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Cuaderno de notas: Inteligencia, discernimiento, sabiduría bíblica

Gregorio Ortega Molina | 01.09.2015
Cuaderno de notas: Inteligencia, discernimiento, sabiduría bíblica

Nos dejamos asombrar por lo que, a medias, entendemos o suponemos entender, pero lo que estamos seguros de haber comprendido a cabalidad lo hacemos a un lado, como conocimiento de segunda, adquisición facilona de una habilidad que, creemos, permite destacar u obtener una chamba para vivir.

No puedo olvidar el azoro, mi propio y muy personal descreimiento, cuando fui informado del coeficiente intelectual de mis nietos: los tres sobre 150 IQ. Luego, las discusiones de sus padres sobre qué hacer con ellos, cómo facilitarles su inserción en el mundo. Es su responsabilidad.

Desde que conozco su potencial mis preocupaciones u obsesiones sobre ciertos conceptos e ideas han variado. Primero medité sobre el ADN. No encontré respuesta alguna sobre el origen de ese portento que es su inteligencia. A la mayor, que le correspondió abrir brecha con sus padres y en su escuela, la he visto adaptarse a las circunstancias de su entorno, para no quedar aislada, para que no la traten como un fenómeno. Aprendió a no confrontarse con sus maestros, a transigir en juegos y habilidades con sus compañeros de escuela y amigos. Pero ella tiene su propio mundo paralelo, lo construye y lo desarrolla, paso a paso.

Sus padres, dueños de un gran sentido común, decidieron que no acumulara conocimiento demasiado rápido, como si, sin haberlo consultado o siquiera meditado, comprendieran lo que me ha costado trabajo estudiar: la inteligencia y el discernimiento son distintos y distantes. Demasiado tarde recordé mi lectura juvenil de “Funes el memorioso”, de Borges. También tarde recuperé la anécdota contada por mi padre: siempre que a Adolfo Ruiz Cortines le recomendaban a una persona muy inteligente para ocupar un cargo público, el presidente de México preguntaba: ¿Inteligente, como para qué?

La entrada de inteligencia en el María Moliner nos dice: “Facultad espiritual con la que se captan, se relacionan y se forman las ideas”; en cuanto a discernimiento: “Acción de discernir. <<Criterio>>. Capacidad para discernir (juzgar)”.

¿Conviven y se desarrollan juntos la inteligencia y el discernimiento? Para encontrar una respuesta, primero evoqué Una mente brillante y lo que esta le costó al personaje encarnado por Russell Crowe, lo que introdujo un nuevo término en mi búsqueda, para considerar si la inteligencia y la lucidez necesariamente coinciden.

Después de años de dormir el sueño de los justos en los estantes de mi biblioteca, me decidí a incursionar en Genio y locura: Ensayo de análisis patográfico comparativo sobre Strindberg, Van Gogh, Swedenborg y Hölderlin, de Karl Jaspers, cuya lectura todavía me deja más preocupado sobre el precio a pagar por la inteligencia superior, y lo necesario —necesarísimo, diría— de que su desarrollo y entrenamiento vayan aparejados de dos elementos esenciales: el amor de los padres y que ellos mismos se encarguen de inculcar y entrenar el discernimiento como pareja inseparable de la inteligencia.

Esto me llevó a otra búsqueda. Discernimiento, ¿significa lo mismo hoy que en la época de los profetas y de la fundación del cristianismo? No lo creo. La Biblia, como veremos más adelante, usa los términos sabiduría y prudencia como sinónimos de discernimiento, o eso supongo.

Pero no adelantemos vísperas. Jaspers retoma el diario de Swedenborg y transcribe para nosotros:

Me puse a hablar como si estuviera despierto; pero pronto me di cuenta de que las palabras que decía no eran mías, sino que alguien las ponía en mi boca: ¡Oh, Jesús todopoderoso! [...] Junté las manos y empecé a rezar; entonces sentí que otra mano apretaba firmemente las mías. Seguí rezando, sin detenerme ni un momento […] A poco me vi en Su seno, contemplándole cara a cara […] Dirigiéndose a mí, me preguntó si llevaba un salvoconducto sanitario. Contestéle: ¡Señor! Mejor lo sabrás tú que yo. Entonces —me dijo— haz lo siguiente.

 

Medito sobre el párrafo anterior. Pienso en Job, pero sobre todo en Salomón y en la efectiva imposibilidad de que la inteligencia y la sabiduría bíblica puedan coincidir en su significado.

Para mi fortuna tengo el Diccionario del Nuevo Testamento de Xavier Léon-Dufour, quien da una amplia entrada a sabiduría:

1.  En el helenismo estoico o popular, como en el Antiguo Oriente, la sabiduría caracteriza un comportamiento que se atribuye a cierto conocimiento (hábil, avispado). Según la Biblia, el sabio es un técnico de clase, un buen arquitecto, un ser de una gran instrucción. Sobre todo sabe comportarse con habilidad para triunfar en la vida. Esta acepción también refiere a la prudencia. En la fuente de la sabiduría se encuentra el don divino, que es el temor de Dios. Jesús es un sabio, un maestro de la sabiduría: proverbios, parábolas, normas de vida que asombran a sus contemporáneos.

2.  La Sabiduría personificada en el Antiguo Testamento fue reconocida a través de la actividad de Jesús; cuando Jesús llama cerca de él a los niños, no es un maestro de la sabiduría que ofrece recetas para vivir, es el Hijo que revela los secretos de Dios y que, por su sacrificio, se convierte en sabiduría de Dios.

3.  Llamando no a los sabios del mundo sino a los niños, Dios condena la sabiduría humana que pretende saber todo y ofrece la salvación por la locura de la cruz. El que recibe de lo alto la sabiduría puede disfrutar y comunicar las cosas espirituales: se comporta con comedimiento, ponderación y buen sentido.

 

El libro de la Sabiduría: Escrito sapiencial griego deutoronómico, atribuido equivocadamente a Salomón. Su doctrina es la del Antiguo Testamento, presentada para los judíos de la diáspora.

Regreso a la necesidad de contar con discernimiento y sabiduría para sacar provecho de la inteligencia. Jorge Luis Borges, casi para concluir “Funes el memorioso”, escribe: “Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”.

Entonces, por accidente, debido a un encuentro fortuito y a mi deseo de encontrar apoyo y comprensión, al toparme con monseñor Salvador Martínez, párroco de la circunscripción eclesial asentada en el templo de La purísima concepción —ubicado en las calles de Tlacopac y Corregidora, colonia Campestre, San Ángel—, descubro que el otro riesgo de la inteligencia es la soberbia, esa debilidad que condujo a la precipitación de Luzbel, desde la vera de Dios al precipicio del infierno.

Me topo con monseñor en el atrio del templo, por el que cruzo de lunes a viernes al ir y regresar del trabajo, y le pregunto si, como debe hacerse, puede instruir a su sacristán para que barra y/o acumule la basura con una escoba, porque la sopladora/aspiradora de gasolina que usa hace mucho ruido, que él no escucha por estar sus oficinas fuera del templo. Omití, al ver su actitud, mencionarle a san Martín de Porres, o fray escoba.

Me da una palmadita en el hombro —es mucho más alto que yo—, me ve con indiferencia, y me despide, sin miramientos, porque le dije que el ruido es un martirio. Él afirmó que no.

Insisto, le digo que cuando lo hacen acuda a casa a tomar un café, para que entienda mi martirio, pero ríe apenas, muestra los dientes, un destello en la mirada y me da la espalda. Mi respuesta es decirle que peca de soberbia, que debería confesarse. Dudo que lo haga; los vecinos del templo continuaremos padeciendo el ruido.

Allí está el daño. Un sacerdote culto, inteligente, dueño de un vocabulario amplio, con toda certeza capaz de discernir —se percibe en sus homilías—, aunque también con toda seguridad es ajeno a cierta sabiduría bíblica, tiene como única respuesta a un nimio problema —para él, no para los vecinos— real, dar la espalda, dejar que el anuncio de la ira le brille en los ojos, o mostrar los dientes para que no le moleste más.

En un afán por comprender el riesgo de la inteligencia para mis nietos y el comportamiento lleno de soberbia de monseñor Salvador Martínez, recurro a mi Demonio de Sócrates, acudo a él a través de un correo electrónico, porque vive en Francia, y me instruye.

Todo comportamiento humano implica, secreta o abiertamente, una filosofía del mal y de Dios que le da consistencia y figura. El deber, es decir, la obligación de realizarse o construirse, traduce a la lógica de acción la estructura y el movimiento del argumento ontológico, lo que es suficiente para probar que los fundamentos de la ética están en la idea de Dios y presentes en la conciencia. La inmoralidad expresará entonces una interrupción o una perversión de la dialéctica que, a través de la experiencia del mal, busca y rechaza a Dios, alternativamente.

Y sí, acude al pie del altar monseñor Salvador Martínez, oficia el rito, y después ve con suficiencia y distancia a quienes requerimos de su comprensión y ayuda para que resuelva un problema real, práctico, aunque para él inexistente.

¿De qué le sirven, entonces, la inteligencia y la gracia? Por algo carece de sabiduría bíblica y discernimiento. 

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Escritor y periodista, GREGORIO ORTEGA MOLINA (Ciudad de México, 1948) ha sabido conciliar las exigencias de su trabajo como comunicador en ámbitos públicos y privados —en 1996 recibió el Premio José Pagés Llergo en el área de reportaje— con un gusto decantado por las letras, en particular las francesas, que en su momento lo llevó a estudiarlas en la Universidad de París. Entre sus obras publicadas se cuentan las novelas La maga y Crímenes de familia. También es autor de ensayos como ¿El fin de la Revolución Mexicana? y Las muertas de Ciudad Juárez.

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