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Tecnología exponencial y desigualdad exponencial 

Valeria Villalobos Guízar | 02.04.2019
Tecnología exponencial y desigualdad exponencial 

Solo hay una cosa peor que no ser explotado por capitalistas y es no ser explotados en absoluto.

Joan Robinson

 

Considerar a las tecnologías exponenciales herramientas inherentemente positivas para promover la abundancia en el mundo merece sospecha. Por eso he dedicado los últimos años a estudiar algunas ideas en torno a ellas, principalmente aquellas defendidas por ciertos miembros de Singularity University (SU). SU es la plataforma de emprendimiento e innovación tecnológica situada en el campus de investigación de la NASA en Mountain View, California, cuyo objetivo es generar tecnologías que puedan resolver problemas de impacto global como salud, medio ambiente, educación, energía, refugio, agua y alimentación. Esta institución ofrece programas educativos y cumbres en distintas partes del mundo, programas de estrategia empresarial, cursos de liderazgo e innovación, así como programas para apoyar y escalar nuevas empresas. La comunidad SU incluye empresarios, corporaciones, organizaciones sin fines de lucro, gobiernos, inversionistas e instituciones académicas en más de 127 países. De acuerdo con uno de sus fundadores, Peter Diamandis, las tecnologías exponenciales nos llevarán a un vida abundante en recursos que permitirán un mundo más igualitario y próspero. “Crear abundancia no se trata de crear una vida de lujo para todos en este planeta; se trata de crear una vida de posibilidades”, explica en la cita que inaugura el sitio de internet de SU. Aunque el entusiasmo de la institución es contagioso, estas tecnologías van más allá de buenas intenciones por la abundancia en el globo.

Las tecnologías exponenciales han cambiado el ritmo y la estructura de los negocios de todas las industrias a nivel mundial y con ello el panorama del empleo. A grandes rasgos, estas tecnologías son aquellas que siguen la Ley de Moore, una ley empírica propuesta en la década de los 60 por el cofundador de Intel, Gordon Moore, según la cual los transistores de un circuito integrado, chip o microprocesador tienden a reducir su costo significativamente y superar de forma exponencial su capacidad de cómputo aproximadamente cada 18 meses. Un ejemplo reciente en el ámbito tecnológico es el robot Baxter, diseñado para cumplir tareas industriales sencillas, que en 2007 costaba alrededor de cinco millones de dólares, en 2012 redujo su precio a medio millón y hoy cuesta $22 mil dólares.

Pero cabe aclarar una cosa importante, la velocidad a la que avanza la tecnología de acuerdo con la Ley de Moore no implica una mejora en tecnologías anteriores, significa volver la tecnología precedente obsoleta. En Singularity University la manera más sencilla de explicar cómo hacer que una organización no se quede atrás y vaya a la velocidad de las tecnologías exponenciales es seguir la estrategia de las “seis D”:

• Digitalización (Digitize)

• Democratización (Democratize)

• Desmaterialización (Dematerialize)

• Desmonetización (Demonetize)

• Disrupción (Disruption)

• Un crecimiento engañoso, donde inicialmente no se percibe la exponencialidad (Deception)

Para mostrar lo último en tecnologías exponenciales SU realiza anualmente distintas cumbres en diferentes latitudes. Desde hace dos años México es sede de SingularityU Mexico Summit. Durante la última edición realizada el 7 y 8 de noviembre de 2018 en Puerto Vallarta, varios miembros y directores de SU buscaron explicar que el futuro del trabajo en un mundo de tecnologías exponenciales, con capacidad de automatizar miles de millones de trabajos en las siguientes dos décadas, no es algo de qué preocuparse demasiado, incluso cuando actualmente ya hay empresas que basan su operación en inteligencia artificial y robótica. Un ejemplo significativo es lo que pasó con el gigante taiwanés Foxconn, uno de los mayores productores de teléfonos celulares en el mundo, que para 2016 había sustituido al 55% de sus colaboradores por robots y redujo la plantilla laboral en una de sus fábricas de 110 mil a 50 mil colaboradores. De acuerdo con Christina Bonnington de la revista Wired, desde 2011 el CEO de Foxconn, Terry Gou, había advertido que en los próximos años sumaría un millón de robots a sus casi un millón de empleados; la situación de esos empleados es poco alentadora. A pesar de casos como este, los argumentos de algunos ponentes de SU pretenden que el sueño de la razón no produce tantos monstruos como para temerle, y que es mejor sencillamente celebrar el crecimiento exponencial.

Aunque soy una entusiasta de la tecnología y aplaudo sus potencialidades para generar un mundo más abundante para las sociedades vulnerables, el argumento central de algunos miembros de SU es bastante debatible. De acuerdo con ellos, las tecnologías exponenciales sustituirán algunos empleos rutinarios no especializados y generarán nuevos trabajos que nos permitirán desarrollarnos más plenamente como seres humanos. Habría que olvidar las generaciones que padecieron las revoluciones industriales en siglos pasados, las oleadas de desempleo actuales, la marginalidad y cientos de otros problemas de la crisis económica actual, para pensar que la transición a la era de la automatización será gentil para la humanidad y que el trabajo se basa en una vocación individual. La revolución digital, como otras, es un cambio para todos con ventajas para pocos.

Hace mucho comprendimos que el mundo de internet no es un territorio neutral, es una industria de enorme injerencia política a nivel global, que genera altas concentraciones de riqueza y brechas de desigualdad. Según un estudio realizado por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) en 2017, existe una brecha digital de 53.6%; es decir, solo la mitad de los hogares en el mundo tienen acceso a internet. En países emergentes este porcentaje apenas asciende a 15%. Si queremos enfatizar las ironías que genera la desigualdad tecnológica, podemos recordar las noticias referentes a las minas de sangre en el este del Congo, donde miles de personas en condiciones de esclavitud extraen el coltán y el wolframio, entre otros minerales, fundamentales para el funcionamiento de casi todas las tecnologías de uso cotidiano, como los teléfonos celulares y las computadoras. Sin embargo, las ganancias diarias de los mineros apenas superan un dólar y la idea de que puedan contar con tecnología celular ni siquiera es importante. Por cierto, esta no es una condición única de los esclavos congoleses, sino también de 300 millones de personas en el planeta. Pero no debemos ir tan lejos, de acuerdo con Bloomberg Billionaires Index, la fortuna de Jeff Bezos, fundador y director de Amazon, asciende a $135 mil millones de dólares, lo que equivale a dos millones 192 mil 278 veces el ingreso familiar promedio en Estados Unidos. Para hacer aún más impresionante esta cifra, el informe que entregó Amazon a la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos en 2018 mostró que los empleados de esta compañía ganaron en promedio 28 dólares por hora en 2017.

Existe un nombre que retumba en todo aquel que quiere emprender o invertir en tecnología: Silicon Valley, una zona ubicada en la bahía de San Francisco, California. Su nombre (Valle de Silicio en español), proviene de que las primeras empresas manufactureras de chips de silicio se desarrollaron ahí el siglo pasado. Desde entonces, una larga estirpe tecnológica se desarrolla en el valle californiano. Actualmente, Silicon Valley aloja a muchos de los gigantes tecnológicos del mundo como Apple, Cisco, Google y Facebook. A pesar de algunas admirables tecnologías democratizadoras, Silicon Valley se ha vuelto un estandarte del capitalismo y la globalización, dos órdenes que se distinguen por una inherente desigualdad y la marginación de algunas “poblaciones excedentes” (término ya sospechoso), que por una u otra razón no poseen un empleo y se ven obligadas a generar medios de subsistencia alternativos para sobrevivir. Si bien es obvio que el desarrollo tecnológico no es el único factor que genera desempleo actualmente, es uno de gran importancia. Aunque aún la inteligencia artificial es algo misterioso para una parte significativa de las empresas a nivel mundial, no debemos subestimar su impacto. Distintos cálculos sugieren que entre 47% y 70% de los empleos actuales podrían ser automatizados en los próximos 20 años. De acuerdo con declaraciones del Foro Económico Mundial en 2018 “Casi el 50% de las empresas esperan que la automatización lleve a una reducción de su fuerza de trabajo a tiempo completo en 2022”.1 El profesor del MIT Daron Acemoglu y Pascal Restrepo de la Universidad de Boston, estudiaron los efectos del aumento del uso de robots industriales entre 1990 y 2007 en Estados Unidos, sus resultados informan que cada robot suplanta casi seis empleos.2

Aunque las posturas difieren, algunos economistas, como Robert Gordon de la Universidad de Northwestern, creen que el impacto de la innovación en la productividad es demasiado bajo para justificar la pérdida de empleos.3 Si tomamos la postura contraria y suponemos que la tecnología está elevando los niveles de productividad, ¿quiénes gozan de ellos, si al mismo tiempo crea mayores brechas de desigualdad? Es cierto que la nueva tecnología genera nuevas industrias, nuevas habilidades y nuevos trabajos, pero es difícil pensar que ese desplazamiento producirá tantos o más trabajos de buena calidad en un periodo que no implique un crecimiento violento de la población “excedente”, más en tiempos de bajo crecimiento económico y sin políticas económicas y sociales que consideren la disrupción tecnológica en el empleo. De acuerdo con modelos econométricos de 2018 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), antes de 2030 es necesario crear 344 millones de empleos, además de los 190 millones necesarios para poner fin al desempleo actual; sin duda un número poco esperanzador.4

Una investigación llevada a cabo por Innosight exploró cómo la innovación digital ha cambiado radicalmente el promedio de vida de una compañía dentro de Standard & Poor’s 500: en la década de 1960 la vida promedio de un negocio era de 33 años; en 2016 se redujo a 24 años y se pronostica que para 2027 sea de 12.5 Esto nos lleva a otro problema: los modelos de educación actual. La aceleración exponencial que supone la tecnología implica un grado de actualización y preparación profesional irrealizable bajo el modelo educativo que tenemos en México (y del que participan otros países en el mundo), donde se aplaude la memorización de acontecimientos al alcance de dos clicks. Esto aumenta aún más las posibilidades de volverse parte de esa población excedente o padecer trabajos de mala calidad. Los modelos educativos actuales no deberían incrementar las horas semanales de clases de computación o fomentar la memorización de respuestas, sino dirigir sus esfuerzos a enseñarles a los alumnos cómo aprender y desaprender, según los ritmos vertiginosos de la tecnología, y cómo identificar y resolver problemas con nuevas herramientas cada día. Hoy el mundo laboral exige una enorme capacidad de cambio y adaptación a la disrupción.

Todo esto no es un mero tema de competitividad; independientemente de los niveles de profesionalización, hay personas que son más susceptibles a padecer el cambio tecnológico, pues hay una codificación racial en el desempleo. Las olas de desempleo actual han alimentado el comercio informal e ilegal —de acuerdo con los informes de la OIT en 2018, aproximadamente dos mil millones de personas en el mundo basan su sustento en economía informal—, altos índices de violencia y criminalidad, así como mayores cinturones de miseria y olas de migración. Bajo el temor de mayores desequilibrios económicos, problemas de desempleo y xenofobia, tanto en Europa como en América la militarización de las fronteras y las regulaciones de inmigración han crecido. Según el sociólogo polaco Zygmunt Bauman,6 el acceso a la movilidad global es el mayor factor de estratificación social de la era globalizada, y la tecnología es uno de sus mayores potencializadores. Tanto la automatización como el flujo instantáneo de información que permite el ciberespacio vuelve al poder ingrávido, supralocal y lo deslinda de responsabilidades territoriales. Los empresarios —seres globales, turistas para quienes el espacio ha perdido su cualidad restrictiva—, tienen una alta capacidad de movilidad, por lo que no sienten obligaciones económicas para con ninguna comunidad de trabajadores localmente sujetos, vagabundos confinados a su localidad que sufren los controles migratorios: “La movilidad adquirida por las ‘personas que invierten’ significa que el poder se desconecta en un grado altísimo, inédito en su drástica incondicionalidad, de las obligaciones: los deberes para con los empleados y los seres más jóvenes y débiles, las generaciones por nacer, así como la autorreproducción de las condiciones de vida para todos; en pocas palabras, se libera del deber de contribuir a la vida cotidiana y la perpetuación de la comunidad”.

Esta diferencia entre turistas y vagabundos es una forma de exclusión, una medida de control favorable para los empleadores. Como explican Nick Srnicek y Alex Williams en su libro Inventar el futuro,7 más allá de discriminaciones raciales y de otros tipos, hay un odio que el desempleo germina en la sociedad: el odio por la sustitución rápida. El crecimiento de las poblaciones excedentes y la implementación de robots resultan una amenaza para las condiciones de los trabajadores, ya que un exceso de desempleados permite a los empleadores presionar con jornadas de trabajo más largas, más exigentes, sin protección y peor remuneradas, pues cuentan con un equipo de posibles trabajadores en reserva que, debido a su vulnerabilidad, aceptan todo tipo de condiciones laborales. Así, más trabajadores compiten por menos puestos de trabajo, de cada vez peor calidad. La investigación de Acemoglu y Restrepo antes mencionada demostró que, en general, un robot adicional por cada mil empleados redujo los sueldos de los trabajadores en alrededor de 0.5%. El desempleo es así una medida disciplinaria.

De acuerdo con Damian Grimshaw, director de investigaciones de la OIT, el déficit del trabajo decente es de las mayores preocupaciones del empleo actual: en 2018 un total de 700 millones de personas vivieron en pobreza extrema o moderada a pesar de tener un empleo. Ese mismo año, gran parte de los tres mil 300 millones de personas empleadas en el mundo sufrieron déficits de bienestar material, seguridad económica, igualdad de oportunidades y de un margen suficiente de desarrollo humano. Contar con un empleo no garantiza condiciones de vida decentes. Según el informe de la OIT Perspectivas sociales y del empleo en el mundo. Tendencias 2019:

Muchos trabajadores se ven en la situación de tener que aceptar puestos de trabajo carentes de atractivo, informales y mal remunerados, y tienen escaso o nulo acceso a la protección social y a los derechos laborales. Es significativo que, en 2018, 360 millones de personas fueran trabajadores familiares auxiliares, y que otros 1,100 millones trabajarán por cuenta propia, a menudo en actividades de subsistencia realizadas debido a la falta de oportunidades de empleo en el sector formal y/o a la ausencia de un sistema de protección social. Un total de 2,000 millones de trabajadores estaban en el empleo informal en 2016, el 61% de la población activa mundial. Otro claro indicio de la mala calidad de muchos empleos es que en 2018 más de una cuarta parte de los trabajadores de países de ingreso bajo y mediano bajo vivían en situación de pobreza extrema o de pobreza moderada.

Permitir que esta tendencia continúe o empeore gracias al mal enfoque de tecnologías exponenciales podría ser crítico para el empleo y para aquellas sociedades vulnerables que forman una porción importante del mundo. Estas condiciones de abuso laboral pueden detener temporalmente a ciertas empresas para invertir en tecnologías que automaticen tareas a gran escala, ya que el pago de mano de obra aún les resulta significativamente más barato. Pero no se trata de frenar el desarrollo tecnológico —medida absurda y empresa irrealizable—, sino de modificar los programas de estudio para no provocar mayores olas de desempleo, generar políticas que luchen contra la desigualdad y la marginalidad que la alta tecnología puede potenciar y cuestionarnos cómo orientar los negocios de las “seis D” a favor del decrecimiento de esa población que nos excede en responsabilidad y culpa. EP

 

1 Comisión Mundial sobre el Futuro del Trabajo de la Organización Internacional del Trabajo “Trabajar para un futuro más prometedor 2019”, disponible en ilo.org.

2 Jamie Condliffe, “Los robots han destruido casi 700,000 empleos en EE.UU. en menos de 30 años”, MIT Technology Review, traducción de Teresa Woods, 11 de abril de 2017, disponible en technologyreview.es.

3 David Rotman, “Ni Google ni Facebook ni la IA están ayudando a elevar la productividad”, MIT Technology Review, traducción Mariana Díaz, 21 de junio de 2018, disponible en technologyreview.es.

4 Comisión Mundial sobre el futuro del Trabajo de la Organización Internacional del Trabajo, op. cit.

5 Scott D. Anthony, Patrick Viguerie, Evan I. Schwartz y John Van Landeghem, “2018 Corporate Longevity Forecast: Creative Destruction is Accelerating”, Innosight, disponible en innosight.com.

6 Zygmunt Bauman, 2017, La globalización, FCE, México.

7 Nick Srnicek y Alex Williams, 2017, Inventar el futuro, Malpaso, Barcelona

 

 

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Valeria Villalobos Guízar nació en la Ciudad de México en 1994. Estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y Periodismo y Literatura Argentina en la Universidad de Buenos Aires. En los últimos años ha trabajado en distintos proyectos de innovación tecnológica en México. Ha publicado artículos sobre tecnología y cultura en diversas revistas como la Revista de la Universidad, Letras Libres, Nexos, Tierra Adentro y Gatopardo.