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BECARIOS DE LA FUNDACIÓN PARA LAS LETRAS MEXICANAS    

Siberia 

Cristian Lagunas | 29.04.2019
BECARIOS DE LA FUNDACIÓN PARA LAS LETRAS MEXICANAS    

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En el zoológico hay un hombre solo.

 

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La primera vez que estuvimos ahí, frente a las jaulas, te cargué en mis hombros. Eras muy pequeño. Tu madre empujaba la carriola. Quiero contarte una historia como las que se cuentan para dormir. Así, tal vez, entiendas lo que sucedió. Estoy sentado al aire libre en el McDonald’s del zoológico. Compré un helado y se derrite, lento, sobre la mesa de aluminio. Cerca de mí hay una mujer con su hija, que tiene atado al dedo, con un hilo transparente, un globo en forma de gorila. El zoológico está en decadencia. Asomarse al vidrio de muchas de las instalaciones es presagio de una extinción. Ya no hay osos panda, por ejemplo: de su rastro sólo queda una tarjeta con información sobre lo que son, o lo que eran. Me pongo a pensar que la carencia de animales es un truco premeditado para que los niños sepan que todos van a desaparecer, que mantenerlos en una ciudad como ésta, tan contaminada y ruidosa, no hará nada para salvarlos.

 

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Más temprano ocurrió algo extraordinario. Es sábado y el zoológico está al tope. Al llegar, evité los lugares concurridos y pasé largo rato en la zona de animales de clima frío. Me acerqué a los vidrios. Me pregunté dónde se ocultaban el lobo marino y el oso polar. Miré los bloques de hielo. ¿Recuerdas cuando jugábamos a las escondidas por la noche? Creo que a esa edad entendías muy bien que hay trucos para esconderse y que, con el tiempo, uno los perfecciona. Yo los apliqué cuando crucé el desierto y, después, cuando fui de Texas a Oklahoma, donde todavía vives. Tal vez no te lo hayan enseñado en la escuela, pero mucha gente cruza el desierto, la taiga, las montañas, y en ese acto fija su destino. Si no hubiera cruzado el desierto, nunca habría conocido a una mujer en el camino, nunca la habría amado, nunca habríamos decidido compartir el alquiler de un departamento pequeño en el que una noche, con las persianas cerradas, nos dimos cuenta de que había un tercero que había modificado, de forma precisa e imperceptible, todas nuestras razones para creer en lo que fuera. Ése eras tú, Dani.

 

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Éstas son algunas de las especies que podrías encontrarte en un zoológico: borrego cimarrón; mujer de cuerpo espigado que camina a prisa con zapatos rojos; hijos que van detrás, de la mano de una niñera despeinada que durmió tres horas y ha sido separada de su hábitat natural; hipopótamo; abuela agotada; antílope; niños que corren y muestran sus colmillos a la gente; guepardo; esos niños muestran también, con orgullo, las rayas que alguien dibujó con pintura negra en sus rostros y antebrazos: les dan un aspecto de falsa ternura que, con los años, a medida que crezcan, perderán para siempre.

 

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Hacía calor. Mis zapatos de cuero impactaban con fuerza el asfalto. Entre todos los animales que podía ver, me interesó uno en particular: el zorro ártico. Poca gente se acerca a verlo, ¿sabes? Todos prefieren a los elefantes y a los leones. Pegué el rostro al vidrio de su instalación. La tarjeta informativa decía que pesa cuatro kilos —lo mismo que tú cuando eras recién nacido y te envolvíamos en una pequeña cobija de algodón—, que es un animal carroñero y vagabundo —por eso me identifiqué con él— y que puede vivir en Islandia o en algunas regiones de Siberia. Su pelaje era blanco. Se lamía las patas despreocupado. No había un segundo zorro. El zoológico sólo adquirió uno, cuatro años atrás: un resumen decía que sus hermanos se encontraban en zoológicos de Copenhague y San Francisco, Montreal y Bruselas, en instalaciones muy similares (de diez por cinco metros, con un estanque al centro y algunos arbustos): una evidente separación que, una vez iniciada, no habría forma de dar vuelta atrás, una genealogía diseminada, una irrupción agresiva. El zorro estaba solo, como yo.

 

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La mujer, su hija y el globo de gorila se marchan. No queda nadie en el McDonald’s. Como un poco del helado. Pon atención, aquí viene lo que quiero contarte: imagina que una sombra aparece, lenta, en la parte trasera del recinto del zorro. Estás ahí, de pie, y se acerca. ¿Hay un segundo zorro?, te preguntas. No. Es una niña pequeña, como de nueve años, cualquiera de tus compañeras de la escuela. Esto es cierto. Vi su vestido rojo, su andar resbaladizo. Noté su confusión. Me froté los ojos porque, al igual que ella, yo tampoco entendía cómo había llegado ahí. Supongo que no pudo escuchar el grito de su madre a través del vidrio: “¡Rebeca, no te acerques!”. Estaba sorprendida, como si no pudiera creerlo. La gente se aglutinó. “¡Mi niña!”, aullaba la madre. Yo lo miraba todo de cerca. Imagina: una señora mayor se persignó, alguien exclamó: “¡Se la va a comer!”, los niños preguntaron qué pasaba, sujetando sus matracas y envases de burbujas; los padres, por respuesta, los tomaron de los hombros. El contacto físico se hizo necesario para comprobar su cercanía. Porque los niños no deben entrar a las jaulas de los zoológicos. Hay lugares donde, de hecho, los niños no deben estar jamás, ¿no crees? En una celda, por ejemplo, o dentro de una camioneta con los vidrios sellados en el estacionamiento del supermercado mientras sus padres compran pastel y pasta instantánea un día de canícula, ajenos a toda preocupación.

 

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Cuando eras pequeño, sentía miedo de que pudieras perderte y tu foto apareciera en los cartones de leche de toda la ciudad. Que te encontráramos muerto debajo de algún coche. Que tuviéramos que preguntar a todos tus amigos si te habían visto y ninguno respondiera que sí. Estaba siempre listo para escuchar el aullido que te pedí que hicieras si necesitabas ayuda. Ese sentimiento de rescate ha continuado, pero ahora que estoy lejos me frustra no poder proteger a nadie. Quiero suponer que te encuentras bien ahora y que verás en internet los videos de lo que pasó. Tal vez yo salga en alguno y me reconozcas. Pasó por mi cabeza que la madre pensaba cómo es que su hija fue a parar ahí dentro, el momento exacto en que la descuidó —uno no sabe cuándo puede ocurrir eso: uno se distrae un segundo, uno se concentra en sí mismo más de la cuenta y luego todo ha cambiado— y la niña se metió detrás de unos arbustos, caminó curiosa entre ellos, encontró una puerta que alguien había olvidado cerrar y después vio al zorro que, asustado, se mantenía en el borde de la instalación y estudiaba, con sus ojos alargados, a ese ser extraño que no era su cuidador. Tuve una sensación extraña en el cuerpo, entre terror y curiosidad. La multitud creció. Este zoológico es muy grande y tal vez en otra parte nadie tenía idea de lo que pasaba. Miraban las aves, quizá, tomaban fotos y continuaban su día familiar mientras un suceso como aquél ocurría a sus espaldas, apenas a unos metros. Espero que siempre te fijes bien, Dani, quién está a tus espaldas. Es algo fundamental. Reconocer el peligro inminente. Por ejemplo, mi helado está a medio derretir y, si no le doy un par de bocados, desaparecerá por completo. Empieza a hacer menos calor. El empleado del McDonald’s me echa una mirada y limpia con un trapo el mostrador y las charolas.

 

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Puedes elegir la versión que desees. En la primera, el zorro se acerca a la niña y muerde su pierna. La niña se desangra y una mancha se extiende sobre el hielo. Se trata de una imagen nítida que, años después, la gente que estuvo ese día en el zoológico discutirá perturbada con su terapeuta o con sus amigos. En la segunda —aunque quizá no puedas creer esto—, el zorro se acerca despacio a la niña, como una mascota, y lame su pierna de forma lenta, como si fuera un helado. Rebeca tiembla pero acaricia el hocico del animal. Las personas lanzan una expresión de ternura, quizás hasta algunos aplausos, como si la escena estuviera montada y no hubiera nada de qué tener miedo. La madre ríe nerviosa. Se queda inmóvil del susto, pegada al vidrio, agarrada al barandal quizá con demasiada fuerza. Cuando todo ocurrió —porque sin duda una de las dos versiones ocurrió, tú escoges—, la gente gritó. De súbito, dos empleados vestidos de negro entraron a la instalación. Uno le disparó al zorro, el otro cargó en brazos a la niña —¿viva? ¿muerta?— y la sacó de ahí. Sucedió rápido, no hubo tiempo para distraerse.

 

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El zorro quedó inmóvil sobre el hielo. Unos policías se acercaron para dispersarnos y se llevaron a la madre con ellos. Se tardaron mucho en llegar, pensé, pudieron haberlo hecho antes. Decidí irme. Aparté a la gente. Tenía ganas de un helado. Hacía mucho calor. Pensé en ti en ese momento, en el instante en que los músculos del zorro quedaron tensos por el sedante. Sé que te preguntas por qué no hice nada, pero si ése hubieras sido tú, ahí dentro, habría hecho algo, tenlo por seguro. Habría escalado, golpeado, atravesado esa barrera transparente para llegar hasta donde estuvieras. Incluso si detrás de ella estuviera comprimida la Siberia entera, trece millones de kilómetros cuadrados. ¿Cuál es la distancia entre tú y yo ahora? Recuerdo el día que cambió todo, cuando robé la figura de acción que viste en la juguetería. ¿La quieres?, te pregunté mientras caminábamos. Asentiste. Era invierno. Te tomé de la mano. Dije “sssshhhhh” y me puse el dedo en los labios. Atravesamos pasillos bien iluminados, entre pelotas y juegos de mesa. Tomé el juguete. Lo oculté debajo de mi abrigo. Cuidamos salir de la tienda con mucha naturalidad, pero después empezamos a correr. Subimos a la camioneta y conduje por la autopista a velocidad maníaca. Gritaste que fuera más lento, “Papi”, dijiste, y escuché tu llanto, ahogado tras el ruido del motor, del hielo triturado por las llantas. No te hice caso. Necesitaba huir con urgencia. Regresar.

 

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Los pingüinos emperadores viajan ochenta kilómetros hasta el océano para conseguir comida. Los orangutanes enseñan con paciencia a sus hijos cómo construir un sitio para dormir. Lo aprendí hoy. Sé que no crees en mis historias. Un oso polar se aleja corriendo. Crucé el desierto arrepentido, pero no miré hacia atrás. Ahora que estoy lejos, te imagino: has mudado los dientes, hijo, esta mañana tu madre marcó tu nueva estatura en la pared, has crecido, huele a carne, ella recién ha vuelto del supermercado, sales al patio, sientes el contacto con el aire gélido, es tu hábitat, te agachas sobre la nieve, aúllas sobre la nieve, muestras tus colmillos. Nadie podrá hacerles daño. Estoy esperando ansioso el momento de nuestro reencuentro. Será en el McDonald’s de otro zoológico, en otro momento de nuestras vidas. Como el zorro, yo también busco la salida, el camino de vuelta a mi hogar. Confundí el rumbo, discúlpame. La arena en Siberia, el hielo en Arizona. Hay un hilo transparente que los une.

 

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El hombre termina de comer el helado y se aleja. EP

 

 

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Cristian Lagunas es licenciado en Letras Hispánicas por la UAM con especialidad en Estudios sobre el libro y la edición. En 2014 recibió la beca del Fondo Especial para la Cultura y las Artes del Estado de México. Actualmente es becario de la FLM en el área de narrativa.