corro mucho y me lastimo el tobillo y ahora me duele caminar; obviamente ya no puedo correr. Voy con un fisioterapeuta que me dice que no hay nada malo con mi tobillo, que estoy pisando mal. Como si supiera leer el futuro en las líneas de la mano, en vez de eso me lee el presente al verme la planta del pie. Me quita los calcetines y me muestra por los cayos que se me hacen, cómo tengo tres pisadas diferentes.

A veces pisas de puntitas, como flotando, me explica y me señala cómo tengo un pie miniatura en el triángulo que se forma en la planta, abajo de los dedos. Otras, pisas con las orillas, como si patinaras de lado, el borde de tus pies unas cuchillas, queriendo correr a prisa y escapar pronto. Y otras más, pisas con el pie completo. Así es como debes pisar siempre. Si corres en la modalidad mini pie o patines, termina doliéndote el resto del cuerpo. Porque no puede soportarlo igual que todo tu pie. Que los dos juntos. Camina bien, firme sobre la tierra.

No sé cómo caminar bien. El fisioterapeuta me pide que me fije en qué situaciones uso las otras pisadas. Como si cada pie fuera otra personalidad. Me pide que me pare firme y me empuja. Hasta que mi cadera retoma el centro y aunque me empuje, no me mueve ni un centímetro.

Durante las siguientes semanas me fijo en mi pisada. Cuando estoy ansiosa, uso los patines; incluso sentada, cuando abro mis pies por dentro y dejo todo el apoyo en la parte externa del pie, me doy cuenta de que es porque me siento presionada o incómoda y quiero salir de ahí.

Cuando no quiero sentir, piso de puntitas. Como un ninja: no quiero hacer ruido.

En el fondo, no puedo poner en palabras lo que significan estas pisadas ni lo que siento al hacerlas. Y me gusta la sensación de quedarme sin palabras. De ser por un momento sólo cuerpo.

¿Qué otras lecturas pueden hacerse de otras posturas: de la espalda, del rostro, de las manos, de la dentadura, de los intestinos?

*

 Ana me instruye: en reposo, eres dos manos (pienso en cómo al decirme eres se refiere a mi mente, las manos son mente y mi cuerpo, el resto del cuerpo, sigue siendo cuerpo; pero luego veo que no, que al final ser dos manos es ser sólo cuerpo).

Me indica: deja que una mano haga a un tiempo lo que quiera, que el resto de tu cuerpo no haga nada.

Dejarla hacer lo que quiera es: que baile, que recorra mi propia pierna, que me jale el cabello, que toque mi cuero cabelludo, lo masajee, que repose otra vez sobre mi rodilla. Si estuviera de pie, me doy cuenta, probablemente tendría la pisada de patines. Me siento incómoda.

Ahora la otra mano, me dice. Cuando dejo que la izquierda sea libre, al fin dejo de pensar y ella, mi mano, decide simplemente ir hacia la derecha, mi mano derecha, y abrazarla. Calma, cálmate ya. Descansa, parece decirle.

Una mano masajea mi cabeza y la otra masajea a la mano cansada de masajear la cabeza. Tarea: hacer un día todo con la mano izquierda. Para que mi mente y la mano que cuida a la mente descansen. Y yo, que soy todo eso junto, también.

Ana luego me da unos pasteles de óleo y un cuaderno. Cuando dijo pasteles yo también pensé que eran pasteles de comer, aunque luego dijera cuaderno; me pareció obvio que en una terapia del cuerpo se pudiera comer; pero no, eran pasteles de dibujar, y eso también me pareció bien.

No me gusta bailar en público. Pero sí me gusta bailar, lo acepto. Durante los ejercicios que me pone Ana de mover el cuerpo, me siento incómoda. Uso mis pies de patín. Cuando me da el cuaderno, me desparramo en el piso. Y mis plantas no tocan el suelo. Estoy en un punto muerto en el que ya no siento el cuerpo. No sentir el cuerpo está bien cuando no duele. Cuando la mente se calla al fin.

Tomo dos pasteles, uno blanco y otro beige, y corro por toda la página mirando fijo el recorrido. Los recorridos. Recuerdo un ejercicio en la primaria donde tenía que pintar un rostro en una hoja grande puesta en el pizarrón, con dos colores. Y tratar de que fuera simétrica. Se puede bailar también con el cuerpo al dibujar. Corro y bailo en el papel.

Una mano con un color claro: el lado derecho que siempre me habla y no se calla. El otro lado en silencio y a su propio ritmo, sutil y amable: la mano izquierda usa el color blanco y es imposible ver qué dibuja. La derecha le pasa por encima a ese blanco y lo revela, pero no quiero verlo. Se mezclan ambas. Está bien no ver, que el recorrido sea lo que importa.

Que no veamos el blanco no es lo mismo a que no exista. Bailan los dos colores. La mano izquierda otra vez calmó a la derecha. Con un color.

*

¿Cómo estoy?, me pregunta Tonatiuh y yo le digo que bien. Que no sé.

Me dice que tiene la respuesta y, como el conejo a Alicia, me invita: sígueme.

En el trayecto, me acuerdo de mi amigo Jorge regalándome una leche Hershey's y unas galletas, un día durante en esa época que trabajamos juntos y que a mí a veces se me pasaba desayunar. Pienso en esa vez que llegué a la oficina y en mi escritorio estaba ahí puesto ese dulce desayuno escolar. Y en cómo antes de tomarlo vi esos letreros: Eat me! Drink me! Y lo recuerdo a Jorge asomándose por la puerta: ¿Ya desayunaste, Little Alice?

Un minuto antes, le decía a Tonatiuh que siento que floto para arriba o para abajo como Alicia cayendo por el agujero. Y ahora lo sigo, caminando de puntitas, hasta su puesto de libros. Me da la espalda para tomar algo de la mesa. No es un libro, es una tarjeta. La toma y me la da con una sonrisa. Le sonrío al conejo blanco y luego la leo.

Las sonrisas, otro punto muerto.

Quito las puntitas y ahora mi pie se pone en modo patines.

Y recuerdo de nuevo esa escena donde va cayendo Alicia y no sabe qué es arriba y qué abajo. Si flota o está cayendo. Hasta que encuentra una silla, Alicia. Y en ella se sienta y encuentran juntas, la silla y ella, un suelo. Caen suavemente. Llegan.

Veo la tarjeta que acaban de darme. Dice: Usted está aquí.

Y pienso en Alicia. En cómo le dice adiós a la silla, ya a salvo en el piso. Y en cómo en ese momento no le queda más que echarse a caminar.

 

 

La ilustración que acompaña es de Inés de Antuñano y se titula "Mirar dentro". Su sitio web es: www.inesilustracion.com

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