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Ensayo: La penúltima encarnación de la máquina de pensar

Alonso Ruvalcaba | 18.04.2019
Ensayo: La penúltima encarnación de la máquina de pensar

Fotografía de Eunice Adorno

 

I

La máquina de pensar de Ramon Llull, del siglo xiii, no es la primera que existió. El ábaco, que tiene más de cuatro mil años, es una máquina de pensar en lenguaje aritmético: una máquina de calcular. Los hexagramas del I Ching, que tienen más de dos mil años, forman una máquina de pensar en el lenguaje de la cleromancia: una máquina de adivinar.

Llull inventó, teórica y lingüísticamente, un método de adquisición de conocimiento, y creó su ingeniería: la máquina, una “computadora de papel”. Este aparato consiste en tres círculos concéntricos de papel, dos de los cuales son giratorios. Estos círculos están divididos y a cada división corresponde, en principio, un concepto (los conceptos de Llull son transversales a las religiones y pensamientos de su tiempo); cada concepto ha sido sustituido por una letra: su símbolo. Cuando los círculos giran, los símbolos producen nuevas combinaciones y correlaciones de conceptos religiosos y de pensamiento. Este dispositivo se llamó Ars magna inueniendi ueritatem o “Gran arte de llegar a la verdad”. Llull imaginó que el mundo podía reducirse a unos cuantos símbolos o, mejor dicho, que la combinación y correlación —azarosa— de unos cuantos símbolos podía representar y revelar el mundo. Su invento originó, dicen, el ars combinatoria. (En el siglo xvii, Leibniz radicalizó a Llull y trató de imaginar un lenguaje universal: una characteristica universalis. También diseñó una máquina de pensar que, a diferencia del ábaco, era capaz de ejecutar las cuatro operaciones de la aritmética. Una máquina de calcular.)

La máquina de pensar tiene encarnaciones curiosísimas. Un diccionario de rimas es una especie de máquina de pensar; puede revelarnos una idea “genial” o “ridícula” y puede resolver un verso con ingenio o sin él. En cocina existen las máquinas de pensar. Una receta no es una de ellas —es un proceso de pensamiento—; en cambio, una lista de ingredientes colocada frente a una lista (¿necesariamente menor?) de métodos de cocción es una protomáquina de pensar. Music of Changes (1951) de John Cage, el cuarteto de cuerdas op. 30 de Schönberg (1927), L’estro aleatorio de Mestres Quadreny (1973-1978) son avatares musicales de la máquina de pensar. En 1960, Raymond Queneau publicó un libro de diez sonetos (recordemos que cada soneto contiene canónicamente catorce versos). Cada soneto estaba hecho con el mismo esquema de rimas y con los mismos sonidos de rimas, por lo que cada uno de los versos de estos sonetos tenía la particularidad de poderse combinar con todos los otros versos de todos los otros sonetos y generar nuevos sonetos. Es un libro de sólo diez páginas, pero contiene cent mille milliards de poèmes, un 1 seguido de 14 ceros de poemas: 100,000,000,000,000 poemas. El libro de Queneau es una especie de máquina de pensar en lenguaje poético.[1]

La máquina de pensar es incapaz de pensar y los resultados de su ars combinatoria pueden parecer insensatos; pero en sus casi infinitos alcances (100,000,000,000,000 son un chingo de poemas, pero no es un número infinito de poemas) esconde un número incógnito de sentidos posibles.

 

II

Esto puede parecer extraño: Trump es una máquina de pensar. No me refiero a Trump, la persona, sino a Trump, el personaje, el presidente que vemos en la tele y que es el único que podemos conocer; es decir: “Trump”. Trump, la persona, es alguien igual a ti y a mí. Es un tipo solo bajo el cielo unánime, perdido como todos, lleno de timideces y prejuicios y deseos y negligencias y odios. Trump, la persona, es un idiota sin sentido. O mejor dicho: es un idiota igual a ti y a mí, tratando igual que todos de darle sentido a una vida perdida, de llegar al viernes o al fin de año o al mero fin de sus días para poder decir: “Basta” —y descansar.

En cambio, Trump, el personaje, es una máquina de pensar.

En su primer avatar, la máquina de Llull era un esquema de los atributos de Dios. En el centro tenía una letra A, que significa ‘Dios’. La circunferencia a su alrededor estaba dividida en nueve partes iguales, a cada una asignada una letra, de la B a la K —sin incluir la J—, y a cada letra, un atributo. A la B corresponde la bondad, a la C la grandeza, a la D la eternidad, a la E el poder, a la F la sabiduría, a la G la voluntad, a la H la virtud, a la I la verdad, a la K la gloria. Esta máquina aún no tenía movimiento, pero cada letra estaba unida a la A por una línea equidistante y a todas las demás letras por otras líneas. Dios, leído en este diagrama, tiene cualquiera de los atributos: es bueno, grande, eterno, etcétera. Los tiene todos: es virtuoso y verdadero y glorioso, etcétera. Pero, según el diagrama o la protomáquina de pensar, si cada atributo está ligado a todos los demás, entonces la eternidad es gloriosa, la verdad es virtuosa, la gloria es grande, etcétera. La gloria es verdaderamente virtuosa, la verdad es virtuosamente gloriosa, etcétera. La virtud es virtuosamente virtuosa, etcétera. Los etcéteras no son caprichosos: son apenas un rasguño en las casi interminables posibilidades de la máquina.

En su noticia de la máquina de Ramon Llull, Borges considera lo siguiente: “Ese diagrama inmóvil, con sus nueve mayúsculas repartidas en nueve cámaras y atadas por una estrella y unos polígonos, es ya una máquina de pensar”. Esa pequeña máquina de pensar se llamaba Ars compendiosa inueniendi ueritatem: “Arte concisa de llegar a la verdad”. Agrega Borges: “Es natural que su inventor —hombre, no lo olvidemos, del siglo xiii— la alimentara con materias que hoy nos parecen ingratas”. La máquina de Llull data de finales de los años mil doscientos. “Nosotros ya sabemos —continúa Borges— que los conceptos de bondad, de grandeza”, etcétera, no pueden “engendrar una revelación apreciable”. La noticia de Borges data de octubre de 1937. “Nosotros (en el fondo, no menos ingenuos que Llull) la cargaríamos de un modo distinto”, continúa. Por ejemplo, con conceptos como “Entropía, Tiempo, Electrones, Protones y Einstein”, o también “Plusvalía, Proletariado, Capitalismo, Lucha de clases, Engels”.

Seguramente ya intuyen a dónde voy. Trump es una máquina de pensar; es una máquina circulatoria e ilusa de emitir sentencias. Funciona exactamente igual que la máquina que Ramon Llull imaginó en su torre de marfil del siglo xiii. No está alimentada por materias como “bondad”, “virtud” o “gloria”; tampoco “entropía”, “tiempo” o “Engels”, sino por asuntos tan intercambiables como “muro”, “inmigrante”, “musulmán”, “mexicano”, “criminal”… Metódicamente, una mano invisible hace girar la máquina de pensar y ésta emite los resultados de su giro: el inmigrante es mexicanamente criminal, el mexicano es musulmanamente inmigrante. No importa: el crimen es criminalmente criminal. ¿Qué más da? La máquina de pensar llamada Trump, la máquina que escupe oraciones basadas en el ars combinatoria de unos cuantos términos nacidos del miedo y uno de sus avatares —el racismo— no es menos insensata que la máquina divina de Ramon Llull. La máquina de pensar de Llull no puede llevar a la verdad, si la verdad es sensata; Trump, tampoco. Pero estamos en el año 2019, era posterior a la verdad; la verdad puede acomodarse a los resultados de la máquina. Trump, el personaje, no es estúpido: es, sencillamente, incapaz de pensar. Es un bot, un generador de frases. No es casualidad que existan bots que lo simulan en Twitter y Trump quote generators y Trump speech generators (el Insta-Trump!, por ejemplo), y que esas máquinas sean tan similares a “Trump”. Trump es una máquina de pensar: The Trump Perpetual Nonsense Machine.

(Donald J. Trump, la persona, no es una máquina. Es un ser humano pasmosamente estúpido.)

Estamos en 2019, era posterior a la verdad y acaso posterior al sentido. Las ridículas imaginaciones de la máquina de pensar no son ridículas ni particularmente insensatas. Nosotros no somos, en el fondo, menos ingenuos que Ramon Llull en su siglo olvidado o que Borges cuando iba a cumplir cuarenta años. Trump, la persona, será vilipendiada acá entre nos, pero Trump, el personaje, será reelecto presidente porque lo que llamamos realidad tiende irremediablemente a la supuesta insensatez de la máquina de pensar. EP

 

[1] Por supuesto, es imposible leer todos los poemas de esa máquina; pero, si quieren, pueden leer algunos, aleatoriamente, en www.bevrowe.info/Queneau/QueneauHome_v2.html

 

 

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Alonso Ruvalcaba es escritor, crítico y editor. Recientemente publicó 24 horas de comida en la Ciudad de México (Planeta, 2018).

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