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Híbrido: Las cosas que ya fuimos  

Fotografías de Eunice Adorno y texto de Jorge Comensal | 17.04.2019
Híbrido: Las cosas que ya fuimos  

Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra, si es que llegáis a viejos, si es que entonces quedó alguna piedra. Vuestros hijos amarán al viejo cobre, al hierro fiel.

Joaquín Pasos, “Canto de guerra de las cosas”

 

 

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El óxido embellece. Una máquina de fierro adquiere una dignidad silvestre al oxidarse. Se reintegra al paisaje como un fósil, como los jubilados que se broncean a diario frente al mar. Los vagones de tren, calderas y electrodomésticos son los dinosaurios de nuestra civilización, esqueletos de una ruidosa y pesada bonanza, fauna del jurásico industrial que fue arrasada por una lluvia de meteoritos de silicón, los microchips. Alguien dirá que es triste cómo las máquinas han transformado el mundo, calentado el aire, emponzoñado el río. Alguien dirá que son perversas. Lamento la deforestación, la extinción masiva de especies, la contaminación plástica del océano. Pero al mismo tiempo brindo por el teléfono celular con el que envío mensajes de amor y luto, por la computadora con la que escribo, por el avión en el que viajé al bosque costarricense y por el quirófano estéril donde me salvaron la vida a los tres meses de nacido. Siento, incluso, nostalgia de los aparatos que alteraron mi infancia, de las televisiones camufladas de madera para asemejarse a los muebles, de los tapices psicodélicos y de los rollos fotográficos. Extraño todo eso y me gusta que Eunice Adorno vuelva a mirarlo con curiosidad, nitidez, misericordia. Me gusta que las imágenes de Eunice Adorno respetan la ambivalencia del progreso y la decadencia; tienen algo de ternura y de tristeza, un cariño familiar, incómodo, como el que nos inspiran las fotos de los padres que nos hicieron mucho daño aunque nos querían.

Está de moda retratar —denunciar— el lado oscuro de la religión y la industria, del consumo y el desecho. Una virtud de las fotografías de Adorno es que no funcionan como panfletos a favor o en contra de nuestro pasado reciente; hay una mirada apacible, amistosa, la de alguien que ve en las cosas abandonadas algo que fue suyo, que fue ella misma.

Esta muestra podría subtitularse con esa leyenda que solía aparecer en los espejos retrovisores de los automóviles: los objetos están más cerca de lo que aparentan. Rocolas, televisiones, microbuses, vestidos floreados, tapices, excavadoras... algunas de estas cosas fueron parte cotidiana de nuestra vida hace no tanto tiempo, y al volver a verlas nos reconocemos a nosotros mismos en ellas, en esas cosas ya decrépitas, caducas, cosas que Adorno retrata en un ejercicio que conjuga la nostalgia y la ironía. Historia, civilización, progreso: ¿cómo llamar a este frenesí en el que vamos gozando de instrumentos domésticos que envejecen tan rápido que no nos da tiempo de envejecer con ellos? Si los afectos y artefactos caducan cada día más rápido, ¿nos quedaremos solos, a la deriva, en un torbellino de cambios que impedirán el viejo ideal de echar raíces? La subjetividad ya no es sólida ni gelatinosa, es, como nos propuso Zygmunt Bauman de tantas formas, líquida. Aunque lo efímero también se ha apoderado del arte, tal vez sea conveniente reivindicar el valor de lo clásico: aquello que es capaz de perdurar.

 Encuentro que estas fotos capturan el valor de lo perdurable en los contrastes sutiles, en las batallas ridículas de lo pasado con lo presente, de lo nuevo con lo anticuado: un vestido floreado —una religión antigua y puritana— contra una enorme llanta de tractor agrícola; un destartalado microbús suspendido en el aire, como si el cielo perteneciera a los que viajan en transporte público; la pequeñez entomológica de un hombre sobre las tuberías que sacian la sed monstruosa de las ciudades; un túnel que parece garganta de Leviatán; las máquinas antiguas a las que la inutilidad convierte en adornos. Aquí está la dignidad de las cosas inútiles, jubiladas. Aquí está la impronta cultural de los museos. Que lo viejo y desgastado se vuelva digno de representación fotográfica, aunque se trate de una representación crítica, irónica, contradictoria, me parece un consuelo, un fenómeno heredero del Romanticismo que descubrió la belleza de las ruinas.

 

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El mundo cambia tan rápido que me pregunto si un día ya no entenderé nada de lo que fui de niño. Miro a los protagonistas anacrónicos de la fotografía de Adorno, y con esas televisiones apiladas pienso en esos nichos donde meten las cenizas de la gente (aprovecho para dejar constancia de que no quiero que me incineren, que contaminen el aire conmigo, que se ahorren mi putrefacción con un horno de gas: yo quiero pudrirme bajo tierra y convertirme en osamenta poco a poco).

Miro estas fotos y pienso que existe una distancia exagerada entre ayer, hoy y mañana. Pero es una ilusión. Por dentro, ahí donde somos más humanos y animales, el tiempo no pasa tan rápido. Cuesta trabajo conocerse a uno mismo, sobre todo cuando la vida nos obliga a reinventarnos sin parar para que no nos dejen atrás los nuevos gadgets. Nuestra época, trastornada por muchas modas, gustos, canciones, aficiones, valores e idiosincrasias, nos impide llegar al fondo de la precariedad humana. La muerte, el amor, los hijos. ¿Qué valor le daremos a todo eso? Hace tiempo que caducó ese cosmos bíblico que me enseñaron. Hace tiempo que la creación entera perdió el propósito, espíritu y creador. No digo que esté mal, pero es difícil vivir sin asideros. Soy un huérfano ansioso que mira estas fotografías y siente un bálsamo que no entiende. No se trata de idealizar el pasado, que estuvo lleno de sus propias monsergas y carencias. La vida no era tan peor, sino distinta. Y la industria nos ha hecho ricos en un sentido estrecho: tenemos más cosas. La innovación tiene el doble efecto de convertirnos en aprendices eternos (cada vez que nos vestimos a la moda volvemos a empezar de nuevo) y en viejos desencantados que ya han visto todo y no creen en mucho.

Me gusta todo aquello que tiende puentes sobre las brechas generacionales. Aquello que permite la comunicación entre viejos y jóvenes, entre épocas distintas, entre regiones. Es el valor social de lo clásico: hacernos a todos contemporáneos y compatriotas. Me gusta cuando una anciana baila con un joven, cuando una mexicana y un japonés lloran al escuchar una sonata, cuando una misma película, novela, chiste, hace reír a un sexagenario y a una adolescente. ¿Habrá un abismo entre los que nacimos sin internet y los que nazcan con un biberón virtual? Ojalá que Eunice Adorno le siga tomando fotos a todo eso que se ha marchado y que seguimos siendo. EP

 

 

 

 

Sobre la fotógrafa

Eunice Adorno se ha dedicado al fotoperiodismo desde hace más de una década. En 2011 fue seleccionada por World Press Photo para participar en la Joop Swart Masterclass en Holanda. Ese mismo año apareció su libro Las mujeres flores, proyecto por el que obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010. Su trabajo se ha publicado en diversos medios nacionales e internacionales como Gatopardo, National Geographic, British Journal of Photography, The New Yorker, LightBox Time Magazine, Vice, Monocle y Focus, entre otros, al igual que en libros como Sembradores de paz. Una reflexión colectiva para responder a la violencia y El libro de las mascotas. Asimismo, ha participado en varias exposiciones colectivas y en festivales de fotografía tanto en el país como en el extranjero. Actualmente trabaja en proyectos documentales. 

 

Sobre el escritor

Jorge Comensal es narrador y ensayista. Es autor de la novela Las mutaciones (Ediciones Antílope, 2016) y del libro de ensayos Yonquis de las letras (La Huerta Grande, 2017). También es coeditor de la antología temática de poesía novohispana Entre frondosos árboles plantada (Secretaría de Cultura, 2018).

 

 

 

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