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Las lecciones del presidente Hollande

Leonardo Curzio   | 12.04.2019
Las lecciones del presidente Hollande
Este análisis de la autobiografía de François Hollande recientemente publicada (Les leçons du pouvoir, París, Stock, 2018), nos ofrece una aguda disección de la gestión del poder presidencial en la Francia de nuestros días.

Es común que los expresidentes escriban sus memorias. La mayor parte de ellas son una autojustificación y muy pocas documentan por qué su gestión fue un fracaso; las de Hollande son pródigas en documentar por qué un presidente socialista que pugnó por presentarse como un ciudadano normal, que habitaba de manera contingente en el Eliseo y esgrimía una retórica justiciera y regeneradora, finalmente fracasó. Naufragó por el deterioro económico que impide a los políticos tratar a la economía como si fuese un sistema maleable a su voluntad; porque quiso confrontar, por la vía de la persuasión, a un sector muy amplio que no quiere competencia, sino protección del Estado. Y naufragó porque fue incapaz de armonizar las voces —algunas radicales y otras incrementales— en su propio gabinete. Es tan importante aprender del éxito como del áspero y oscuro fracaso. Por eso vale la pena leer el libro de Hollande.

La introducción es sublime y evanescente. Explica cómo un presidente que está a punto de dejar de serlo habla de su investidura, condición administrativa y política, y cómo se difumina con el avance de los minutos. La última cita en el palacio presidencial se convierte en una metamorfosis. El texto es, en cierto sentido, tan literario como aquella famosa descripción de un atardecer que Claude Levy-Strauss insertó en medio de un libro especializado de antropología. Hollande exhibe su cultura y muchas horas de lectura, se percibe claramente que vivió el momento con intensidad y ha tenido la habilidad de transmitirlo. Es la mejor parte. En efecto, la transición entre él y Macron no era una más, Hollande le entregaba el poder a un hombre que había sido su ministro y que, en gran medida, ocupaba su cargo por haberlos traicionado a él, como jefe político, y a su proyecto. Un hombre que poseía un talante analítico y una capacidad operativa mucho mayor que la demostrada por él. François Hollande fue presidente de Francia por una carambola política, mucho más que por un mérito específico.

La República Francesa había conseguido dar a sus presidentes una estela de esplendor. De Gaulle, Pompidou, Giscard, Mitterrand, Chirac, fueron figuras políticas de gran relieve. Durante la segunda década del siglo xxi se ha visto cómo el inquilino del palacio del Elíseo se convierte en un político poco interesante (del montón, vamos) lleno de dobleces, aventuras más o menos picantes y problemas descomunales. Arranques de presidente bananero y escándalos, muchos escándalos, son la marca de la casa de las presidencias de Sarkozy y Hollande pero, particularmente, la presidencia de ese país ha sido incapaz de articular una narrativa que genere confianza duradera entre quienes ya no creen en los partidos tradicionales. Los últimos presidentes han experimentado ascensos de popularidad (Sarkozy, Hollande y ahora Macron) y después el tobogán de la insatisfacción los ha llevado a ser grandes derrotados. Cuando se llega al cargo por los fracasos ajenos más que por los méritos propios se tiene mucho que compartir, más aún porque Hollande llevaba años viviendo en el círculo más estrecho del poder y, por tanto, estaba familiarizado con los rituales y los alcances de una institución central de la vida política francesa. No es que el presidente no hubiese reflexionado sobre los límites y las pulsiones del poder, sus conversaciones con Edgar Morin1 son un ejemplo de reflexión a un nivel particularmente elevado, con una de las cabezas más creativas del planeta. No esconde Hollande su formación y sus años como profesor en la École Nationale d’Administration. Y sin embargo fracasó.

Triste condición esa de percatarte de todo lo que ocurre a tu alrededor, incluidas las rebeliones de tus ministros (La Fronde), la distancia de tus socios europeos, la brecha entre tus objetivos estratégicos (como aterrizar el acuerdo de París sobre el cambio climático) y tu capacidad política crecientemente mermada. Un liderazgo cuestionado y una vida pública exhibida tristemente, para descrédito de un hombre encargado de las decisiones nacionales. En una Francia donde el tema de los amores inconfesables, tan bien comentados por el perspicaz Sándor Márai cuando pasó algunos años en París, el caso de Hollande llegó a extremos de chabacanería nacional; no sólo tenía a su exesposa en el gabinete y a una periodista como pareja, sino que, en condiciones cómicas, se dio a conocer su relación con Julie Gayet. Cuando se encarna la unidad nacional, los franceses pueden perdonar muchas cosas, pero no que su presidente pierda el estilo y su vidaprivada se convierta en carnaza para las revistas más despiadadas.

En materia de decisión es interesante cómo Hollande narra las nebulosas que rodean los grandes momentos de su presidencia. Se decide con la esperanza de tener éxito y con la certeza de que se le juzgará con severidad si se fracasa, pero casi nunca hay decisiones claras o netas en donde las ventajas sean apabullantemente superiores al precio que se tiene que pagar. Las decisiones que toma el presidente afectan el futuro y deben ser bien pensadas, la arrogancia nunca está lejos de la ingenuidad de aquellos que creen que estar sentados en el sillón presidencial garantiza que sus decisiones pasarán la prueba de los años. El presidente debe tener una camaleónica actitud que combine disposiciones contrastantes y ser, al mismo tiempo, lejano y cercano. Debe ser majestuoso, pues finalmente es un mortal con ceremonial y, aunque Hollande intentó por todas las vías ser un presidente “normal”, se encontraba con el hecho rotundo de que la gente esperaba que fuese un anfibio de monarca y ciudadano, que se asumiera, al mismo tiempo, misterioso y transparente. François Hollande disminuyó 30% su salario y 10% el de los ministros; aunque el gesto fue aplaudido en un inicio, no parece que en el balance de una presidencia cuente demasiado. Es más, al final sirvió para acentuar su incompetencia. Reducir sueldos sin producir resultados es como si en una cena de gala lo más importante fuese el costo de la cartulina utilizada para presentar el menú, pues si el resultado de la comida es pésimo será inútil anunciar un ahorro en el precio del cartón o incluso en la calidad de las servilletas. La gente espera resultados que cambien su vida a través de la acción de un gobierno cada vez más requerido y, sin embargo, con cada vez más compromisos internacionales que limitan su actuación, una menor disponibilidad de recursos fiscales y una democracia que puede vetar más que ayudar a destrabar grandes temas. Ahorrarse 30% del sueldo es una minucia.

El presidente de Francia posee, en política exterior, una capacidad de acción enorme que le permite actuar con diligencia en condiciones extremas. De hecho, en ese ámbito tiene más poder que el presidente de Estados Unidos, pero a veces tanto poder puede ser contraproducente, particularmente cuando se enfrenta una crisis de seguridad como los atentados terroristas a Charlie Hebdo y el Bataclan. El Estado debe hacer un uso proporcional de sus facultades; excederse, como lo hizo al proponer la extinción de la ciudadanía a los terroristas con doble nacionalidad —lo cual generó una discordia, incluso al interior de su propio equipo—, puede ser tan dañino como quedarse corto. El arte de decidir es un ejercicio de proporcionalidad. Suponer que las condiciones extraordinarias (que permiten legitimar decisiones que institucionalizan la emergencia) se van a mantener constantes es un error monumental. Los grandes valores de las sociedades democráticas pueden, en un momento concreto, chocar con la demanda de seguridad, pero hasta ahora las sociedades liberales y regidas por el derecho han comprendido que cercenar libertades no garantiza, en una última instancia, la seguridad. Las democracias tienen extraños equilibrios para garantizar su defensa frente a enemigos acerbos como el terrorismo.

Los enormes poderes del presidente francés incluyen el artículo 49.3, el cual le permite adoptar una ley que le agrade. Eso reduce la posibilidad de salirse de una saludable deliberación democrática. Usar este numeral de la Constitución como un chantaje directo al Legislativo le permite al presidente decidir, pero no necesariamente argumentar y mucho menos persuadir. Dice Hollande que cada día es una carrera de velocidad en la cual el presidente tiene que conservar la dignidad democrática de su cargo y buscar la ejemplaridad en sus reflexiones, declaraciones y apariciones públicas, mismas que la prensa y las redes sociales, hoy omnipresentes, buscan con avidez. La francesa es una sociedad que quiere autoridad, pero teme al autoritarismo y quiere conservar sus espacios de autonomía y libertad: pide al mismo tiempo que el rey electo haga un ejercicio de autoridad permanente para construir orden y que también razone en la arena pública. Nada fácil construir ese equilibrio en el día a día, Hollande fue incapaz de hacerlo. El presidente es un solitario que sólo encuentra alivio comunicativo cuando habla con sus pares. Hollande dice que, en muy poco tiempo y a pesar de las diferencias ideológicas entre jefes de Estado, se va dando una camaradería y solidaridad que muy pronto llega hasta el tuteo, expresión de máxima cordialidad en Francia, donde se considera ya un acto de extrema confianza. Por cierto, no consigna ninguna impresión de su trato con Enrique Peña Nieto, a pesar de que realizó una visita de Estado en abril de 2014 y México fue su invitado aquel 11 de julio de 2015, cuando el Chapo se fugó. Pero ese es otro tema.

Termina su libro con un alegato muy tradicional sobre los tonos extremos que ha adquirido el populismo de derecha e izquierda y hoy envenenan la vida política de Francia, expresados tanto en retórica antieuropea, como en esa vuelta a un comunalismo medieval que parecen proponer los chalecos amarillos, sedientos de influir en el poder del Estado para que los proteja, lo cual no es deleznable, pero muy riesgoso cuando se hace a costa de defender el agregado nacional, la responsabilidad colectiva y el proyecto europeo. La gran lección del poder es que éste nunca empieza ni termina con una administración, aunque un presidente intente jalonarla con sus discursos, símbolos y aspiraciones. El poder se inscribe siempre en una continuidad que sólo los muy brillantes conocedores de los equilibrios logran transformar en un sentido que genere grandeza y esplendor para sus países. La mayor parte de los intentos para generar discontinuidades terminan en sonoros fracasos y retrocesos lamentables, antes de reconocer que la ruta de la transformación profunda de una sociedad pasa siempre por cambios culturales, una acción social vigorosa y comprometida y un ánimo de construir generosamente un espacio de diálogo y colaboración cada vez mayor. Si el discurso gubernamental polariza y el militantismo lleva a la defensa de los intereses comunales, la izquierda fracasa, porque su discurso universal se tropieza con la pequeña política de la defensa de intereses locales o peor aún, de la política de la identidad que está matando, poco a poco, a las envejecidas democracias occidentales.

Hollande es un personaje pequeño en la historia de Francia, pero con este libro se reivindica porque reconoce sus límites, es decir, no acabó comprándose sus propias mentiras. Hamon, Valls, Montebourg demuestran que la escala infinitesimal es inagotable y ellos son mucho más pequeños que el presidente. Acabaron con un proyecto político nacional para terminar aspirando a gobernar Barcelona. Macron se llevó el gato al agua y los dejó a todos en la cuneta de la historia. Lo que no está claro es que su proyecto —hijo del fracaso de Hollande— termine en un buen puerto. O tal vez Macron termine escribiendo sus propias lecciones de poder o impotencia y le dé a Francia el tercer presidente fallido del siglo XXI. EP

 

1 François Hollande, Diálogos sobre la política, la izquierda y la crisis, España, Paidós. 2012

 

 

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Leonardo Curzio es licenciado y maestro en Sociología política por la Universidad de Provenza y doctor en Historia por la Universidad de Valencia. Es investigador del Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN) de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Autor de nueve libros y coautor de más de 40, su más reciente título es Orgullo y prejuicios. Reputación e imagen de México (Miguel Ángel Porrúa, 2016).