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Crónicas: Los muros de aire

Yael Weiss | 08.03.2019
Crónicas: Los muros de aire
En Crónicas recuperamos experiencias que alteran nuestra percepción del tiempo y del espacio. En esta ocasión, Yael Weiss nos platica acerca de su encuentro con la caravana migrante en Tijuana. Esta crónica, por su extensión, se divide en dos partes. La primera es la que leen a continuación y esperen la segunda parte el próximo jueves.  

Por un asunto de familia, aterricé el sábado 24 de noviembre de 2018 en Tijuana, una ciudad que siempre quise conocer. Debía quedarme un solo día y aproveché mi tiempo libre para visitar la caravana migrante recién instalada en el Estadio Benito Juárez, de la que había estado leyendo desde hacía un tiempo y cuyas fotos ahora figuraban en todos los periódicos. Fue tan poderoso el encuentro con este mundo de esperanzas en marcha, que permanecí en el sitio varios días más, incapacitada a tomar mi vuelo de regreso a la Ciudad de México.

 

 

Aquel hombre tenía muchas cosas por comprobarme. La primera era que vivía frente al comedor salesiano de Tijuana. Sacó su credencial de elector y me señaló con el índice la dirección. Frente a nosotros, los migrantes esperaban en fila sus alimentos. Me contó que desde su casa veía entrar a las caravanas aunque no pararan a comer, porque era la ruta de entrada a la ciudad indicada en todos los mapas. Vio desfilar a los primeros hondureños de esta oleada. Me contó también que vivió en Kansas, pero que lo habían deportado por conducir sin licencia el auto de un compadre. Allá, del otro lado, se habían quedado sus dos hijas y su esposa, a quienes no había visto en nueve años. Sacó de su cartera unas fotos ya desgastadas y sucias que me entregó. En la fila frente a nosotros solo había varones, rara vez las mujeres hacían cola, o lo hacían aparte para evitar los contactos indeseables. Al otro lado de esta línea que dividía la calle en dos por lo largo, un Tsuru con altavoces sobre el techo trasmitía música evangélica. Me deshice de Fabián —pues ése era su nombre, y cuando quiso sacar de nuevo su credencial se lo impedí con las manos — para ir a ver a mis anchas al señor rollizo en camiseta a rayas y tenis New Balance que, parado sobre la cajuela del coche, dirigía un acto paralelo de distribución de alimentos. Sobre el parabrisas trasero pude leer “Jesús es el Señor” en letras blancas y estilizadas. El sound system del Tsuru incluía un micrófono de cable por medio del cual el tipo a rayas increpaba a las cinco o seis columnas formadas detrás del coche para que no bloquearan la circulación de la demás gente que iba y venía por la calle como en un hormiguero. “La fila más derechita va a pasar primero”, gritaba. Gracias a quienes se alejaban triunfantes con sus platos de unicel, vi que se trataba también de arroz con frijoles, como los que repartía a diario la Marina armada de México. Los criterios con los que el señor del Tsuru seleccionaba la fila que pasaría por comida eran impenetrables. En cuanto pasaba una, se formaba otra en su lugar con gente que parecía salir de las piedras. Cuando se acabó la comida, los no elegidos rompieron filas con caras largas y tomaron con desgano los flyers que les tendían unos acólitos del amigo de Dios.

            Fabián reapareció a mi lado. Por decir algo, le hice notar que la cola del centro de la calle no se había movido ni un palmo. Me respondió que precisamente había ido a ver el inicio de la fila y que los soldados seguían preparando la comida. Estaba muy impresionado con el tamaño del cucharón con que revolvían las ollas, era un instrumento capaz, decía, de servir cinco platos de un solo golpe, mucho más grande que el cucharón del comedor salesiano. Estuvimos balanceándonos un rato más sobre nuestros pies, de talón a punta y de regreso, con las manos en los bolsillos ante el espectáculo de la cola de 150 metros de largo y de la gente que circulaba a un lado y otro. Fabián comentó que veía mucho malandro de Tijuana entre los hondureños. Los reconocía, me explicó, porque tuvo una tienda a unas cuadras de donde estábamos. Sacó su celular para enseñarme unas fotos de su antiguo local.

            —¿Pero qué querría un malandro de Tijuana aquí? —le pregunté con un dejo de sospecha. Al fin y al cabo, se decía que los tijuanenses querían echar a la caravana fuera de la ciudad y que lo hondureño no era lo suyo. Cuando se les preguntaba por la caravana, se ponían a hablar de lo maravillosos que eran los haitianos en comparación, lo trabajadores y honestos que habían resultado. Un taxista me confió que algunos señores procedentes de Haití ahora circulaban vestidos con ropas elegantes y en Mercedes, todo ganado a punta de trabajo. Dio unos golpecitos finales al volante, satisfecho con demostrarme que el sueño americano podía suceder en cualquier lado, aunque no lo hubiese conseguido para sí mismo.

            —Pues sacar provecho, robar algo, juntarse con los malandros hondureños, ver qué jale —Fabián me respondió cuando casi había olvidado mi pregunta. Estaba tan entretenido como yo, observaba con atención los rostros de quienes pasaban frente a él.

          —Pero no hay nada que robar, esta gente no tiene nada —reclamé. Luego añadí que los migrantes acumulaban cantidades absurdas de cosas sin valor en sus tiendas de campaña. Lo había escuchado, pero no me constaba porque nunca había entrado al campo de beisbol Benito Juárez donde dormían hacinados. Afortunadamente, mi vana confidencia sobre la acumulación de donaciones y objetos inservibles no interesó a mi interlocutor.

            —Yo tengo un taller de carpintería donde cabe mucha gente —me aseguró de pronto—. No te miento, mira, toca estos callos.

            Sin pensármelo, palpé los callos de sus palmas abiertas, y luego examiné mis propias manos, mucho más suaves; aunque también un poco callosas, no sé por qué siempre han sido así. Algunos muchachos empezaron a correr hacia otra de las salidas de la calle, pero los de la fila no se movieron para no perder su lugar.

            —¿Ahora qué pasa? ¡Vamos! —dijo Fabián.

            —Han de estar regalando comida o ropa —le expliqué—, los coches con donaciones se estacionan por allá —señalé la otra calle. Al menos esta vez sí era información de primera mano, ya había visto esos vehículos y todas las formas en que sus ocupantes regalaban cosas, algunos con timidez bajando apenas las ventanillas de sus autos, otros con la cajuela abierta y gritando al por mayor. Una gran parte de los donantes pertenecía a alguna iglesia y aprovechaba para dar sermón o hacer propaganda. Yo llevaba más tiempo que Fabián en esta calle.

            —Voy a ver —me dijo antes de desaparecer para siempre de mi lado—. Me gusta ver estas cosas. Antes de venir estaba mirando las noticias en la televisión, todo el desmadre con los hondureños, pero mejor me vine a ver con mis propios ojos.

            Esta última explicación no necesitó ni callos ni documentos de respaldo. Vine a ver con mis propios ojos me pareció la expresión más simple y exacta de lo que yo también estaba haciendo ahí.

 

 

*

La mañana del 25 de noviembre de 2018 se organizó una manifestación de migrantes centroamericanos. Se pretendía marchar hasta la garita El Chaparral, una de las puertas de entrada a Estados Unidos con la idea, según los responsables, de concentrarse ahí, a la vista de todos, para que el país del norte tomara conciencia concreta de esta caravana formada por mujeres, niños y hombres en edad de trabajar y, entonces, le otorgara el paso, el asilo.

            A las ocho de la mañana iniciaron sus actividades los primeros grupos de entusiastas con sus banderas y mantas. Decenas de muchachos hacían pintas y se envolvían en estandartes binacionales; además de Honduras había banderas de El Salvador y Guatemala, pero siempre combinadas con la de Estados Unidos. Circulaban a ambos lados de la larga fila de quienes aún bregaban por su desayuno. Ante una cámara de televisión, un hombre respondía que si Dios lo ayudaba hoy mismo cruzaría la frontera. Abandonó la entrevista en cuanto aparecieron su mujer y su niña cargando los platitos con frijoles. Comieron a las prisas y de cuclillas porque la marcha estaba por empezar.

            Hasta el frente se colocaron las tres banderas más grandes del contingente: una de Honduras, una de México y una de Estados Unidos. A un lado se sumó la manta por los compañeros caídos en el camino. Eran tantos los integrantes del éxodo y tan larga su caminata hasta acá que unos habían muerto y otros habían nacido, unos se habían separado —como se lamentaba a mi lado un señor al que acababan de mandar al cuerno— y otros se habían conocido y amado. Pronto hubo sobre el asfalto una columna gruesa y compacta con toda la gente y, antes de empezar la marcha, se entonaron las plegarias. Se rezó con fervor y luego se avanzó con buen ánimo. Las familias venían con mochilas y bultos, colchonetas y carriolas con bebés, o bien rebosantes de suéteres. Dos niños avanzaban con patines del diablo y un muchacho con su bicicleta; había también hombres más viejos con bastón o muletas y algunos más en silla de ruedas. Unos granaderos bloqueaban con sus escudos transparentes la entrada al puente para automóviles que llevaba a la garita del Chaparral. La marcha se estancó un rato ahí, cantando y pidiendo el paso bajo el sol intenso de las 10 de la mañana.

            De pronto unos manifestantes que estaban a las vivas decidieron romper la barrera policial por debajo del puente y comenzaron a correr por los lados hacia el río seco. Todos los siguieron. Los granaderos intentaron, sin éxito, contener a la masa envalentonada que cruzaba en desorden por el canal del río Tijuana hacia la garita. Como los manifestantes desconocían la geografía del lugar, buscaron al azar los accesos a Estados Unidos, y algunos grupos se desgajaron de la columna central e intentaron escalar el muro en distintos puntos. Los helicópteros gringos que vigilaban la marcha se triplicaron en cuestión de minutos, como palomitas de maíz que estallan en el aire, y las autoridades cerraron todas las entradas al país. En las calles de Tijuana inició el caos porque los cientos, quizá miles de coches ya formados para cruzar la frontera más concurrida del mundo tuvieron que aplicar la reversa.

            Avancé junto con la prensa detrás del grupo numeroso que derribó una barda que separaba la carretera fronteriza de unas vías de tren y del muro. Las familias, una vez ahí, se amontonaron sin saber qué hacer y dejaron pasar el tiempo. Algunos se alzaron sobre unos vagones de carga abandonados y miraron cómo los más valientes, o los más imprudentes, trepaban hasta la cresta del muro de separación y se quedaban petrificados al constatar la presencia de los agentes fronterizos del otro lado. Los helicópteros zumbaban sobre las cabezas de esta pequeña tribu indecisa y terca. Después de una hora de este espectáculo, en que unos miraban la tierra prometida desde lo alto y otros sólo la imaginaban, los migrantes iniciaron la marcha atrás. Unos veinte granaderos mexicanos se habían colocado en la porción de barda violada para impedir que más personas ascendieran hacia al área delicada donde se congregaban aquellos cientos de ilusos. El paso de la carretera hacia el muro era difícil por la inclinación casi vertical del terreno pedregoso, y resultó más sencillo de escalar a la carrera —como lo hicieron los migrantes con carriolas, colchonetas, cobijas y niños en brazos, y siguiéndoles el paso los reporteros con sus cámaras de televisión—, y más complicado descender de vuelta. Con una amabilidad sorprendente, los granaderos auxiliaron a los centroamericanos en su descenso del terraplén, pasando en cadena sus pertenencias de arriba abajo mientras las señoras y los niños usaban las manos para agarrarse los unos a los otros y detenerse en la caída.

            Como una estampa que resume el choque frontal de imaginarios y realidades, recuerdo a un granadero sosteniendo con incredulidad un abrigo de piel de oso bajo un sol aplastante y una temperatura media de 30ºC. Sin duda, alguna señora había escuchado que en el norte hacía frío y no quería pasarla mal en la nieve.

 

*

El saldo final fue de unos cincuenta detenidos por las fuerzas estadounidenses —los que saltaron las primeras vallas fronterizas—, y un par de heridos por las bombas de gas caídas del cielo, y hasta por una bala de goma. Pero el corolario fue la dura realidad: detrás del primer muro había más muro, más rejas, y cámaras y reflectores y sensores de movimiento, además de soldados armados hasta los dientes y helicópteros de caza; no bastaba con saltar y escabullirse en la tierra de la libertad. Esta frontera no era como las de América Central ni como la que separa a México de Guatemala, ésta era infranqueable.

            Se perdió esa mañana el momentum de la caravana. Hay que pensar que sus integrantes venían de muy lejos y al filo del camino se había acrecentado su caudal y entusiasmo. Cuando en San Pedro Sula, en Honduras, se organizaron en caravana, apenas eran unas trescientas personas. El día mismo que empezaron a caminar ya eran mil, y al momento de cruzar la primera frontera ese número se había duplicado. En Guatemala, la caravana engrosó con miles de salvadoreños, guatemaltecos, y más grupos de hondureños que habían empezado su migración por separado. A sus filas se unieron muchos reporteros que hacían visible para el mundo este éxodo anunciado y masivo y lo protegían en su camino. Todas las puertas se abrían para dejarlos pasar. En la frontera con México hubo una resistencia mínima, un intento de orden, pero algunos cientos derribaron la reja que separa ambos países al grito de “sí se puede”, y otros libraron el obstáculo con el cruce masivo por el río Suchiate. Avanzaron por México, donde se les acogió en los albergues destinados específicamente para ellos, la población móvil, se les dio abrigo, comida, mapas, ánimo y consejo. En las grandes ciudades los instalaron en estadios y les hicieron llegar las donaciones de la sociedad civil; incluso se les consiguió autobuses para darles un aventón hacia el norte. Cuando se estrellaron con el muro de Estados Unidos, estos miles de migrantes traían la inercia de una descomunal bola de nieve. Fue un golpe frontal muy duro.

            La fuerza de la fe también entraba en la ecuación. Dios acompañaba a los migrantes en sus corazones y afloraba en sus labios cada mañana cuando retomaban el camino. Algunos llamaron a la caravana “Éxodo” porque de muchas maneras lo era en un sentido bíblico. La integraban los esclavos de la pobreza, de la violencia y del crimen protegido por un Estado cómplice. Pero en una noche los esclavos empacaron lo que cabía en sus mochilas, prepararon a sus hijos y se despidieron de los más viejos que no podrían acompañarlos a Estados Unidos, la tierra prometida donde se aseguraba que había libertad, leyes funcionales y trabajo bien pagado.

            En Tijuana, la mañana del domingo 25 de noviembre de 2018, cuando los integrantes del éxodo se dirigieron hacia la garita del Chaparral, muchos llevaron consigo lo más preciado que tenían. En el fondo de sus corazones, esperaban no volver atrás. Tomaron de la mano a sus esposas y a sus hijos, intercambiaron teléfonos con los amigos por si el camino los separaba. La columna rezó con devoción al iniciar la marcha. Pero el Mar Rojo no se abrió, el milagro no ocurrió, y Dios no llegó a la cita. Ese día quedó claro que la caravana, al menos en forma de caravana, no cruzaría. Cada quien debía pedir asilo para sí mismo y esperar la resolución de su caso particular, lo cual tomaba meses e incluso años. Si se contaba con el dinero, se podía concertar un cruce clandestino con los polleros, arriesgando la vida; también se perfilaba la posibilidad de diseminarse por México en busca de trabajo y vivienda, sorteando las redes del crimen organizado y la discriminación, o bien volver a casa con la cola entre las patas.

 

*

La tarde del 25 de noviembre, mientras los noticieros repetían en bucle las imágenes de la desbandada matutina, se apersonaron en las inmediaciones del campamento de migrantes algunos voluntarios de asociaciones civiles mexicanas y unas cuantas ciudadanas de Tijuana, con sus dijes guadalupanos semiocultos en el escote y que lo sabían todo de los cruces clandestinos y legales por el simple hecho de habitar una ciudad para orientar a los hondureños, explicarles cómo era la frontera en realidad, qué esperar, cómo comportarse, dónde apuntar sus nombres para pedir el asilo, qué decir en migración, qué no decir, dónde buscar trabajo mientras se resolvía su caso. Se notaba de inmediato qué mujeres no pertenecían a la caravana por el maquillaje sobre el rostro, pues quienes caminan por semanas a la intemperie van con la cara desnuda. Como la cancha de beisbol ofrecía las condiciones mínimas de higiene y ninguna de privacidad, muchos aprovechaban los espejos retrovisores de los coches aparcados en la calle para peinarse, pincharse un barro o constatar que seguían siendo ellos mismos. Las cámaras de televisión y los reporteros se hacían más numerosos y buscaban entre la masa inquieta a quién entrevistar como quien pesca con arpón en una piscina repleta.

            Unos enviados especiales de la televisión estadounidense preparaban su equipo de filmación, con micrófonos y reflectores, para entrevistar a una mujer con cuatro hijos, personaje lo suficientemente dramático para movilizar los sentimientos. Me uní al grupito que se estaba formando detrás de las cámaras para escuchar la entrevista. Era como ver las noticias sin pantalla.

            —Sí estuve pero me regresé antes de cruzar el río porque ya estaban echando las lacrimógenas —empezó la mujer—. Íbamos hasta atrás de la marcha porque no pude estar lista con mis hijos. Tenía que bañarlos y hay mucho lodo, mi más chiquito se resbaló y se abrió la rodilla.

            Como la entrevista no era en vivo, se llenó de interrupciones. Una mujer gorda que parecía la jefa jalaba a la entrevistadora por la camisa para decirle cosas a la oreja y por unos segundos se hacía el silencio. La entrevistadora preguntó demasiadas veces por qué había venido y por qué quería entrar a los Estados Unidos. No sé si no le satisfacían las respuestas, si buscaba alguna contradicción o quizá una mejor toma a cuadro.

            —Mis hijos no van a la escuela, señora. En Estados Unidos quiero trabajar y que ellos estudien —los niños jugaban entre sus piernas con unos muñecos de plástico, ajenos a lo que se decía de ellos, o al menos eso pretendían.

            —¿Sabe usted que es muy difícil entrar a los Estados Unidos? —la lengua de la reportera se patinaba en todas las erres hispánicas.

            —Tienen que ayudarnos. No tenemos nada, solo venimos a trabajar.

            —¿Sabe usted que se tarda mucho tiempo el proceso?

          —Les pido que por favor nos ayuden —decía la entrevistada con un tono lastimero mientras la señora gorda jalaba a su reportera de la camisa—. Este campamento está lleno de enfermedades, mis niños no pueden ir al baño porque están desbordados, llenos de basura y de infecciones. No se puede vivir aquí.

           —¿Qué mensaje le quiere dar a la gente de los Estados Unidos? —preguntó la reportera después de escuchar las palabras secretas de su jefa.

           —Que nos dejen pasar primero a las mujeres que venimos solas con niños, no somos criminales, somos las más necesitadas, que por el amor de Dios nos ayuden.

            Los técnicos bajaron el reflector y la cámara, la reportera y su jefa se pusieron a discutir y la señora con los cuatro hijos, sin más despedida, se sentó a dos metros de ahí, sobre el borde de la banqueta, a seguir con la espera. La mayor parte de la gente que escuchó esas declaraciones se dispersó, en busca de otro happening, de otra expresión de lo que sentían de manera colectiva. A mi lado, un chico del público seguía observando el escenario vacío donde antes ocurrió la entrevista.

            —¿Cómo ves? —le pregunté.

           —Muy mal —me dijo. Levantó la mirada y, por debajo de la visera de su gorra, pude ver sus ojos cafés.

           Se llamaba David y también venía de Honduras. Me contó que pertenecía al grupo que inició la caravana, que se inspiraron en las que formaban los familiares en busca de sus desaparecidos en México y Centroamérica.

           —El día de antes nos juntamos para dormir cerca de la terminal de autobuses, pero la voz se corrió y muchos se nos juntaron desde esa misma noche, otros se nos unieron en el camino. —David levantaba la mirada cada tanto. Tenía las pestañas chinas y casi güeras, como si las hubiera quemado por accidente con un encendedor. Estaba enojado con la señora de los cuatro hijos: —Si esas mujeres llegaron hasta aquí fue por nosotros, porque las protegimos en el camino, porque les pusimos el hombro. Las ayudamos a subir y bajar de los tráilers, les dimos prioridad para comer y el mejor sitio para dormir. Nosotros nos arriesgamos más, a los hombres nos matan mucho más.

           —Nosotros estamos más expuestos —me aseguraba David—. ¿Y ahora piden que las dejen entrar primero? Somos una caravana y ellas la quieren destruir.

           Argumenté que él tenía más facilidad de movimiento, que podía ir a trabajar aquí en Tijuana o donde sea para juntar unos pesos, mientras que esa mujer cargaba con unos hijos pequeños que no podía dejar solos. David me dio un poco de razón pero no demasiada. Formaba parte de los idealistas que dan el empujón de arranque a los movimientos sociales, pero que luego se quedan rezagados mientras otros, más astutos y oportunistas, toman la batuta y sacan mejor provecho de las fuerzas reunidas. No quise decirle que Estados Unidos era el sitio por excelencia donde cada quien jala para su lado y prima el individualismo más frío. Yo más bien quería un mundo lleno de gente como David que todas las mañanas recogía la basura.

           —Por todas partes vamos dejando un mugrero. Así no nos va a apoyar la gente.

           Platicamos largo rato. No había nada más que hacer en el campamento condenado a la espera. Él había dejado a sus hijos en Honduras porque el camino era demasiado peligroso, su plan era mandar dinero de Estados Unidos para que puedan ir a la escuela.

           —Fúmele banda, fúmele banda, fúuuuuuuumele.

           Un muchacho circulaba con dos cajetillas abiertas para vender cigarros por unidad en la calle atestada, dividida en dos por la fila de los alimentos. David había escondido su rostro bajo la visera. En cuanto me alejé, me arrepentí. No le había pedido sus datos para escribirle más tarde y tener noticias suyas, ni siquiera le había tomado una foto para recordarlo. Corrí hacia el sitio donde lo había dejado pero ya no estaba y jamás pude volver a encontrarlo, ni ese día ni el siguiente, entre los miles de migrantes.

 

 

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