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#PoliedroDigital: Capítulo II: La sombra (primera parte)

J. M. Barrie   | 18.02.2019
#PoliedroDigital: Capítulo II: La sombra (primera parte)
Durante varios años, “Poliedro” fue la sección principal de las centrales de la revista Este País. Con el propósito de honrar a esa tradición impresa y renacer como EP en línea, hemos nombrado “Poliedro Digital” al blog semanal de la Redacción que, al tener diversos colaboradores, es como ese cuerpo geométrico de “muchas caras”.

Traducción de Claudia Benítez

 

 

La señora Darling gritó y, como en respuesta al toquido de una campana, la puerta se abrió y entró Nana, que regresaba de su tarde libre. Gruñó y arremetió contra el niño, quien saltó con ligereza por la ventana. La señora Darling volvió a gritar, pero esta vez angustiada por él, pues pensó que se había matado, y corrió a la calle en busca de su pequeño cuerpo; pero éste no se encontraba ahí. Miró hacia arriba y en la negra noche sólo pudo ver lo que le pareció era una estrella fugaz.

Regresó al cuarto de sus hijos y encontró a Nana con algo en su boca, que resultó ser la sombra del niño. Cuando éste brincaba por la ventana, Nana la había cerrado rápidamente, demasiado tarde para atraparlo, pero sin darle tiempo a su sombra de salir: la ventana se había cerrado de golpe, desprendiendo a la sombra del niño.

Puedes estar seguro de que la señora Darling examinó la sombra cuidadosamente; sin embargo, ésta era totalmente ordinaria.

Nana no tenía ninguna duda sobre qué era lo mejor que se podía hacer con esa sombra. La colgó afuera de la ventana, pues “seguramente el niño regresará por ella. Hay que ponerla donde pueda tomarla fácilmente sin molestar a los niños”.

Desafortunadamente la señora Darling no podía dejarla colgada afuera de la ventana, ya que se veía como ropa recién lavada, y eso degradaba el estatus de la casa. Pensó en mostrársela al señor Darling, pero él estaba haciendo cuentas para ver si podrían comprar abrigos de invierno para John y Michael, con una toalla húmeda alrededor de la cabeza para mantener su mente despejada, por lo que habría sido una pena molestarlo; además, ella sabía exactamente qué diría: “Todo esto sucede por tener una perra como niñera”.

Decidió enrollar la sombra y guardarla con cuidado en un cajón, hasta que se presentara el momento oportuno para decirle a su esposo. ¡Ay, cielos!

Dicho momento se presentó una semana después, en aquel viernes que nunca-podrían-olvidar. Por supuesto que tenía que ser viernes.

—Debí haber sido especialmente cuidadosa en un viernes —solía decir la señora Darling a su esposo, mientras que, tal vez, Nana estaba a su otro lado, tomando su mano.

—No, no —decía siempre el señor Darling—, yo soy el responsable de todo. Fui yo, George Darling. Mea culpa, mea culpa —había tenido una educación clásica.

De ese modo se sentaban noche tras noche recordando aquel fatídico viernes, hasta que cada detalle quedó grabado en sus cerebros y se hizo patente del otro lado como la cara de una moneda mal acuñada.

—Si tan sólo no hubiera aceptado esa invitación a cenar en la casa número 27 —dijo la señora Darling.

—Si tan sólo no hubiera echado mi medicina en el tazón de Nana —dijo el señor Darling.

—Si tan sólo hubiera fingido que me gustaba la medicina —era lo que expresaban los ojos llenos de lágrimas de Nana.

—Mi afición por las fiestas, George.

—Mi fatal don del humor, querida.

—Mi susceptibilidad por nimiedades, queridos señor y señora.

Entonces uno o más de ellos se derrumbaba por completo; Nana al pensar: “Es cierto, es cierto, no deberían tener una perra como niñera”. Muchas veces era el señor Darling quien secaba los ojos de Nana con un pañuelo.

—¡Ese demonio! —lloraba el señor Darling, y el ladrido de Nana le hacía eco. Pero la señora Darling nunca recriminaba a Peter; había algo en la comisura derecha de su boca que no quería insultar a Peter.

Se sentaban allí, en el cuarto vacío de los niños, recordando con cariño cada pequeño detalle de aquella terrible tarde. Había comenzado sin sobresaltos, tal y como otro centenar de tardes, con Nana calentando el agua para el baño de Michael y llevando a éste a la tina sobre su espalda.

—No iré a dormirme —había gritado él, como quien todavía cree que tiene la última palabra en el asunto. —No quiero, no quiero, Nana, todavía no son las 6. Oh, santos cielos, ya no debería quererte, Nana. Te digo que no voy a darme un baño, ¡no y no!

Entonces había entrado la señora Darling con su vestido de noche blanco. Se había arreglado temprano porque a Wendy le encantaba verla con ese vestido y con el collar que George le había regalado. Llevaba puesta en el brazo la pulsera de Wendy; se la había pedido prestada. A Wendy le gustaba prestarle esa pulsera a su madre.

La señora Darling había encontrado a sus dos hijos mayores jugando a ser ella y su marido en el momento del nacimiento de Wendy, y John estaba diciendo:

—Me da gusto informarle, señora Darling, que ya es usted mamá —en un tono que tal vez el mismo señor Darling había usado en la ocasión real.

Wendy había bailado de felicidad, así como la verdadera señora Darling debía haberlo hecho.

Después nació John, con la ostentación extra que él imaginó debió haber acompañado al nacimiento de un varón, y Michael llegó del baño para pedir nacer él también, pero John dijo despiadadamente que ya no querían más hijos.

Michael casi había llorado. —Nadie me quiere —dijo, y por supuesto que la dama del vestido de noche no pudo soportarlo.

—Yo sí —dijo—, yo sí quiero un tercer hijo.

—¿Niño o niña? —preguntó Michael, no con muchas esperanzas.

—Niño.

Entonces él había brincado a sus brazos. Tan poca cosa que recordar ahora, pero no tan poca si aquélla habría de ser la última noche de Michael en esa habitación.

El señor y la señora Darling y Nana continuaron con sus remembranzas.

—Fue entonces que entré como un tornado, ¿cierto? —dijo el señor Darling, despreciándose a sí mismo. Y, en efecto, había entrado como un tornado.

[…]

Continuará…